sábado, 17 de marzo de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II DUDAS


DUDAS



Pese a que las cosas en lo personal parecían querer arreglarse, a Jorge le producía una gran desazón todo lo que estaba pasando con el asunto Montaleza. El bandido le había salvado la vida y sentía por él una gran simpatía personal, pero no opinaba en absoluto que Jacinto Montaleza fuera esa victima indefensa que la prensa progresista reflejaba en sus páginas

¿Había pagado ya su deuda con la sociedad aquel bandido?

¿Era bueno que Jacinto Montaleza saliera de la cárcel en ese momento?

Un gran poder entraña una gran responsabilidad y el periodismo tiene el poder de modelar como arcilla la opinión de muchas personas. Su crónica de la actividad delictiva y bélica de Montaleza se ceñía a los hechos como se los había trasmitido el bandido. Nadie le decía a Jorge que estos hechos no habían pasado realmente de otra manera. Había consultado fuentes externas hasta donde era posible, pero el cuerpo del relato era lo que el bandido le había contado en Melilla.

Jorge se sentía manipulado y no solo por Jacinto Montaleza. El director Acuña en su columna de opinión semanal había adoptado sin restricciones la línea de opinión más favorable al bandido. Este hecho, unido a la capacidad de influencia que Mariano Acuña tenía sobre los políticos, hizo que el partido liberal por aquel entonces en el gobierno se alineara con las tesis de los defensores del bandolero monteño, decretando su traslado desde Melilla al cercano penal de Ocaña.

- ¿Qué es lo que estamos haciendo D. Mariano? Mi intención nunca fue crear un héroe donde no lo hay. Jacinto Montaleza habrá sufrido muchas injusticias durante su vida, como las que sufren a diario millones de personas aquí y en todo el mundo y aun así no se levantan en armas contra sus semejantes, creo que esto se nos está yendo de las manos Sr. director. -

-Déjeme que le dé una pequeña lección de historia y si me lo permite también de realidad- Dijo el director Acuña en un tono de voz mucho más bajo del habitual en la redacción, cerrando la puerta de su despacho a la suspicaz mirada de otros empleados del periódico.

-Los españoles somos un pueblo que aguanta lo indecible, pero que sólo reacciona ante sucesos aparentemente sin importancia ¿Supongo que habrá oído hablar usted del Motín de Esquilache? -

-Si… si claro el motín de las capas y los sombreros de ala ancha siendo rey Carlos III.-

-Lo de las capas y los sombreros era la excusa oficial para el motín, pero la realidad es que había fuerzas opuestas en la cúpula del estado, unos partidarios del Marques de la Ensenada y los jesuitas y otros ilustrados, como Campomanes. Una crisis de suministros fue el caldo de cultivo en el que se gestó la revuelta, menos mal que en este caso había un Carlos III, el último por no decir el único de los Borbones bueno que supo canalizar la situación con mano izquierda para no retroceder en la natural evolución de la sociedad.

No pretendo ser un conspirador y no conozco al tal Montaleza, usted Jorge le conoce mejor que yo, pero si en este asunto resulta ser como el viento huracanado que abate los árboles enfermos del bosque, que en este bosque que llamamos España hay unos pocos, pues bendito viento…

No crea querido joven que las cosas pasan porque si, sólo le pido que confíe en mi gestión. Algún día le presentare a personas que saben mucho de la realidad y que seguramente cambien su manera de ver el mundo. En cualquier caso, si esto de Montaleza se nos va de las manos, yo dimitiré como director del Informador, pero no sin antes escribir un artículo que le descargue a usted de cualquier responsabilidad. -

El director Acuña dio por terminada la conversación, pero Jorge no se marchó muy convencido del despacho. Por mucho que don Mariano escribiera un artículo, él seguía sintiéndose responsable de sus palabras.

 



EL NOTICIERO IMPARCIAL. 10 de junio de 1894

El gobierno decreta el traslado del preso Jacinto Montaleza al penal de Ocaña.



Haciéndose eco de las numerosas peticiones recibidas para que el antiguo bandolero y guerrillero carlista Jacinto Montaleza, conocido por el público por su reciente participación en la guerra de Margallo, el consejo de ministros ha decidido su acercamiento al penal de Ocaña, el más cercano a su tierra natal de los Montes de Toledo por razones humanitarias. La orden tiene efecto inmediato y el prisionero ya viaja desde Melilla hacia Málaga a bordo del buque de guerra Condestable de Castilla.

 La polémica creada en torno a este personaje está servida. En estos días, tanto partidarios como detractores del bandido debaten acaloradamente sobre el tema en los papeles, así como en cualquier casino de provincia. Pero no se engañen queridos lectores, este debate va mucho más allá de la modesta figura de Jacinto Montaleza del que casi nadie había oído hablar hasta ahora. Es el debate pendiente en este país desde hace mucho tiempo. Es el debate sobre una sociedad carcomida por viejos vicios y que no acaba nunca de modernizarse.

En este pulso parece que lleven las de ganar los partidarios del monteño, no como una evolución social sino más bien como carnaza que lanzan los poderosos a esa fiera que es el pueblo y que cada día se muestra un poco menos dócil ante la injusticia y la corrupción.

Este traslado es el paso previo a una liberación de Montaleza que según me malicio, veremos más pronto que tarde, justo en el momento en que los que mandan en este país necesiten tapar algún escándalo o algún revés militar en los perpetuos conflictos de las colonias de ultramar.

Lorenzo Pérez Carro.













Capítulo 7 de Hijos de los Montes

11 de junio de 1894

Jorge Villafranca Vargas



La situación del ejército carlista a finales de 1875 era desesperada. Muy inferiores en número a las tropas alfonsinas, mal armados y peor alimentados, el duro invierno del norte se cernió sobre nosotros como una garra de acero.

Las armas, las municiones y los dos pequeños cañones que habíamos robado en Algodor fueron bien recibidos, pero llegaban tarde y eran absolutamente insuficientes. El rey Carlos con su elegante guerrera, sus botas brillantes y su gran boina roja con borla dorada parecía más una estampa de un pasado supuestamente mejor, que un comandante militar capaz para una guerra moderna. El caso es que su visión en si era un bálsamo efectivo para los que eran unos convencidos de la causa, lo que no era mi caso.

Al cura y a mí, como los dos éramos magníficos jinetes y traíamos unos caballos excelentes, nos incorporaron al escuadrón real de caballería, D. Lucio como capitán y yo como sargento de primera. La unidad era cuanto menos pintoresca, por decirlo de una manera suave. Compuesta de unos seiscientos y pico hombres entre los que había: pobres campesinos a lomos de pencos más adecuados para la labranza que para la guerra y oficiales aristócratas sobre bellos corceles ideales para competir en un hipódromo. Uniformado por los mejores sastres de París y Londres, entre todos aquellos figurones destacaba nuestro comandante, el marqués de Valdepeñosillo que ostentaba el grado de mariscal de campo. Una cosa unía a todos aquellos jinetes de tan diferente pelaje y no era otra que su fe católica y su veneración fanática al candidato legitimista. He de confesar que se me revolvían las tripas con la sola visión de cómo aquellos “cruzados” doblaban la rodilla al paso de aquel rey fantoche. Aquella combinación de entusiasmo cerril e incompetencia militar se me antojaba una mezcla fatal, algo en lo que el futuro no tardaría en darme la razón.

Enterados de que los alfonsinos marchaban desde Logroño hacia Estella se nos ordenó marchar en dirección a su encuentro en Montejurra. Las cumbres de los cercanos montes estaban coronadas de nieve y nuestra penosa marcha se veía frenada por la lluvia y los constantes atascos de los carros con los bagajes y los trenes de mulas que tiraban de la artillería en el barro helado ¡Qué distinta aquella guerra a la que hacíamos allá abajo en los montes de Toledo!

Llegamos a media tarde a un valle que formaba una gran llanura verde, un verde muy distinto al pardo verdoso que colorea mi tierra. Allí tres años antes había tenido lugar una batalla con resultado favorable para nuestras armas. Ahora la cosa no parecía en absoluto tan clara. Con las últimas luces llegaron los alfonsinos que acamparon al otro lado del valle.

Nos superaban en número, pero sobre todo nos superaban en armamento y medios. Entonces llegó a nuestro campamento el rey Carlos y comenzó a supervisar la disposición de las fuerzas. Una vez acabada la revista, celebramos una misa solemne. Al finalizar el oficio, nuestro comandante, el marqués de Valdepeñosillo, hincó la rodilla en tierra y rogó a su rey que le permitiera cargar el primero contra la artillería enemiga. No hacía falta ser Napoleón Bonaparte para saber que aquel movimiento era una absoluta imbecilidad. Yo hable con los hombres del pelotón que mandaba indicándoles que hiciera lo que hiciera el marqués ellos me siguieran a mí. El cura de Alcabón que se maliciaba mis intenciones hizo que nos situaran a mí y a mis hombres en el centro del ataque. Así nos vimos en el campo de Montejurra, frente a las bocas de los cañones y por el resto de los lados rodeados de fanáticos que anhelaban el martirio y/o la gloria.

Nos dieron una lanza a cada uno. A mí aquel palo rematado en un pincho sólo me parecía útil para asar un conejo en una hoguera por lo que palpé mis dos revólveres comprobando que ambos se encontraban en su funda.

- ¡A MI ORDEN! TODOS LANZAS EN RISTRE ¡AVANZAR! Gritó nuestro comandante alzando su sable y haciendo cabriolas con su caballo. El cielo se abrió y un rayo de sol hizo brillar las insignias de oro y plata que lucían en el bizarro arreo de nuestro mariscal. Yo pensé para mí “tengo que sobrevivir hoy a este idiota”

Salimos al trote en nuestras monturas hacia las líneas alfonsinas. Cuando calcule que nos hallábamos a unos cincuenta pasos del alcance de los cañones, piqué espuelas y mi caballo salió a galope tendido justo cuando me llegaba el estruendo de la descarga enemiga. Ya fuera por que confiaban en mí o porque su fe en Dios y en las habilidades militares del marqués no eran tan sólidas como en un principio podía parecer, los diez hombres de mi pelotón me siguieron como si de uno solo se tratase. A nuestras espaldas el disparo de los cañones hacía estragos entre los jinetes carlistas.

Tiré la lanza y desenfundé. Mis diez hicieron lo propio y a galope tendido huimos hacia el único sitio posible, los cañones de los realistas. Visto y no visto alcanzamos sus líneas justo cuando habían cargado de nuevo y corregido el tiro. Galopamos paralelos a ellos matando a muchos de los artilleros sin que la infantería hubiera reaccionado aún. A punto de rebasar la línea de fuego un estruendo a mi espalda hizo corcovear a mi montura. Volví grupas y vi como uno de mis jinetes y su caballo, yacían destrozados en mil pedazos humeantes por el cañonazo recibido a quemarropa. Levante los dos revólveres y disparé contra los artilleros.

