sábado, 23 de agosto de 2014

UNA SEMANA EN LA PLAYA día 2

Las camas eran todavía peores de lo que Manolo había imaginado. Además los mosquitos se habían cebado con su familia. Sobre todo con Andreita, a la que su madre en medio de la noche había tenido que untar de repelente todas las partes del cuerpo que el pijama de verano dejaba al descubierto y además suministrarle un antihistamínico por vía oral.

A las 6,30 de la mañana la urbanización dormía. A Manolo le había petado la aplicación del móvil “Running hard on the beach” y con la mierda de cobertura 3G que tenía en aquel lugar era imposible actualizarla. Tras varios intentos infructuosos, finalmente decidió correr a la antigua usanza: Como Filípides entre Maratón y Atenas, pensó. Luego descartó ese pensamiento, ya que el mítico corredor griego la había palmado después de llegar a Atenas y notificar a las autoridades la victoria ateniense sobre los persas… Hizo unos estiramientos antes de entrar en la playa y se puso a correr por la parte dura de la arena. Manolo corrió aproximadamente tres cuartos de hora. Luego hizo unos abdominales y unos estiramientos. En estas estaba cuando tras la duna apareció un gorro blanco inconfundible. Era la Gorda de la Nectarina con una sombrilla y un par de sillas plegables. Manolo se escabulló y observo sin ser visto los movimientos de la mujer. Esta clavo la sombrilla y dejó las dos sillas abiertas tomando posesión de ese sector de la playa. Luego cuando se fue la Gorda, Manolo se acercó a la sombrilla y estudió el terreno. La playa estaba vacía, entonces Manolo Fernández se bajó los pantalones y defecó en ambas sillas, un buen moñigo para cada una…

Tras comprar media docena de porras en un remolque churrería, Manolo, de un humor excelente, preparó una cafetera de café bien negro en la pequeña y ahora limpia cocina del apartamento. Primero Conchi y luego Andreita se despertaron mucho más relajadas que la víspera. Desayunaron todos juntos, luego recogieron la casa y finalmente se fueron a la playa. Allí estaba, con su eterno gorro blanco de “Pinturas Fermín” la Gorda de la Nectarina abroncando al Calvo de Bigotes, el cual sumiso, estaba lavando las sillas en la orilla con un estropajo y Fairi. Había sido un ataque con daños colaterales, pero así es la guerra… La familia Fernández Martínez tomó posiciones una fila por detrás de la gorda. ¿Tanto madrugar para que? Al final daba lo mismo una fila delante o una detrás, pero es que hay gente que es muy agonías…

Andreita hizo amistad con unas niñas de la urbanización. Vino muy contenta hasta la sombrilla donde estaban sus padres a pedirles permiso para quedar con aquellas niñas después de la siesta. Como buena madre, Conchi fue a informarse de quien eran las nuevas amigas de su hija. Para sorpresa de Manolo eran nietas de… Claro que si ¡De la Gorda de la Nectarina! Resulta que la buena mujer se llamaba Dolores y su marido Vicente, ambos naturales de Motilla del Palancar provincia de Cuenca. Manolo exhibió su sonrisa más falsa cuando le presentaron al maduro matrimonio, pero percibió que a la gorda no la podía engañar con sus buenos modales. Aquella mujer era el mismísimo demonio y Manolo sabía que ella sabía que él había sido el autor de la cagada matutina sobre sus sillas de playa. Ambos callaban, pero ambos eran conscientes de la guerra secreta en la que peleaban sin que sus seres queridos se dieran cuenta de la misma.

La familia Fernández Martínez estaba en el apartamento a punto de sentarse a comer macarrones con tomate y chorizo y unas pechuguitas de pollo a la plancha, cuando sonó el timbre. Era una de las nietas de Dolores, la Gorda de la Nectarina, que venía a traerles un plato de croquetas recién hechas. Conchi y Andreita las encontraron deliciosas pero Manolo no quiso ni siquiera probarlas.

-Pero si a ti te encantan las croquetas…- Afirmo Conchi conocedora de los gustos culinarios de su marido.

-Están buenísimas papa. Deberías probarlas-

-No hija. Muchas gracias. El caso es que se me ha quitado el hambre…- Dijo Manolo Fernández con un nudo en el estómago al haber puesto en serio riesgo de envenenamiento a sus dos seres más queridos.

Manolo no pudo pegar ojo a la hora de la siesta atento a cualquier queja de las chicas para salir cagando leches en dirección al hospital ante el más mínimo síntoma de intoxicación o envenenamiento. Pero no sucedió nada. A las cinco en punto como un clavo, el veterano cantaor del bajo comenzó a poner música, ajeno a las quejas que desde algunas terrazas le llegaban. Pero aquel era hombre de convicciones  firmes y consideraba que dormir más tarde de las cinco era cosa de afeminados y gentes de mal vivir. Pese a las muchas quejas sobre lo inapropiado de la hora o sobre el volumen de la música, no hubo nadie en la contornada capaz de apearle del burro.

Tengo que hacerme un rosario
Con tus dientes de marfil
Para que pueda besarlos
Cuando este lejos de ti…

Cantaba rotundo Juanito Valderrama en el radiocasete del tocho del bajo. Manolo nunca había comprendido la sutileza del piropo que encerraban aquellas coplillas. Se imaginaba a un individuo vestido en traje corto cordobés, arrancándole los piños con unos alicates a una bella morena en bata de cola. Como  hombre nacido después de la Revolución Francesa, aquel acto bárbaro le repugnaba, ya fuera por amor, por adoración o por una afición insana a la odontoestomatología con inclinaciones necrófilas. 

Viendo la cosa tranquila, Manolo cogió la puerta y se fue hasta el bar a tomarse un cafetito. En la terraza del bar “Albatros” vio a algunos conocidos. Vicente, el Calvo con Bigote marido de la gorda de la nectarina y Juan “para lo que haga falta”, compartían mesa con un individuo moreno con gafas de sol.

-¡Hombre Manolo! Siéntate con nosotros. Nos falta un jugador para el mus ¿Tu le pegas?- Dijo el socorrista haciendo sonar los hielos de su copa de pacharán.-

-¿Qué si juego al mus? Señores he de informarles de que están ustedes ante uno de los mejores jugadores vivos de mus del mundo… ¡Incluido Villaverde Alto!

Manolo pidió una consumición y una baraja al camarero y los cuatro improvisados amigotes comenzaron el juego. El mus es un gran invento capaz de separar a los avispados de los pardillos y para sorpresa de Manolo y Juan “para lo que haga falta”, que era su pareja en el juego, los avispados eran el calvo de bigotes y su compañero moreno con gafas de sol. Los rivales de Manolo se pasaban las señas con soltura sin ser detectados. Se daban mus ciego y otras virguerias similares,  cosas que para hacerlas bien, uno tiene que haber pasado muchas, muchas horas con las cuatro cartas en la mano. Finalmente, Manolo y el socorrista que perdieron la “vaquita” 6 á 1, tuvieron que pagar las consumiciones. El cuarteto mantenía una alegre tertulia en la terraza del Albatros, cuando de un edificio cercano al bar, surgió un inconfundible gorro blanco. Dolores “la Gorda de la Nectarina”. Visiblemente enfadada al hallar a su marido confraternizando con el enemigo, se puso a llamarle a gritos haciendo ostensibles aspavientos con los brazos.

-VICENTE VICENTE… SUBE AHORA MISMO QUE TE TENGO QUE DECIR UNA COSA.-

El calvo de bigotes, aunque llevaba bastante tiempo en la playa y estaba muy moreno, se puso blanco como una hoja de papel. Masculló una excusa y abandono precipitadamente la mesa para ir corriendo hasta el portal del edificio donde se encontraba su malévola esposa. El compañero de Vicente, el hombre moreno de las gafas de sol, al marcharse su coleguilla, también optó por darse el piro. Así que Juan “para lo que haga falta” y Manolo se quedaron solos apurando el último trago.

-¡Joder! Que miedo tienen algunos a la parienta…- Dijo Manolo Fernández haciendo tintinear los hielos del vaso de tubo.

-Tienen miedo con razón. Llevo algunos años como socorrista en esta playa y te puedo decir que tener miedo a Doña Dolores es una postura inteligente. Todos los años elige un enemigo y cuando este se va de aquí es un autentico guiñapo humano. Es una autentica maestra de la guerra psicológica…-

El autonomo vacacionante medito durante unos instantes ¿Seguro que le interesaba a él buscarse problemas con semejante mujer para siete días que iba a pasar allí? Pues no, la verdad… Manolo Fernández pensó que por su parte ya estaba bien, que a partir de entonces iba a tener la fiesta en paz. Al fin y al cabo Doña Dolores había tenido la gentileza de mandarles un plato de croquetas, que a decir de su mujer y su hija estaban exquisitas.

Manolo vio pasar a Andreita con las nietas de Doña Dolores y las saludó con la mano. Estas se acercaron hasta debajo de la terraza de su abuela y la llamaron. Informaron a la Gorda de la Nectarina de donde iban a estar y luego se marcharon con Andreita. Doña Dolores siguió con la mirada a las tres niñas mientras se alejaban, luego volvió la vista hacia la terraza del Albatros. Manolo levantó la mano en gesto amistoso. La Gorda de la Nectarina le observó fríamente y luego se metió dentro de casa sin devolver el saludo.

-¡Madre mía Manolo! Tú eres su victima de este año… Yo que tú liaba el petate y me marchaba a casa cuanto antes. ¡Esa mujer es implacable!-

-¿Por qué me voy a ir? Yo no le he hecho nada…-

El socorrista le dedicó una mirada a su amigo como de “A mí no me cuentes cuentos que ya llevo mucha playa”

-Vale si… Me cagué en sus sillas pero ella se me coló en el supermercado y además estoy casi seguro de que fue ella la que me jodió el intermitente del coche en el parking.-

-Mira Manolo, me caes simpático y ya sabes que puedes contar conmigo “para lo que haga falta” pero te has metido en un lío de los buenos. Te voy a contar brevemente la historia de la familia Peláez:

-Hace cuatro o cinco años, ya no lo recuerdo, vino a pasar sus vacaciones una pareja encantadora con un par de niños. Los Peláez venían llenos de ilusiones. Querían descansar, hacer un poco de deporte, comer bien… en definitiva, hacer durante unos pocos días las cosas que durante el año no podían hacer. Un incidente playero de poca importancia y varios encuentros desafortunados en establecimientos de la zona hicieron saltar la enemistad entre Dolores y el padre de la familia Peláez. Cuando las cosas tomaron un cariz chungo, Julio Peláez se quiso echar atrás, pero ya era demasiado tarde… Doña Dolores hizo su trabajo de minado de moral, día a día, como la gota que cae sobre la piedra y finalmente acaba horadándola. El caso es que el bueno de Julio, el último día de vacaciones, alquiló un patinete y desapareció en el mar. El patinete apareció unos días más tarde pero de Julio Peláez no se ha vuelto a saber nada.

