sábado, 16 de mayo de 2020

LA CRONICA DE GRIJELMO-ALJUBARROTA


ALJUBARROTA







En el 1379 falleció nuestro señor don Enrique, al que sucedió su hijo Juan de 21 años. A pesar de su juventud, el nuevo rey estaba muy familiarizado con los asuntos de la política castellana.

Juan I trató, con poco éxito, de revertir la política de su padre hacia los grandes señores. De hecho, él era hijo de Enrique de Trastámara y la hija del marqués de Villena, uno de los mayores magnates del reino.

A los cuatro años de su reinado y tras muchas negociaciones con la corte lusa, se acordó su matrimonio con la única hija de Fernando I de Portugal.

Las capitulaciones matrimoniales se firmaron en la localidad portuguesa de Salvaterra de los Magos, y en ellas se acordaba que, pese al matrimonio, la separación de los reinos se mantendría a la muerte del rey Fernando y que sería coronado rey de Portugal el primer hijo varón del matrimonio, cuando éste tuviese al menos catorce años

La muerte del rey de los portugueses se produjo pocos meses después, y Juan I de Castilla apremiado por el maestre de Avis y otros grandes del reino, asumió el trono y se proclamó rey de Portugal, incumpliendo las Capitulaciones de Salvaterra.

También mandó apresar a Don Juan, el hijo mayor que el antiguo rey Pedro de Portugal tuvo con su amante Beatriz de Castro. Don Juan era un hombre inofensivo que había vivido toda su vida en la corte de Castilla, aun así fue apresado, no fuera a ser que su persona aglutinase al partido de los descontentos.

Al poco tiempo, un ejército castellano cruzaba la frontera y se establecía en Guarda.

Los grandes nobles portugueses, en general vieron con buenos ojos la coronación del castellano. Todos tenían intereses económicos a ambos lados de la frontera. No así el pueblo, que veía su tierra en manos de unos extranjeros.

El maestre de Avis, un hermano bastardo del finado rey Fernando, en un principio apoyo la coronación con la idea de ser él el que de facto dirigiese un protectorado castellano. Lo que no entraba en los planes del ambicioso maestre, era una incorporación de Portugal a Castilla y el gobierno efectivo de Juan I.

El maestre de Avis comenzó a conspirar con unos y con otros. Con el fin de apuntalar su candidatura al trono. Para este fin, pidió matrimonio a la reina madre Doña Leonor, que nominalmente ostentaba la regencia.

Al ser rechazado por ésta, asesinó al favorito y amante de la regente, don Juan Fernández de Andeiro, líder de los “emperejilados”, que es como se conocía a los partidarios de Pedro “el Cruel” desterrados en Portugal.

Después del crimen, fue aclamado por las cortes portuguesas y se hizo coronar rey en Lisboa.

Juan I de Trastámara, no fue capaz de reeditar los éxitos militares de su padre.

Tras las Guerras Fernandinas, los portugueses habían aprendido la lección y el poderoso ejército castellano fracaso una vez tras otra en la toma en las poblaciones más importantes.

No tardó en llegar a Portugal el apoyo inglés personalizado de nuevo en D. Juan de Gante, el duque de Lancaster, al que acompañaba Sir Edmund de Coussendsy y sus temibles arqueros.

La reina madre, que se había refugiado en Castilla amenazada por los rebeldes, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos, y fiel a su carácter intrigante, al final tomó partido contra su yerno. Fue descubierta y enviada a un monasterio en Tordesillas. Esto atrajo aún más portugueses al bando de los rebeldes.

Avanzado el mes de mayo, ya casi a las puertas de junio, volvían unos seiscientos castellanos después de saquear Viseu y asolar la región de Beira, cuando un número inferior a la mitad de portugueses y los arqueros de Sir Edmund, les sorprendieron a la altura de la localidad de Trancoso, cortándoles el paso.

Fieles a sus tácticas de guerra, los portugueses y sus aliados ingleses desmontaron en una elevación del terreno y se fortificaron con picas, para resistir la acometida de la caballería castellana.

Pese al consejo del caballero Guzmán, el líder de los castellanos, Don Juan Rodríguez de Castañeda, mando cargar confiado en su superioridad numérica.

Como ya había visto el zamorano en Nájera, aquello fue una carnicería. De los siete capitanes que mandaban la hueste, solamente sobrevivió él, acompañado de su inseparable Álvaro de Dueñas y menos de un centenar de los castellanos.

Mientras los portugueses liberan a los muchos compatriotas que los castellanos llevaban prisioneros, Sir Edmund se entregó al exterminio de los heridos. Esta era una labor que el paladín hacía personalmente con despiadada eficacia, incluso con gusto.

La tragedia de finales de mayo se había de repetir multiplicada por diez en agosto.

Después de Trancoso, el rey Juan I levantó nuevamente un gran ejército con ayuda del rey de Francia que envió en su auxilio a dos mil de sus mejores caballeros. Los castellanos también contaban con morteros, unos ingenios que lanzaban piedras a gran distancia impulsados por pólvora, un polvo negro que explotaba con gran estruendo poniendo un gran temor en los corazones de quienes eran atacados con ellos.

Cruzaron la frontera por Guarda y se dedicaron a asolar el país a su paso.

En agosto avanzaron hacia Lisboa, con la idea de conquistar la capital del reino y hacerse con la persona del Maestre de Avis, que desde diciembre reinaba en la zona rebelde con el nombre de José I y había nombrado condestable a Nuno Alvares Pereira, un militar de mucha experiencia en las guerras fernandinas

Alvares Pereira contaba con la ayuda inglesa, no muy numerosa, pero sí de gran eficacia, ayuda personalizada de Sir Edmund de Coussendsy y sus hombres.

Los castellanos avanzaban sin oposición por el centro de Portugal bajo el implacable sol de agosto, cuando divisaron a las fuerzas de Álvarez Pereira sobre un altozano cerca de la aldea de Aljubarrota.

Los espías lusos habían informado al Condestable de la situación del Ejército castellano y el astuto portugués había podido elegir una posición ventajosa para entablar la inevitable batalla.

Inicialmente los castellanos no mordieron el anzuelo. Gracias a su superioridad numérica, rodearon la posición portuguesa.

El otro lado de la colina tenía mucha menos inclinación y los asesores del rey de Castilla le aconsejaron enfrentarse a los rebeldes portugueses por ese lado.

Álvarez Pereira rápidamente hizo cambiar la posición de sus tropas y puso la caballería desmontada en el centro de la formación y en las alas del ejército un par de cientos de arqueros ingleses, dirigiéndolos montado sobre su inconfundible caballo negro, estaba Sir Edmund.

 Algunos capitanes, como el caballero Guzmán, expresaron sus reticencias entablar el combate en ese momento, tras una jornada agotadora de marcha bajo el sol de verano y porque conocían de la eficacia de los arqueros ingleses. Elías Guzmán era más partidario de mantener sitiado al ejército portugués, ya que solo había una posible vía de acceso y escape de aquella colina, flanqueada por dos ríos.

Lo inteligente hubiera sido bombardearlos con las piezas y esperar que los portugueses viniesen hacia ellos, pero la idea trasnochada de la caballería que traían los franceses y que compartían muchos nobles castellanos de que no era cosa de valientes desmontar y una auténtica deshonra no ser el primero en atacar a la infantería, una tropa a la que en aquellos tiempos se consideraba inferior.

Así que el propio rey Juan I de Castilla ordenó el ataque.

Primero cargo a toda rienda la caballería pesada francesa.

Los portugueses, asesorados por Sir Edmund, habían cavado zanjas y cuevas que impedían el avance de los caballos. Eso, unido a la lluvia de flechas inglesas, hizo que la carga de más de mil caballeros no llegase ni siquiera alcanzar las líneas portuguesas.

Muchos de los jinetes fueron muertos o hechos prisioneros sin que las tropas de la retaguardia hicieran nada por impedirlo.

Pese al revés sufrido, el rey de Castilla atacó con todo lo que tenía, sin reparar en el embudo que las defensas lusas suponían.

Las tropas tenían que romper su formación para llegar a lo alto de la colina. Esto anulaba por completo, como ya había previsto Elías Guzmán, la superioridad numérica castellana.

Finalmente, pasando por encima de los cadáveres de hombres y bestias, unas tropas castellanas extenuadas alcanzaban la posición del ejército portugués y comenzaban a batirse, provocando no pocas bajas.

El maestre de Avis, que se encontraba en la retaguardia, ordenó la muerte de todos los prisioneros que custodiaba y se incorporó personalmente con el resto de su ejército al combate.

Más de quinientos nobles franceses y algún castellano, fueron degollados sin armas, como si fueran ganado, en aquella colina portuguesa.

Bien fuera porque pesó más el cansancio, o por el arrojo de los rebeldes que defendían su vida y su país, con la caída del sol, los castellanos empezaron a perder terreno y el rey ordeno una retirada que, ante el empuje portugués, pronto se convirtió en desbandada.

Con el enemigo que huía, los vencedores se entregaron a una orgía de sangre y muerte en la que participó activamente la población local.

Una panadera de la villa de Aljubarrota, mato con sus propias manos a más de 20 castellanos heridos.

 El rey Juan, que había perdido su montura, fue asistido por el señor de Hita que le dejó la suya propia, y en un gran acto de heroísmo, quedó pie en tierra defendiendo la huida de su Señor, algo que le costó la vida.