Ya se había incorporado a la vanguardia junto a los cañones un pelotón de fusileros que amenazaba con liquidar a los pocos que quedábamos de mi pelotón, cuando oímos un griterío ensordecedor a nuestras espaldas. Era el rey Carlos que a la cabeza de su ejército atacaba con todo lo que tenía poniendo en fuga a los alfonsinos.

Tras la victoria se celebró otra solemne misa, esta vez para honrar a los muertos que habían sido aproximadamente una cuarta parte de lo que quedaba del ejército legitimista. La caballería se había perdido casi en su totalidad en aquel valle navarro. Del marqués de Valdepeñosillo solamente se había podido recuperar la boina y el sable. A mí, por mi “acto de valentía” me ascendieron a brigada y el mismísimo D. Carlos prendió en mi pechera la medalla que acreditaba mi pertenencia a la Orden de caballería de la Legitimidad Proscrita (Algo muy adecuado para un bastardo que llevaba proscrito tantos años pensé yo con sorna)

Aquella fue una batalla como las que libraba aquel rey griego, Pirro del Épiro, que invadió Italia y obtuvo algunas sonoras victorias sobre los romanos, pero que a la postre tuvo que volverse a Grecia con los pocos hombres que le quedaban al tener cortada cualquier vía a los refuerzos y los suministros. Carlos VII y su estado mayor decidieron dejar una delegación para negociar una salida con los representantes de Alfonso XII, mientras el candidato carlista marcharía temporalmente al exilio.

Acompañé al sequito real por los pasos del Pirineo. Cuando llegamos a la frontera de Francia D. Lucio Dueñas, que se exiliaba con el rey, y un servidor nos dimos en silencio un abrazo de despedida. El cura de Alcabón siempre tan locuaz, esta vez no tenía ninguna palabra que decirme. El rey Carlos VII sí que habló. Envuelto en su capa con cuello de marta cibelina, se volvió hacia España, alzó un puño al cielo haciéndole partícipe de su juramento y exclamó “VOLVERÉ”

Yo sabía que aquel rey de opereta no iba a volver. Servidor odiaba la guerra, aunque había tenido que hacer de ella mi oficio, pero aún más odiaba a los que la entendían como un deporte. Yo luchaba para vivir un día más, aquellos aristócratas lo hacían para lucir los despojos en alguno de sus palacios, como si de la piel de un tigre se tratase. Cuando la comitiva cruzó la frontera me quité la gorra roja, la medalla y los galones que indicaban mi rango y me envolví en la vieja manta que aún conservaba de la primera vez que me eché al monte y volví grupas hacia el Sur, hacia los Montes de Toledo, mi casa.

viernes, 9 de marzo de 2018

HIJOS DE LOS MONTES LibroII HIJOS DE LOS MONTES-UN REFERENTE


UN REFERENTE



El hecho de haber cogido a la pequeña Teresa en brazos cambiaba para Jorge las reglas del Juego de su relación con Margarita Marlasca. Aún tuvieron un par de oportunidades más de verse hasta que se repuso la niñera y en su último encuentro Jorge le planteó sin ambages que dejara a su marido.

Margarita tenía una considerable fortuna personal. Era hija única y su padre, Antonio Marlasca tenía título de conde. El título del padre de Margarita no era un título como el del marqués de Fuensalida su esposo, era un título con abolengo y unas propiedades que, aunque mucho menores que las del cordobés, la convertían en una mujer bastante rica y con posibilidades de independizarse cuando desease. Claro está, si estaba dispuesta a obviar que su vida social terminaba en el preciso momento en que diese el paso de abandonar a su legítimo esposo. Incluso aunque estuviesen prohibidos los duelos, Jorge estaba dispuesto a desafiar al marqués.

-No sabes lo que estás diciendo. Emiliano es muy diestro con cualquier tipo de arma, pero nunca te daría esa oportunidad, antes mandaría a Bayón o a cualquier otro a que te clavase un cuchillo por la espalda en un callejón oscuro y a mí me encerraría en el cortijo de la sierra de donde no volvería a salir jamás.- Después de despedirse tras su último encuentro, Margarita prometió mover el asunto a través de su familia, de la que podía esperar amor y comprensión incondicionales y rogó a Jorge que “no hiciera ninguna tontería mientras tanto”.

Mientras, Jorge seguía en su laberinto personal, El debate sobre la figura de Jacinto Montaleza trascendía más allá de las páginas de el Informador. En todo el país y por extensión en toda la prensa escrita, la situación del bandolero y su pasado eran de candente actualidad. Según el talante más o menos progresista del medio, Montaleza era “una víctima de la sociedad” o “un canalla al que debían haber matado como a un perro hacía mucho tiempo”.

Este estado de cosas hacía que la opinión de Jorge fuese demandada por los lectores de el Informador e incluso de otros medios liberales que trataban infructuosamente de cortejarle. La verdad es que la nueva carga de trabajo no le vino nada mal para olvidar su situación sentimental a la espera de noticias de su amada y de la hija de ambos.







La Gaceta de las Españas

2 de junio de 1894

A las Alimañas y a sus Protectores



Estimados lectores:

Recientemente, lo más abyecto del periodismo patrio encarnado en ese joven de pluma grosera llamado Jorge Villafranca, ha dado rienda suelta a su verdadera naturaleza, la de protector de alimañas dañinas.

Como es sabido, el citado Villafranca, es un novato en la profesión al que le quedan aún muchas leguas de negra tinta por escribir para que los que llevamos toda la vida en esto podamos considerarle uno de los nuestros. El lector avisado debe abstenerse de tenerle por un periodista de verdad, pese al éxito que obtuvo en un pasado reciente con su crónica de los sucesos acaecidos en Melilla. Éxito efímero del que no quedara recuerdo y una manera de informar muy “de aquí te pillo aquí te mato” con muy poca sustancia al no haber sido tamizada por el filtro de la necesaria reflexión que todo texto ha de pasar antes de llegar al público.

Los errores de la juventud y la inexperiencia casi siempre son perdonables. No así los debidos a la mala fe y al mercantilismo en estos tiempos en los que la vieja espiritualidad de los moradores de la gran nación española está de capa caída. Cada día es más frecuente que el sentido de la justicia y de lo recto, sean puestos en almoneda por cuatro mercachifles como el jefe de Jorge Villafranca, Mariano Acuña, director de ese libelo con ínfulas de tabloide serio que se autodenomina a sí mismo “el Informador”. El “des informador” diría yo más bien que se debería llamar a ese esperpento mal impreso…

El colmo de la iniquidad de estas gentes maliciosas y poco leídas ha sido dar pábulo a las justificaciones de un delincuente convicto y confeso de nombre Jacinto Montaleza. Un ser humano cuyo comportamiento aberrante es el producto del alejamiento de Dios y una injustificada rebeldía contra la autoridad establecida. Autoridad compuesta en nuestra sociedad patria por los mejores y los más preparados para ejercerla, como son los miembros del partido conservador y en su mayoría también los miembros del liberal, ambos tutelados sabiamente por nuestra regente S.M. Doña María Cristina de Habsburgo y su hijo D. Alfonso, que pese a su corta edad, ya apunta maneras para ser un dignísimo sucesor de su padre, el magno Alfonso XII, considerado por los que de esto saben cómo un estadista sobresaliente entre todas las testas coronadas del Viejo Mundo.

En su día, el susodicho Montaleza se libró del garrote del verdugo gracias a la mediación de las autoridades portuguesas. Los portugueses que son nuestros hermanos de la preclara raza ibérica, en este asunto se alejaron de los españoles en el grado de parentesco, pasando de hermanos a “primos”. Su gestión del caso al entregar a Montaleza y su compinche el sanguinario Juan Maroto Fresneda, alias “Juanote” poniendo como condición que no fueran ejecutados al cruzar la frontera fue un craso error. Cualquier persona cabal estará de acuerdo conmigo en que les deberían haber ajusticiado ellos mismos y haber expuesto sus miserables despojos en la frontera para escarmiento de malhechores de uno y otro lado.

La semilla de la mala hierba ha sido sembrada con profusión por estos enemigos del imperio de la justicia, adversarios de la verdadera fe católica romana. Los nuevos partidos de izquierdas: socialistas, anarquistas y demás patulea atea y contraria a las más elementales normas del sentido común, han adoptado a Jacinto Montaleza como a un nuevo mártir. Este delincuente, al que sus cómplices del informador nos presentan como una víctima de una injusticia social inexistente en España, es un lobo con piel de cordero que únicamente debería sentir: el abrazo del cepo y el beso del plomo, en lugar de la mano del inexperto Villafranca acariciándole el lomo. Una mano que, más pronto que tarde, morderá el citado Montaleza fiel a su naturaleza lobuna y que el infame Mariano Acuña no se dignará ni siquiera vendar una vez que no sirva a su único objetivo, que no es otro que el de llenar su bolsillo de monedas de plata como las que percibió Judas Iscariote por vender a nuestro salvador Jesucristo.



Carlos Cebollero Martín





EL FARO DEL LIBREPENSADOR.

3 de junio de 1894

La injusticia fuente de todos los males en nuestra sociedad.



Recientemente ha saltado a la palestra de la opinión de este país el conocido como “caso Montaleza” un ejemplo paradigmático de cómo esta injusta sociedad puede destruir la vida de uno de sus individuos.

D. Jacinto Montaleza, pobre entre los pobres, arrinconado por caciques y curas y por la ignorancia en la que estos tratan de sumir habitualmente a los hijos del pueblo, no tuvo más remedio desde su más tierna infancia que seguir el estrecho camino que lleva a muchos desfavorecidos a la delincuencia y la rebelión.

Hoy, en las postrimerías del siglo XX, cuando toca a su fin el siglo que fue testigo del final del antiguo régimen con el que desaparecieron, como el recuerdo de una larga y oscura noche, la servidumbre e incluso la esclavitud, gracias a la sangre derramada por el pueblo, Jacinto Montaleza sigue prisionero en un lóbrego penal. En su cautiverio ha sido sometido a un trato inhumano, obligado a luchar en una guerra que no es la suya y que no es la del pueblo.

¿Qué le queda en esta vida a Jacinto Montaleza? Solamente le queda la alternativa de la fuga (misión imposible) o abandonar este perro mundo por la puerta de atrás, colgándose un día de los barrotes de su celda, cegado por la más absoluta desesperación.

Es misión de todo hombre de bien, ofrecer a Montaleza y a tantos millones de seres humanos víctimas de la injusticia social otras alternativas y esto es lo que se propone a hacer este diario. Para este fin, hemos remitido cartas a los gobiernos de las naciones vecinas y de la Santa Sede, para que intercedan a favor del preso. Así mismo, estamos remitiendo copia en nuestro nombre de los miles de cartas que nuestros lectores nos envían apiadándose de la mala situación en la que se encuentra el penado.