-Me estás acojonando… ¿Qué es esa tía? ¿Una comando israelita? ¿Una psicópata? ¿Tiburón 3?-

Viendo que le había metido el miedo en el cuerpo a su reciente amigo, Juan “para lo que haga falta” comenzó a reírse sonoramente.

-¡Que maricón! Por un momento me lo había tragado…- Dijo Manolo Fernández aliviado.

-Bueno, lo de los Peláez no llegó a ese punto. Doña Dolores tiene una mala ostia de flipar, pero no es tan buena nadadora como para hacer desaparecer a nadie en el mar. Lo que si es verdad es que aquel año, los Peláez habían comprado un apartamento. En cuanto que se terminaron sus vacaciones, pusieron el piso a la venta y por aquí no han vuelto a venir. –

Pidieron la cuenta, que generoso, abonó Manolo. Luego cada uno siguió su camino. Al llegar a casa, el autónomo, se encontró a Conchi viendo un programa de despelleje en “tu cadena amiga”. Su mujer le comunicó que: esa noche cenaban fuera. Manolo cogió su libro y se salió a la terraza. Acompañado por los grandes éxitos de Lola Flores procedentes del radiocasete de él del bajo, leyó hasta que Andreita, muy ilusionada por los magníficos planes nocturnos que había hecho con su recién adquirida pandilla vino a pedirle permiso tras el “lo que diga tu padre” de Conchi. Se hacen mayores a toda leche, pensó.

Cónchi se puso un vestido corto que con la piel bronceada por el sol playero le sentaba de maravilla. La verdad es que estaba muy guapa, pensó Manolo. Tal vez esa noche después de la cena, cuando Andreita se durmiera… Manolo Fernández se puso el pantalón y el polo que su mujer le había dejado sobre la cama y en cuanto estuvieron listos, los Fernández Martínez salieron a cenar.

En el paseó marítimo de la urbanización Playamar los Naranjos la oferta para cenar era amplia: El Rincón del Pescador, la Cueva de Alí y los Cuarenta Pinchitos, Arrocería el Barco de Chanquete, Taberna los Siete Niños de Écija y un largo etcétera de restaurantes, bares y chiringuitos más o menos arreglados. Conchi se decantó por cenar en “Taberna el Pirata Pata Palo” un local donde un mulato de muy buen ver, les mostró amablemente la carta mientras les invitaba a un vasito de sangría.

-¿A ti que te parece?- Preguntó Conchi a su marido ante la profesional mirada del exótico relaciones públicas. Manolo que estaba hasta los cojones de deambular sin rumbo por el paseo, aunque no le gustaban un pelo ni el restaurante, ni el untuoso captador de clientes, aceptó sentarse a la mesa a matar el hambre que ya a esas horas, como un lobo, le roía las tripas.

Pidieron una ensalada, varios entrantes, una botella de rosado y un Nestea para Andreita que lo que quería es salir pitando de allí para reunirse con sus amigos. El servicio era pésimo y la comida aún peor. Cuando pidieron la cuenta, les soplaron 120 pavos del ala. Tentado estuvo Manolo Fernández de liarla parda ante el precio abusivo de aquella cena tan mediocre, pero su mujer le contuvo. Pagaron resignados y Andreita se esfumó como por ensalmo tras sacarles 10 pavos más a sus padres “para un helado”, con la promesa de a la una en punto estar en el chiringuito playero donde ya, de perdidos al río, sus padres pensaban tomarse un gintonic.

Por dos gintonics con poco hielo y servidos en unos sospechosos vasos de plástico, Manolo soltó otros 18 eurazos. La música infame y un público casi en su totalidad formado por jovenzuelos con altísimos niveles de hormonas, atronaban los oídos de la pareja. Al menos tenían delante la hermosa estampa del Mediterráneo con una gran luna amarilla emergiendo tras la línea del horizonte. La verdad es que a ciertas edades uno se conforma con poca cosa…

A la una y media tuvieron que ir a buscar a Andreita, a la que encontraron en compañía de las nietas de la Gorda de la Nectarina y unos chavales más mayores con cortes de pelo tipo escoba. A regañadientes tuvieron que consentir en dejar a la niña “media hora más” y volver ella a casa en compañía las hijas de Doña Dolores a las que “dejaban hasta las dos”. Resignado, el matrimonio Fernández Martínez regresó al pequeño apartamento de vacaciones, donde ambos se desvistieron, cogieron sus respectivos libros y comenzaron a leer en la terraza, esperando el regreso de Andreita.

A las dos y cuarto volvió la niña. Ella y su madre se acostaron y Manolo estiró un poco más el tiempo de lectura. Cuando consideró que su hija podía estar dormida, se dirigió al dormitorio conyugal. Se tumbó sobre el colchón lleno de chichones. Abrazó a su mujer y cariñoso comenzó a besarle el cuello.

-Para Manolo que no tengo ganas y además me va a bajar-

¡Cojonudo! El último mes, con el estrés del trabajo no se había comido un rosco y por lo que parecía, tampoco se lo iba a comer allí en la playa. Se fue a la nevera, cogió una cervecita fresca y se tumbó en la hamaca. Venidos desde la cercana depuradora, una nube de mosquitos zumbaba a su alrededor. Desde algún apartamento cercano le llegó el sonido inconfundible de una pareja haciendo el amor. Manolo apuró la lata y fue a tumbarse a la cama, donde su mujer roncaba sonoramente.










viernes, 15 de agosto de 2014

UNA SEMANA EN LA PLAYA día 1

El mes de julio en Madrid había acabado siendo  insoportable. Como el trabajo está tan mal… De repente un apretón y las jornadas laborales de un autónomo pasan de ser el asumido “ganaras el pan con el sudor de tu frente” a un “ganaras el pan a costa de sufrir un golpe de calor o cualquier otro tipo de episodio fatal de fallo multiorgánico”. Pero por fin lo había conseguido ¡Una semana de vacaciones en una localidad costera mediterránea! Las vacaciones, el sueño de la clase obrera española desde la década de los setenta del siglo pasado que se materializaba de nuevo, por fin, tras la dura crisis de los años anteriores ¡UNA SEMANA EN LA PLAYA! Una semanita para hacer tantas cosas: running, leer, pasear, tomar helados, beber cerveza, observar discretamente tras unas gafas de sol a las chavalas en topless…

El coche atestado de maletas y bolsas llegó por fin al peaje. Una larga caravana de coches aguardaba pacientemente bajo el duro sol su turno para pagar el precio abusivo por usar la autovía de pago. La alternativa a la autovía era una carretera deficientemente asfaltada, con obras que se remontaban a tiempos lejanos y sin visos de finalización de las mismas a corto o medio plazo. Para más recochineo, un luminoso un poco antes de de la entrada de la autovía, exhibía el siguiente mensaje sospechoso “SI QUIERES EVITAR LAS OBRAS UTILIZA LA AUTOVIA AP-27” Viendo la gestión honesta que de lo público se hace por parte de las autoridades patrias, a Manolo Fernández no le cabía ninguna duda de que allí había gato encerrado. Seguramente la empresa concesionaria de las obras era la misma que la de la autovía de peaje, la cual, con esta lentitud de ejecución obtenía pingües beneficios, sobre todo durante el periodo vacacional. En una carretera por la que en circunstancias normales apenas circulaban 50 vehículos al día, un primero de agosto con obras en la nacional, circularían miles. Para más INRI la AP-27 había sido pagada con el dinero de todos los contribuyentes que ahora volvían a pagar.

Por fin le llegó el turno al monovolumen de Manolo. Introdujo el ticket en la ranura correspondiente e inmediatamente este le fue devuelto por la máquina con el críptico mensaje de “Ticket ilegible” Lo intentó en un par de ocasiones más con el mismo resultado. Los conductores tras el coche de Manolo Fernández comenzaron a impacientarse y a hacer sonar sus bocinas. Conchi, la mujer de Manolo y también su hija Andrea se unieron al coro de imprecaciones que llegaba desde los coches que seguían al monovolumen de la familia Fernández Martínez.

-Avisa por el interfono al empleado del peaje ¡Estás molestando a todo el mundo!-

Manolo Fernández introducía frenético el ticket en la ranura lectora y todas las veces le era devuelto con el mismo mensaje de rechazo. Al mismo tiempo, pulsaba todos los botones que tenía aquella dichosa maquinita. Las maquinas hacía ya bastante tiempo habían sustituido al ser humano sin una contraprestación económica que beneficiase al usuario de las mismas. El botón del interfono, o no existía o Manolo no daba con él. Así que optó por hacer las cosas como toda la vida: bajarse del coche y avisar a un empleado para que le cobrase y abriese la barrera, pero como los peajes automáticos de las autovías están concebidos para que solamente un gigante o una persona con los brazos proporcionalmente tan largos al cuerpo como los de un orangután pueda llegar a introducir el ticket y la tarjeta de crédito en las ranuras correspondientes, Manolo había arrimado mucho el vehículo al muro de hormigón y no podía abrir la puerta del coche.

-¿A que estás esperando? Llama de una puñetera vez por el interfono y que venga empleado del peaje-

-Papa ¿Pasas ya? Quiero llegar al apartamento de una vez que me estoy haciendo pis…

Los pitidos iban in crescendo. Algunos de los conductores de los vehículos que seguían al monovolumen de los Fernández, mostraban amenazadores los puños por las ventanillas abiertas.

Para Manolo Fernández, un tipo habitualmente templado, en ese momento se acabaron de desbordar todos los diques que separan al hombre civilizado del macarra más visceral.

-¡ABRE TÚ LA PUTA PUERTA Y AVISA AL DEL PEAJE! ¿No ves que no puedo abrir gilipollas y que no funciona la mierda del interfono?- Dijo dirigiéndose a su mujer que blanca como el papel asistía atónita a la transformación de su marido. Al mismo tiempo, Manolo sacaba casi medio cuerpo por la ventanilla y se dirigía a los conductores de los vehículos más cercanos en términos tales como:

-¡ME CAGO EN TODOS TUS MUERTOS!- o -¡COMO BAJE TE VOY A DAR UNA OSTIA QUE TE VAS A CAGAR!- A lo que los conductores más próximos reaccionaron cerrando las ventanillas y haciéndose los longuis, en previsión de que aquel cafre pudiese bajar del coche e ir a por ellos.

Tras la intervención de un diligente empleado del peaje, que también se llevó su correspondiente bronca por parte de Manolo Fernández, el coche siguió andando entre la marea de vehículos que salían de la autopista en dirección al mar.