En aquella jornada, pereció la mayoría de la alta nobleza castellana y portuguesa que luchaba a favor de la causa del rey de Castilla.

Finalmente, Juan I consiguió alcanzar la costa, y gracias a que su flota aun dominaba el mar, abandonó el territorio enemigo y volvió a su reino.

Al poco tiempo, el maestre de Avis, ya consolidado como rey indiscutido de todo Portugal, pasó a la ofensiva y ordenó a Nuño Álvarez Pereira invadir Castilla.

El condestable obtuvo una resonante victoria sobre un nuevo ejército castellano, junto a Valverde de Mérida.

En aquella batalla, el propio Álvarez Pereira derrotó y mató en duelo al Maestre de Santiago, que le había desafiado y le arrebató el pendón de la orden, causando una gran desmoralización entre los castellanos.

Finalmente, tras saquear y destruir todo a su paso, el ejército portugués abandonó Castilla ante la imposibilidad de dominar efectivamente un país tan grande.

La Corona de Castilla, a día de hoy no ha reconocido a la nueva dinastía portuguesa y tampoco ha firmado ningún tratado de paz, sólo varias treguas, por lo que de facto la guerra continúa y los conflictos fronterizos siguen estando a la orden del día.

Cuando el rey Juan ordeno la retirada en Aljubarrota, Elías Guzmán y Álvaro de Dueñas al mando de los montaraces con los que había perseguido a Edmund de Coussendsy doce años antes, se quedaron para frenar la acometida de los vencedores. Si no hubiera sido por su valor y pericia, la aniquilación del Ejército castellano hubiera sido total.

Tras la batalla, quedaron aislados en medio del territorio enemigo, sin posibilidades de reunirse con su rey, así que avanzaron hacia el norte hasta que alcanzaron el Duero.

Se ocultaban durante el día y avanzaban por la noche siguiendo el río.

Ya a la vista de los Arribes, avanzaban iluminados por una enorme luna llena, cuando les cayeron como un relámpago, Sir Edmund y una cincuentena de sus hombres.

El caballero Elías y sus montaraces, que siempre andaban precavidos, supieron repeler la agresión con relativamente poco daño.

La eficacia ofensiva de los ingleses estaba en campo abierto y a la luz del día, dónde sus largos arcos de madera de tejo eran capaces de penetrar la armadura de un caballero o la de su montura, pero en distancias cortas y en un terreno abrupto como aquel, eran más eficaces las ballestas y los cuchillos de los montaraces castellanos.

 El señor de Coussendsy luchaba con la fuerza de cinco hombres y pronto trabó combate con el caballero Elías. El de Zamora, a duras penas lograba parar con el escudo los tajos de mandoble que le lanzaba el paladín y pronto se vio descabalgado de su montura.

Álvaro de Dueñas, viendo como su mentor estaba en serio peligro, apuntó con su ballesta al negro semental del inglés y le clavó un virote en el cuello. Aun así, no logró salvar al caballero Elías que sufrió un profundo tajo en el lugar donde el hombro y el cuello se juntan.

Sir Edmund cayó del caballo que, herido de muerte expulsaba rojos espumarajos de sangre por la boca. Antes de que el inglés pudiera reaccionar, Álvaro de Dueñas le disparó otro virote que esta vez fue a clavarse en un muslo del paladín.

Con un aullido como de fiera, Sir Edmund se arrancó la flecha y en un salto se plantó frente a Álvaro de Dueñas y le propinó una estocada que, aunque grave, no lo era tanto como las heridas del caballero Elías que yacía exánime en el suelo.

Viendo desmontado a sir Edmund, los hombres de la partida rodearon al segundo al mando y Sir Edmund tuvo que retroceder ante el riesgo de verse acribillado por las ballestas castellanas.

Después, pudieron recoger el cuerpo de Elías Guzmán y cargarlo a lomos de su caballo.

Por aquellas tierras que conocían a la perfección emprendieron la huida con los ingleses todavía pisándoles los talones.

 Cruzaron el Duero por el mismo lado que lo había hecho en inglés doce años antes y se plantaron sus ballestas en la otra orilla dispuestos a morir matando

Con las primeras luces aparecieron los ingleses, con su líder al frente que se había agenciado una nueva montura.

El río a finales del verano bajaba bastante más mermado que en la ocasión en que los ingleses les habían esperado con sus arcos en la orilla opuesta.

Álvaro de Dueñas no estaba seguro de estar fuera del alcance de los arcos de madera de tejo. Ambos grupos se observaban sin que ninguno pasase a la acción, los ingleses con sus arcos listos y los castellanos con sus ballestas y las rodelas morunas sujetas en sus antebrazos. Así estuvieron un rato, hasta que el paladín tensó su arco y lanzó una flecha que cayó a un par de metros del de Dueñas. Repitió la operación un par de veces más y cuando tuvo claro que sus enemigos estaban fuera de su alcance, volvió grupas y ordenó retirarse a sus hombres.

Álvaro de Dueñas y el resto de supervivientes, aún tardaron un par de jornadas en llegar al castillo de su padre.

El anciano caballero, que era primo de Elías Guzmán, consintió en que los restos de éste fueran enterrados en la cripta del castillo.

Álvaro, pese a que era un hombre de una fortaleza excepcional, tardó bastante en sanar de la herida que le había infringido Sir Edmund

Al invierno siguiente viajó hasta Ávila, donde se encontraba la corte y allí el rey Juan I en persona le concedió bastantes tierras para ampliar el señorío hereditario de Dueñas.

En la Corte nos encontramos el caballero Don Álvaro y este monje que escribe y durante aquel crudo invierno, me refirió aquellos capítulos de esta crónica que yo no había vivido en primera persona, para que quedase constancia de las andanzas en las guerras castellanas del notabilísimo caballero inglés Sir Edmund Coussendsy y el valor de los que se opusieron a tan temible y despiadado enemigo.

Cuando mejoró el tiempo, pedí licencia al Rey nuestro señor y abandoné definitivamente la corte para retirarme al monasterio de Santa María de Moreruela a dedicarme a la oración y el estudio.

¡Apiádese Dios del alma de los que vivimos aquellos tiempos feroces!


domingo, 19 de abril de 2020

LA CRÓNICA DE GRIJELMO-EL REY MENDIGO


EL REY MENDIGO



A partir de la muerte de Pedro I de Castilla, su hermanastro comenzó a reinar como Enrique II, el primer rey de la dinastía Trastámara.

Su primera medida fue conceder un perdón general para todos los que hubieran luchado al lado del Cruel (Para muchos el Justiciero).

Tanto el caballero Elías Guzmán, como Álvaro Dueñas, como un servidor entramos al servicio del nuevo monarca.

Pese a que Enrique era inteligente y conciliador, la paz no duró demasiado. Poco tiempo después de Montiel, el rey Fernando de Portugal reclamó su derecho al trono y se entabló una guerra entre el país vecino y Castilla, con el apoyo francés a los castellanos y el inglés a los portugueses; éste último, personalizado en el duque de Lancaster D. Juan de Gante, hermano del Príncipe Negro. Eduardo de Woodstock por aquel entonces sólo era una sombra de lo que había sido y después de la guerra de los dos hermanos, nunca más volvió a comandar un ejército.

Sir Edmund le había cogido el gusto a esta tierra y tras la retirada de su señor había seguido en Castilla haciendo la guerra por su cuenta, hora contra los partidarios de Pedro, hora contra los de Enrique.

De nuevo el paladín tenía un señor y un estandarte bajo el que pelear.

La guerra duró apenas un año y termino por el agotamiento de los contendientes y gracias a la mediación del Papa.

Aunque no hubo grandes batallas, las sangrientas hazañas de Sir Edmund llegaron hasta nuestros oídos en la corte. En estas, siempre se cumplía un mismo patrón. Castillos o aldeas eran atacados durante la noche. Al día siguiente se descubría a todos los habitantes muertos y en muchos casos horriblemente mutilados.

Enrique II de Trastámara, informado de las actividades del paladín inglés por Elías Guzmán, organizo con éste un grupo para perseguir y aniquilar a Sir Edmund y a sus hombres.

Ahora el escenario de la guerra se trasladaba a la frontera de Castilla y Portugal, una zona que Elías natural de Zamora y Álvaro de Dueñas conocían a la perfección.

El nuevo Rey les entregó un centenar de hombres. Nada de nobles, ni caballeros de brillante armadura, sino pastores, cazadores y montaraces capaces de seguir rastros y moverse por los montes como si de animales salvajes se tratara.

Al principio, la búsqueda resultó infructuosa. D. Elías y Álvaro de Dueñas siempre iban un paso por detrás del paladín que se movía con soltura a uno y otro lado de la frontera. Solamente sabían de su presencia, por la destrucción que su paso iba dejando.

Tras meses de seguirle, el encuentro se produjo en una zona abrupta a orillas del Duero que llaman los Arribes y que hace frontera entre los dos reinos.

A los ingleses, que venían cargados con el botín de muchos días de saqueo y muerte, les esperaba un nutrido grupo de montaraces armados con ballestas. Los hombres de Sir Edmund se dirigían despreocupados hacia la trampa, solamente el paladín sobre su negro caballo miraba a un lado y a otro e incluso parecía que olfateaba el aire.

Antes de que volase el primer virote, el inglés ya había desenfundado su larga espada y cargaba contra los atacantes. Sus hombres, sorprendidos por los castellanos, caían como espigas bajo la guadaña. Entonces hicieron su aparición en el campo el caballero Elías, Álvaro de Dueñas y un grupo de jinetes que cargaron contra los desconcertados ingleses.

