viernes, 15 de diciembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I-LA GUERRA CHICA-La Guerrilla de la Muerte


LA GUERRILLA DE LA MUERTE

- ¡NO! ¡DEFINITIVAMENTE NO! Yo no vuelvo a salir a ese infierno hasta que no se arreglen las cosas- Decía un Cajiga indignado ante la mora Jadilla que esta vez asentía solemne ante las prudentes palabras del asistente-

-Tú no debe ir sidi. Tú no soldado. Deja a militares hacer trabajo y escribe aquí lo que te cuenten- decía la viuda genuinamente preocupada por el periodista.

Desoyendo los consejos que le daban, Jorge Villafranca hizo uso de las cartas de recomendación que Martínez le había conseguido y consiguió una audiencia con el general Ortega.

El general se hallaba muy ocupado, como no podía ser de otra manera, con la contraofensiva y con organizar y coordinar los refuerzos que cada día llegaban desde la península, pero aun así recibió al periodista y escuchó su historia.

Dio la casualidad de que un poco antes, el general Ortega había recibido a un tal Ariza, al parecer responsable de la caja de reclutas de Barcelona y que ostentaba el rango de capitán. El capitán Francisco Ariza era un experto en la guerra de guerrillas y había logrado bastante renombre en Cuba luchando de forma heterodoxa contra los insurgentes llegando incluso a hacer prisionero a un general rebelde, pero su carácter nada diplomático y sus ideas republicanas le habían hecho caer en desgracia dentro del ejército.

En cuanto Francisco Ariza tuvo noticias de los sucesos de Melilla, pidió una excedencia y consiguió colarse entre las tropas que embarcaban en Málaga. Ya en la plaza, por recomendación de un antiguo compañero de las guerras de Cuba pudo entrevistarse con el general Ortega y exponerle su plan.

Con los refuerzos, habían llegado unos equipos que nunca antes habían sido usados por ningún otro país en una campaña militar. Se trataba de reflectores eléctricos de gran potencia. El alto mando de Madrid había elaborado un plan para que con aquellos reflectores se iluminasen posibles objetivos militares para que estos pudieran ser machacados por la artillería de la poderosa flota fondeada frente a las costas de Melilla.

El capitán Ariza que era un consumado jefe guerrillero había propuesto al general, que le permitiese reclutar entre la población reclusa de la plaza un grupo de voluntarios que luchasen a sus órdenes y con los que poder infiltrarse tras las líneas enemigas. La propuesta del capitán, de cuya pericia Ortega tenía excelentes referencias, le vino como anillo al dedo al general. En sus salidas, los hombres de Ariza podrían señalar los blancos con linternas sordas, sólo visibles desde los fuertes donde se situarían los reflectores.

El general Ortega que era un hombre vanidoso y con grandes aspiraciones, decidió hacer suya la idea del guerrillero de sacar a reñir contra los moros a una chusma de presidiarios con la vaga promesa de una redención de sus penas. Era mejor que se derramase sangre de asesinos y ladrones, que la de ciudadanos libres con parientes y amigos en la península. Para dar publicidad a “su idea” nadie mejor que aquel periodista de Madrid que se había presentado en su despacho esa mañana.

El capitán Ariza y Jorge Villafranca se estrecharon la mano en el despacho del general, ante la mirada de este y su asistente, un comandante que había sido compañero de armas de Ariza en Cuba.

Juan Ariza era al menos un cabeza más alto que el resto de asistentes a aquella reunión pese a andar algo encorvado. Una gran barba muy negra con 2 mechones simétricos a los lados que empezaban a blanquear, le otorgaba un aspecto entre desaliñado y apostólico. Vestía pantalón de rayadillo con polainas, un gabán que no ocultaba un cinturón con dos revólveres Orbea, unas magníficas armas fabricadas en Eibar con patente norteamericana Smith & Wesson y un gran cuchillo de monte con mango de asta de ciervo. La corbata anudada con fantasía barroca en un cuello no demasiado blanco y un extemporáneo sombrero hongo, bastante pequeño para el gran tamaño de la testa del capitán, completaban el chocante aspecto de aquel militar poco convencional.