No ocultamos que nuestro objetivo final sería que D. Jacinto Montaleza pudiera pasar el tiempo que le quede de vida en libertad, en su querida comarca de los Montes de Toledo la tierra que le vio nacer, pero mientras tanto, al menos esperamos que nuestro empeño suavice su riguroso cautiverio y por extensión el de tantos y tantos otros en una situación similar.



Melchor Cerrudo Cantalejo.





Capítulo 6 de Hijos de los Montes

4 de junio de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Antonio Merendón no había nacido en los Montes si no en el llano, en Dos Barrios un pueblo cercano a Ocaña, pero su manera de hacer la guerra era como la nuestra. De muy joven fue reclutado para ir voluntario a hacer el servicio militar en Cuba con un ardid.  Estaba en una taberna con otros mozos de su pueblo bebiendo un vaso de vino y aparecieron unos militares de la caja de reclutas de Toledo invitando a beber a todo el mundo. Como era mozo y con poco aguante para la bebida, enseguida cayó como un tronco. Al día siguiente se despertó en un tren camino de Cádiz. Cuando quiso protestar recibió un puñetazo por parte del sargento que le palmeaba la espalda y le invitaba a beber la noche anterior. El militar le puso delante un papel en el que decía que había firmado como recluta por seis años, pese a que Merendón no sabía leer ni escribir.

En la isla caribeña siempre estaba metido en todos los fregados, era un rebelde nato. No obstante, su valor en combate era innegable y pronto ascendió a cabo. A los cinco años de servicio recibió un machetazo de un mambí en la cara. Perdió un ojo y a punto estuvo de perder la vida por las deficientes condiciones sanitarias del hospital. Fue repatriado a la península y como no recibía los papeles de la licencia y ante la complicada situación militar española que amenazaba con su reenganche forzoso pese a ser un mutilado, escogió el camino que llevaba a los Montes.

Sus dotes de líder le hicieron que pronto mandara una partida que también sirvió, con la misma promesa que el resto, a la causa del rey Carlos.

Tras el fiasco de Camuñas, tardamos tiempo en volver a actuar en el llano. En febrero los carlistas más destacados de la Mancha fuimos convocados por el general Sabariegos cerca de Horcajo. Yo acudí junto con el cura de Alcabón, con los galones de sargento adornando mis bocamangas

La partida del Cura y los Juanotes iba a asaltar en Algodor muy cerca de Aranjuez, un tren que transportaba armas ayudados por Merendón y sus hombres. 

El resplandor de las hogueras iluminaba los rostros barbudos y curtidos por los elementos. El general Sabariegos daba instrucciones a los jefes de las partidas de la acción que iban a acometer con las primeras luces. Merendón y su grupo esperarían antes de la estación que sería donde desvalijaríamos al tren y sus pasajeros. Los Juanotes y el cura llegarían por detrás del tren y un grupo selecto de jinetes entre los que yo me encontraba, seríamos los encargados de detenerlo.

Al amanecer ocupamos nuestras posiciones. Mi grupo formado por diez jinetes se ocultó tras una pequeña elevación junto a la vía que corría paralela a la cinta de plata del Tajo.

El reflejo del heliógrafo nos indicó que el convoy se acercaba. Nosotros a su vez rebotamos la señal a la posición de Merendón. El tren se fue haciendo poco a poco más grande con su negra columna de humo. Cuando rebasó nuestra loma, picamos espuelas y galopamos raudos por su costado. Pronto alcanzamos la locomotora, pero para nuestra sorpresa el vagón delantero iba lleno de soldados. Un cabo que fumaba u pitillo en los topes del vagón fue el primero en dar la voz de alarma. Pronto comenzaron a disparar desde las ventanillas del ferrocarril. Briones, Telaraña y el Feo de Cariño cayeron fulminados por aquella lluvia de plomo, los demás nos apartamos de la vía y del fuego mortífero de aquel vagón.

Viendo que el tren se nos marchaba y que no íbamos a ser capaces de detenerlo antes de que llegase a donde Merendón, piqué espuelas a mi magnífico caballo y haciendo una curva me planté justo delante de la locomotora y pasé al otro lado de la vía. Mis compañeros seguían al mismo lado disparando sus revólveres en un intento casi suicida de mantener el fuego enemigo en el lado contrario del tren. Sin que los maquinistas percibieran mi presencia salte a la locomotora. A punto estuve de caer y ser devorado por aquellas grandes ruedas de acero, pero en un instante estaba en la cabina con el revólver en la mano.

- ¡DETENED EL TREN AHORA MISMO O SOIS HOMBRES MUERTOS! - Dije a las espaldas del maquinista y el fogonero que sorprendidos se volvieron hacia mí.

El encargado de la caldera blandía una pala con la que, con sorprendente velocidad me lanzó un golpe. Yo lo esquivé por poco, pero perdí el revólver. Ahora los dos, el fogonero con la pala y el maquinista con una palanca de hierro me hacían frente. La pala pasó tan cerca de mi cabeza que me arrancó la boina roja, pero yo había recuperado el revólver y le pegué un tiro en el estómago. Luego encañoné al maquinista que inmediatamente depuso la barra.

- ¡AHORA DETÉN EL TREN O ERES HOMBRE MUERTO, HIJO DE PUTA! -

Sin demora el hombre accionó la palanca del freno y el convoy comenzó lentamente a perder velocidad. El tren se detuvo tan solo a unos metros del punto de la vía donde Antonio Merendón estaba parado sobre su caballo.

Los soldados hicieron intento de salir del vagón y plantar cara a las fuerzas que habían detenido el tren. Algunos llegaron a disparar sobre los hombres del tuerto siendo abatidos al punto sin haber causado bajas en las filas de la facción. La llegada de Los Juanotes y del cura de Alcabón disuadió al resto de la tropa de cometer cualquier insensatez. Un teniente que estaba al mando fue el primero en arrojar al suelo sus armas y el resto de los soldados gubernamentales inmediatamente imitaron su gesto.

Con los soldados desarmados y maniatados comenzamos el saqueo del tren. En un vagón cerrado encontramos las armas: varias cajas de fusiles y pistolas, un par de cañones pequeños y munición, sobre todo mucha munición. Mientras robábamos las armas, D. Lucio pedía amablemente a los pasajeros una ayuda para la causa del rey Carlos. Pocos se la negaban más yendo acompañado de los Juanotes, Milreales y el tuerto Antonio Merendón. Tras recibir las “dádivas” el cura entregaba a los “donantes” unas estampitas del Monarca Carlos VII bendecidas por el mismísimo Papa de Roma.

Una parte de las armas se las íbamos a entregar a unos guerrilleros de Córdoba que eran los que nos habían dado el soplo. El resto, lo llevaría el cura a las Vascongadas donde los partidarios de la causa legitimista estaban teniendo los más duros combates.   

Merendón llevó una parte de las armas hasta Porcuna en Córdoba, el lugar convenido para la entrega de su parte a nuestros aliados andaluces y el Cura de Alcabón y yo mismo partimos con el resto hacia Estella que es donde estaba la corte del pretendiente.

Sin duda fue una delación interna en la partida cordobesa que operaba en la sierra de Cardeña y que dirigía un tipo estirado al que llamaban el Guajiro porque había estado muchos años en Cuba. El caso es que las tropas estaban esperando a Merendón, que muy inferior en número se batió como un bravo, aunque todo fue en vano. Finalmente cayó prisionero y fue ajusticiado por garrote en la plaza de Porcuna. Una muerte ignominiosa reservada a los bandidos y a los asesinos. Quedaba claro que el nuevo Rey de Madrid, Alfonso XII, no pensaba darnos la consideración de militares que daría a cualquier enemigo extranjero.

La noticia de la muerte de Antonio Merendón, que, aunque no de nacimiento, era por valor y hambre un hijo de los montes como nosotros, nos llegó a D. Lucio y a mí en la corte de Estella a principios del invierno de 1875.


viernes, 2 de marzo de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Cápitulo 5-HIJOS DE LOS MONTES-TERESA


TERESA

Jorge anduvo toda la semana dándole esquinazo a don Mariano. Sabía que en la ópera se había puesto en evidencia, y lo que es peor, había puesto en evidencia a Margarita. Todavía recordaba las suspicaces miradas de Emiliano Fuensalida y el mulato Bayón.
“Realmente no había sucedido nada”, pensó tratando de tranquilizarse sin mucho éxito. Pero sí que había sucedido algo: La mirada de Margarita le había confirmado que sus sentimientos hacia él seguían intactos.
Un hecho vino a confirmarle ese extremo. A mitad de la semana, el periodista estaba escribiendo en el gabinete de su nueva residencia, cuando unos golpes suaves sonaron en su puerta. Abrió y se encontró cara a cara con su amada. Sin mediar una sola palabra, ambos amantes se fundieron en un apasionado abrazo que entre besos les condujo hasta el dormitorio. Allí hicieron el amor con la rabia y la desesperación de no saber si aquel era o no su último encuentro.
El cuerpo de Margarita había cambiado con su reciente parto. Estaba más rotunda de carnes, más mujer, pero sin haber perdido un ápice de belleza sino más bien incorporando la calidez de la maternidad a las muchas gracias que adornaban su persona antes del alumbramiento.
-Emiliano y Carlos Bayón se han tenido que ir urgentemente a un negocio  en Córdoba y por suerte la niñera de Teresa, que en realidad una carcelera que me ha puesto mi marido que quiere saber todos mis movimientos, ha amanecido ardiendo de fiebre y el medico la ha aislado en su habitación por si se tratase de algo contagioso. Yo se supone que he ido a oír misa a San Francisco el Grande, a donde debo regresar para dejarme ver en una cuestación benéfica que organiza la propia regente para sufragar la construcción de la nueva catedral, esas obras que hay junto a palacio y que apenas han avanzado desde que el difunto Alfonso XII colocó la primera piedra.-
Tras departir brevemente sobre la hija de ambos, a regañadientes, Jorge dejó ir a su amante con la promesa de que si la niñera seguía enferma al menos le haría llegar algún mensaje que le permitiera verla con la niña en alguna de sus muchas actividades sociales.
Finalmente no le quedó más remedio ante los requerimientos que le enviaba el director Acuña que presentarse en la sede de el Informador, para que este evaluase la nueva entrega del serial.
Jorge temía este encuentro desde lo de la ópera del fin de semana, pero para suerte suya, cuando se presentó en la oficina don Mariano se hallaba enfrascado en una de sus perennes discusiones con los tipógrafos. El periódico se había dotado de una máquina de escribir, pero con frecuencia los textos seguían sin entenderse por errores debidos a la trascripción mecanográfica. Si en un futuro todos los periodistas escribían a máquina sus propios textos, esos errores dejarían de producirse, pero de momento las máquinas de escribir como la que había comprado el periódico eran ingenios sumamente caros.
Por indicación de su director, Jorge dicto el texto a la secretaria que en un principio se mostró remisa a abandonar lo que estaba haciendo, pero al tratarse de Jorge y trasmitiendo órdenes directas de don Mariano, se puso a teclear al dictado del periodista. Luego él mismo repasó y a lápiz, añadió algunos signos de puntuación que faltaban en el texto.
Al volver a casa, Jorge encontró una nota que alguien había deslizado por debajo de la puerta. La niñera seguía indispuesta y Margarita y Nuria iban a acudir aquella tarde a la rosaleda que se encontraba al final del paseo de coches del parque del Retiro.
A las cinco en punto Jorge que estaba en la rosaleda haciendo como que admiraba las rosas, las vio llegar. Margarita, junto a su doncella Nuria que empujaba un carrito de bebe paseaban por el parque. Hacía bastante calor para la época del año y apenas había gente en el Retiro. Jorge se acercó decidido al grupo. Saludó a Margarita con un ligero beso en los labios y a Nuria con una inclinación de cabeza, luego se asomó al carrito. Teresa era un bebe sonrosado y tranquilo. Miró a Margarita y esta asintió con un gesto. Jorge cogió a su hija en brazos por primera vez. Miró a Teresa y a su vez el bebe le miro a él devolviéndole una satisfecha sonrisa.