Sin perder un ápice la calma, Sir Edmund reagrupó a los hombres que quedaban en pie y atacó con decisión. Su mandoble líquido visto y no visto a un buen número de atacantes, pero entonces el joven Álvaro de Dueñas cargó contra él volteando su mangual. Poco le faltó al escudero para derribarle, pero éste, girando sobre su silla logró esquivar el golpe.

Los ingleses supervivientes consiguieron romper el cerco con su líder a la cabeza. A galope tendido cruzaron la frontera por un vado del Duero y al otro lado del río se plantaron con sus arcos.

Elías Guzmán, sabedor del alcance de las armas inglesas, permaneció montado con sus hombres en la orilla opuesta. Largo rato se miraron los dos grupos. El zamorano, pese a su superioridad numérica, considerando la carnicería que las flechas inglesas harían sobre sus hombres cruzando el río, desistió de atacar en aquella jornada. Adelantó su caballo al tiempo que Sir Edmund hacía lo propio, asintió y volvió culpas hacia las tierras castellanas.

Cuando el paladín considero que los castellanos estaban suficientemente lejos, ordenó montan a sus hombres y emprendieron la retirada.

En el campo habían quedado los frutos del saqueo inglés, ganado, paños, armas y media docena de niños y niñas de corta edad que transportaban atados y amordazados.

Aquel asunto de los niños llegó hasta la corte y en la paz que se firmó con la mediación del Papa Gregorio XI, se pidió una condena por brujería para Sir Edmund, pero ni ingleses ni portugueses estaban dispuestos a renunciar a un aliado tan valioso y eficiente para los conflictos, que muy previsiblemente, se habrían de declarar en breve.

Como era de esperar, la posición de Enrique II no era demasiado sólida en el trono. Los grandes nobles que le habían apoyado en el pleito con su hermanastro Pedro reclamaban más y más prebendas y actuaban con criminal arbitrariedad sobre sus súbitos sin que éstos pudieran recurrir a la justicia del rey, ya que este se inhibía de su obligación no fuera a ser que las veladas acusaciones de traidor y fratricida que en privado se hacían sobre él, se transforman en públicas.

Así es como el primer rey de la dinastía Trastámara pasó a ser conocido como “el de las Mercedes”, por las muchas y vergonzantes cesiones que tuvo que hacer ante los grandes del reino.

El perdón otorgado en la reciente guerra civil a sus adversarios mantuvo latente un partido pedrista, que no dudaba en conspirar de forma bastante evidente con Portugal e Inglaterra.

Apenas un año y medio después de la firma de la paz, se reanudaron las hostilidades y Sir Edmund volvió de sus tierras con hombres de refresco a devastar la frontera, pero esto apenas tuvo efecto.

La guerra se dirimió en el mar. La escuadra castellana batió varias veces a la portuguesa, y a la inglesa le endosó una derrota aplastante en La Rochelle.

Sin el apoyo inglés, el rey Fernando I de Portugal se apresuró a firmar la paz con Enrique y durante una década, ingleses y portugueses renunciaron a sus aspiraciones sobre Castilla.


jueves, 9 de abril de 2020

LA CRÓNICA DE GRIJELMO-LA GUERRA DE LOS DOS HERMANOS


                            



LA GUERRA DE LOS DOS HERMANOS



El rey Pedro I y el Príncipe Negro, cruzaron de Tolosa a Navarra y de ahí a Castilla con un imponente ejército formado por ingleses, castellanos y mercenarios de toda Europa.

Al paso por el reino pirenaico, Carlos II de Navarra, al que apodaban “el Malo”, cedió al ejército de Pedro quinientas lanzas más.

Nosotros, nos unimos a las huestes del rey cerca de Santo Domingo de la Calzada.

Los castellanos nos hicieron grandes fiestas y el rey nos recibió con mucho agasajo, no así los ingleses a su paladín.

Los súbditos del rey Enrique, temían tanto como despreciaban (siempre en privado) a Edmund de Coussendsy.

A pesar de esto, el paladín presentose ante el Príncipe Negro y postrado de rodillas beso sus manos.

El homenaje del paladín, lejos de parecer una muestra de sumisión de un súbdito a su señor, más parecía que lo fuera del Príncipe Negro a su supuesto vasallo.

Eduardo de Woodstock aguantaba estoico el juramento de fidelidad que el caballero le brindaba, mientras que éste le tenía firmemente asido por las manos con aquellas garras que remataban sus brazos.

Ante el malestar que despertaba la presencia del señor de Coussendsy en el campamento inglés, el Príncipe Negro le ordenó partir para contrarrestar la guerra de guerrillas que tan inteligentemente estaba haciendo Enrique de Trastámara, sabedor de su inferioridad en una batalla en campo abierto.

El acoso de las fuerzas leales a don Pedro y el importante concurso del inglés, pronto dieron sus frutos.

A finales de marzo, se pudo acorralar a Enrique y sus partidarios en Nájera, justo donde pocos años atrás Pedro había tenido a su hermanastro a su merced y le había dejado escapar indemne.

La batalla se presentó el sábado 3 de abril del año de Nuestro Señor 1367, en unos llanos frente a la fortaleza que domina el camino de Navarrete y que por aquel entonces aún permanecía en manos del bastardo.

Durante todo el invierno anterior no habíamos vuelto a ver a Sir Edmund, que el día de la batalla compareció junto con sus hombres montado en su enorme caballo negro.

El príncipe Eduardo de Woodstock, lo puso a la vanguardia de sus tropas.

Los ingleses cavaron zanjas y las erizaron de afiladas estacas, protegiendo el real y a sus arqueros de una carga de la caballería.

El paladín, imponente sobre su montura, con una gran espada desenvainada en su mano diestra, observaba con ojo experto los preparativos de sus hombres.

El ejército del rey Pedro fue el que avanzó primero, infundiendo el temor en los hombres de su hermanastro.

Muchos castellanos del bando de don Enrique, desertaron en aquel momento. Sólo las Compañías Blancas, al mando del caballero gascón D. Beltrán Duguesclin, supieron aguantar el embate e incluso tomaron la iniciativa de la lucha, en un intento desesperado de que los pedristas no les pasarán por encima como las olas de un mar embravecido.

Los mercenarios franceses trabaron combate cuerpo a cuerpo con dagas y hachas, no dejando sitio para batirse a caballo con lanzas y espadas.

Al principio la jugada les salió bien, pero entonces Sir Edmund mandó a sus arqueros descargar sus flechas sobre los combatientes a pesar del riesgo de herir a los de su propio bando, como de hecho sucedió.

Beltrán Duguesclin y sus hombres tuvieron que retirarse, ya que habían dejado sus escudos atrás y no tenían medios con que defenderse de la mortal granizada de afiladas flechas.

Enrique de Trastámara, después de tantos esfuerzos realizados y viendo el grave peligro en que se encontraba su persona y su causa, con gran valor se puso la cabeza de sus leales, cargando a toda rienda contra el ejército de su hermanastro.

Los castellanos por aquella época solían llevar armaduras ligeras al estilo moro, a diferencia de los franceses y sus caballos, que iban fuertemente acorazados.

Las flechas inglesas causaron grande daño en la caballería del de Trastámara y muchos jinetes fueron desmontados, heridos o muertos.

Finalmente, también hubo de retroceder don Enrique, abandonado en la lucha por la mayoría de sus hombres.

En ese momento, el Príncipe Negro y el rey Pedro avanzaron juntos, poniendo en fuga al resto del ejército rebelde.

La jornada se cerró con unos pocos cientos de bajas por el lado realista y más de la mitad del Ejército de Enrique aniquilado o prisionero.

Edmund de Coussendsy y sus hombres se dedicaron a rematar a los caídos en el campo y emprendieron una sañuda persecución de los vencidos, la noche que siguió a la batalla.

En la tienda principal del cuartel realista, Pedro de Castilla, el Príncipe Negro y el resto de los comandantes del bando vencedor esperaban noticias del campo de batalla.

Cuando supieron que el hermanastro del rey no se encontraba entre los caídos, ni entre los prisioneros, el Príncipe Negro exclamó apesadumbrado “¡NADA ESTÁ HECHO!”

Enrique de Trastámara había logrado huir junto con algunos de sus caballeros leales, Beltrán Duguesclin y la mayoría de las Compañías Blancas.

Poco tiempo después, a pesar de la implacable persecución de Sir Edmund, los rebeldes consiguieron pasar a Aragón y de ahí a Francia.



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Después de Nájera, las relaciones entre el rey de Castilla y el Príncipe Negro se fueron deteriorando, lenta pero inexorablemente.

Con D. Enrique en el exilio, el inglés no tardó en reclamar la paga prometida.

Los rescates de los nobles capturados durante la batalla permitieron algún tiempo abonar las soldadas de los muchos mercenarios que se habían reclutado.

Cuando faltó el oro, las tropas sobre el terreno que estaban sufriendo mucha hambre y enfermedades, comenzaron a cometer toda clase de desmanes contra las propiedades y las personas del reino.

Pedro I, que o no tenía con que pagar o que en realidad nunca había tenido la intención de hacerlo, en prenda de buena fe entregó a sus hijas en matrimonio a los otros hijos del rey Eduardo de Inglaterra que aún permanecían solteros.

A pesar de esto, el Príncipe Negro se hallaba en una situación personal muy apurada, ya que había empeñado su palabra con los numerosos señores que le habían prestado ayuda en la guerra y tenía vacías sus arcas.