-Mama papa ¿Estáis enfadados?- Pregunta a la que los dos progenitores de Olguita pasaron de contestar enfrascados en una discursión de que si:

-Estoy harta de ti. En cuanto llegue me vuelvo a Madrid-

-Pues ya estas tardando. Si quieres me doy la vuelta ahora mismo…-

-¡Abrase visto! Hablarme así delante de todo el mundo…

Tras un rato de imprecaciones similares, el coche de la familia Fernández Martínez cogió el desvío que conducía a la urbanización Playamar los Naranjos. El GPS indicó que habían llegado a su destino. No había un puñetero sitio para aparcar, así que optaron por parar el coche en una pequeña replacita para descargar el equipaje. Manolo y Conchi bajaron en primer lugar una gran jaula donde transportaban a la mascota de la familia, una enorme coneja de raza belier de cinco años que el dueño de la tienda de animales les había asegurado que “apenas crecía”. Andreita no paraba de dar la lata con que quería un hermanito y como la pareja no estaba por la labor… vino a casa Lulú que así es como se llamaba la susodicha coneja. A la espera de que el roedor no fuese demasiado longevo y después de que royese cables, zapatos, patas de sillas y cuanto quedaba al alcance de sus afilados incisivos, la familia había optado por instalarla en la terraza azotea del dúplex sito en una localidad cercana a Madrid donde se hallaba la vivienda familiar de los Fernández Martínez. La coneja desde hacia años vivía allí, apartada de los seres humanos, cual monstruo de Frankenstein inconsciente de su propia condición monstruosa y expuesta a los duros vaivenes climáticos de la Meseta Ibérica. Tras la coneja, descargaron el resto de bultos, no sin antes tener que mover el coche por que quería salir un matrimonio de franceses maduros, que imperiosos comenzaron a tocar la bocina aunque en el vehículo solamente estaba Andreita. Como no hay mal que por bien no venga y en vista del magnífico lugar de estacionamiento que dejaban libre los gabachos, Manolo, bastante más relajado les pidió disculpas con amabilidad y retiró el monovolumen para acto seguido aparcar él.

Bastaba un simple vistazo para comprobar que la presencia de la escoba y la fregona en el apartamento alquilado, era meramente testimonial. Por doquier había mierda para aburrir. Una gran cucaracha marrón movía sus largas antenas en el pequeño recibidor a modo de bienvenida. Un dedo de grasa con abundantes insectos muertos yacía virtualmente impenetrable sobre los fogones y encimera de la cocina. El resto de la casa mostraba un aspecto igual de lamentable. Nada que ver con las fotos que la agencia que les había alquilado el piso exponía en su Web. Al revisar las camas, comprobaron que bajo los vetustos colchones, el vencido somier había sido rellenado por tablas desiguales y cajas de cartón. Las sabanas, además de desgarrones y quemaduras de cigarro, mostraban ostentosos manchurrones de antiguas coyundas y meadas nocturnas de infantes o ancianos incontinentes ¡Y todo por el módico precio de 600 pavos a la semana!

-¡VAYA MIERDA DE SITIO! El año que viene me voy como una señora al hotel en Benidorm al que va mi hermana Jeni como había dicho yo que hiciéramos…- Sentenció Conchi Martínez, igual de culpable que su marido por la elección de aquella cochiquera a la que los espabilados de la agencia habían llamado “apartamento”.

Resuelta a la vez que resignada, Conchi extrajo de una bolsa un arsenal de productos de limpieza y mandó a Manolo y a Andreita a la playa a darse un baño. Padre e hija tras ponerse sus respectivos bañadores, cogieron los kits de buceo compuestos por gafas, aletas y tubo marca Decathlón de 19,99 € y se encaminaron a la playa.

Primero un trecho largo de arena ardiente, luego una tupida selva de sombrillas y sillas plegables, finalmente, un poco más allá la gran lámina de plata batida bajo los rayos del sol del mar Mediterráneo. Padre e hija se hicieron un hueco por delante de las sombrillas, ante las recriminaciones de los moradores del contiguo campamento beduino, los cuales consideraban una violación flagrante a su derecho exclusivo de paso por ese sector de la playa, la extensión delante suyo de las toallas de Manolo y Andreita. Manolo, les dedico una mirada recuperada de las brasas que aún ardían en su interior tras el berrinche del peaje avivadas hacía poco por el timo del apartamento a los reñidores de la sombrilla hostil, los cuales al punto se callaron.

-¡Que tío más antipático!- Le dijo por lo bajini una mujer mayor,  gorda con un gorro blanco de pintor y una nectarina mordida en la mano a un calvo con bigote que seguramente era su marido ya que gruñó y no le hizo ni puto caso.

Padre e hija se metieron en el agua y se equiparon con sus respectivos equipos de buceo.  Sortearon las piernas de los bañistas a los que les llegaba el agua por la cintura y llegaron a una zona despejada. En la inmensidad azulada que tenían delante se vislumbraban pocos signos de vida, apenas algunos pequeños pececillos que se alimentaban de los gusanitos y otros pequeños seres que las pisadas de los bañistas desenterraban. Nadaron un trecho en paralelo a la playa sin ver nada más que arena hasta que Andreita descubrió algo que se deslizaba por el fondo marino. Se trataba de un torpedo o raya eléctrica de unos treinta y tantos centímetros de largo, que se movía lentamente sabedor de que las descargas eléctricas que emitía su cuerpo le hacían invulnerable al ataque de los humanos y los depredadores marinos. Durante un rato siguieron al pez hasta que este se adentró en aguas más profundas y lo perdieron de vista. Salieron muy contentos después de haber presenciado ese prodigio marino. Andreita, excitadísima, quería irse a casa cuanto antes a contárselo a su madre. Manolo se había quitado las aletas y caminaba hacia la playa sonriendo, contagiado por el entusiasmo de la niña, cuando de repente sintió un pinchazo como de una esquirla de cristal en el dedo gordo del pie. A los pocos segundos un dolor intenso y palpitante se extendió por toda la extremidad. Cojeando salió del agua y tiró aletas y gafas sobre la toalla, ante la mirada de los vecinos de sombrilla que sonreían jocosos al verle tan jodido.

Apoyado en el hombro de su hija, Manolo Fernández se dirigió con la mayor dignidad de la que pudo hacer acopio, al cercano puesto de la cruz roja. Nunca había sentido demasiada simpatía por los socorristas playeros. En general contrataban para este trabajo a niñatos de musculatura hipertrofiada, más pendientes de lucirse ante las chavalitas que de atender las emergencias de los bañistas. En este caso, los temores de Manolo eran infundados. El socorrista que le atendió era un tío de más de treinta años, con una alopecia incipiente y ligera barriguita cervecera, el cual le informó de que había sido picado por un pez araña.

-Lo mejor que se puede hacer es meter el pie en la arena caliente. El calor hace que baje la hinchazón producida por el veneno del pez. Luego cuando llegues a casa te lavas con vinagre caliente rebajado con agua si te sigue doliendo. Te podría poner una pomada que tenemos en el botiquín, pero no es más que un placebo para los niños y la gente que viene con un ataque de histeria…- Explico con franqueza a Manolo Fernández el talludo socorrista.

A Manolo todo aquello de meter el pie en la arena caliente y el vinagre, le parecía medicina del medioevo, pero… ¿Que podía hacer? El pie le dolía mogollón, así que optó por seguir las indicaciones recibidas y cojeando, él sólo se fue hasta la parte trasera de la playa. Con un estoicismo rayano en el fakirismo, aguanto las arenas ardientes en sus pies ante las miradas suplicantes de Andreita, a la que una cuadrilla de niños asalvajados, emparentados con la gorda de la nectarina arrojaban bolas de arena húmeda El sol inmisericorde del mes de agosto picaba en sus hombros y caía como plomo fundido sobre su cabeza descubierta. Al final la cosa no fue tan dura. En menos de diez minutos el dolor de la picadura había desaparecido. Manolo Fernández rescató a su hija de los ataques de aquellos niños tan cabrones. Recogió los bártulos y tras despedirse del socorrista, el cual se presentó como “Juan para lo que haga falta” emprendió contento el camino de vuelta al apartamento. Había vivido una experiencia marina interesante. También había superado con éxito el ataque de una criatura ponzoñosa sin quejarse lo más mínimo y además tenía un aliado en ese medio inhóspito que es la costa española en temporada alta.

En el apartamento olía a lejía y fregajuelos. Conchi, de una mala ostia importante, estaba tendiendo una lavadora de sábanas. Enseguida puso a Manolo a fregar la nevera y todos los cacharros de los cajones, que la verdad, se quedaban pegados a la mano al cogerlos. A Andreita le mandó hacer “deberes de inglés” Padre e hija optaron por seguir las ordenes recibidas sin rechistar. Poco a poco se comenzó a ver algo de luz en aquel pozo de mugre. Luego Manolo Fernández se fue a la calle con el encargo de comprar algunos víveres imprescindibles para la preparación de la comida, tortilla de patata y algo de embutido, a falta de hacer una compra grande en un supermercado del pueblo vecino.

Cerca del apartamento, había un localucho abarrotado de gente de nombre “la Paraeta” donde había un poco de todo a triple precio que en una gran superficie. Tras coger las cosas de la lista, Manolo se puso a la cola para pagar. Coincidencias de la vida… justo antes que él estaba la gorda de la nectarina en pareo pero con el mismo gorro blanco con forma de tiesto que llevaba en la playa. La buena señora estaba pidiéndole fruta al dependiente que a la vez que cobraba despachaba fruta y verdura en la misma caja.

-¿Qué tal son los melocotones?- Preguntaba la mujer.

A lo que el dependiente respondía –Buenísimos señora. Ayer mismo estaban aún en el árbol-

-No se… El otro día me llevé un melón que tú me aseguraste que estaba bueno y hubo que tirarlo por que estaba medio pocho. Dame un kilo de ciruelas y también unos tomates, pero que no sean muy grandes… ¡Ese no que está madurísimo!

-¿No tiene usted un billete más pequeño señora? Espere un momento que voy a por cambio…- Dijo el dependiente abandonando momentáneamente la caja.

En este tira y afloja andaban dependiente y clienta, mientras Manolo Fernández, asadito de calor en aquel local sin ventilación, reprimía las ganas que sentía de partirle en las narices a la gorda del gorro, la barra de pan (Bastante dura al tacto por cierto) que blandía en la mano izquierda. Por fin llegó el dependiente con el cambio y la mujer se marchó con la compra, dedicándole antes a Manolo una fría mirada de odio. Tenía una enemiga. Pues muy bien… no iba a permitir que eso le arruinase su semana de vacaciones.     

Ya en casa, metió las cosas en la nevera y ayudo a Conchi a terminar la limpieza. Tras la comida, Manolo Fernández se dispuso a echar una siesta ligera en una butaca reclinable que había en la pequeña terracita del apartamento. Comenzó a leer un best seller escrito por un conocido autor judeo-americano. Al poco rato el libro se le cayó de las manos. Dobló una esquina de la última página que había leído y dejó el libro y las gafas de ver en una mesita baja que había al lado. Tapándose la barriga con una toalla del Real Madrid, se dispuso a echar una merecida siestecita. Manolo dobló inmediatamente, alcanzando esa fase en la que la mente comienza a soñar a toda pastilla. Nuestro heroico autónomo se veía a si mismo patroneando un magnifico yate rodeado de macizas en pelotas y brindando con champán con su colega playero “Juan para lo que haga falta”, pero un fuerte sonido inesperado vino a interrumpir su sueño.