Capítulo 5 de Hijos de los Montes
28 de mayo de 1894
Jorge Villafranca Vargas


La “Gloriosa” del sesenta y ocho paso sin pena ni gloria en los montes, igual que el nuevo rey Amadeo y una república que nacía herida de muerte.
¡DIOS, PATRIA Y REY! Parece casi una burla que un hombre como yo invoque el lema de la facción. Un Dios que nunca me ayudó, una Patria a la que invocaban los que siempre nos oprimían  y un rey que vivía en su palacio absolutamente ajeno al bienestar de sus súbditos… aun así el mayor anhelo de un renegado siempre es poder revertir su situación algún día y el carlismo nos ofreció esa oportunidad.
Cuando Carlos VII volvió a España, también lo hicieron con él muchos exiliados. Uno de aquellos exiliados era el general Vicente Sabariegos que había sido uno de los lugartenientes de Ramón Cabrera, “el Tigre del Maestrazgo”. Sabariegos se encontraba en Portugal y ya había intentado alzarse en armas cuando depusieron a Isabel II. Esta vez el Rey faccioso le encomendó la labor de comandar la rebelión en Extremadura y la Mancha.
La guerra principalmente estaba en el Norte. Pero en la Mancha también tenía partidarios el Rey Carlos. Uno de ellos era D. Lucio Dueñas que era cura párroco en Alcabón, en la comarca de Torrijos. Aquel hombre de Dios con sus prédicas reclutó más gente que el Rey con su oro y las promesas de futuros perdones y prebendas.
Sabedor como todos los habitantes de la provincia de quien era la partida más eficaz, el cura de Alcabón no tardó en contactar con los Juanotes. La entrevista se celebró cerca de Navas de Estena. A ella asistimos Los dos hermanos Juanotes y un servidor. El cura nos explicó lo que se esperaba de nosotros y la recompensa que podíamos obtener si defendíamos la causa y que no era otra que la libertad para retomar nuestras vidas donde las habíamos dejado antes de hacernos bandoleros. La propuesta de D. Lucio venia refrendada por una carta con la firma y el sello del pretendiente legitimista Carlos VII duque de Madrid.
Lo que nos convenció no fue la carta de aquel fantoche de boina roja y pechera llena de medallas ganadas en los salones de baile de toda Europa, si no la elocuencia del cura. Lucio Dueñas predicaba un cristianismo primitivo y ciertamente justiciero, algo muy en la línea de las creencias de los rudos hombres de los Montes.
La partida operaría como un cuerpo de ejército independiente, a veces solos otras veces en colaboración con otras partidas. A algunos los conocíamos bien porque también eran de los montes de Toledo y habíamos cometido muchas fechorías juntos: Sartenilla, Milreales, Briones, Mulita, Feo de Cariño o el Telaraña eran algunos de aquellos bandoleros monteños que se sumaron a la facción. También estábamos en comunicación con grupos de Gredos y Guadarrama, pero sobre todo con guerrilleros de Sierra Morena con los que posteriormente seguiríamos trabajando.
Poco o nada nos podían enseñar los militares carlistas sobre la guerra de guerrillas. Sin embargo apenas sabíamos nada de armas modernas, cartografía, heliógrafos o comunicación morse. Además de formación militar, el cura que debió de ver en mí algo de inteligencia natural, me nombró su asistente y amplió mis escasas letras  y mi conocimiento del mundo en los ratos que nuestra azarosa vida nos lo permitía. Incluso hoy cumpliendo con la pena que la sociedad decidió imponerme, recibo correspondencia de ese santo hombre que debe andar cerca de los ochenta años y encuentro aún muchas enseñanzas y consuelo en sus cartas.
Con la guerra carlista se solapó la enésima rebelión en Cuba y nada más salir por pies Amadeo de Saboya e instaurarse la república estalló  la rebelión cantonal. Aunque el carlismo y el federalismo radical estaban en las antípodas ideológicas, seguíamos la máxima vigente desde que la humanidad inventó la guerra  de que “el enemigo de tu enemigo es tu amigo” así recibimos órdenes de participar en el alzamiento cantonal de Camuñas, un pueblo toledano, que estaba en nuestro ámbito de operaciones.
Descendimos de la sierra Calderina por la vega del río Amarguillo. Pasamos por Herencia y Puerto Lápice,  donde entramos sin resistencia e incluso conseguimos gracias a la elocuencia de mi mentor D. Lucio, que varios jóvenes de aquellos pueblos se sumaran a la facción. Otro cantar fue el recibimiento que recibimos en Camuñas.
Traíamos un cargamento de armas para que el nuevo cantón se pudiera defender de las fuerzas gubernamentales. Teníamos que entregárselo al alcalde un tal Luis Villaseñor.
Por unos labriegos supimos que el alcalde había expulsado al cura párroco y que a instancias de un misionero gallego de nombre Félix Moreno Astray, la mayoría de los vecinos se habían convertido al protestantismo,  pocos de buen grado y la mayoría acogotados por aquel alcalde de horca y cuchillo, por lo que el recibimiento a todo un señor cura como D. Lucio Dueñas por mucho que viniera a socorrer al cantón, no fue ni mucho menos el esperado.
El cura de Alcabón preguntó desde lo alto de su caballo por el alcalde. D. Luis acompañado por el misionero y un grupo de incondicionales armados con viejas escopetas de caza, conminó a D. Lucio para que depusiese las armas y se apease de su montura. En previsión a alguna jugada parecida, solamente habíamos entrado en Camuñas diez jinetes acompañando a nuestro líder. El resto, unos cincuenta más, habían rodeado el pueblo y se plantaron en la plaza justo cuando aquellos herejes nos apuntaban con sus armas.
 El alcalde Villaseñor era un hombre inclinado a la ira y aquello de ser desarmado y hecho prisionero nada menos que por un sacerdote de la iglesia católica romana lo llevaba francamente mal. Requisamos las armas y por supuesto, de entregar las que habíamos traído nanai de la China…
El cura de Alcabón confesó a aquellos arrepentidos de haber abrazado la herejía y luego tras devolver a los vecinos su vetusto arsenal abandonamos aquella Ginebra manchega.
Desde las primeras estribaciones de la Calderina pudimos ver una nube de polvo que se acercaba al pueblo por la llanura. Con el catalejo pude distinguir los roses de más de un centenar de soldados de la república que venían a poner fin a la aventura de la villa de Camuñas independiente y devota de las doctrinas de Calvino y Martín Lutero.
Si en la política patria ha habido un episodio especialmente esperpéntico, y mira que ha habido esperpentos en este desdichado siglo XIX, este fue esa rebelión cantonal. Se pretendía organizar la nación española en una federación de estados. El resultado fue que se declararon cantones independientes villorrios con unos pocos miles de almas. La mecha prendió en la ciudad industrial de Alcoy donde una muchedumbre enfervorizada asesinó al alcalde y arrastró su cadáver por las calles tras incendiar el consistorio. De ahí pasó a toda la región valenciana, Murcia y Andalucía. También hubo algunos focos efímeros en la vieja Castilla y el reseñado de Camuñas en la Mancha. El cantón que más duró fue el de Cartagena y es cosa sabida los graves daños infringidos a bienes y personas por la flota de guerra que al comienzo de la insurrección cayó en  poder de los sublevados de aquel cantón. Cartagena llegó a acuñar moneda y pidió su incorporación como un nuevo estado nada menos que a los Estados Unidos de Norteamérica.
En fin, que más tarde o más temprano aquí se tiene que liar una pero que muy gorda para que nos dejemos de una vez por todas de sandeces.

viernes, 23 de febrero de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II-HIJOS DE LOS MONTES-REENCUENTRO



REENCUENTRO



Raro era el día en que Vicente Lleó no se pasaba por el periódico o por casa de Jorge, preocupado por el equilibrio emocional de su amigo tras haberle confesado sus cuitas.

Era viernes y al día siguiente se estrenaba una nueva ópera en el Real, Cavaleria Rusticana una obra de un autor italiano llamado Pietro Mascagni que había triunfado ya por todo el mundo

Jorge nunca había acudido a una representación en el Teatro Real y no le interesaba demasiado la ópera, pese al entusiasmo del músico valenciano que exhibía orgulloso un par de entradas de butaca de patio.

- ¡Tienes que venir Jorgito! No veas tú lo difícil que ha sido conseguirlas. Podía haber conseguido entradas para cualquier otra representación, pero merece la pena ir al estreno, además, asiste todo el que es alguien en Madrid ¿Cómo iba a faltar el periodista de moda? -

A regañadientes Jorge se dejó convencer y aquella misma tarde se pasó por el Eslava a probarse un viejo frac del guardarropa. La levita estaba algo gastada, pero a Jorge le sentaba como un guante.

- ¡Joder macho! Te falta un sombrero de copa y si te ve Cánovas te ficha como la nueva joven promesa para el partido conservador. - Dijo Lleó con un deje de admiración ante el magnífico aspecto de su amigo.

A la noche siguiente quedaron en la misma taberna donde Jorge solía comerse los bocadillos de entresijos con su amigo y mentor don Marcelino. Su elegante aspecto chocaba en aquel humilde local, incluso el propietario que conocía de sobra a Jorge Villafranca de sus muchas visitas cuando vivía en la casa de huéspedes de doña Virtudes en la cercana calle del Almendro, al principio le tomó por un joven aristócrata calavera de turné por el Madrid castizo.