Todo aquello fue llevándole a un estado de profunda melancolía, que devino en una enfermedad.

Cuando finalmente Eduardo de Woodstock abandonó Castilla, era ya un hombre acabado. El heredero al trono inglés no había sido derrotado jamás en batalla alguna, pero la paz terminó con su crédito y con su salud.

De esta forma quedó Pedro I como teórico único vencedor de aquella guerra, aunque la realidad era muy distinta…

La mayoría de los nobles castellanos seguían siendo más partidarios de su hermanastro Enrique que de él.

Con el impago al ejército del Príncipe Negro, el rey de Castilla había quedado aislado internacionalmente.

Los únicos que en aquella situación de quiebra le apoyaban y financiaban, eran los judíos de las ciudades castellanas. Con este apoyo, el rey se granjeaba el odio de la Iglesia y del pueblo llano, que aborrecía y envidiaba a los prósperos hebreos.

Sin más recursos, Pedro I comenzó a cometer todo tipo de violencias y arbitrariedades contra los nobles vencidos, lo que supuso que le endosaran el apelativo de “el Cruel” con el que habría de pasar a la historia.

En este estado de cosas, de nuevo con el apoyo y el dinero del rey de Francia, no tardo en volver al reino Enrique de Trastámara aglutinando en su bando a todos los descontentos.

Reanudada la guerra civil, Pedro fue perdiendo terreno lenta pero inexorablemente y junto con sus últimos partidarios se vio sitiado en la fortaleza de Montiel dos años después de la batalla de Nájera.

Fiel a su carácter intrigante, el rey de Castilla intentó a la desesperada tratar de ganar para su causa al caballero Beltrán Duguesclin y a las Compañías Blancas.

El francés, que no había barajado nunca la posibilidad de traicionar al señor que tan espléndidamente le pagaba, fingió interesarse en la oferta del rey Pedro y acordó con él una entrevista.

Cuando estaban negociando en la tienda del mercenario, presentose allí don Enrique fuertemente armado.

Ambos hermanos en seguida trabaron un combate cuerpo a cuerpo.

Pedro, que era más fuerte y corpulento, pronto tuvo a su merced a Enrique, pero entonces intervino Beltrán Duguesclin, que dio la vuelta al rey y le sujetó por los brazos para que su señor pudiera apuñalarlo.

Con Pedro I muerto, su hermanastro hizo llamar al verdugo y este le separó la cabeza del cuerpo con un hacha y la clavó en una pica, para gran regocijo del bando rebelde.

Yo estaba junto al caballero Elías y a Álvaro de Dueñas, cuando exhibieron la cabeza cortada de Pedro I frente a las murallas de la fortaleza de Montiel.

Los pocos partidarios que aún permanecíamos fieles al bando del difunto, rendimos sin condiciones la fortaleza.

A mis amigos los apresaron y desarmaron, pero tengo que decir que no se cometió ninguna violencia contra ellos aquel día.


miércoles, 25 de marzo de 2020

LA CRONICA DE GRIJELMO-EL SEÑOR DE COUSSENDSY


LA CRONICA DE GRIJELMO-EL SEÑOR DE COUSSENDSY



Corría el año de Nuestro Señor de 1366, cuando un ejército contratado en Francia por D. Enrique de Trastámara, el hermanastro del rey Pedro de Castilla, cruzó la frontera de Aragón.

D. Pedro, el primero de ese nombre, hallándose en grave peligro y viéndose amenazado por los que habíanle jurado obediencia como su señor natural que era, mandó armar una flota y desde la villa de Santoña, partió hacia Inglaterra, a pedir ayuda al Rey Eduardo.

El fraile que les narra esta crónica fue recomendado al Rey por mi superior, el abad de Santa María de Moreruela, como experto en lenguas.

Partí del monasterio acompañado por un caballero zamorano llamado Elías Guzmán y su escudero, un zagal hijo de los señores de un castillo cercano a Santa María, de nombre Álvaro de Dueñas.

En nuestro viaje hasta el mar Cantábrico recorrimos un reino arrasado por la guerra y que aún no se había recuperado de la gran peste que dieciséis años atrás lo había asolado todo.

Aquella plaga llevose con el Creador a casi la mitad de las gentes que antes poblaban la tierra de Castilla. Aquel castigo divino por nuestros muchos pecados no hizo distingos entre pobres y ricos. Hasta Don Alfonso XI, el padre del Rey Pedro, pereció durante aquella plaga frente a la ciudad de Tarifa mientras le hacia la guerra al moro.

En una ensenada estaban las naos que iban a llevarnos hasta el reino de Inglaterra. Tanto Elías Guzmán, como Álvaro, como este humilde fraile, embarcamos en una carraca cuyo arráez era un vizcaíno mal encarado y de carácter tan agrio como el mucho vino que bebía.

Yo, que jamás había visto el mar, me admiré tanto al contemplar aquella obra de Dios que no pude menos que ante él caer de rodillas en aquella playa y rezar con muchísimo fervor.

A decir de los entendidos, tuvimos una travesía excelente y con vientos favorables. Yo por mi parte, enfermé nada más abandonar el abrigo que nos ofrecía la costa y permanecí postrado hasta que tocamos tierra firme frente a una isla mediana al lado de la ciudad de Portsmouth que tiene un castillo antiguo y unas atarazanas.

Allí echamos anclas y nuestro señor el Rey Pedro, despachó mensajeros a la corte, para que le hicieran saber al Rey de los ingleses que nos encontrábamos en sus tierras.

Tres días más tarde vino a recibirnos el Príncipe de Gales D. Eduardo de Woodstock, hijo mayor del Rey.

El príncipe era un hombre apuesto y de mucha amabilidad que nos colmó de viandas y se ocupó de que nos alojáramos calientes en el castillo.

Pese a que estábamos a las puertas del verano y hacía bastante buen tiempo a decir de los que habían estado antes allí, el fraile que les narra esta crónica sentía en sus huesos el frio y la humedad inglesas como un presagio de las desgracias venideras.

Acompañando a D. Eduardo y a su séquito, partimos al día siguiente hacia Londres, que es donde se encontraba la corte.

Londres es una ciudad bastante grande a orillas de un gran río, el Támesis.

Allí esperaba el Rey Eduardo con toda su corte.

El Rey de los ingleses bajó de un alto podio donde se encontraba el trono y abrazó a Don Pedro, llamándole hermano y teniendo grandes muestras de afecto y cortesía con el resto del séquito.

Luego se celebró una misa oficiada por el obispo de Canterbury, que es el prelado más importante de aquel reino.

Tras la comida, ambas comitivas comenzaron a negociar un acuerdo. Al final del día ya se había decidido mandar un fuerte contingente de soldados a Castilla.

El Rey Pedro se Jugaba el reino y estaba dispuesto a pagar generosamente cualquier ayuda.

Por su parte, Eduardo III veía en la intervención una oportunidad de castigar a su enemigo el Rey de Francia, con quien llevaba en guerra toda su vida y que era el aliado de D. Enrique de Trastámara.

El Príncipe de Gales al, que sus tropas conocían como el “Príncipe Negro” por el color de su armadura, comandaría la expedición que habría de arribar a las costas de España.

Un mes antes, para allanar el camino del ejército, se adelantaría el caballero Edmund de Coussendsy un paladín elegido por el príncipe de Gales, al que acompañaría un grupo de hombres de guerra seleccionados por él y un grupo de guerreros castellanos.

La misión de avisar a aquel noble inglés y acompañarle a Castilla, se la encomendó el Rey Pedro al caballero Elías Guzmán. Tendríamos que bordear la isla varios días en dirección al Oeste y desde el castillo de Sir Edmund volver directos a nuestra tierra.

La costa del Sur de Inglaterra está levantada en altos acantilados en su mayor parte. El quinto día de viaje avistamos una fortaleza mediana de color gris oscuro. Echamos el ancla en una rada cercana y nos dirigimos al castillo donde no fuimos bien recibidos hasta que presentamos la carta que para el caballero nos había dado el Príncipe Negro.

El castillo se encontraba rodeado de bosques y pantanos sobre los que planeaba, como el sudario de un cadáver, una espesa niebla. Pese a lo avanzado de la fecha, estábamos a últimos de mayo, el invierno se resistía a abandonar Coussendsy.

Finalmente, bajaron el puente levadizo y un par de guardias armados con los largos arcos de madera de tejo y hachas, nos condujeron hasta la presencia de Sir Edmund. 

En una gran sala en la que no estaba encendida la chimenea y reinaba un frío enorme, nos aguardaba el señor del castillo flanqueado por dos grandes perros que gruñían con fiereza ante la presencia de extraños. 

Sir Edmund, flaco y calvo, era en apariencia un hombre demasiado viejo como para ser aquel paladín del que tanto habíamos oído hablar. El caballero nos observó uno a uno desde el alto estado en el que se encontraba. Cuando sus ojos se detuvieron en este fraile, un escalofrío recorrió mi columna.

El caballero Guzmán le tendió la carta que para él nos había entregado el rey de Inglaterra. Con una sorprendente agilidad, el señor del castillo se presentó en dos pasos frente a D. Elías, y con una mano que a mí me pareció enorme en relación al grosor de su brazo, tomo la misiva y se puso a leerla a pesar de la poca luz que reinaba en aquella estancia. Luego, en inglés, ordenó a un anciano mayordomo que nos diera alojamiento.