Mi perrito lucero fue mi alegría
El mejor compañero que yo tenía.
A mi niño a la escuela le acompañabaaa
Y con cuanto cariño con él jugaba
Alma de tirano…

Era el gran Rafael Farina desde el radiocasete del vecino del bajo. Manolo se asomó por la barandilla y vio a un individuo viejo, bastante corpulento con una gruesa cadena de oro al cuello, bermudas de vivos colores y un pequeño sombrero de paja en la cabeza. Aquel señor cantaba con mucho sentimiento y a la vez acompañaba la música con un temblor de su mano izquierda caída junto a una pernera de las bermudas. Manolo, que se había formado como aprendiz en un taller donde siempre sonaban por la radio los grandes del cante hondo: Farina, Antonio Molina, Juanito Valderrama, Pepe Pinto… miraba fascinado el arte del tipo del sombrero.

-¡A VER SI DEJAMOS DE DAR POR CULO CON EL LOLAILO A LA HORA DE LA SIESTA!- Sonó una voz desde una de las terrazas cercanas.

El cantaor de las bermudas, taciturno, apagó el radiocasete y se tumbó en una hamaca. Manolo intentó retomar su placentero sueño sin conseguirlo. Al poco rato Conchi vino a despertarle para que fueran al supermercado.

El cartel del parking de “su supermercado de confianza” indicaba que en el mismo quedaban plazas libres. Manolo introdujo el monovolumen y dio una vuelta. Solamente quedaba libre una plaza reservada a minusválidos y otra tan estrecha que si metía hasta el fondo el vehículo, ninguno de los ocupantes del mismo podía salir por las puertas. Manolo eligió la segunda opción, dejando fuera el morro del coche para que se pudieran abrir las puertas delanteras. El supermercado estaba llenísimo. La familia tardo un horror en hacer la compra. Finalmente se situaron en la cola para pagar de la única caja abierta. Un par de clientes por detrás de la familia Fernández Martínez se situó la gorda de la nectarina y su marido con un carro repleto de compra. De repente una cajera recién llegada abrió otra caja y rauda como una centella la gorda se puso la primera en la nueva caja. Manolo, verde de rabia, optó por no decir nada ya que nadie se quejaba de que aquella tipeja se hubiera colado. La gorda con su marido el calvo ya habían pagado, mientras que Manolo y Conchi aún estaban en la caja. Al encaminarse hacia el parking, la gorda de la nectarina dedicó a Manolo Fernández una venenosa sonrisa de triunfo. La familia salió con el carro repleto y al llegar al parking recibieron una desagradable sorpresa. El monovolumen tenía un vistoso arañazo y uno de los intermitentes delanteros reventado por un golpe.

-¡Papa, la culpa es tuya por haber aparcado mal!-

-Teníamos que haber aparcado fuera ¡Siempre estás metiendo la pata! ¿A ver como arreglamos esto ahora?-

El pobre Manolo, sin comerlo ni beberlo, recibía un chaparrón de críticas por parte de la madre y la hija que aguantaba estoico. Él sabía quien era la culpable de aquel desaguisado y palabra de Fernández García que lo pagaría caro… ¡La gorda de la nectarina se iba a cagar!

Sacaron unas fotos del siniestro para dar un parte on line a la compañía de seguros y regresaron al apartamento. La tarde transcurrió sin grandes sobresaltos. El cantaor del bajo les ofreció a todo volumen una antología del cante hondo y más tarde para rematar, los mejores chistes de gangosos del gran humorista Arévalo. Cenaron unos San Jacobos congelados y una ensaladita compuesta por: insípida lechuga iceberg, tomate de plástico procedente de Almería y atún en “aceite de oliva”. Después de cenar se vistieron y se marcharon a tomar un helado en “la Ilicitana”, una heladería situada en la zona de bares de la urbanización. Mientras Manolo daba buena cuenta de su cucurucho de tutifruti, enfundado en su polo Ralph Lauren de mercadillo, paso la gorda con su marido y una buena ristra de niños de entre trece y cinco o seis años, los cuales a todas luces eran nietos de la pareja. Seguramente los padres los habían dejado aparcados con los abuelos durante las vacaciones. Manolo casi sintió pena de su archienemiga la gorda de la nectarina.

Ya con sus chicas acostadas, Manolo se demoró un poco con el libro antes de ir a la cama. De la cercana depuradora le vino una ráfaga de aire con olor a mierda. Le pegó un sorbo a su mahou verde y acarició la cabeza peluda de la coneja Lulu que ya se había hecho dueña de la terraza. Al menos la cerveza estaba fría. Había sido un día difícil, pero habían sobrevivido…

¡Los Fernández Martínez eran gente de una raza fuerte!



lunes, 30 de junio de 2014

EL MAYOR LADRÓN DE ESPAÑA SE VISTIÓ DE COLORADO


Poco a poco, el cuerpo se va acostrumbrando a los rigores veraniegos a la espera de las merecidas y anheladas vacaciones. Los horarios de actividad de la gente en una tierra calurosa como esta varían. Durante las horas más calurosas del día, el personal hace la siesta y retoma su actividad cotidiana cuando los rayos del astro rey declinan y permiten deambular confortablemente por calles y campos. Estas noches claras y perfumadas invitan a sacarse la sillita al fresco para conversar con otros noctámbulos u observar y ser observado por los millones de ojos del firmamento, testigos mudos de todos nuestros actos y a los que normalmente no tenemos en cuenta, salvo en estas cortas noches de verano.

 

La siesta y la vida nocturna son dos costumbres muy españolas, por las que somos criticados y envidiados a partes iguales, pero que en mi opinión son necesidad y consecuencia respectivamente de las circunstancias climáticas antes descritas.

 

Otras costumbres españolas, si criticadas pero nada envidiadas, se repiten cíclicamente y pese ser consideradas por el común de los mortales como hechos calamitosos, siguen y siguen produciéndose en nuestros días sin que sepamos muy bien como hemos llegado a un grado de podredumbre semejante.
 
 
 
Tengo que decir que ni mucho menos, estas malas costumbres no son privativas de los españoles, pero en nuestro país se dan y se toleran más que en otros países a los que nos queremos parecer, haciendo que en el español de a pie se desarrolle un cierto complejo de inferioridad en lo social con respecto dichos países.

 

Voy a contar brevemente la “versión Dr Miriquituli” de una historia que sucedió hace algunos siglos cuando aún en la “Marca España” “Jamás se ponía el sol” no como ahora que es algo con bastantes más sombras que claros en mi modesta opinión.

 

Felipe II (Un rey al que sin ninguna duda hay que reconocerle que cada minuto de su vida lo dedicó a trabajar en pos de una idea que, equivocada o no, él tenía de España) agonizaba con el final del siglo en el monasterio de San Lorenzo del Escorial. Al “rey Prudente” le sucedió su hijo Felipe III “el Piadoso”, menos dotado para el trabajo que su difunto padre y mas interesado en los asuntos de alcoba y sacristía que en los de gobierno.

 

Desde joven, el nuevo rey había tenido como amigo a un noble relativamente poco importante, el marqués de Denia, posteriormente nombrado por este Duque de Lerma, un descendiente lejano de los duques de Gandia y por ende de Alejandro VI Borgia, el number one de los papas mediáticos del renacimiento.

 

Personas del entorno del rey vieron la influencia que el duque de Lerma tenía sobre este y trataron de evitarla. Primero su tía María de Austria y más tarde su mujer Margarita.

 

Para evitar la influencia negativa hacia los intereses de Lerma, que ejercía sobre el rey su tía María, recluida en las Descalzas Reales de Madrid, el duque en 1601, convenció al rey para trasladar la corte a Valladolid. Previamente había comprado numerosas propiedades en la ciudad castellana, que al pasar a ser la capital del reino, se revalorizaron enormemente. Algunos inmuebles se los vendió el duque a la corona fijando él mismo el precio, como por ejemplo el Palacio de Francisco de los Cobos que se convirtió en palacio real. A parte de este pelotazo inmobiliario, obtenido manejando información privilegiada, el Duque de Lerma les saco una jugosa comisión a los vallisoletanos por el traslado de la corte a su ciudad. El año 1603 repitió la jugada con mayor éxito si cabe, haciendo volver la corte a Madrid.

 

No quiero ni imaginar todo el bien que este habilidosísimo político hubiera podido hacer si en lugar de obrar en beneficio propio y de su camarilla, lo hubiera hecho en beneficio de su país… El caso es que, ya viejo, el duque perdió su influencia a favor de nuevos validos reales como el Conde-Duque de los Olivares y se vio acosado por las acusaciones de corrupción que afectaron a sus más allegados, como Rodrigo Calderón de Aranda, conocido como “el Valido del Valido” que fue decapitado en la Plaza Mayor de Madrid.

 

Para evitar una posible condena, el viejo duque en 1618, obtuvo del Papa el capelo cardenalicio. Ser miembro de la Iglesia suponía quedar fuera del alcance de la justicia real, ya que la Iglesia tenía su propio fuero y a Lerma cardenal, solamente le podía juzgar el Romano Pontífice, al cual había untado con regia generosidad. Esta maniobra del Duque, provocó que en el reino circularan estas coplillas atribuidas a Francisco de Quevedo:

 

El mayor ladrón de España

Para evitar ser ahorcado

Se vistió de colorado…

 

Francisco de Sandoval y Rojas, Duque de Lerma, acabó sus días en el “pequeño Escorial” (El monasterio de San Lorenzo del Escorial era el símbolo por antonomasia del poder imperial español y con la construcción del palacio ducal, su propietario quería dejar bien claro quien era el que de verdad mandaba) que con su gran fortuna se había construido en la capital de su ducado, la burgalesa villa de Lerma y que hoy es parador nacional de turismo.

 

España es un país con un número aproximado de aforados (Personas que disfrutan de un fuero especial y que a priori, no pueden ser enjuiciados por la justicia ordinaria) cercano a los diez mil. Este hecho es piedra de escándalo dentro y fuera de nuestras fronteras. Estos aforados, ante casi cualquier delito que puedan cometer, dilatan aún más la ya de por sí lenta acción de la justicia española, lo que en la inmensa mayoría de los casos les permite irse de rositas, después de habernos dejado a todos en el chasis y con cara de gilipollas.

 

Recomiendo a cualquier lector de este blog  partidario de “vestir de colorado” a algún hombre poderoso de este país que haya abdicado de su cargo, que se de una vuelta por el Museo del Prado de Madrid y ante el magnífico retrato ecuestre que Pedro Pablo Rubens pintó del Duque de Lerma, contemple el desprecio hacia sus semejantes que se refleja en los incisivos ojos de aquel otrora altivo personaje.

 

Dr Miriquituli.

viernes, 20 de junio de 2014

¡TE QUIERO MUÑECA!


¿Fetichista? No lo se,  posiblemente. El diccionario define el fetichismo como un gusto sexual poco convencional hacia objetos prendas, partes del cuerpo, etc. Yo, de toda la vida, me he excitado con las muñecas, pero para mí las muñecas no son solamente un mero vehículo de excitación ¡Yo amo a las muñecas!