Terminaron de cenar y encaminaron sus pasos hacia el Real. Decenas de carruajes elegantes de los que descendían enjoyadas damas y encopetados caballeros, formaban una larga fila ante la puerta del teatro. Una muchedumbre de curiosos se agolpaba junto a las puertas retenidos por un cordón de guardias.

Vicente Lleó y Jorge Villafranca llegaron a pie justo cuando bajaban de sus coches el presidente del gobierno Práxedes Mateo Sagasta y Cánovas del Castillo jefe del partido liberal y de la oposición. Ambos próceres entraron juntos en el teatro como los amiguetes que eran, escenificando el conchaveo que suponía el turno de partidos y la supuesta “democracia” por la que se regía el reino de España. El periodista y el músico esperaron a un lado a que entrasen aquellos importantes personajes y su séquito y luego se dispusieron a entrar.

- ¡ES JORGE VILLAFRANCA, EL PERIODISTA DEL INFORMADOR! - Dijo alguien entre el público que se agolpaba a los lados de las puertas. Numerosos aplausos y algún que otro silbido sonaron al paso de los dos amigos.

-Macho saluda… que aquí hay unos cuantos de los que sostienen tu vida de maharajá. - Dijo Lleó con evidente jolgorio ante el estupor del periodista nada acostumbrado a la exposición pública y que tuvo que forzar una sonrisa mundana y alzar la mano para saludar.

Ya acomodados en sus butacas. El músico explicaba el programa a su amigo neófito en temas operísticos cuando en la sala mandaron guardar silencio, acababa de hacer acto de presencia la reina regente. Todo el teatro se puso en pie cuando la orquesta interpretó los primeros acordes del himno nacional. Luego María Eugenia de Habsburgo respondió con un saludo a los aplausos de la concurrencia y comenzó Cavaleria Rusticana.

La música era envolvente y llena de matices. A Jorge todo le emocionaba y le llamaba la atención. Estaba sonando un bellísimo intermezzo del que Vicente Lleó le había advertido que era la pieza central de aquella ópera, la principal obra de un joven y prometedor compositor italiano, Pietro Mascagni, al que muchos coronaban como el sucesor del gran Giuseppe Verdi, cuando en un palco que hasta hacía poco había permanecido vacío la vio.

Sin duda era ella, la bella y triste Margarita Marlasca que asistía impertérrita a la representación. A su lado, muy erguido en su asiento, don Emiliano Fuensalida y tras ellos la figura maciza de Carlos Bayón.

En un momento dado la mirada de Margarita se cruzó con la suya e incluso creyó percibir como esta palidecía súbitamente. Fue un momento fugaz, pero Jorge estaba seguro de que le había visto.

Finalmente, la ópera terminó con una cerrada ovación por parte del público, teniendo los intérpretes que salir a saludar hasta en seis ocasiones. Vicente le propuso a su amigo tomar una copa de cava, un vino espumoso fabricado en la catalana comarca del Penedés que pretendía competir en las celebraciones elegantes con el champagne francés, pero Jorge sólo tenía una idea fija en la cabeza, encontrarse cara a cara con su amada.

En el hall del Teatro Real, la alta sociedad se codeaba con los músicos. El valenciano conocía a muchos de ellos, todos grandes virtuosos pero que en numerosas ocasiones tenían que completar sus menguados ingresos actuando en el Eslava o incluso en tugurios de mala muerte como Casa la Flaca. Vicente Lleó se movía entre la gente del mundillo como pez en el agua. A los corros con los músicos también se acercaban conocidos personajes de la política. En uno de aquellos corrillos estaba el director Acuña charlando animadamente con don Francisco Silvela.  Al verle don Mariano le hizo un gesto para que se acercase a lo que Jorge no pudo substraerse. La división del partido conservador entre canovistas y silvelistas era aún un tema de candente actualidad y que a un periodista le presentasen a un político tan importante y que pudiera departir con él sobre la actualidad del país, sin duda era un salto de calidad dentro de su profesión, pero Jorge seguía vigilando con el rabillo del ojo la sala por si aparecía su amada.

Justo mientras Francisco Silvela elogiaba la crónica que Jorge había hecho de la guerra de Melilla, apareció en escena Emiliano Fuensalida con Margarita y el inseparable mulato que caminaba tras la pareja como una sombra.

Como el veterano político viera que Jorge desviaba el foco de atención de su persona se volvió viendo al Marqués y su compaña que se dirigían presurosos hacia la puerta y levantó la mano a modo de saludo. Reprimiendo un gesto de fastidio, el diputado cordobés se acercó al grupo donde estaba uno de los hombres fuertes de su partido y el influyente director de el Informador, un diario de tirada nacional.

Tras intercambiar algunas impresiones superficiales sobre la representación que acababan de presenciar y algunas agudezas políticas celebradas con sonoras risas falsas, don Mariano Acuña presentó a Jorge al marqués de Fuensalida.

- ¡Encantado joven! Celebro mucho conocerle. Mi señora es una gran seguidora de su trabajo sobre la reciente guerra de África y también lee lo que está escribiendo sobre ese bandolero… Montaleza creo recordar que se llama. -

A Jorge le dio un vuelco el corazón cuando don Emiliano mencionó a Margarita.

-Querida acércate que vas a conocer a ese periodista al que tanto admiras-

El diputado cordobés hizo las presentaciones. Margarita se acercó con la mirada baja y Jorge se recompuso un tanto, tomó la mano de la dama e inclinó levemente el torso a modo de saludo. Los dos se miraron y sus ojos mantuvieron un diálogo más intenso que cualquiera anterior que ambos hubieran mantenido con nadie. Un silencio incómodo se instaló en el grupo.

Francisco Silvela se despidió de los presentes, los marqueses de Fuensalida también se fueron y se quedaron solos el director Acuña y el periodista. A punto estaba de endosarle una filípica don Mariano a Jorge, cuando llegó Vicente Lleó, que había presenciado la escena unos metros más atrás, al rescate de su amigo.

-Hombre Jorgito… ¿Estás aquí? Don Mariano, mucho gusto en saludarle. -

-Buenas noches don Vicente ¿Qué tal marcha su nueva aventura empresarial en el mundo de la noticia impresa? - Dijo el director con sorna, sabedor del fracaso del periódico que el valenciano había intentado abrir.

- ¡Viento en popa don Mariano, viento en popa! Estoy pensando en robarle a Jorge Villafranca, pero su lealtad a el Informador es tan inamovible, como el macizo de Peñalara. -

Un poco de esgrima verbal después, el músico consiguió arrancar de las garras del director a su amigo y ambos se perdieron en la noche madrileña.











Capítulo 4 de Hijos de los Montes

Madrid 18 de mayo de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Partes de los cadáveres descuartizados de Pelopincho y el Pastor fueron expuestas en los cruces de caminos, una práctica que llevaba décadas olvidada. Las autoridades querían acabar con los bandoleros y a los pobres, meterles el miedo en el cuerpo. Se dictó un bando poniendo en busca y captura a todos los miembros de la partida. Por los hermanos ofrecieron trescientas pesetas cada uno y cien por el resto.

 Toda la guardia Civil de Toledo, Ciudad Real y Cáceres nos buscaba. Con las recompensas surgieron los delatores como las setas en otoño después de la lluvia. Tenía vigiladas a las familias de los miembros conocidos y a las de los que se sospechaba que podían pertenecer a la banda de los Juanotes. Muchos fueron los que cayeron en sus propios pueblos, tantos que en la majada de horcajo de casi una treintena de integrantes de la banda antes del atraco solamente quedábamos doce. A más tocamos pensé y además en una comarca tan pobre no habían de faltar nunca buenos candidatos a bandolero. Pero lo primero era lo primero, había que demostrar en los Montes quien seguía mandando y para eso había que escarmentar a los chivatos.

Todavía contábamos con lealtades. Unas verdaderas, motivadas por los agravios de los poderosos y la administración, otras compradas con dinero y las más forjadas por el miedo. En cada pueblo y aldea, desde Consuegra hasta la frontera de Portugal sabíamos quien había vendido a los nuestros.

Llegábamos por la noche e íbamos directos a la casa de los delatores. En aquellas fechas dejamos bastantes huérfanos y viudas. Respetábamos a mujeres y niños, pero les despojábamos de sus míseros bienes y quemábamos sus casas.

El invierno lo pasamos en el corazón de la sierra cobijándonos de los rigores de la estación en unas cuevas junto al Rocigalgo que muy pocos conocían. Hacíamos planes de los nuevos golpes que daríamos con la primavera. No nos faltaba nada que pudiéramos desear. Teníamos comida, vino y mujeres que de buen grado nos habían acompañado a nuestro retiro serrano.

Una mañana de febrero aún fría, me desperté con las primeras luces. El que ha pasado mucho tiempo en el monte se acostumbra a los sonidos del mismo y yo esa mañana yo los echaba a faltar. Hice como que no me daba cuenta y entré en el entramado de cuevas y advertí a mis compañeros para que se armaran y se prepararan para un ataque.

Antes de que nos pudiéramos dar cuenta se nos echaron encima. Eran casi cincuenta jinetes y tiradores apostados en las peñas que nos rodeaban. Antes del alba habían eliminado a los compañeros que hacían guardia. A su cabeza galopaban D. Jeremías que era el nuevo gobernador civil de Toledo y el capataz Salvador Trives.

Gracias a mi aviso pudimos repeler inicialmente el ataque y ensillar prestos los caballos. Era casi imposible salir de aquel embudo, así que para evitar que nos dispararan arremetimos contra los jinetes. En un choque hombre contra hombre, animal contra animal los tiradores apostados en las alturas no podían hacer fuego a riesgo de alcanzar a los suyos. Así pudimos escapar con muy pocas bajas y dispersarnos por la sierra.

En aquel asalto era patente la mano del capataz. D. Jeremías, por muy gobernador civil que fuese no habría sido capaz de planear una acción así ni en diez vidas. D. Salvador Trives al contrario que el propietario, era un hijo de los montes como nosotros y sabía bien como pensábamos y actuábamos.

En poco tiempo volvimos a reunir la banda y cuando la jara blanqueaba de flores decidimos tomar de nuevo el camino de la venganza.

Para no quedarse aislado en medio de la nada D. Salvador se había mudado con su familia de la casona de la dehesa a su antigua casa en los Navalucillos, justo en el centro del pueblo con el ayuntamiento, la guardia civil y muchos vecinos a su alrededor. Era del todo imposible hacerse con su persona sin alertar a todo el pueblo. Así pensaba el capataz que podía dormir tranquilo con nosotros aun libres.