El resto de la fortaleza era igual de fría y oscura que la sala donde habíamos estado.  Pareciera que aquellas gentes no sintieran gusto por la calidez pese a que todo el castillo estaba lleno de ricos tapices, gruesas alfombras y muebles de calidad, que Sir Edmund parecía atesorar en lugar de darles un uso doméstico. Esta apreciación del que escribe se podía corroborar por la gruesa capa de polvo que yacía, sobre todo.

Nos alojamos, y al caer la noche Sir Edmund nos mandó llamar.

En el salón donde nos había recibido chisporroteaba el fuego en la chimenea y un gran número de velas iluminaban la estancia.

El señor del castillo vestía una rica túnica de seda, con bordados de oro y adornos de aljófar.

La comida era muy abundante y muy bien sazonada con carísimas especias de oriente.

Durante la cena, una moza cantaba con voz maravillosa acompañada por un músico que tañía el laúd. La canción, pese a que no entendíamos bien la letra, sonaba triste y es que en Coussendsy, con todas sus riquezas, no había lugar para el más sencillo y valioso de los tesoros que es la alegría.

Sir Edmund, durante nuestra breve estancia en sus tierras, se mostró como un hombre cultísimo. Hablaba latín y griego y un poco de árabe. Departió largamente con el caballero Guzmán en lengua franca, utilizando a este monje para que le tradujera del latín al castellano las palabras que el de Zamora no entendía.

El noble inglés, era a todas luces una persona dotada de una viva inteligencia y se mostraba muy interesado en conocer los usos y costumbres de la tierra a la que su señor, el Rey de Inglaterra, le mandaba a combatir.

Permanecimos aún unos días en la fortaleza. Para entretenernos, Sir Edmund organizó una cacería por los espesos bosques que rodeaban el castillo. El inglés vestía una armadura sencilla, pero de excelente calidad. No usaba prenda alguna bajo la cota de maya, sintiendo sobre su blanquísima piel el lacerante y frío beso del acero. A los demás nos extrañó ese atuendo para cazar, pero él se movía con perfecta soltura por el bosque, tanto a pie como a caballo.

Pintados en algunos árboles, pude observar unos extraños símbolos rojos. Un fraile inglés que nos había acompañado desde la corte me explicó que se trataba de dibujos religiosos que en la antigüedad los sacerdotes paganos de las Islas dibujaban con la sangre de enemigos sacrificados y que aún en estos tiempos, los aldeanos dibujaban con sangre de animales en lugares aislados como aquel, como protección, pese a la expresa prohibición eclesiástica de dichas prácticas, que eran tenidas por mágicas.

Sir Edmund manejaba con gran destreza un arco de madera de tejo casi tan alto como él. Durante la jornada, le vimos atravesar de parte a parte a media docena de ciervos, a más del doble de distancia del alcance al que llegaban los virotes disparados por nuestras ballestas. Álvaro de Dueñas que, aunque aún no había cumplido los catorce, era un mocetón de dos varas de alto dotado de una fuerza descomunal, le pidió el arco a nuestro anfitrión para probarlo y apenas fue capaz de tensarlo ni un palmo y lo mismo el caballero Guzmán, que era un hombre muy diestro en el manejo de cualquier arma.

Más adelante pudimos comprobar la letal eficacia de aquellos arcos en la guerra que enfrentaría a nuestros compatriotas.

A la finalización de todos los preparativos para la misión, partimos hacia Castilla. Sir Edmund iba acompañado tan solo por una veintena de hombres.

Cuando embarcamos en la carraca, el patrón viendo la compaña que traíamos, púsose a maldecir en vascuence, hasta que una mirada del paladín inglés hizo que callara de golpe.

El arráez, pegado a su inseparable calabaza de licor, apenas dijo palabra en todo el viaje.

En las dos semanas que anduvimos a merced de los elementos en aquella cáscara de nuez, pude comprobar lo bueno que había sido el viaje de ida, de tan malo como fue el de vuelta. Un par de marineros se perdieron en el mar, el resto desembarcamos más muertos que vivos, con excepción de Sir Edmund de Coussendsy, que estaba fresco como una rosa.

 Al poner pie en tierra, el capitán se santiguo con muchísima devoción, aunque en el poco tiempo que le traté, me pareció más bien poco religioso, luego señalando con disimulo al caballero inglés dijo entre dientes, “otsoa”.

Le pregunté a otro vizcaíno de la tripulación, que había dicho su patrón y me contestó “lobo”

En cuanto que estuvimos repuestos de aquella penosa travesía, nos pusimos en camino hacia el corazón de Castilla, para infiltrarnos discretamente en la zona que controlaba el rebelde don Enrique.

La consigna era principalmente obtener información, pero Sir Edmund tenía sus propios planes y con su reducido, pero eficacísimo grupo de hombres de armas comenzó a hacer la guerra por su cuenta antes de que pisase la península su señor, el Príncipe Negro.

El caballero Elías Guzmán era un experto soldado y había participado en muchas campañas contra el moro y contra rey de Aragón, el tocayo de nuestro señor don Pedro. El de Zamora, no podía por menos que admirarse ante lo buenos guerreros que eran aquellos ingleses y muy en particular el señor de Coussendsy. No obstante, el castellano, hombre piadoso y justo, tampoco podía aprobar los crueles métodos del paladín.

Si esto era así para un curtido hombre de armas, que no habría de ser para un sencillo monje como el que les narra esta historia.

Una mañana temprano, desperteme con las primeras luces y con la intención de refrescarme me acerqué a un arroyo cercano a nuestro campamento. Allí me encontré a Sir Edmund sentado en el tronco de un olmo caído. El caballero miraba abstraído, la gran luna llena, que baja en el horizonte aún se podía ver. Vestía su fina armadura, que con la luz del alba desprendía reflejos rosados. Observando más cerca al inglés, esos reflejos no eran otra cosa que salpicaduras recientes de sangre.

Al percatarse de mi presencia, el paladín volvió su mirada hacia este pobre monje y cayendo de rodillas díjome “Parce mihi Pater, quia peccavi” (Perdóname padre, porque he pecado). Yo me senté en el tronco, con el corazón oprimido, dispuesto a escuchar en confesión los horrores que sin duda sabía que me iba a narrar aquel cristiano.

Cuando regresé al campamento, los taciturnos servidores del señor de Cousendssy ya habían levantado las tiendas y cargado las bestias para la marcha. El caballero Elías, Álvaro de Dueñas y otros hombres de armas castellanos que nos acompañaban, apuraban unos cuencos de gachas junto al fuego.

El despierto zamorano, al punto se percató de mi zozobra y me dirigió una mirada inquisitiva, que yo traté de evitar sin éxito yéndome a aparejar mi montura para la jornada que comenzaba. En se momento, con la armadura limpia y reluciente, montado en su enorme caballo negro de guerra, hizo su entrada en el campamento Sir Edmund impartiendo órdenes a sus hombres en el áspero lenguaje de las islas.

Aquel día cabalgamos varias leguas aguas arriba del arroyo y tras un remanso divisamos una aldea en la no se observaba actividad alguna. Ni humo de hogares, ni siquiera el ladrido de un can o el canto de un gallo y es que como muy pronto pudimos comprobar con horror, allí no quedaba nadie vivo, ni persona ni animal.

Los cadáveres estaban destrozados, como si hubieran sufrido el ataque de lobos, osos u otras fieras. Ninguno de los castellanos, habíamos presenciado algo así nunca, ni en la peor época de la peste, en la que lobos y perros devoraban impunes los cadáveres e incluso a los moribundos dentro de aldeas y pueblos.

Los hombres del paladín, indiferentes a la masacre de la que éramos testigos, se entregaron de forma metódica al saqueo de las pobres pertenencias de aquellos desgraciados.

Yo, sabedor de lo que allí había pasado, volví a esquivar la, esta vez horrorizada, mirada del caballero Guzmán, para encontrarme con la del paladín del rey de los ingleses, que parecía decirme “Ahora que ya sabes quién soy ¿Qué es lo piensas hacer?”

Cerré los ojos y muy quedo comencé a rezar por los muertos de aquella aldea y sobre todo, por los vivos que allí estábamos, ante los grandes peligros que nos acechaban.




domingo, 19 de enero de 2020

POLITICA DE PINES





Últimamente, lo mas comentado en la arena política española es que si Fulano o Mengano, lleva en su solapa o en sus redes, tal o cual lazo, simbolito, bandera o insignia. Son los llamados pines, algo para nada nuevo por cierto, pero que algunos pretenden descubrir ahora.



Por orden cronológico voy a empezar hablando del pin “lazo amarillo,” por ser el más antiguo de los que en la actualidad se lucen. En teoría, es un lazo que reivindica la libertad de unos supuestos “presos políticos” por los sucesos acaecidos en Cataluña en octubre del 2017



De todos es conocida la secuencia de acontecimientos del llamado Procés, que ha supuesto la condena de algunos relevantes políticos y representantes de la sociedad civil catalana.



 Si entramos a valorar si el referéndum ilegal fue legítimo, para un servidor no, ya que los convocantes lo hicieron a sabiendas de que no se ajustaba al marco legal vigente y que era algo que ahondaba más en la brecha entre los españoles de Cataluña y del resto del territorio español.



Dicho esto, creo que la solución para el futuro pasa por un referéndum o referéndums, sobre este tema y otros, que afectan a la organización territorial del estado español, en Cataluña y en el resto, previo a un amplio consenso y en un pie de igualdad que ahora mismo no existe.