 

Cuando apenas era un tierno infante, mi madre me dejaba en casa de la vecina de vez en cuando para ir a la compra o realizar algún recado. El caso es que aquella vecina, Pepita, tenía una hija un tanto repipi que tenía su habitación repleta de muñecas. Desde la cama y desde las estanterías, decenas de fijos ojos vitrificados me miraban incitadores. Un día doña Pepita y su hija me sorprendieron en cueros, con el pito muy tieso, tumbado en la cama con una muñeca de exuberantes y rubios tirabuzones a la que había despojado de su vestido de pastorcilla, sombrero y cayado incluido.

 

-¿PERO QUE HACES JORGITO?- Dijo doña Pepita visiblemente azorada al sorprenderme en tan comprometida situación.

 

Yo, con la espontaneidad propia de mis pocos años  le conteste –Hago lo que papa y mama hacen por las noches en la cama, porque quiero a esta muñeca pastorcilla y me voy casar con ella cuando seamos mayores.-

 

Bien por su natural bondadoso o bien por que en su casa con un marido borracho y putero y una hija mayor a la que se beneficiaba cualquier macarra que le diese una vuelta en moto, incluso si la moza estaba de buenas, se la pasaban por la piedra los que venían andando; doña Pepita tenía motivos bastantes para callar. La que nunca me perdonó aquello fue Susanita, la hija menor de los vecinos. Cada vez que me veía, me miraba como a un apestado y nunca más permitió que volviera a entrar en su cuarto, el cual recuerdo como un paraíso perdido.

 

Andando ya en la preadolescencia, exploraba otros modos de relación con los seres de plástico. La aparición de los Madelman y más delante de los Geyperman hicieron que durante un tiempo me desviase de mi estricta heterosexualidad. Pero esa momentánea incursión en sexo gay, básicamente era un asunto de voyeurismo. Me gustaba ver como el cazador de montaña le bajaba los pantalones y le desabrochaba la guerrera al oficial de la Wergmach, mientras el buceador de combate hacia cabriolas sobre el tanque con un soldado del Ejercito Rojo. Al final las aguas volvieron a su cauce y en mis juegos con los muñecos de acción tomaba parte Barbie, a la que los susodichos aguerridos militares ponían mirando a Cuenca y a otros muchos lugares igualmente dignos de ser admirados.

 

Durante la transición, mis amigos del cole andaban matándose a pajas con las películas del destape y las fotos del Interviú, yo estaba tranquilo. Pero entonces llegaba la Navidad y toda mi aparente calma se derrumbaba como un frágil castillo de naipes. Aún resuena machaconamente en mi cabeza esa musiquilla insidiosa…

 

Las muñecas de Famosa se dirigen al portal

Para hacer llegar al Niño su cariño y amistad…

 

¡Dios! Era (Y aún es) ver aquellas muñecas fabricadas en la industriosa localidad alicantina de Ibi caminando hacia el portal de Belén y ponerme palote en el acto.

 

Ya en mi juventud, había citas sexuales obligadas. Cuando el Corte Inglés anunciaba con bastante tiempo el cambio de una estación a otra “YA ES PRIMAVERA EN EL CORTE INGLÉS”, el menda estaba allí el primero a ver como los escaparatistas desnudaban a los maniquíes para ponerles la ropa de la nueva temporada. Lo malo es que al percatarse de mi presencia, los operarios de los grandes almacenes, cubrían con papel de envolver los escaparates y si veían que seguía merodeando por la zona, llamaban a la policía. No fueron pocas las tardes que pasé en comisaría, pero al no poder acusarme de nada concreto, no les quedaba más remedio que soltarme.

 

Muchos han sido los amores que he tenido desde que alcancé la edad adulta. Primero muñecas hinchables de poco precio y más tarde, caras maniquís de látex, que incluso hablan cochinadas y tienen movimientos succionadores en sus orificios, pero de todas, más tarde o más temprano me he acabado cansando.

 

Ya resignado a un pasar yermo y sin amor por este valle de lágrimas, iba tirando como tantos españoles tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, ganándome la vida como podía con trabajillos de poco más o menos. Como madrugaba mucho, a eso de las once de la mañana, todos los días almorzaba en un bar del polígono industrial. Unas ricas porras mojadas en café con leche me hacían olvidar durante un rato mi triste existencia, pero luego, al retomar mis labores, sentía como que estaba perdiendo mi vida, como si esta se me estuviera yendo por el desagüe sin cuajar en nada productivo. Este era mi sentir hasta que la vi a ella…

 

Como todos los días, a las once en punto como un clavo, estaba yo mojando la porra, cuando se abrió la puerta del bar. Me percaté de ello por que era invierno y en la calle hacía un frió pelón de acojonar. Con movimientos renqueantes, una figura femenina se situó a mi lado en la barra. La mujer dio educadamente los buenos días a los que contesté con un gruñido y seguí a lo mío. Cuando acabé de almorzar, extendí mi brazo para coger una servilleta y entonces ocurrió algo… Sin querer roce la mano de la mujer que se había sentado a mi lado y sentí un tacto inconfundible ¡ERA DE PLASTICO! Aquella mujer tenía un brazo ortopédico ¡Un brazo como de muñeca!  Un latigazo de electricidad erizó todo el vello de mi cuerpo. Alce la vista y me tope con dos ojos azules de desigual mirada; uno recorría mi anatomía de arriba abajo y otro permanecía fijo en el infinito, una mirada que yo conocía bien; la misma que tenían las muñecas del cuarto de Susanita…

 

Carraspeé, me armé de valor y comencé a hablar –Buenos días señorita. Disculpe que la importune, pero no he podido por menos que fijarme en sus hermosos ojos azules y si no tiene inconveniente cuando salga del trabajo me gustaría invitarle a una Fanta o a una lata de berberechos o a lo que usted guste, porque sepa usted que me parece preciosa…

 

Ante mi alarde de verbosidad, la mermada dama, al principio pareció acojonarse, pero viendo que mi interés por ella era genuino, finalmente accedió a mi petición y quedamos en ese mismo sitio para cuando los dos saliésemos del trabajo.

 

Yo esperaba impaciente en el bar con una rosa envuelta en celofán comprada en los chinos. Al poco rato llegó ella con su andar renqueante. Pedimos unas consumiciones y ocupamos una mesa en una esquina del local. Mari Ángeles que así es como se llama, me contó que hacia ya bastantes años, siendo casi una niña, había sufrido un accidente de tráfico muy grave en el que había perecido toda su familia y ella había perdido un brazo, una pierna y un ojo. En la actualidad estaba trabajando como telefonista en una empresa de transporte y mensajería, lo cual complementado por una pensión de invalidez, le permitía ir viviendo de una manera desahogada. La velada transcurrió de forma amena y cuando terminamos la cena a base de tapas, yo caballero, me ofrecí a acompañarla hasta el vehículo adaptado que le había subvencionado la ONCE. Aquella noche no quería venirse a mi casa, pero yo conseguí echando mano de un poco de persuasión, que cambiase de parecer. Desde entonces vive conmigo, la cuido y me ocupo de que no le falte de nada.

 

¡Que feliz soy! Mari Ángeles es una mujer extraordinaria: Luchadora, comprensiva, educada y en la cama… ¡Como es en la cama! Siempre está dispuesta a satisfacer cualquiera de mis fantasías sexuales. El otro día se vistió de muñeca legionaria sólo para mí.

 

Se que esta noche me reserva algo especial. Sospecho lo que es y ardo en deseos de estar junto a ella, por eso queridos lectores de este blog os voy a dejar. Mi amada me espera…

 

Un individuo más cercano a los cincuenta que a los cuarenta, abandona una desangelada habitación, en la que tan solo hay: una silla de oficina vieja de mala calidad y una mesa con cuatro patas metálicas que hace bastante tiempo han mudado el revestimiento cromado por óxido. Sobre la mesa un ordenador portátil aún encendido. El hombre recorre la vivienda en dirección a una puerta cerrada al fondo de un pasillo. Todo está sucio y desordenado. Abre la puerta y pulsa un interruptor. Una vieja bombilla de filamento ilumina la estancia abarrotada de trastos: cajas de las que sobresalen brazos y piernas de maniquís, estanterías con muñecas de todo tipo vestidas y desnudas, varias muñecas hinchables y de látex con exuberantes atributos sexuales apoyadas en las paredes y finalmente un pequeño catre sobre el que hay una caja de cartón y plástico transparente como las que suelen contener juguetes sólo que de gran tamaño.

 

Algo se agita dentro de la caja. Al acercarse, el hombre observa durante un instante a la mujer que atada con bridas de plástico y amordazada con cinta adhesiva, yace desnuda dentro del embalaje.

 

-Hola mi amor. He venido a jugar contigo…-

 

El hombre llamado Jorge, saca de un armario un disfraz de pastorcita pulcramente planchado y colgado de una percha, junto con un cayado blanco de madera. Deposita estos objetos al lado de la cama y sale de la habitación. Tras unos minutos vuelve, pero esta vez va ataviado con una vestimenta peluda de color marrón. En sus manos lleva una toalla pequeña y un frasco de cloroformo.

 

-Hoy vamos a jugar a la bella pastorcita y el lobo.-

 

Con dedos temblorosos, Jorge abre la caja que contiene desde hace aproximadamente un mes a Mari Ángeles Sempere, luego vierte un generoso chorro de cloroformo sobre la toallita y lo acerca al rostro de la aterrorizada mujer, la cual, tras el inicial forcejeo finalmente queda inconsciente y relaja todo su cuerpo. Los parpados del ojo bueno se le cierran y el ojo de cristal permanece abierto, como mirando a los ojos de su raptor. Una lágrima resbala por la mejilla de Jorge Fernández, que exclama:

 

-¡TE QUIERO MUÑECA!-

 

Dr Miriquituli.

  

lunes, 9 de junio de 2014

¿PODEMOS?


Hace algún tiempo que no escribo, mejor dicho que no publico nada en este blog que por otra parte es un blog al servicio de sus lectores, los cuales son libres de enviarme cualquier cosa que opinen siempre que sea con respeto y un mínimo de gusto, pero como no podía ser de otra manera, Dr. Miriquituli no puede ser ajeno a los importantes acontecimientos que se están produciendo, por eso: afilo la pluma de ganso, la mojo en el tintero y con pulso firme me dispongo a escribir estas líneas.