Llegamos una noche sin ruido, redujimos a los centinelas y atrancamos desde fuera las puertas del cuartel de los civiles y el ayuntamiento, luego fuimos a casa del capataz y le sacamos a la calle. Ningún vecino se atrevió a asomar el morro. Fieles a nuestra política pensábamos ejecutarle, saquear y quemar la casa, pero respetando a su familia.

Recorría yo las habitaciones con un candil y un revolver cuando tras abrir una de las puertas encontré allí al hijo de D.  Salvador, el mismo que haciendo trampas en el sorteo del servicio militar se tenía que haber ido a Filipinas en lugar de un servidor. Tras Manuel, que así se llamaba mi quinto el hijo del capataz, se ocultaba una mujer en camisón. Al principio no la reconocí, pero cuando le acerqué la luz no me cabía ya ninguna duda.

-Laura… ¿Qué haces tú aquí? - Pregunté con la esperanza de que ella negara lo evidente

- ¿Jacinto? ¿Eres tú? -

-Sí- Dije yo bajándome el pañuelo que me cubría el rostro.

-No sabía nada de ti Pensaba que habías muerto y él me pidió matrimonio…-

Laura y yo nos mirábamos en silencio durante un rato que a mí me pareció eterno, cuando de improviso Manuel Trives que hasta entonces había estado quieto paralizado por el miedo, hizo ademán de alcanzar algo en la mesilla. En un acto reflejo mi dedo apretó el gatillo y el hijo del capataz cayó muerto inmediatamente junto a la cama. Retrocedí mirando a mi antiguo amor y me di la vuelta. Resonaba aún el llanto de Laura a mis espaldas cuando salí de la casa como un sonámbulo. En el porche me di de bruces con las botas de D. Salvador que colgaba de una viga.

Desalentado, en la calle, pude ver como un par de mis compinches lanzaban antorchas al interior de la vivienda, en ese instante me acorde de que Laura seguía aun dentro y quise volver para salvarla, pero el brazo de hierro del Juanote me lo impidió. Después huimos de los Navalucillos, mientras los vecinos trataban de apagar el incendio para que no se extendiera a sus propias casas.

Nunca había matado antes a otro ser humano. Había estado implicado en muchas escaramuzas y había disparado mi arma, pero me constaba que yo nunca hasta entonces había matado a nadie. Les conté a los Juanotes lo que había ocurrido dentro de la casa.

-No ha sido culpa tuya. Te tenías que defender y en cuanto a tu novia tampoco podías hacer nada ya. No te hagas mala sangre…- Así es como nació el apodo que desde entonces llevo “el Malasangre”

Después de entrar en los Navalucillos y acabar con D. Salvador, ya nadie se atrevía a oponérsenos. Los grandes propietarios preferían pagar a enfrentarse a nosotros y las autoridades poco podían hacer contra unos hijos de aquellos montes de los que nunca se sabía a ciencia cierta donde estaban ni donde iban a volver a actuar.

Algún tiempo después llegó a mis manos un periódico donde se recogía la crónica del asalto. En el interior de la casa encontraron los cuerpos carbonizados de Laura y de Manuel con un tiro en la cabeza, este último sostenía en su mano un crucifijo.




jueves, 8 de febrero de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II-HIJOS DE LOS MONTES-CONFESIÓN


CONFESIÓN



Jorge meditaba sobre las palabras de su jefe “hay asuntos que a usted aún le vienen demasiado grandes”. El desconocido intruso de Melilla le había dicho casi las mismas palabras ¿Tendrían algún tipo de relación el director acuña y el hombre de Melilla? Se rumoreaba en la villa y corte que el director de el Informador era un miembro activo de la masonería. Jorge sabía poca cosa con relación a los masones, solamente que era una organización condenada por la iglesia católica y que el secreto presidía siempre sus actividades. También recordó que a los primeros grupos de francmasones del anterior siglo se les denominaba “sociedades de amigos del país”. “Considéreme un amigo del país” le había dicho el desconocido del grueso bigote cuando le había requerido su nombre. Aun así, el desconocido afirmaba saber “todo” en su relación con los marqueses de Fuensalida y el director se sorprendió bastante al ver a Nuria en la redacción por lo que decidió descartar cualquier conspiración o cualquier relación entre ambos hombres, que no se parecían más a ojos vista que en la exuberancia de sus bigotes.

Durante los siguientes días trabajó en casa yendo solamente un rato al día al periódico. Le había dado su nueva dirección a Nuria y esperaba recibir noticias pronto.

Un hecho vino a romper la rutina y la desazón que a partes iguales presidían la vida de Jorge Villafranca. Después de lo que entendió como una espantada por un tema de deudas o de faldas o de una combinación de ambos factores, volvía a Madrid su querido amigo Vicente Lleó.

El músico había ido a la pensión de Doña Virtudes y esta le había hablado pestes del periodista con apelativos tan delicados hacia su persona como “mamarracho”, “ladrón”, “sinvergüenza”, etc. Vicentín al colegir que aquella arpía no tenía las señas de su antiguo huésped, la dejó con la palabra en la boca y fue al periódico, donde le indicaron su nueva dirección.

-Jolines Jorgito ¡Vaya palacio! Qué envidia me das. Una casa de las de verdad con cocina, baño y hasta balcón. Estoy por dejar el despacho del Eslava y venirme a vivir aquí contigo-

-Cuando tú quieras. Si algún día te persigue la policía, una mujer, su marido o los dos… ya sabes donde tienes tu casa. -

-Uhm… ¿Acogerme a sagrado en una casa de la burguesía? Lo mismo cualquier día te tomo la palabra. Dijo Lleó dándose una vuelta por el salón como si estuviera evaluando la calidad del mobiliario.

-Por cierto ¡La que has liado con lo de la guerra del Margallo ese! Estábamos solos un gato de nombre Giuseppe Verdi y un servidor en una masía rodeada de naranjos y hasta nuestro retiro huertano llegaban noticias de tus hazañas en los territorios de ultramar.

-Menos coña Vicente que las he pasado muy putas…-

- Ya lo supongo… por eso me vas a invitar a cenar y luego te voy a llevar a los peores tugurios de la Villa para que te emborraches bien y sueltes todo lo que tienes dentro ¡Que tienes la misma cara que un arenque de barril! -

El periodista no tenía el cuerpo y menos el espíritu para muchas fiestas, pero ante la insistencia de su amigo no pudo menos que aceptar.

Cenaron los dos en una taberna junto a la puerta del Sol y luego asistieron a la representación nocturna del Eslava, finalmente fueron a un espectáculo musical en el nuevo antro de moda ahora que la Casa de la Flaca la habían cerrado por orden del ministerio de la gobernación tras la visita del marqués de Fuensalida, el conde de Romanones y los otros diputados

- ¿Qué es lo que te pasa Jorge? ¿Qué han hecho de ti allí en Melilla? - Preguntó el músico a su amigo preocupado por su hermetismo, una actitud cuanto menos chocante en una persona alegre y vital como el Jorge que conocía de antes del viaje.

Jorge exhaló un largo suspiro y dijo dispuesto a revelarle a su amigo la carga que tanto tiempo había mantenido oculta.

- ¿Por dónde empiezo? -

-No sé… empieza por el principio. -

Jorge Villafranca narró los hechos de su vida que permanecían secretos para el resto del mundo: su amor por Margarita Marlasca y el actual estado de su relación, los hechos que había presenciado y los hechos de los que había sido participe en la guerra de Melilla, sus sospechas y sus certezas sobre los asuntos turbios en los que se había visto involucrado.

Jorge temía que su amigo respondiera a su sincera confesión con frivolidad, pero en absoluto fue así.

Perdóname Jorge. Tiene que ser muy difícil vivir con tantos secretos. La verdad es que no se ni que decirte… bueno si: que sepas que cuentas con todo mi apoyo para lo que necesites y por supuesto con mí absoluta discreción.

Aun estando sus problemas muy lejos de solucionarse a Jorge Villafranca le vino muy bien poder sincerarse con alguien.  



















Capitulo 3 de Hijos de los Montes

Madrid 11 de mayo de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Después de perder para siempre lo que quedaba de mí familia, me interné en lo más profundo de la cordillera con intención de pasar el resto de mis días, los cuales aventuraba cortos, como un renegado condenado a vivir al margen de la sociedad. Pronto conocí por aquellos pagos a gente en mí misma situación. Muchos desertores, algunos fugitivos por deudas o delitos de poca monta y unos pocos más mayores que el resto que llevaban tiempo dedicándose al bandolerismo de una forma profesional.

El líder de los bandoleros era un tipo grande llamado Juan Maroto Fresneda, conocido como el “Juanote”. Por extensión todo el grupo delictivo era conocido como la banda de los Juanotes e incluso un hermano de este de nombre Nicolás que también se encontraba entre los renegados era conocido como “el Juanote pequeño” o “Juanote chico”.

Los Juanotes ayudaban a los que habían acabado en el monte y siempre que podían socorrían con dinero o cosas robadas a las familias de estos (No todas las veces les era posible y en algunos casos cuando se sabía que alguna familia tenía algún miembro en la partida, esta sufría la represalia de las autoridades y en muchos casos de los vecinos víctimas de sus delitos)

Aquellos bandidos tenían toda una red de silencios tejida a su alrededor. Contaban con confidentes por toda la provincia de Toledo y las vecinas. En un lugar remoto y mal comunicado como los Montes de Toledo ellos eran para muchos la ley y la justicia. Justicia y ley tan imperfecta como la oficial porque a instancias de algunos grandes propietarios que les pagaban un “impuesto” no dudaban en acogotar a los pobres aparceros que levantaban la voz contra los caciques.

Yo que nunca había visto más de tres monedas juntas en mi mano comencé a manejar cantidades importantes de dinero. Siempre por donde íbamos había comida, vino y mujeres para los Juanotes. Sólo había que obedecer las órdenes fueran estas las que fueran ¡Pobre del que no lo hiciera o traicionase a la partida! Aquellos hombres eran implacables. Así, de la noche a la mañana, me vi empuñando un arma y usándola contra mis semejantes.

En la lucha armada yo era un neófito, pero en cuanto a sobrevivir en monte, poco o nada me podía enseñar nadie. También era buen jinete. Soy pequeño, aunque bastante fuerte para mi tamaño y siempre he tenido muy buenos reflejos. Con un poco de aprendizaje, pronto Juanote y su hermano me consideraron un miembro valioso de la banda, aunque todavía no confiaban en mí a la hora de tomar decisiones.