La controversia ha saltado de nuevo con la inhabilitación de del president Quim Torra, por no querer retirar un gran lazo de la fachada del palacio de la Generalitat y que la junta electoral consideró un símbolo político de exhibición prohibida en un espacio público durante una campaña electoral.



Yo no se si la Junta Electoral es competente o no tiene jurisdicción para inhabilitar a un representante electo. Doctores tiene la Iglesia… pero lo que si se, es que en Cataluña se vulnera la ley con desvergonzada impunidad un día si y otro también, sin que nadie haga nada.



Lo más parecido que se hizo a intentar poner remedio a este estado de cosas, fue el 155 pactado por M. Rajoy y el Dr. Sánchez Castejón, el uno sitiado por la corrupción y el otro, con un ojo puesto en la ventana de oportunidad que se le abría con una más que cantada moción de censura y la probable necesidad de sumar los escaños de los sediciosos tras las elecciones, para ser él el que reinara sobre el caos.



Después de muchos bandazos, finalmente tenemos un gobierno que se autoproclama “progresista”. Cuenta con el apoyo de los del pin lazo amarillo, Podemos, la formación multi pin y algunos otros partidos, habituales del carroñeo político como el PNV y nuevos necrófagos ibéricos, como el señor de Teruel Existe.



En los fuegos artificiales que han seguido a la investidura y el reparto de carteras con más o menos enjundia en su interior, hemos podido ver inesperados outfits (que dicen ahora los modernos) como los del ciudadano Garzón, impecablemente trajeado o la flamante ministra de igualdad, con un conjunto de chaqueta apropiado para tomar el té en cualquier salón del rancio abolengo y salir a todo color en las páginas del Hola. Hasta hemos visto a Pablo con una correcta americana, pero aún sin corbata, prueba evidente de que no olvida sus orígenes vallecanos. Los antaño vestidos como de Carrefour, pero en carísimas tiendas de la Milla de Oro madrileña, se mimetizan con el entorno.



En estos fastos también hemos visto algunos pines.



Mucha repercusión han tenido las palabras de la directora del Instituto de la Mujer, doña Beatriz Gimeno, habitual lucidora de pines como el del orgullo gay o el lazo morado en defensa de las mujeres maltratadas, y que ha llegado a afirmar que para que para que la mujer realmente se empodere en sus relaciones heterosexuales, debe penetrar analmente al hombre.



Yo, a estas alturas del baile, por esas cosas no me escandalizo, pero espero del nuevo ejecutivo que no nos imponga también una manera de follar “inclusiva” ¡Hasta ahí podíamos llegar! Cada cual haga de su capa un sayo…



Trending topic también ha sido el pin del triangulo rojo que lucían en sus solapas Iglesias y Garzón y que se ha hecho viral en las redes al grito de “¡Si no eres antifascista, es que eres fascista!”



Por supuesto que un servidor es antifascista ¡Faltaría más!

Aunque tardíamente, llegué a correr delante de los grises y sufrí a los fachas que en los setenta e incluso en los ochenta, ejercían la violencia contra los que pensábamos distinto, o directamente con los que teníamos unas pintas que no les gustaban.



El problema de este nuevo “antifascismo” es que se parece como un huevo a otro huevo, al viejo fascismo.



El pin del triángulo rojo invertido era originariamente una insignia que en los campos de concentración asignaban los nazis a sus opositores políticos, los verdaderos antifascistas, muchos de los cuales entregaron su vida para defender sus ideas.



Como los nazis perdieron la guerra, conocemos muchos de los horrores cometidos en sus campos de concentración, no así en los campos de concentración de los comunistas, que fueron los vencedores. Esto no significa que no se cometieran y que seguramente también tuvieran insignias para clasificar a los prisioneros.



Hay un pecado original, que ya de partida clasifica como facha a cualquiera en estos tiempos, y es comparar a las dos ideologías totalitarias del siglo XX. En efecto, comunismo y fascismo no son lo mismo, pero las medidas que aplican ambas contra los disidentes son idénticas.



Ya, por último, no querría dejarme en el tintero lo que se ha dado en llamar “pin parental”. No es un pin al uso, que se pueda prender en la solapa como los otros. Es un conjunto de materias de discutible valor para lo que debería ser el objetivo de la educación de cualquier país, que no es otro que mejorar la vida de sus ciudadanos mediante la cultura, la ciencia y la adaptación futura de los estudiantes al mundo laboral.



Pues no queridos lectores, el nuevo ejecutivo quiere seguir usando la educación como un vehículo para el adoctrinamiento, lo mismo que la oposición del pin con la bicolor (símbolo que es de todos, no sólo de ellos) en las comunidades autónomas donde manda.



Vamos que como se ha hecho toda la vida…



Así que de nueva política nada de nada… los mismos perros con distintos pines.


jueves, 26 de julio de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II LA HUIDA


LA HUIDA

EL NOTICIERO IMPARCIAL. 26 de junio de 1894

Sección de Cartas al Director

Estimados lectores:

Mi nombre es Ignacio Posadas Ventura. Soy el director del penal militar de Melilla y ostentó el grado de coronel del Ejército de Tierra.

Llevo más de quince años desempeñando este empleo.  En todo este tiempo he conocido a muchos presos, gente buena con mala suerte y gente muy mala.  Muchos acabaron en el penal por errores cometidos, otros por auténtica y genuina maldad.

Entre estos malvados que he tenido la desgracia de conocer, uno de ellos ha dejado un recuerdo imborrable en mí y no es otro que el recluso Jacinto Montaleza Vargas, alias el Malasangre.

Montaleza llegó a Melilla en 1885 procedente del Peñón de Vélez de la Gomera, al beneficiarse del indulto parcial concedido a la muerte de su majestad el rey Alfonso XII, a los presos de larga duración que cumplían penas en las islas. El recluso Montaleza llegó a nosotros con una decena de sentencias de muerte, conmutadas por la pena de cadena perpetua y trabajos forzados.

Malasangre tiene en su macabro haber, ser el asesino convicto y confeso de diez seres humanos, crímenes estos en los que él directamente apretó el gatillo. También se ha demostrado su participación en al menos en otra treintena de muertes violentas, estas sin contar las personas que mató durante la última guerra carlista. Durante su estancia en prisión, se ha visto involucrado en al menos cinco homicidios más, cuya autoría no ha podido ser demostrada. La lista de delitos menores que van desde el robo, al incendio pasando por la violación o la rebelión, cometidos por este criminal, es tan larga que el periódico tendría que dedicar un número entero en exclusiva para publicar los mismos.

Pese a ser de origen muy humilde, Montaleza no es ningún ignorante. Lee y escribe sin dificultad, sabe un poco de todo y es muy despierto a la hora de entender el mundo que le rodea. Una gran inteligencia natural que usada al servicio de los demás hubiera sido de mucho provecho. Pero no, él no es así, Jacinto Montaleza es básicamente un canalla y un manipulador nato. En su estancia en la cárcel de Melilla era siempre el denominador común en todas las situaciones de conflicto de las que otros eran los que salían mal parados, nunca él. Tardamos en darnos cuenta mis subalternos y yo mismo, pero al final comprendimos con qué clase de serpiente venenosa estábamos tratando.

Primero nos llegó la orden para su traslado al penal de Ocaña, un penal civil con una disciplina mucho más laxa que la del penal militar de Melilla. Sin duda un paso previo a la libertad definitiva. Un humanitarismo mal entendido y una prensa que recoge más opiniones que información objetiva, han hecho que actores presentes en este drama que ha sido la vida del infame Montaleza como D. Jeremías Alonso, el hijo de D. Ezequiel Alonso Padilla, el antiguo gobernador civil de Toledo en los tiempos de mayor actividad del bandido y propietario de la finca donde este nació, hayan solicitado formalmente su indulto en las cortes. El propio Don Jeremías se postula como garante de la integridad y el arrepentimiento del malhechor y ofrece “recogerle” en su finca de los Montes de Toledo como guarda de la misma.

Quizá ustedes puedan pensar que detrás de mis palabras se esconde una animadversión personal y no les falta un poco de razón, pero Jacinto Montaleza no es lo que los artículos de El Informador nos han hecho creer. Es un hombre valiente, nadie puede negar ese extremo, pero no es ningún héroe. Es un asesino sin ningún remordimiento ni atadura moral, que más pronto que tarde mostrará su verdadera cara.

A mí me queda poco para el retiro y escribir esta carta sólo puede “ensuciar” una intachable hoja de más de cuarenta años de servicio, pero es que a algunos aun nos importa lo que es recto y es justo, sin pensar en las consecuencias que ello pueda tener.



Melilla 20 de junio de 1894





Todo estaba preparado. Jorge había despachado sus asuntos en Madrid, una ciudad que pese a haber nacido en otro lugar, sentía como suya. A partir del día siguiente, no sabía qué le iba a deparar el futuro. Se marchaba y dejaba atrás cosas importantes y sobre todo gente importante. No sabía cuándo ni si volvería a ver a: su madre, al padre Ángel, a D. Mariano, a Vicentín Lleó… a todos ellos había dirigido cartas explicándoles las circunstancias de su repentina fuga. Sentía muchísimo esa separación, esperaba que tan solo fuese una separación temporal, pero en ese momento y en esa sociedad, a la pareja solamente le quedaba aquella salida.