 

Tras unos resultados en las pasadas elecciones europeas que podemos calificar como “distintos” o incluso como “esperanzadores” con el ascenso de nuevas fuerzas políticas y un relativo fracaso de los partidos tradicionales, nos enteramos de la lista definitiva de Vicente del Bosque para el mundial de Brasil y comprobamos con estupor y consternación como el mister de la Roja, prescinde de un jugadorazo como Dany Carvajal. Que para su puesto hay otros con más experiencia y más merecedores de ir… puede ser, pero para mí este chaval representa un relevo generacional necesario y creo que el técnico salmantino se equivoca de medio a medio al no incluirle en la lista de los seleccionados para la cita mundialista. Por otro lado, ES UN ESCANDALO MAYUSCULO QUE SE PAGUE UNA PRIMA EN TORNO A LOS 750.000 € A CADA JUGADOR POR GANAR EL MUNDIAL, EN UN PAÍS DONDE MILES DE CIUDADANOS TIENEN QUE RECURRIR A LA CARIDAD PARA PODER COMER CADA DÍA. No estaría mal que estos jugadores, que son unos héroes para muchos españoles humildes, diesen una parte de sus jugosas primas a beneficio de las asociaciones que en esta época tan jodida, han tenido que venir a taponar los agujeros  en la solidaridad social que han dejado las mal llamadas políticas de austeridad de este gobierno y el anterior.

 

El rey… he hablado tanto de este señor, de la institución que encabeza, de sus antepasados, de lo que ha supuesto la monarquía para España, etc que el tema me resulta ya un poco cansino, pero la actualidad manda y la sucesión monárquica, como la punta del iceberg de otros problemas mayores, subyacentes bajo la superficie de las noticias “oficiales” es tema de candente actualidad.

 

Lo primero que no sabemos son las verdaderas causas de por que se ha producido la abdicación en este momento. Los casos de corrupción en torno a la Familia Real y el consiguiente desprestigio de la misma, una cierta premura por sacar adelante la sucesión ante un hipotético gran retroceso de los partidos políticos que sostienen a la monarquía en futuras elecciones, problemas de salud e incluso los asuntos sentimentales del dimitido monarca se cuentan entre las causas probables de su renuncia al trono. Sea como fuere, nos quieren meter de matute a Felipe VI “el Preparado” azuzando contra el populacho desinformado (Cada día menos) el miedo a la apertura de de esa Caja de Pandora que viene siendo la Constitución del 78 y de la que amenazan con escapar la república quema conventos y otros demonios como el de la desintegración territorial de España.

 

Es posible que la figura del Rey como súper embajador de los intereses de las empresas españolas haya funcionado bien… para las empresas. Algo importante sin duda, pero que en los momentos actuales y después de los escándalos de corrupción en los que están implicadas estas grandes empresas españolas, parece que no es algo que de demasiado lustre a la corona.

 

Los diferentes colectivos republicanos, de los que en este blog hemos hablado ampliamente, propugnan un referéndum para elegir entre republica y monarquía. A mí me parece que lo del referéndum a estas alturas del siglo XXI es una cosa de pura lógica. Ningún cargo público puede ser hereditario. Hereditario es el patrimonio de una persona y ni España ni los españoles somos patrimonio de nadie, luego lógicamente, algo tan importante como la jefatura del estado (Aunque carezca de poder decisorio) hay que elegirlo entre todos. Otra cosa es que, a lo mejor no viene tan mal que se entronice (¡Vaya palabro! Me suena a sentase por la mañana en un inodoro Roca) a Felipe y que en lugar de “el Preparado” pase a ser “el Breve” como su antepasado Pipino, el papá de Carlomagno (Aunque este era breve por bajito, que no por lo efímero de su reinado) para que no la acabe cagando tanto mastuerzo suelto que hay en esto del “movimiento republicano” y la plurisecular dinastía borbónica acabe cayendo de madura.

 

Finalmente y como habrán supuesto por el título de este post, también vamos a hablar un poco de Podemos, el partido de Pablo Iglesias, el político de moda.

 

Pablo Iglesias, que curiosamente se llama igual que el fundador del PSOE, ese partido que hace bastante tiempo fue de izquierdas y que ahora se ha convertido en un apéndice de los poderes económicos para mangonear en lo público. El nuevo Pablo, profesor universitario, habla muy bien y ha tenido una impagable promoción televisiva y en redes sociales, lo cual ha permitido obtener a su formación unos magníficos resultados en las pasadas elecciones. Algunas cosas de su discurso huelen como si alguien hubiera sacado del armario la chaqueta de punto de Marcelino Camacho y también tiene esas pequeñas fijaciones de la izquierda española con gente que a todas luces folla poco, como los dirigentes de Cuba o Venezuela, pero hay una cosa que me encanta de él: Ha puesto nerviosa a mucha gente poderosa de este país, por eso los medios de comunicación de los que él llama “la casta”, no han parado de atizarle desde el día de después de las pasadas elecciones europeas.

 

A la pregunta de si ¿Podemos? He de decir que no sólo podemos si no que debemos, debemos abrir la ventana y dejar que entre el aire fresco en la política española. Quiero dejar claro que este voto de confianza no es un cheque en blanco y que como ya nos han engañado mucho, desde Dr. Miriquituli permaneceremos ojo avizor para ver lo que este señor va haciendo.

 

Dr. Miriquituli.

jueves, 10 de abril de 2014

¡LLEGA EL CIRCO!


Alberto Wozniak salio de su remolque y vio el sombrío panorama. Desde que llegaron a ese puto pueblo no había parado de llover. El fin de semana habían anunciado cuatro pases y con la que estaba cayendo no iban a sacar ni para el gasoil, eso por no hablar de la comida de los animales… Para estar bien alimentados, sus tres tigres de Bengala debían comer al menos unos 50kg de carne al día y su dieta a base de esqueletos de pollo y pienso para perros no era ni mucho menos la adecuada. Aquellos bichos estaban cada vez más decaídos y resultaba sumamente difícil trabajar con ellos.

 

Dimitri y Mohamed, los dos mozos de pista, en realidad un par de desgraciados que no sabían nada ni de animales, ni de montar una carpa, ni de mecánica o electricidad o cualquier otra cosa que pudiera ser de utilidad en un circo; se habían marchado por la mañana y no se había vuelto a saber de ellos. Seguramente habían ido a Valdemingomez a ponerse y vete tú a saber cuando pensaban volver… ¡Malditos drogadictos! Pensó el domador, que ahora tendría que limpiar él mismo la jaula de los tigres.

 

De un armario que había sobre el fogón de la cocina, saco una botella de güisqui DYC y llenó a medias un vaso sucio de la repleta pila. Luego extrajo de la neverita una botella de cola Hacendado y rellenó el resto del vaso. De un par de largos tragos se bebió el cubata y repitió la operación un par de veces más. A continuación, se puso unas botas de goma dejando la botella sobre la encimera con intención de seguir pegándole al “segoviano” cuando terminase de limpiar la jaula.

 

En la jaula rodante, algo menos de 40 m2, convivían tres tigres de cerca de 300kg cada uno. Eran dos hembras, madre e hija y un macho viejo que habían rescatado hacía algunos años del circo del malogrado Ángel Cristo. Al ver que Alberto Wozniak se acercaba, el viejo macho comenzó a rugir y a enseñar sus enormes colmillos. Aquellos animales le odiaban. El domador, con una larga barra de hierro golpeó el flanco del tigre, que tras tirar un par de zarpazos se retiro al fondo de la jaula junto con las hembras.

 

A Wozniak le encantaba pegar a los animales, de hecho le gustaba pegar a todo el mundo. Pesaba sobre él una orden de alejamiento de su antigua pareja, la trapecista Priscila Tarenzzi (Descendiente de la célebre saga de trapecistas albaceteños Tarenzzi “las águilas del trapecio”) y el hijo de ambos, por maltrato doméstico. Raro era en el Circo Wozniak quien no había tenido algún encontronazo con Alberto. El domador de fieras y propietario del circo, abusaba de todo el mundo gracias a su posición. Se burlaba cruelmente de los Hermanos Silvan, los dos payasos, que en realidad no eran hermanos si no pareja. También le gustaba meter mano Miss Dory “la Amazona Fantástica” delante de su marido “el Gran Karkhan” un jinete turco-mongol natural de Pontevedra que era muy tartamudo. Pero las peores humillaciones las recibía Monsieur Boufard, jefe de pista y marido de Rita Nagy, una artista circense de larga tradición que tenía un número de perros caniche  jugadores de fútbol, un equipo con el uniforme del Real Madrid y el otro con el del Barça y a la que aquel malhechor de Alberto Wozniak se follaba sin ningún tipo de disimulo. Rita, un bellezón marchito por el paso de los años, había levantado innumerables pasiones en su época de esplendor. Cuando era una de las estrellas del Gran Circo Mundial y trabajaba sus buenos ocho meses al año, junto a la Plaza de las Ventas; un alto funcionario de la UCD le había puesto piso en la calle del Doctor Fleming, al ladito mismo del Paseo de la Castellana. Toda aquella gloría pasada se había ido por el desagüe y Rita había acabado en aquel circucho de mala muerte, arrastrando el culo por los pueblos, junto a ese perdedor de Boufard (En realidad se llamaba Pedro Bonifaz y era de Calanda-Zaragoza) La Bella Rita aún abrigaba la secreta esperanza de escapar de toda aquella mediocridad junto al domador y por eso se dejaba someter por éste, a todo tipo de aberraciones sexuales.

 

Alberto Wozniak terminó de limpiar la jaula de los tigres con la manguera y se volvió a su remolque con el pensamiento de hacerles pagar su falta a los dos mozos de pista en cuanto volviesen. Un par de pelotazos de DYC con cola después, un puño golpeó con insistencia la puerta del remolque. El domador se puso el peluquín que se había quitado para aplicarse Nivea en el cuero cabelludo, ya que el postizo le producía picores. Wozniak llevaba muy mal su alopecia y siempre aparecía en público con aquel bisoñé muy negro que en contraste con sus patillas canas le confería un aspecto distinguido, o al menos eso creía él… Al abrir la puerta, se encontró con el rostro gordinflón y sonriente del jefe de pista.

 

-¿Qué coño quieres Boufard?- Dijo el domador con voz estropajosa de borracho.

 

-Buenas tardes Alberto. Ya es la hora de hacer el desfile e ir a poner carteles por el pueblo- Dijo el jefe de pista con su sonora voz de speaker, haciendo caso omiso a la perpetua mala leche del dueño del circo.

 

A regañadientes, el domador prometió estar listo en diez minutos y volvió al interior de la caravana para vestirse con el traje de la actuación. Media hora y algunos cubatas después, Alberto Wozniak salio de la caravana vestido con un ceñido traje de raso color marfil adornado en cuello y mangas con abundante pedrería y una capita corta de color púrpura. Un par de furgonetas recorrieron el pueblo anunciando por megafonía las actuaciones del fin de semana. En la plaza casi vacía, se detuvieron y repartieron octavillas. Unos chavales desde la entrada de una pizzería se estuvieron descojonando de la patética estampa que presentaban los miembros de la trouppe, con sus ridículas vestimentas bajo la persistente lluvia. Finalmente, los artistas, montaron en las vetustas furgonetas y volvieron desalentados a la campa donde estaba montado el pequeño circo.