Un día me encaré con el líder de la partida y cortándole el paso le espeté lo siguiente:

-Quiero ser uno de los que se llevan la parte grande ¿Qué es lo que tengo que hacer? -

Me miro desde sus más de dos varas de alto con cara de pocos amigos y dijo:

-Búscanos un trabajo que nos dé un botín de mil reales y hablamos. Ahora apártate de mí paso si no quieres lamentarlo. -

El órdago estaba echado, sólo quedaba elegir el golpe y que este respondiese a las expectativas. Una idea de cuál podía ser aquel golpe llevaba mucho tiempo rondando por mi cabeza y al día siguiente se lo comunique al sanedrín de los bandidos.

-Muchos de vosotros conocéis la casa grande en la dehesa de los Frailes esa que construyeron con las piedras del viejo monasterio. Allí es donde vive D. Salvador Trives y su familia, también viven en unas casas que hay al lado un par de guardas y sus familias. -

-¿Y qué quieres que robemos la vajilla y cuatro aperos?- Dijo el Juanote burlón provocando la carcajada del resto de bandoleros.

-No veo de donde van a salir los mil reales de botín muchacho. El capataz maneja dinero, pero no tanto y el resto son tan solo unos pobres muertos de hambre. No merece la pena el riesgo- Dijo el Juanote pequeño en un tono algo más conciliador que el de su hermano.

-Eso que dices tú es verdad, pero lo que ninguno sabéis es que por estas fechas siempre viene el verdadero dueño de las tierras a cazar, un tal D. Jeremías Alonso que es diputado a Cortes. Normalmente no viene solo, le acompaña un grupo de amigos suyos de Madrid, todos gente importante y de dinero. -

-Lo que dices es interesante, pero seguro que están protegidos por un ejército de escopeteros y la mitad de la guardia civil de Toledo- Dijo otro bandido, uno al que conocían como “el Pastor de los Yébenes”

La acción tendría que hacerse con un grupo pequeño. Entrar y salir. Yo conozco a la perfección todo aquello, también conozco a los vecinos y se de muchos antiguos aparceros de los frailes a los que D. Jeremías y su capataz han perjudicado.

Los bandidos se miraron entre ellos asintiendo, luego Jacinto Montaleza un muchacho bajito de apenas dieciocho años pasó a detallarles su plan.

En el asalto a la casa intervendrían solamente cinco hombres: los dos hermanos Juanotes, el Pastor de los Yébenes, Matías “Pelopincho” y el propio Montaleza. Dos hombres les esperarían con caballos rápidos en un lugar convenido de la dehesa y el resto de la partida les estaría esperando cerca de la cueva en había pasado Jacinto Montaleza su primer invierno solo en el monte con el fin de cubrir su retirada a la serranía si les perseguían las fuerzas del orden.

Informada por un vecino, la partida supo que D. Jeremías y sus invitados se encontraban en la casa. Eligieron una noche sin luna dos días después de la llegada de estos. El asalto a la casa grande de la dehesa de los Frailes estaba en marcha

Un fuerte viento mecía con violencia las copas de las encinas llevándose con él el ladrido de los perros y cualquier otro ruido que pudiera alertar a los que montaban guardia. La mayoría se encontraban a resguardo de los elementos pegados a uno de los muros donde habían encendido una gran hoguera y una pareja de guardias civiles designada por un sargento daba vueltas alrededor del edificio

Esperábamos escondidos tras las jaras. Los dos guardias, bien arropados en sus capotes verdes pasaron muy cerca sin vernos. Yo fui el primero en alcanzar la tapia trasera y saltarla, luego me siguieron el resto. Forzamos una ventana y penetramos en la casa los cinco.

Embozados y con las armas a punto recorrimos los pasillos en la dirección de la que provenía el ruido de voces.  En un gran salón muy iluminado y lleno de humo de cigarros, un grupo de unas veinte personas hablaban y reían ajenos al peligro que les acechaba.

- ¡QUE NADIE SE MUEVA O DISPARAMOS! - Dijo el Juanote con voz de trueno a los pasmados ocupantes del salón.

- ¡PERO COMO SE ATREVEN A SEMEJANTE ATROPELLO! - Dijo un individuo calvo con pobladas patillas acercándose imprudentemente al jefe de los bandidos.

El Juanote sin mediar palabra propinó un culatazo al sujeto que le interpelaba haciendo que este diera con sus huesos en el suelo.

-Si alguien más quiere protestar por nuestra visita, la próxima vez le va a contestar mi amiga la de los ojos negros- Dijo encañonando con su escopeta uno a uno al resto de asistentes a la velada.

Todos optaron por callar y nos pusimos con diligencia a desvalijarles. D. Jeremías, que era quien yacía maltrecho en el suelo, y sus invitados depositaron uno a uno sus objetos de valor en los sacos que les tendíamos. Luego les atamos y amordazamos para que no pudieran dar aviso a los guardias durante nuestra huida.

Mientras los Juanotes y un servidor nos ocupábamos de esta tarea, el Pastor y Pelopincho comenzaron a recorrer el resto de las dependencias de la casona para sustraer todo lo que encontrasen de valor. En una de las habitaciones estaba una mujer joven que dormía ajena a lo que estaba sucediendo en el piso de abajo. El Pastor de los Yébenes sujetó a la chica por las muñecas mientras Pelopincho le tapaba la boca y le subía el camisón. Ambos consumaron la violación de la muchacha, que luego resultó ser la hija del diputado.

El propio Juanote buscando a sus hombres para emprender la huida les descubrió cometiendo aquella execrable acción.

- ¿QUÉ ESTAIS HACIENDO? ¡MISERABLES! NOS VAMOS…- Dijo con un gesto de asco hacia aquellos dos infames. Luego con toda la delicadeza de que era capaz un hombre de su clase amordazó y ató a la conmocionada mujer.

Ya fuera de la casa el viento se había calmado un tanto. Un perro que andaba cerca de las casas de los guardas percibió nuestro olor y comenzó a ladrar con insistencia. Al momento todos los canes de la contornada se sumaron a su compañero alertando a los guardias civiles y a los guardas de la finca.

El capataz Salvador Trives salió a medio vestir armado con su escopeta, alcanzando a ver como unas sombras se escabullían en dirección a la dehesa.

-NOS ESTAN ATACANDO, NOS ESTÁN ATACANDO…- Gritó mientras descargaba su arma contra las sombras que huían.

La guardia civil hizo fuego en la misma dirección que el capataz. Se pusieron a punto los caballos disponibles y un grupo guiado por D. Salvador y sus hombres salió en pos nuestro, pero no pudieron darnos alcance.

Con las primeras luces comenzaron a buscar rastros y dieron con el cuerpo de uno de los asaltantes abatido por un disparo en la cabeza. Fue identificado como Matías Santos alias “Pelopincho”, un antiguo carbonero de la zona con un largo historial delictivo.

-Han sido los Juanotes- afirmó categórico el sargento de la guardia civil. -

Una bala surgida de la nada había alcanzado a Pelopincho cuando estábamos huyendo hacia los caballos.

-Está muerto. No se puede hacer nada- dijo Juanote viendo las heridas de su compinche.

Cogimos su saco y continuamos nuestro camino.  Los caballos estaban escondidos en una pequeña hondonada junto a un arroyo. Montamos y emprendimos camino hacia la cueva donde nos esperaba el resto de la banda.

El botín superó con mucho nuestras expectativas. Relojes buenos y alhajas, muchas monedas y billetes de banco y otros muchos objetos valiosos robamos aquella noche. Era difícil de calcular el valor de todo aquello, pero excedía con mucho los mil reales. El coste había sido alto, pero nadie parecía echar de menos a Pelopincho, ni siquiera su inseparable compañero el Pastor de los Yébenes.

- ¡La cosa se va a poner muy fea! Mi hermano y yo vamos a ir a Portugal a vender todo esto mañana mismo. El dinero lo repartimos ahora y os recomiendo a todos que cambiéis de aires un tiempo. El resto lo repartiremos a mi vuelta en seis semanas, en la majada de Horcajo de los Montes, la que está al pie de la chorrera. El que no esté allí que se olvide de su parte. -

Yo y algunos otros nos marchamos con los hermanos Juanotes a Portugal. Mi hermana estaba en un orfelinato y de mi madre no sabía nada desde hacía más de un año y prefería no saber… los demás, con el dinero conseguido, corrieron a ver a sus mujeres, novias o familia. Yo me acordaba mucho de Laura y soñaba con juntar bastante dinero y que los dos nos fugásemos a América, donde podría montar un negocio y empezar de nuevo.

Antes del amanecer El jefe de los bandidos acompañado por su hermano y otros dos más inmovilizaron al Pastor de los Yébenes que dormía sobre una manta en el suelo. El Juanote abrió una navaja que guardaba en su fajín y se la enseñó a su aterrorizado compinche.

- ¿Que habíamos dicho en este golpe, te acuerdas? Sólo la violencia justa… era un robo, nada más, pero tú nos has echado encima a media guardia civil de Toledo y ya sabes lo que hacemos aquí con quienes no cumplen las órdenes…-

Sin mediar más palabras los bandidos separaron las piernas del Pastor de los Yébenes y Juanote le cortó sus partes, luego ordenó a sus hombres que atasen al violador a un árbol y allí le abandonamos para que se desangrase. Una vez ejecutada la sentencia de la partida, nos perdimos en las montañas.


viernes, 2 de febrero de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II-HIJOS DE LOS MONTES-NOTICIAS


NOTICIAS



Jorge sabia de antes de su viaje, que Nuria tenía libres los lunes a partir de las cinco de la tarde y apostado en las cercanías del palacete de los marqueses de Fuensalida esperó por si la doncella y confidente de su amada salía a dar un paseo. Estuvo toda la tarde vigilando la casa a distancia, pero ni señal de la muchacha. Estaba desesperado y tentado incluso de hacer una locura como asaltar el palacio una noche. Desconfiaba de todo y todos, incluso del amor que aún le pudiera tener Margarita Marlasca.

Viendo infructuosa su vigilancia, frustrado y triste encaminó sus pasos a la calle del Barquillo, a la redacción del Informador. Aunque era infinitamente más cómodo su nuevo apartamento que el cuarto de la pensión de la calle del Almendro, echaba de menos su vista sobre los tejados del Madrid de los Austrias por eso prefería la redacción al piso para escribir.

Cruzó la redacción en silencio y en su mesa se enfrascó en el estudio de sus notas para escribir la nueva entrega de Hijos de los Montes cuando salió de su despacho D. Mariano

-¡HOMBRE VILLAFRANCA! CON USTED QUERÍA HABLAR YO…-

-Buenas tardes D. Mariano, pues usted dirá.