Había pasado toda la tarde fuera y regresaba a su piso. Al día siguiente un coche enviado por el conde de Matarromera le recogería en su casa. En una venta en Carabachel le esperarían Margarita y Teresa. La excusa para ausentarse del palacete de Fuensalida era que hija y nieta iban a visitar al conde para despedirse, ante la inminente partida al cortijo de la sierra para pasar el verano.

Entró en el portal y agradeció la sombra fresca que contrastaba con el fuerte calor de la calle. Se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con un pañuelo, luego subió las escaleras. Ya en el rellano observó con extrañeza como la puerta de su domicilio se encontraba entreabierta.

Todo parecía estar en su sitio. Seguramente se había olvidado de cerrar al salir. Enrolló la persiana del balconcito del salón para que el aire algo más fresco del atardecer pudiera penetrar en la vivienda y se dispuso a acabar de hacer la maleta. Antes de llegar al dormitorio percibió aquel sonido característico. Era el zumbido se una gran cantidad de moscas. Jorge Villafranca se quedó petrificado en la puerta de la alcoba. Nuria, la doncella de Margarita, yacía completamente desnuda, muerta sobre la cama del periodista.

Aquello era una auténtica carnicería. La sangre empapaba la cama. Nuria presentaba un profundo corte en el cuello y tenía los ojos completamente abiertos. Venciendo el pánico que le invadía, se acercó hasta el cadáver y le cerró los ojos. El cuerpo aún no se había enfriado, por lo que a Nuria no la habían matado hacía demasiado tiempo.

Alcanzó el revólver que escondía en una caja sobre el armario. No se lo había llegado a devolver al director Acuña y este nunca le pidió que se lo devolviera. El contacto con el arma serenó el ánimo del joven periodista.

La ropa de Nuria estaba sobre una silla, perfectamente doblada, como si la doncella hubiera ido al piso por su propia voluntad a acostarse con él. También había un cuchillo de la cocina manchado de sangre tirado en el suelo. Sin duda se trataba del arma homicida. Aquello parecía una encerrona en toda regla. Había que pensar cómo salir de aquella situación y rápido…

Un ruido procedente de la escalera hizo que Jorge volviera de golpe a la realidad. Varias personas subían en tropel. Jorge cerró la puerta del piso y empujó una cómoda contra la misma. Se asomó furtivamente al balcón y vio a una pareja de guardias frente a su portal. La única vía de escape que le que quedaba era la ventana de la habitación que daba al patio de luces.

Un puño recio comenzó a golpear la puerta del piso

-¡ABRAN LA PUERTA, POLICÍA!

A los gritos pronto les siguieron patadas. La puerta no iba a resistir mucho tiempo. Jorge salió por la ventana y agarrándose a un canalón que amenazaba con desprenderse de la pared, descendió un par de pisos. Se encontraba suspendido a unos cuatro metros de un chamizo de madera en el que el portero de la finca criaba algunas gallinas. Un estruendo procedente de su piso le anunció que la policía había echado abajo la puerta. Sin pensárselo dos veces, salto sobre el tejadillo que se hundió bajo su peso. Justo en ese momento, dos policías de paisano se asomaban a la ventana y viendo huir al fugitivo le dispararon varios tiros con sus pistolas. Jorge, que se había metido el revólver en un bolsillo, lo saco e hizo fuego. El disparo impactó contra el marco de madera de la ventana haciendo saltar una nube de yeso y astillas. Los policías instintivamente dieron un paso atrás, lo que aprovecho Jorge para renqueante salir a un callejón al que daba el patio y que para su suerte no estaba vigilado.

Anduvo hasta la esquina y al no ver a la policía apretó el paso con intención de poner tierra de por medio. Un poco más adelante un carro pasó a su lado y se paró a escasos metros. Por la ventanilla un rostro conocido se dirigió a él.

-RÁPIDO JORGE, SUBA AL CARRO. NO HAY TIEMPO QUE PERDER…-

Era el director Acuña y con él viajaba otro hombre, alguien difícil de olvidar.

-Ustedes ya se conocen, aunque nadie ha hecho aún las presentaciones. Jorge Villafranca, le presento a Enrique Castaño Mínguez. -

Frente al periodista estaba sentado el mismo hombre del puerto de Málaga, el mismo que había disparado al general Margallo y el mismo que había asaltado su casa de Melilla.

La verdad es que, a esas alturas del baile, el hecho de encontrarse sentado en el mismo carruaje con el director Acuña y el asesino de Margallo, no le sorprendía especialmente. Su pensamiento estaba con Margarita y con su hija, a las que suponía y no se equivocaba, rehenes del marqués.

-Tenemos que ir a buscar a Margarita Marlasca y a mi hija… a su hija- corrigió el periodista sobre la marcha

- ¿Recuerda lo que le dije la última vez que hablamos? Pues se encuentra usted en serio peligro. Margarita y Su hija están camino de Córdoba y el conde de Matarromera a estas alturas debe de estar tan muerto como la doncella. Ahora mismo tiene usted que desaparecer una temporada y luego ya veremos qué decisiones vamos tomando…-

-Lo que le dice Castaño es la verdad. De momento hay que desaparecer y en lo demás puede contar usted con toda la ayuda que le pueda prestar la organización de la que somos miembros. –

El negro coche se perdió en las sombras de la noche dejando atrás la ciudad de Madrid.





































Capítulo 10 de Hijos de los Montes

2 de julio de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Por las cordilleras del Sur que corren de Este a Oeste, es posible pasar al país vecino sin pisar población. Nosotros lo habíamos hecho muchas veces en los Montes de Toledo. Allí conocíamos todas las veredas que desde tiempos inmemoriales usaban los contrabandistas. En este caso, pese a que teníamos mapas militares, no conocíamos esas rutas y nuestros enemigos sí.

De los ocho que salimos de la Cimbarra dos iban heridos de bala y no podían seguir nuestro ritmo. Los caballos tampoco estaban en las mejores condiciones. El que yo montaba, el mismo que había galopado frente a las bocas de los cañones en Montejurra, estaba herido en una de sus patas delanteras. La herida en sí no era grave y sólo necesitaba tiempo para curar, algo de lo que no disponíamos. Así que no tuvimos más remedio que abandonar a hombres y bestias a su suerte.

Milreales, Juanote grande, Francisco Moreno  “el Peluca”, Justo Quintanilla “el Magro” y Venancio López “el Purgaciones” (Que estaba sanísimo pero que ostentaba aquel mote por un abuelo suyo que había padecido una enfermedad venérea), vagaban junto a mí por la sierra escondiéndose, sin ni tan siquiera poder encender fuego, no lo viera alguien y lo pusiera en conocimiento de nuestros perseguidores.

Marchando por senderos desconocidos, ocultándonos a cada paso y escudriñando con nuestros catalejos el horizonte antes de avanzar, tras un par de semanas llegamos al norte de la provincia de Sevilla, a un paso de la Sierra de Aracena y de Portugal.

En las cercanías de San Nicolás del Puerto existen unas viejas minas abandonadas en un paraje que llaman el Cerro del Hierro, donde el agua ha dado a las rocas calizas formas caprichosas. Tras dejar atrás los dominios del Guajiro en la sierra de Cardeña, aquel nos pareció un buen lugar para descansar y quitarnos algo del hambre y el frío que traíamos desde la Cimbarra.

Cazamos una corza y encendimos un fuego en la boca de uno de los pozos, pero sabiendo de la tenacidad y recursos de nuestros enemigos, establecimos un puesto de guardia oculto tras un domo de piedra que a modo de atalaya dominaba el horizonte pedregoso. La señal ante cualquier movimiento extraño era el canto del búho. Todos los allí presentes teníamos sueño ligero y sabíamos distinguir el canto del pájaro rey de la noche de una imitación humana.

-UUUUH UUUUUUH- Sonó la voz de Peluca en esa hora en la que el horizonte se comienza a teñir de claridad.

Fueran las autoridades o los bandidos los que se acercaban, no podían haber elegido mejor hora para un golpe de mano. Tras la vigilia forzada de la marcha, todos estábamos profundamente dormidos y nos costó un tiempo valiosísimo incorporarnos. Ya era tarde para huir, por lo que tomamos posiciones tras las rocas, dispuestos a dejar en nuestros enemigos un recuerdo imborrable.

Con el nuevo día avistamos una decena de jinetes y al menos otros tantos de a pie. Eran los hombres del Guajiro, recortada en el horizonte se distinguía su inconfundible figura, montado en la jaca torda. Aquella iba a ser una lucha a muerte sin posibilidad de rendición.

Cuando los tuvimos más cerca vimos que los de a pie sujetaban varias colleras de grandes perros de esos que llaman alanos y que en mi tierra se usan en las monterías para sacar a los jabalíes de entre la jara, sólo que esta vez las piezas de caza íbamos a ser nosotros.

Soltaron a los perros que corrieron raudos hacia donde nos encontrábamos. Conseguimos tumbar a media docena, pero los otros se nos echaban encima sin tiempo para recargar. Me enrollé la manta en un brazo y empuñé el cuchillo de monte con la otra. Tuve la suerte de que solamente acometió un perro contra mí que hizo presa en la manta. Le clavé el cuchillo tras el brazuelo y el animal aflojó la presa, luego murió con sus fauces abiertas de las que salía una espuma rosada.

Tras una roca a unos veinte metros de donde estaba yo, el Magro luchaba contra tres perros que literalmente se lo estaban comiendo vivo. Cargué mi escopeta y disparé. Dos alanos cayeron con el espinazo destrozado y el tercero levantó la cabeza de los despojos sangrientos del Magro y se encaró conmigo, enseñándome sus grandes dientes manchados de sangre.