 

La noche cayó. En unos arbustos cercanos, un mochuelo entonaba su lúgubre canto. El remolque que en los días que había función servía como puesto de comida rápida, hacía las veces de cocina de campaña. El menú de aquella noche consistía en una sopa en la que nadaban algunos escasos fideos, un filete de pescado congelado, rebozado y frito y una pera medio pocha. Los miembros del circo Wozniak acudían con una tartera o una cazuela y recibían las raciones correspondientes al número de ocupantes de cada remolque. En la cola de la cena coincidieron el domador y la Bella Rita.

 

- Luego paso a darte las buenas noches mi amor…- Dijo la adiestradora de perros. Alberto Wozniak, al que lo único que le pedía el cuerpo en ese momento era seguir soplando hasta perder el sentido, tentado estuvo de decirle que no, pero se lo pensó mejor. Tal vez aquella zorra finalmente se lo hiciese pasar bien después de aquel aciago día…

 

El domador consumió su poco apetecible cena viendo uno de esos programas de niños repelentes que quieren ser artistas y que ya sea en una cadena o en otra, están a todas horas en televisión. Ya empezaba a dar cabezadas con el vaso en la mano y el pitillo a punto de caérsele de los labios, cuando una mano suave toco su puerta. Se levantó y tras rascarse el paquete y el culo por encima de los agujereados calzoncillos, abrió la puerta. Era la Bella Rita enfundada en una bata de seda con un cuello de piel de conejo con pretensiones de bicho más caro y con Fifí, una caniche vieja matriarca de los dos equipos, que siempre acompañaba a la estrella caída a todas partes. Rita apretó sus marchitos encantos contra el cuerpo de Wozniak mientras le besaba apasionadamente.

 

-¡Te amo tanto! No veía la hora de estar contigo. Le he dicho a Pedro que iba a pasear un poco a Fifí. No se lo ha tragado y me ha dicho de todo ¿Cuándo podremos al fin estar juntos tú y yo? No quiero volver más con ese seboso. Quiero ser sólo tuya.-

 

Alberto Wozniak, bastante borracho y en general harto del rollo melodramático de aquel vejestorio, se planteó echar a puntapiés de su caravana a la Bella Rita, pero viendo a la temblona caniche enredada entre los pies de su ama se le ocurrió una idea.

 

-Yo también te amo a ti mucho y no veo el momento de todo eso que tú dices. Esta noche quiero que hagas algo especial por mí… desnúdate cariño.- Dijo el domador correspondiendo a los ardientes besos de Rita.

 

Tras practicarle un poco de sexo oral y pellizcarle los pezones, el domador llevó a la Bella Rita hasta la cama e hizo que se colocara en la postura del perrito. Luego se fue a la nevera y sacó un spray de nata montada.

 

-Fifí Fifí, toma un poquito- Alberto Wozniak llamo a la perrita, poniéndose un poco de nata en el dedo índice para que esta la chupase. Luego, con Fifí en brazos se llegó a la cama donde la dueña de la perra seguía con el culo en pompa, tal como el domador la había dejado y comenzó aplicarle abundante nata por detrás. La perrita golosa se puso a lamer con deleite las ahora dulces y nutritivas partes íntimas de su ama.

 

-¿Pero qué estás haciendo?- Dijo la adiestradora alarmada por la actividad que se producía a su retaguardia.

 

-No te preocupes cariño, que para ti también hay…- Dijo el domador bajándose los raídos gayumbos y poniéndose nata a todo lo largo de su enorme polla – ¡Ala! A dejarla bien limpita…-

 

La Bella Rita cumplía con entusiasmo la tarea que el domador le había impuesto, mientras la caniche que ya se había terminado su ración, le reclamaba más a Alberto Wozniak. Éste, al ver que el bicho quería compartir lo que su dueña se estaba tragando, le soltó a la perra un tremendo manotazo que la lanzó a varios metros de la cama.-

 

-¡FIFÍ! Exclamó aterrorizada su dueña al ver el arrebato de violencia desplegada por el domador de fieras

 

Alberto Wozniak, cabreado por que la artista había abandonado sin su permiso el asunto que la ocupaba con anterioridad, propinó a Rita un manotazo igual de fuerte que el que un poco antes le había pegado al animal, el cual temblaba asustado debajo de una silla.

 

-¡Chitón! O te saco la piel a tiras- Dijo el domador cogiendo su látigo de cuero trenzado, que siempre tenía a mano y pasándole una vuelta alrededor del cuello.

 

A continuación se situó a espaldas de la mujer, le introdujo en el ano el pitorro del spray de nata y pulsó el botón.

 

-¡POR FAVOR NO ALBERTO! Sabes que por ahí no me gusta.- Dijo la adiestradora canina al sentir como el glande de aquel sádico se abría camino entre sus carnes.

 

Alberto Wozniak sodomizó a Rita Nagy sin ningún tipo de concesión a los ruegos y las lágrimas de aquella diva venida a menos. La verdad es que aquel canalla sabía lo que se hacía pensó la mujer. Cuando el domador terminó, encendió un Ducados y apuró un cubata que había quedado sobre la mesita.

 

-Te quiero Alberto- Dijo la Bella Rita secándose las lágrimas. El domador se disponía a echarla a patadas de su remolque, pero por suerte para ella sonó un teléfono móvil.

 

-Si dígame… Alberto Wozniak al aparato.-

 

-Buenas noches Alberto. Soy Manolo Ariza ¿Cómo estás hombre?- Manuel Ariza era un representante de artistas, con el que el propietario del circo ya se las había tenido tiesas en el pasado a causa de no querer pagar a alguno de sus representados.

 

-¿Qué coño quieres tú a estas horas? Contestó desabrido el domador.

 

-¡Como siempre tan simpático! Iré al grano…Tengo un cliente, gente de muchísimo dinero, que estaría dispuesto a comprar tu circo. Ofrece dos millones de Euros al contado y un millón más en un año libres de impuestos, siempre y cuando tengas todos los permisos en regla… ¿Te interesa?-

 

Pese a ser un pequeño circo de provincias, su circo era un bien muy valioso. El abuelo de Alberto, el gran Anastazy Wozniak “El Tarzán Polaco” había trabajado con todo tipo de animales en su show y desde entonces contaba con unos permisos administrativos para la tenencia de fieras y animales exóticos casi imposibles de conseguir en la actualidad. Unos años antes ya le habían ofrecido buena pasta por los permisos, pero entonces el circo era rentable y él como no había hecho nunca otra cosa, no lo vendió. Ahora se presentaba esa oportunidad tan buena para por fin poder abandonar aquella vida de mierda. El domador no se lo pensó ¡Claro que estaba interesado!

 

-Me podría interesar, pero es que es mucha gente la que depende de este negocio, los animales, los vehículos, el material. Tendríamos que concretar bastantes cosas…- Dijo Alberto Wozniak echándose un farol.

 

-Tú no te preocupes por nada, que esta persona se haría cargo de todas esas cosas. Si te parece mañana me paso por el circo y hablamos sobre el tema.-

 

Los dos hombres quedaron en verse al día siguiente, pero fuera del circo. El domador pretendía venderlo y por supuesto no darle nada al resto de los artistas.

 

Cuando el domador colgó el teléfono, la Bella Rita que había asistido en silencio a toda la conversación, rompió su mutismo.

 

-¡Que bien cariño! Es la oportunidad que tanto habíamos esperado y ¿Cómo es de buena la oferta?-

 

Alberto Wozniak miró a Rita de una manera que heló la sangre de la artista.

 

-Como se te ocurra abrir la boca te mato ¡Zorra!- Dijo el domador muy despacio.

 

-¡Sal ahora mismo de este remolque o…! Al tiempo que pronunciaba estas palabras, el dueño del circo cogía una pequeña pistola que siempre llevaba en un bolsillo de la chaqueta y apuntó con ella a la mujer.

 

La Bella Rita retrocedía hacia la puerta aterrorizada, sabiendo a Wozniak capaz de cualquier cosa. Ya fuera frente a la mujer, el domador extendió su látigo  y lo volteó por encima de su cabeza. Un latigazo como un relámpago golpeó en un hombro de Rita desgarrando la fina seda de la bata y lacerando su blanca carne. La veterana artista circense comprendió que estaba a merced de aquel psicópata y que era mejor hacer cualquier cosa que él dijese al pie de la letra. Entonces sucedió algo inesperado. Fifí, que hasta entonces había permanecido alejada de Wozniak y de su dueña, se lanzó contra la pierna desnuda del domador clavándole sus afilados colmillos en el gemelo. Este emitió un grito de dolor y sacudiendo su pierna consiguió librarse del mordisco del caniche ¡Que ironía! Alberto Wozniak un hombre acostumbrado a bregar con terribles fieras, atacado y mordido por una vieja perrita faldera. Pero aquello no iba a durar mucho. El domador volteó su látigo y alcanzó a Fifí en el lomo quebrándole la columna. Luego Alberto Wozniak, cogió el cuerpo inerte de la perrita por las patas traseras y se dirigió cojeando a la jaula de los tigres.

 

-¡NOOOO! ALBERTO POR FAVOR NO LO HAGAS…- Gritó la Bella Rita adivinando las intenciones de su amante.

 

El domador arrojó a la perrita dentro de la jaula de los tigres, que rápidamente descuartizaron y devoraron el pequeño cuerpo.

 

El escándalo había hecho salir de sus remolques a casi todos los miembros del circo, que pudieron ser testigos de lo que acababa de pasar. Monsieur Boufard abrazó a su magullada esposa que lloraba desconsoladamente.

 

-¡Va a vender el circo! Ese hijo de puta va a vender el circo y nos va a dejar a todos en la calle…- Dijo la Bella Rita que quería a aquella perra como a la hija que nunca había tenido.

 

Los miembros del circo comenzaron a rodear al domador. Monsieur Boufard, la Bella Rita, los Hermanos Silván, el Gran Karkhan, Miss Dory, Sepulkra la mentalista, los trapecistas Arnolfini, Filomeno McLaughlin el lanzador de cuchillos, Alí Adriasola el surfista fakir… Incluso Dimitri y Mohamed los mozos de pista, que por fin habían aparecido por el circo. Una veintena de personas que tenían cuentas pendientes con Alberto Wozniak y que esperaban de éste una explicación al respecto de las palabras de la adiestradora de perros, amenazaban su integridad física.

 

-Alberto ¿Eso es verdad?- Preguntó el gordo director de pista con expresión grave.

 

El domador que no era una persona fácil de amedrentar, por respuesta volteó el látigo por encima de su cabeza y lo hizo estallar sobre el rostro de Mohamed y en centesimas de segundo sobre el de Dimitri, a los que tenía muchas ganas desde su desaparición de aquella tarde. Un cuchillo brilló en la mano del marroquí que se tentaba la dolorosa herida de la cara.

 

-Te vamos a matar hijo de puta- Dijo el moro avanzando con el cuchillo por delante.

 

Entonces una llamarada surgió del arma del domador, arrancando con precisión de cirujano la hoja de la mano de Mohamed. El disparo fue como una señal para que todos los que unos instantes antes amenazaban a Alberto Wozniak, se retirasen apresuradamente hacia sus carromatos.