-MUY BIEN EL PRIMER CAPÍTULO, LAS VENTAS HAN SIDO MAGNÍFICAS Y LAS CRITICAS EN GENERAL HAN SIDO BUENAS SALVO, CLARO ESTÁ, LOS CUATRO ENVIDIOSOS DE SIEMPRE, PERO HE ECHADO A FALTAR UN POCO MÁS DE ACCIÓN. IGUAL CON LO DE LA GUERRILLA DE LA MUERTE NOS TIENE USTED UN POCO MAL ACOSTUMBRADOS…

-Bueno, si es acción lo que le gusta a los lectores creo que con las aventuras de Montaleza y sus compinches van a ir más que bien servidos… pero si usted me lo permite ¿No correremos el riesgo de acabar siendo un diario sensacionalista? -

- ¿SENSACIONALISTA? ACORTELÉ USTED EL SUFIJO Y LO DE “SENSACIONALISTA” Y LO DEJAMOS TAN SOLO EN “SENSACIONAL”

DEJEMÉ QUE LE DIGA UNA COSA QUERIDO MUCHACHO: HEMOS… MEJOR DICHO USTED HA CREADO UNA NUEVA MANERA DE HACER PERIODISMO DE GUERRA EN ESTE PAÍS. -

En estas y otras reflexiones a voz en grito andaba D. Mariano Acuña, cuando una mujer joven y bastante bonita entró en la redacción preguntando por Jorge. Era Nuria, la doncella de su amada Margarita, que cubría su rostro con una mantilla. Le indicaron la mesa y cruzó la redacción entre los murmullos de los que allí trabajaban.

Nuria se levantó la mantilla ante unos asombrados Jorge Villafranca y D. Mariano Acuña. Tras un momento de duda, el periodista hizo las preceptivas presentaciones:

-Don Mariano, le presento a Nuria… Nuria Fernández, mi novia-

El director emitió un gruñido entre el escepticismo y la satisfacción ante la agradable presencia de la muchacha, luego entro en el despacho. Dos docenas de miradas inquisitivas de la plantilla de el Informador se clavaban en ambos jóvenes, que optaron por seguir su conversación en la calle. 

- ¡Por favor, quedémonos en el portal! Me pueden haber seguido- Dijo la doncella de los marqueses.

-Mi señora está bien y la niña también. Se llama Teresa y es una preciosidad. El marqués y su hijo, que de tontos no tienen un pelo, sospechan algo. Tienen restringidos todos los movimientos del servicio. Yo me he enterado de tu visita al palacete por la cocinera. -

- Margarita te manda todo su cariño. No te ha podido escribir porque el marqués le ha puesto una niñera, bueno… más bien una carcelera, que acompaña a todas horas a las dos y le informa de cualquier detalle personalmente a D. Emiliano. Margarita te pide paciencia y distancia hasta que se tranquilicen las cosas. -

El periodista sintió las palabras de la doncella como un cuchillo que se abriera camino en su pecho, pero realmente era lo único que podía hacer: ocultar sus sentimientos y esperar.

Tras comprobar que no había nadie sospechoso en la calle, jorge se despidió de la doncella con la promesa de que le informaría ante cualquier giro inesperado de los acontecimientos. Luego volvió a subir a la redacción.

-Oiga pollo ¿Su “novia” no es del servicio de los marqueses de Fuensalida? - Le preguntó el director Acuña cuando Jorge volvió a su mesa, en un tono mucho menos estridente que el que habitualmente usaba en la redacción.

-Si ¿Cómo lo sabe usted? -

-No sea tonto Villafranca. Yo conozco a mucha gente, a todo el que es alguien en Madrid y he estado muchas veces en el palacete de los marqueses. Solamente le digo esto querido muchacho: Mucho cuidado con Emiliano Fuensalida… hay asuntos que a usted aún le vienen muy grandes. -

Esto último lo dijo el director afirmando levemente con la cabeza un gesto que a Jorge no le pasó desapercibido. Eran casi las mismas palabras que le había dicho el desconocido que asaltó su casa de Melilla.





Capítulo 2 de Hijos de los Montes

Madrid 4 de mayo de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Tras la muerte de mi abuelo, me empleé como pastor al servicio de los nuevos propietarios de las tierras de los monjes.

Vivía en una choza de piedra junto a un aprisco a media jornada en burro de los Navalucillos y cuidaba en aquel lugar dejado la mano de Dios de un rebaño de más de doscientas cabras. Me acompañaban en aquel retiro un par de perros viejos y haraganes y un borrico muy listo de nombre Manolito, que era quien verdaderamente guiaba y cuidaba del ganado junto a un servidor en aquellas soledades.

Todas las semanas subía hasta el sitio Don Salvador, el capataz designado por el propietario y un par de hombres de su confianza con una recua de mulas. Me subían algunos sacos de grano para el ganado y las provisiones justas para que no me muriera de hambre. Menos mal que siempre me supe buscar el sustento entre las muchas cosas que la madre naturaleza da a quien sabe dónde buscarlas y además tenía la leche de las cabras, excepto el día de la visita del capataz, en el que tenía que ordeñar desde el amanecer todo lo que pudiera para llenar unas grandes cántaras que me intercambiaban en cada visita.

Don salvador nunca estaba contento con el trabajo. Nunca consideraba que hubiera suficiente leche, ni queso y cuando por desgracia alguna cabra se moría de muerte natural o se perdía en el monte y era presa de los lobos, cosa bastante frecuente por cierto, no dudaba en propinarme fuertes varetazos con una fusta que siempre llevaba encima y que era como la extensión de su brazo.

En vida de mi abuelo, este jamás me puso una mano encima, ni mi abuela, ni esa desdichada que me ha traído a este mundo. Yo estaba en la edad en la que uno no es un niño, pero tampoco se puede considerar un hombre y comenzaba a sentarme como a la zorra los perdigones que aquel señorito me azotase y aún me sentaban peor las burlas hacia mi persona de los gañanes que le acompañaban, pero pensaba en el socorro que las míseras monedas que ganaba suponían para mi abuela y mi hermana y aguantaba como podía todo aquel abuso.

Aquel invierno fue tan crudo que ni los más viejos recordaban uno igual. La nieve y el hielo bloqueaban las veredas que conducían al aprisco. El burro Manolito que compartía el calor de la choza conmigo, ponía las orejas muy tiesas escuchando los aullidos de los lobos cada vez más cercanos. Los viejos perros que tenía eran una escasa ayuda a la hora de defender a la manada de cabras. Casi todas las noches tenía que salir armado tan solo con un garrote, un tizón y los fuertes rebuznos del borrico a mí espalda a espantar a las fieras, que insistentemente intentaban penetrar en el corral acuciadas por la misma hambre que teníamos nosotros.

El grano y el forraje se acabaron pronto y las cabras tampoco tenían nada que comer en aquella montaña, por lo que las más viejas y enfermas comenzaron a morirse. Los cadáveres que a lomos de Manolito abandonaba lo más lejos que podía del aprisco, sirvieron para que la lobada nos diera algo de tregua hasta que comenzaron a fundirse las nieves.

Una mañana de improviso se presentó Don Salvador y sus dos asistentes. El invierno y los lobos habían reducido la piara de cabras a casi la mitad. El capataz ayudado por sus dos secuaces me dio una paliza de muerte, amén de comunicarme que “no iba a ver un real hasta que pagase las cabras que faltaban”.

Pasados unos días, cuando me repuse un poco de los golpes, abandoné aquel lugar junto con el borrico que por propia elección decidió venirse conmigo.

Vivía en una cueva casi inaccesible y robaba lo que podía, muchas veces con la connivencia de algunos vecinos de la comarca que conocían a la familia y me socorrían en lo poco que podían.

A mi abuela y a mi hermana pequeña, aquel grandísimo hijo de puta de Don Salvador las echó de la casa que ocupaban en el pueblo en venganza por mí deserción, por lo que no tuvieron más remedio que mudarse a un chamizo casi en ruinas que les cedieron por caridad unos parientes de Navas de Estena. Durante aquel periodo las ayudé todo lo que pude, pero la fusta del capataz llegaba muy lejos en aquella comarca y tenía que seguir oculto.

Con el tiempo se olvidaron de mí y pude volver con mi familia. El burro Manolito, que era más listo que el hambre, sobrevivió suelto en las cercanías de la cueva donde me ocultaba y se vino conmigo a Navas. Con él me dedique a hacer de recadero llevando y trayendo cosas para los vecinos. Por aquel entonces llegamos a creernos que podríamos levantar cabeza, incluso sembramos un huerto y hasta pudimos comprar unas pocas gallinas.

 En aquella buena época comencé a interesarme por una chica del pueblo, Laura se llamaba y era hija de unos agricultores pobres, aunque no tanto como nosotros. Sus padres no estaban muy conformes con la relación. Yo a ella parecía gustarle y tampoco había un partido mucho mejor en la zona que se interesase por la moza, por eso transigieron en que siguiéramos viéndonos. Pero como dice el refrán: ¡Que poco dura la alegría en casa del pobre!

Cumplía yo aquel año de 1863 la edad militar y al ser el único sustento de mi familia la ley me asistía para que no cumpliera el servicio, o al menos lo hiciera lo más cerca posible de mi lugar de residencia, pero el secretario del ayuntamiento sobornado por Don Salvador le entregó un destino en Talavera de la Reina al hijo de aquel cacique y a mí me destinaron a las Filipinas.

En la disyuntiva de pasar cinco años en aquellas selvas lejanas dejando morir de hambre a mi hermana y a mi abuela y siendo yo muy probablemente víctima de unas fiebres o de las balas de algún nativo rebelde, opté por la única salida que me quedaba y conocía, echarme otra vez al monte.

La deserción del ejército es un delito grave. Esta vez no me perseguía una panda de aldeanos si no las fuerzas del orden. Varias veces se presentó el secretario del ayuntamiento acompañado por la guardia civil en nuestra casa, maltratando de palabra y obra a mi abuela y a mi hermana, que por aquel entonces contaba con tan solo ocho años de edad. En una de aquellas visitas les incautaron al borrico Manolito y las gallinas alegando que eran robadas.

Todo tiene un límite en esta vida y la paciencia de la pobre vieja lo alcanzó aquel día. Al domingo siguiente, le esperó a la salida de misa y con un garrote le rompió la crisma a aquel funcionario prevaricador.

Mi abuela ingresó en la cárcel de mujeres donde al poco tiempo murió. A mi hermana la mandaron a un orfanato. Del secretario del ayuntamiento tengo alguna noticia y sé que aún permanece con vida. Su familia le saca a tomar el sol los días que hace bueno en una silla a la puerta de su casa en el pueblo. Nunca volvió a hablar ni a andar desde aquel día y un hilo de baba le cae de la boca permanente abierta en la misma expresión de asombro que se le quedó desde que aquella mujeruca pequeña y seca le arreó el garrotazo.

A Manolito le llevaron al corral de la casa grande donde vivía D. Salvador y su familia, pero una noche se escapó y no se ha vuelto a saber de él. Algunos vecinos de la comarca afirmaban haberlo visto por el monte cerca de la cueva donde me refugié cuando abandoné el aprisco.