El animal corrió hacia mí y yo empuñé la escopeta por el cañón y le golpee con la culata. Movió su gran cabeza unos instantes acusando el golpe y luego gruñó con fiereza para volver a atacar. Una bala de mi revolver lo detuvo al mismo tiempo que los bandidos se nos venían encima.

El Guajiro y el joven mulato que siempre le acompañaba observaban la escena sin intervenir unos metros más allá, mientras los compañeros que quedaban en pie respondían al fuego con el fuego de sus armas.

El que más cerca estaba de mi posición era Peluca. Pude ver como asomaba la cabeza un poco para disparar y recibió una bala que le hizo saltar la tapa de los sesos. Entre Juanote y yo se encontraba Milreales, que disparaba con rabia saliendo por cualquier ángulo de su parapeto. Tenía la pierna empapada en sangre, una herida que sin duda le había producido el mordisco del perro que yacía muerto a sus pies.

 Los únicos que parecíamos indemnes éramos Juanote y un servidor, mientras al menos una docena de enemigos nos atacaba.

-Tratad de llegar a los caballos ¡Es vuestra única posibilidad! - nos dijo Milreales mientras cargaba sus armas

-Yo ya estoy jodido, pero si alguno conseguís salir vivo de aquí vengad mi muerte y la de los demás compañeros de la partida-

Luego se levantó del parapeto descargó su escopeta hiriendo a un par de los de la banda del guajiro y corrió como pudo hacia ellos haciendo fuego con un revolver en cada mano. Tras unos instantes de desconcierto en los que cayeron otro par de bandidos, todas las armas se volvieron hacia él acribillando su maltrecho cuerpo que quedó tendido en el suelo en un escorzo.

Juanote y yo, cada uno, por un lado, corrimos raudos por los flancos de los que nos atacaban. Los primeros que se diero cuenta de nuestro movimiento fueron el guajiro y su asistente desde lo alto de sus caballos. Aquel terreno pedregoso nos favorecía y habíamos conseguido sacar una distancia considerable a los de a pie que trataban de darnos alcance. El Guajiro y el resto de jinetes estaban dando un rodeo para alcanzar la bocamina que es donde se encontraban nuestros caballos, antes de que nosotros llegáramos.

Yo que corría mucho más que el corpulento jefe de la partida, fui el primero en llegar y soltar a los cinco caballos que nos habían llevado hasta ese lugar. Juanote llegó jadeando con los hombres del Guajiro pisándole los talones. Le alcancé la rienda y montó mientras yo disparaba contra sus perseguidores.

Salimos a galope tendido de aquella ratonera precedidos por los tres caballos de nuestros compañeros caídos que acostumbrados a galopar juntos habían hecho manada. Justo en ese momento el Guajiro y sus jinetes enfilaban la entrada de la mina.

Como ya habíamos hecho cuando Salvador Trives y el gobernador D. Ezequiel Alonso nos atacaron en nuestro escondite invernal unos años antes. Fuimos al choque contra nuestros enemigos, pero estos no eran escopeteros reclutados entre campesinos y pastores, si no jinetes avezados que habían combatido en mil escaramuzas como aquella. Aun así, la suerte nos sonrió en aquella jornada. Alcancé con un disparo a la yegua del Guajiro que cayó atrapándole una pierna, lo que nos permitió salir de aquel lugar ante el desconcierto de sus hombres, que abandonaron nuestra persecución.

Juanote estaba herido, pero como era un hombre muy fuerte, no me permitió mirarle la herida hasta que estuvimos muy lejos del Cerro del Hierro. Tenía una bala alojada en el hombro. Se lo vendé lo mejor que supe y se lo inmovilicé con un cabestrillo improvisado.

Cabalgamos hasta reventar a nuestras monturas y finalmente cruzamos la raya de Portugal por un lugar llamado Barrancos, una aldeucha en la que la presencia de fugitivos y contrabandistas era algo cotidiano.

Siempre he viajado con todo mi dinero encima y el Juanote también disponía de una buena suma, lo cual nos compró el silencio de los aldeanos. No temíamos a los gendarmes portugueses que normalmente iban a lo suyo, temíamos más la larga mano del Guajiro, pero tampoco tuvimos noticias del bandido cordobés. De quien sí supimos fue de los nuestros, por un periódico viejo que nos dieron. A los que habían capturado en la Cimbarra, los habían trasladado al penal de Ocaña. Un tribunal militar los juzgó y los sentenció a morir en el garrote. Para cuando nos enteramos, nuestros compañeros ya estaban muertos. Juanote lloró como un niño por su hermano Nicolás, ya que ambos estaban muy unidos.

Juanote sanó mal del balazo en el hombro y el brazo le quedó casi inútil. Decidimos marcharnos de Barrancos a Lisboa, con el fin de emprender algún negocio con el capital que teníamos.

Alquilamos un pequeño local cerca del monasterio de los Jerónimos a orillas del Tajo y nos dedicamos al comercio de vinos, aceite y productos ultramarinos. Aquella vida de tenderos, no permitía vivir con lujos, pero sí con un cierto desahogo. Yo que siempre he sido enjuto de carnes llegue a echar un poco de barriga, incluso me eche novia y salía los domingos con ella a pasear por la orilla del Tajo.

Poco echaba yo de menos mi vida anterior, si acaso los montes y la naturaleza, pero no aquella vida de privaciones que había llevado, además yo no tenía vínculos afectivos que me atasen a mi tierra. De mi madre y de mi hermana hacía años que no sabía nada. El Juanote sin embargo era otro cantar. Había estado casado y tenía varios hijos, además era de una familia muy larga con muchos hermanos y hermanas, primos y sobrinos y no se resignaba a perder para siempre el contacto con los suyos.

-PERO JUANOTE… ¿TÚ SABES BIEN LO QUE ESTÁS HACIENDO? - Le dije a mi antaño jefe, cuando le sorprendí escribiéndole una carta a su mujer.

-No te preocupes Mala Sangre, le he hecho llegar mensajes antes, por supuesto no directamente... pero tú estate tranquilo que aún tenemos amigos en casa. -

Yo tranquilo no me quedé. Siempre que dábamos un golpe, lo primero que hacía la guardia civil era poner en vigilancia a las familias de los bandoleros y el último golpe, aunque fallido para nosotros, había sido muy gordo. En cuanto a los “amigos” de los bandoleros, a estos siempre los compraba el dinero y/o el miedo y nosotros llevábamos demasiado tiempo fuera del negocio.

Un par de semanas después mis temores se vieron confirmados. Un pelotón de carabineros se presentó en nuestra tienda y nos detuvo. Las autoridades portuguesas habían sido notificadas por las españolas de nuestro paradero, alertadas por la carta del Juanote.

Nos encerraron juntos. El viejo bandido no paraba de pedirme disculpas. En cuanto volviésemos a suelo español sabíamos que nos esperaba el garrote. Ante lo inevitable, decidí que lo mejor era marcharse de este mundo sin rencor, por lo que perdoné al Juanote que era lo más parecido a un padre que nunca hubiera conocido.

En el país vecino se formó una corriente de opinión, contraria a nuestra extradición para ser ejecutados, como el resto de nuestros antiguos compañeros de armas. Estuvimos presos en Lisboa un par de meses más, hasta que, por mediación del gobierno portugués, Alfonso XII nos concedió el indulto, conmutándonos la pena de muerte por la de cadena perpetua y trabajos forzados.

Finalmente volvimos. En cuanto pusimos un pie al otro lado de la frontera nos cargaron de cadenas y nos llevaron en un buque militar hasta el islote del Peñón de Vélez. Allí, a causa de los malos tratos y sus viejas heridas, murió el Juanote en poco más de un año. Yo permanecí en aquella roca olvidada por Dios y por los hombres, hasta finales de 1885, que fue cuando, a causa del fallecimiento del Rey, concedieron la gracia a los presos más antiguos de ser trasladados a Melilla, ya que en Vélez era raro que alguien sobreviviera más de cuatro o cinco años y yo llevaba allí casi una década.

Mi participación en la reciente guerra de Melilla, primero como penado construyendo fortificaciones y luego como voluntario en la Guerrilla de Intervención Rápida del capitán Francisco Ariza, ya la conocen ustedes. No es mi intención justificar mis actos. En mi estancia en Lisboa, regenté junto con mi compañero de fatigas Juan Maroto Fresneda “Juanote”, un negocio honrado y viví como cualquier hombre corriente que trabaja todos los días para llevar un trozo de pan a su casa. No tuve nostalgia de mi vida anterior, si acaso algo de mi tierra y de la bella naturaleza que Dios le ha concedido. Hubiera querido llevar una existencia normal y como a cualquiera, el día que llegue mi hora, morir en mi cama rodeado de los hijos y los nietos que la vida no ha querido concederme, pero sé que cuando llegue ese día estaré solo encerrado en la lóbrega celda de un penal.

Desde estas líneas prestadas por el diario El Informador, quisiera dar las gracias a todos los que han leído mi difícil historia. Siento de corazón todo el mal que mis actos han causado a mis semejantes y aprovecho para pedir un perdón que sé que no merezco. También quiero lanzar un ruego a quien proceda, para que se proteja a tantos y tantos niños y niñas en España, hijos de los montes, de los campos y también de las ciudades, que por carecer de lo más fundamental se ven abocados a seguir el mal camino que en otras circunstancias seguramente no seguirían.