 

-¡EL CIRCO ES MÍO Y HARÉ LO QUE ME SALGA DE LOS COJONES CON ÉL! ¿Os habéis enterado? Al que no le guste se puede largar ahora mismo… Mañana hay función y el que no esté en su puesto ya se puede ir olvidando de cobrar ni un euro de MI CIRCO. Así que a dormir todo el mundo.

 

El silencio se hizo en el campamento de caravanas. El domador se encendió un pitillo y se acercó hasta la jaula de los tigres. El viejo macho le gruño mostrando sus grandes colmillos todavía manchados por la sangre de Fifí. Se le veía satisfecho por el suculento bocado que había tomado un poco antes. En tiempos de su abuelo y de su padre, uno podía ir a las perreras municipales y llevarse los perros que quisiese para alimentar a las fieras. Ahora, los putos ecologistas ya no dejaban, es más, en muchos municipios estaban empezando a prohibir cualquier tipo de espectáculo con animales salvajes. La oferta no podía llegar más a tiempo. Estas cosas pensaba Alberto Wozniak, cuando reparó en que el tigre le estaba mirando atentamente, como si pudiese leer sus pensamientos…

 

-Eres un hijo puta duro ¿Verdad? No te rindes nunca, pero yo lo soy mucho más que tú…-

 

Algo vio el domador en la mirada del gran macho que hizo que se le erizasen todos los pelos de su cuerpo. Era como si dentro de la bestia hubiera una voluntad inteligente y maligna que se burlase de él. Trató de apartar ese pensamiento de su mente y se retiró a su caravana sintiendo clavados los ojos de la fiera en su espalda. Apuró lo que quedaba de la botella de güisqui a morro, se curó el mordisco de la pantorrilla y trato de dormir, pero toda la noche estuvo soñando con los ojos del tigre.

 

Al día siguiente se levantó con una resaca terrible. Se preparó una cafetera de café bien cargado y trató sin éxito de comer algo. Tras vomitar el desayuno, tomó un par de tabletas de paracetamol y se metió en la ducha. Había quedado con Ariza en un restaurante de Madrid a las 14,00. Preparó toda la documentación del circo en una carpeta y se puso ropa limpia. A fuera la gente del circo se afanaba en su quehacer cotidiano como si los sucesos de la noche anterior nunca hubiesen sucedido. Además, tras muchos días grises, por fin lucía un sol espléndido que disipaba con su luz todos los fantasmas de la noche. Mucho mejor física y anímicamente, el domador partió hacia su cita.

 

Las cosas fueron estupendamente. Había conseguido que el representante elevase el precio de compra a tres millones al contado, haciéndose cargo su cliente de todos los gastos que se generasen y como prueba de ello, Alberto volvía por la tarde con un cheque por trescientos mil euros en concepto de señal a cuenta de la operación, que se formalizaría una semana después en una notaría de Marbella. Según le había contado Manolo Ariza, el comprador era un jeque árabe que deseaba tener en su finca de la Costa del Sol un zoológico particular con todo tipo de animales exóticos y la propiedad del viejo circo le permitía con muy pocas restricciones la adquisición de los mismos. El destino de los animales con los que actualmente contaba Circo Wozniak SL iba a ser en la mayoría de los casos el sacrificio y los más valiosos y jóvenes serían vendidos a otros circos o zoológicos de segunda fila, pero a Wozniak todo aquello se la sudaba completamente.

 

Tan contento estaba el domador que aquella tarde apenas bebió. Mientras se vestía para su última función. Monsieur Boufart toco a su puerta para ver si estaba preparado. Alberto le contestó casi con amabilidad. Había decidido que aquella tarde solamente iba a trabajar con las tigresas, al gran macho le iba a suministrar un tranquilizante para que fuese más facil de manejar y se estuviese quietecito en su sitio. Acompañado por el gordo jefe de pista, el domador no advirtió la mirada de complicidad que éste intercambiaba con Dimitri y Mohamed.

 

Aquella radiante tarde primavera, el Circo Wozniak registró una entrada como hacia muchísimos años no lo hacía. El aforo estaba completo para el primer pase y ante la taquilla se concentraba una larga fila de personas. Por fin las cosas empezaban a marcharle bien al domador.

 

En la pista central tronaba la potente voz del jefe de pista.

 

-Bienvenidos al circo ¡EL MAYOR ESPECTÁCULO DEL MUNDO!-

 

Uno tras otro, todos los artistas del Circo Wozniak fueron desfilando ante las caras sonrientes de los cientos de personas que abarrotaban las gradas. El domador se sentía eufórico. El calor de los focos, el entusiasmo del público… ¡Que sensación! A Alberto Wozniak en aquellos momentos casi le daba pena desprenderse del circo.

 

Su actuación era al final, justo después de los trapecistas. Casi todos los números fueron bastante bien, menos el partido de fútbol canino de los equipos de la Bella Rita. Es como si aquella tarde los perros estuviesen apenados por el fallecimiento de la vieja Fifí.

 

La familia Arnolfini terminó su número acrobático y mientras recibían los aplausos del respetable, los mozos de pista montaban la jaula donde se iba a desarrollar el número de Alberto. El domador se había dado brillantina en el peluquín y lucia su vestimenta de raso con pedrería, abierta por la parte de delante dejando ver el ancho pecho velludo.

 

-Con todos ustedes, el heredero de la gran saga de domadores Wozniak… Alberto Wozniak ¡EL SEÑOR DE LAS BESTIAS! Y sus terribles tigres de Bengala- La voz de Monsieur Boufard tronaba bajo la lona del circo, para entusiasmo de niños y mayores.

 

El domador hizo restallar su látigo. Se abrió una reja  y por ella salieron raudas las dos tigresas a las que el Alberto Wozniak hizo subir  a sus podios con facilidad. Luego salió el macho como una exhalación dando un par de vueltas a la jaula circular.

 

El dueño del circo en seguida se dio cuenta de que algo no marchaba bien. Aquel era un tigre muy viejo para tener esa vitalidad y además le habían dado un tranquilizante. El mismo había preparado la dosis en un trozo de carne. A no ser que… La sonrisa de Boufart y las miradas que este cruzaba con otros miembros del circo, confirmaron sus sospechas ¡No era un tranquilizante lo que le había dado al tigre!

 

Alberto Wozniak trató de mantener alejada a la fiera con el látigo y una vara de acero, pero el viejo macho cada vez le iba comiendo más y más terreno. El público, ignorante de las dificultades que estaba pasando el domador, aplaudía a rabiar pensando que todo aquello formaba parte del número. Entonces Alberto cometió un error: Por no perderle la cara al tigre, se olvidó de la presencia de las tigresas, que se habían movido de su sitio. Madre e hija se abalanzaron sobre el domador por la espalda y aunque les habían arrancado las uñas consiguieron con su peso hacerle caer, perdiendo el látigo y la vara. Los tres animales comenzaron a desmembrar vivo al hombre, que antes de fallecer fue consciente de cómo además de devorar su carne, aquellos diablos de la selva, devoraban también su alma.

 

Decenas de teléfonos móviles inmortalizaron aquel “accidente” y las escenas grabadas dieron la vuelta al mundo y fueron lo más visto de las redes sociales durante un breve periodo de tiempo. Alberto Wozniak obtuvo un gran renombre, como siempre había deseado y por supuesto consiguió su objetivo final, que no era otro que “por fin, poder abandonar para siempre aquella vida de mierda”

 

domingo, 23 de marzo de 2014

TIEMPO DE CAMBIOS


Ya se veían venir, pero hasta que no se concretan ciertos hitos, no se considera de una manera oficial que se han producido cambios.

 

Adolfo Suárez el primer presidente de lo más parecido a una democracia que hemos tenido en este país, agoniza en una clínica de Madrid. Suárez es el único presidente del gobierno, que desde el 78 a esta parte, conserva intacta su presunción de inocencia. Fue un hombre del régimen, pero gracias a él, o al menos con él, se produjo un cambio que entonces si fue real. Los que tenemos ya una edad, sabemos lo que había antes y lo que vino después. El viejo ex presidente, que ahora quema sus últimas horas en una cama de hospital, es como el paradigma del modelo constitucional que también agoniza. Suárez y su modelo, desde hace mucho no saben o no quieren saber de la realidad del conjunto de la sociedad española, ocultos tras un muro de olvido, medias verdades y prisioneros de unos poderes fácticos que han hecho del pueblo su granero. Reitero lo antes dicho de su “presunción de inocencia”. Él al menos dio algunos pasos decididos en la dirección de la obtención de unas libertades individuales que antes no existían y también cuentan en favor de su buen cartel: las zancadillas y puñaladas por la espalda que cuando estaba en la cumbre recibió de los que entonces se declaraban sus amigos y que cuando muera, sin duda, serán sus mayores panegiristas. Dentro de muy poco, todos vamos a ser testigos de ese espectáculo de desvergüenza descarnada, ante el cuerpo aún caliente de este líder de la transición.

 

Por otro lado, mientras el régimen constitucional y su fundador agonizan, con la llegada de la primavera, varias columnas de descontentos con el actual statu quo venidas desde las cuatro esquinas del estado español, van a confluir en una gran manifestación en Madrid. Mira que me gusta poco a mí esto de las “columnas” La columna era una unidad militar irregular utilizada profusamente durante la Guerra Civil Española. La columna Durruti, la columna minera asturiana, la columna del POUM, aquella en la que militó el mismismo Orwell o incluso la quinta columna; aquella que según Queipo de Llano atacaba el Madrid republicano desde dentro en una expresión que ha hecho fortuna pasando a ser “quinta columna o quintacolumnista” cualquiera que socava una organización desde dentro de la misma  Pese a ser esta de las columnas una reivindicación justa y legítima, nacida del descontento popular y sin adscripción política definida, del esquema organizativo del evento se ha encargado nuestra izquierda, siempre ella tan amiga de idealizar un pasado bastante lejano para la ciudadanía y que seguramente perdería una gran parte de esa pátina de idealismo, si se le sometiera de una vez por todas al análisis exhaustivo e imparcial de la historia, pero para eso también tendrían que acabar de una vez por todas “las dos Españas” Creo que también estamos en el camino…

 

No me gustaría dejar de señalar lo que parece un cambio de ciclo en las relaciones internacionales. La ocupación de Crimea por tropas rusas, parece poner punto y final a ese periodo entre guerras frías que hemos vivido desde la caída de la URRSS. China, parece que sigue en su “splendid isolation”,  conquistando industrialmente el mundo, pero los últimos extraños sucesos terroristas de origen indeterminado podrían hacer que este “gigante dormido” despierte haciendo temblar al mundo, como hace 200 años vaticinó Napoleón Bonaparte.

 

Por último, posiblemente hoy se acabe de concretar ese anunciado largo tiempo atrás, cambio de ciclo en la supremacía del fútbol mundial. El Real Madrid tiene una oportunidad de oro de darle hoy al Barça la puntilla y convertir el final de la liga en un paseo militar, eso si, siempre con permiso del Atlético de Madrid…

 

Dr Miriquituli.