Al principio, el viejo capitán guerrillero puso reparos a la participación del periodista en la unidad irregular que habían bautizado como Guerrilla de Intervención Rápida y que a la postre se acabaría conociendo como “la Guerrilla de la Muerte” pero tras los elogios dedicados por el general a la persona de Jorge Villafranca, del que sabía por otros militares de su decidida intervención en los sucesos de Rostrogordo, el capitán Ariza cedió en el asunto de la presencia de “aquel civil”  en su unidad irregular, en calidad de “observador”. En realidad, el capitán Ariza también deseaba que Jorge publicitara sus acciones para así poder rehabilitar su maltrecha carrera militar

De los presos voluntarios que el alto mando de Melilla cedió al capitán, este seleccionó a veintitrés. Los seleccionó solamente en función de sus conocimientos militares. Ariza no quería “ciudadanos ejemplares” sino asesinos eficientes. Aquel sería un concepto de unidad militar que tendría mucho futuro en los ejércitos coloniales europeos posteriores. Uno de los primeros voluntarios seleccionados, no fue otro que Jacinto Montaleza “el Malasangre”. Una excelente elección según los criterios del capitán.  Jorge había visto moverse al bandido como pez en el agua los días del ataque y el sitio al fuerte de Cabrerizas. Era como si la vida de Montaleza hubiese sido una guerra en casi su totalidad, algo que Jorge certificaría en las largas conversaciones que mantuvo con el preso entre acción y acción de la Guerrilla de la Muerte y de las que tomaría numerosas notas que constituirían el cuerpo del relato de la vida del Malasangre, la verdadera razón por la que el Informador le había enviado a Melilla.

-Parece que otra vez se cruzan nuestros caminos Sr Villafranca-

-Bueno… el objetivo era escuchar su historia y la iniciativa del capitán Ariza nos va a dejar bastante tiempo para hacerlo. -

-No estoy muy seguro de que éste nos deje mucho tiempo para charlar…-

- ¡Silencio ahí atrás! - Dijo un desabrido capitán Ariza que encabezaba la columna camino del fuerte de Camellos.

Los reflectores y los generadores encargados de su alimentación ya se encontraban en el fuerte. Ariza mostró sus órdenes al oficial de guardia, unas órdenes emitidas directamente por el general en jefe. El oficial miró de arriba abajo la gran humanidad de aquel individuo de aspecto estrafalario que se hacía acompañar por un grupo de presos y un civil con trastos de escritura. Finalmente les franqueó el paso.

Con las últimas luces de la tarde Ariza y sus veintitrés guerrilleros salieron del fuerte. La guerrilla se había dividido en cuatro grupos, nombrando un líder para cada uno y dotando de una linterna sorda por grupo. Si detectaban fuerzas enemigas debían comunicar mediante señales con el fuerte y este debía iluminar la zona señalada con los reflectores. Si se tropezaban con cualquier ser vivo, las órdenes eran “no dejar testigos” Los vigías y los técnicos encargados de manejar los equipos observaban atentos los movimientos de la guerrilla que envuelta en la inminente noche se adentraba en la zona de nadie a un tiro de fusil de los muros de fuerte Camellos. Jorge por orden de Ariza y por indicación de Montaleza que estaba al mando de uno de los grupos, esa noche se quedó en el fuerte. Ya habría tiempo de salir con la guerrilla “cuando las cosas estuvieran más tranquilas”

La noche cayó completamente. Era oscura como boca de lobo. Algunas rachas de viento dejaban ver furtivas las estrellas entre jirones de nubes. Jorge se levantó el cuello del gabán. Pese a la suavidad del clima melillense, aquella noche era extrañamente fría y húmeda. Transcurrieron varias horas hasta que finalmente la luz de una linterna se vislumbró en la lejanía, transmitiendo la señal indicada. Los soldados encargados de accionar las grandes manivelas de los generadores se pusieron con presteza a su labor, pronto las bombillas incandescentes de los focos se iluminaron. Primero con un brillo rojizo y luego con una intensa luz blanca visible desde muchos kilómetros de distancia. Tras el silbido de los proyectiles, grandes explosiones arrasaron la zona sobre la que unos instantes antes se habían posado los focos como un ojo acusador e implacable. La operación se repitió media docena de veces aquella noche.

Con las primeras luces del alba, la guerrilla regresó a fuerte Camellos. En el grupo del capitán venía un hombre herido de bala, en el de Jacinto Montaleza solamente volvían cinco y uno de ellos con heridas no demasiado graves al haber sido alcanzados por la metralla de las bombas, él y su compañero caído. Los otros dos grupos estaban intactos, pero uno, el mandado por un tal José Farreny Riera natural de Lérida, asesino y ladrón de profesión, aseguraba que se había tropezado con una patrulla mora y que habían dado buena cuenta de ellos. De sus palabras daban fe media docena de orejas engarzadas en un cordel. El capitán anotó en una libreta las posiciones enemigas localizadas por los grupos y la hora en que se había producido la localización. Tres el grupo de Malasangre, otras tres su propio grupo y una el grupo de Farreny. Luego con parsimonia, guardó la libreta en uno de los bolsillos de su gabán, desenfundó uno de los revólveres que pendían de su cinto y descerrajó un tiro en la cabeza del líder del único pelotón que no había entrado en acción aquella noche. Señalando con el arma aún humeante a otro miembro del pelotón del recién ejecutado dijo:

-Ahora tú ocuparás su puesto…-

Lo de traerse las orejas de los moros muertos le pareció una magnífica iniciativa al capitán Ariza. Uno de los objetivos de su unidad, además de localizar objetivos militares, también era sembrar el terror entre los supersticiosos rifeños. Aquello a Jorge le parecía de una barbarie inaudita en las postrimerías del siglo XX, pero se abstuvo de comentarlo persuadido por Jacinto Montaleza que era hombre que conocía más que bien la lógica de la guerra. De hecho, por las noticias que le llegaron posteriormente sobre las crónicas escritas esos días, la opinión pública patria consideraba a Ariza y a su grupo como unos auténticos héroes; no así los medios de otros países, siempre dispuestos a desprestigiar a España y que tachaban a la guerrilla (Esta vez con razón) de salvaje y sanguinaria.

Las bajas en la guerrilla se sustituían con nuevos penados. Los bombardeos nocturnos llegaban hasta las mismas cabilas y los diferentes grupos competían por señalar más objetivos y por traer más trofeos macabros. Este estado de las cosas hizo que tras un par de semanas de ataques artilleros los rifeños mandaran una delegación con idea de rendirse, pero el general Macías que había sustituido en el mando a Ortega como general primer jefe de la plaza estimó que solamente trataban de ganar tiempo y no abandonar realmente las armas. Despidió a los negociadores y esa misma noche se reanudaron los bombardeos y volvió a salir al campo la guerrilla de la muerte del capitán Ariza.

Jorge Villafranca salió esa noche con el grupo de Montaleza. Estaban en la zona comprendida entre Cabrerizas y una cañada por la que en tiempos de paz discurrían los rebaños de ovejas y cabras tanto de Melilla como de las aldeas marroquíes cercanas. Agazapados tras una pequeña elevación observaban los movimientos de un grupo de rifeños apostados en una jaima medio derruida por los bombardeos.

Jacinto Montaleza, viendo la mala vía de retirada que quedaba tras ellos y la luz de la luna llena que iluminaba el campo como si estuvieran a la hora del crepúsculo en lugar de a media noche decidió no hacer señales a los fuertes y asaltar con su grupo la posición. El bandido había consolidado su liderazgo como jefe de aquel grupo de asesinos y es que Malasangre tenía como un sexto sentido en lo que a guerra de guerrillas se refería. No en vano había pasado la mayoría de sus casi cincuenta años en el monte luchando contra las fuerzas del orden o en guerra, en el bando carlista.

-Vosotros dos, dais la vuelta por allí y vosotros atacáis desde esas pitas a mi señal. Usted Jorge, nos sigue a Sacabuches y a mí a un poco de distancia. He contado ocho moros, pero puede que haya alguno más por los alrededores, así que muy atentos todos…-

Con presteza los guerrilleros se situaron en las posiciones asignadas. Jorge se quedó unos pasos por detrás tras unos escasos matorrales que proyectaban largas sombras en el suelo blanco por la luz de la gran luna que observaba muda como se desarrollaba aquel drama. Un par de rifeños con el rifle terciado montaban guardia en la entrada de la derruida construcción, el resto descansaba con la espalda apoyada en una de las paredes que aún quedaban en pie. A una señal del bandido la guerrilla atacó la posición mora al unísono. Sin apenas ruido y en unos instantes, los ocupantes de la jaima fueron degollados con eficacia quirúrgica.

Jorge observaba la violenta escena con un punto de temor y fascinación, cuando desde su posición observó como tres individuos salían furtivamente de unos chamizos algo alejados de la jaima, que hasta ahora creían desocupados y tomaban posiciones para eliminar a los de Montaleza, ocupados en desvalijar y desorejar a los muertos.

Sin tiempo para avisar a los guerrilleros, el periodista aferró su revólver y se acercó raudo al más cercano de los tiradores descerrajándole un disparo casi a bocajarro. Más su a acción no pudo evitar que los otros dos descargaran sus rifles sobre los despreocupados hombres de Montaleza. Sacabuches y otro de los penados cayeron abatidos por la descarga de los fusiles moros, que ahora se volvían sobre el que había matado a su otro compañero.

Jorge huyó sin rumbo perseguido por el silbido de las balas y se ocultó tras unas rocas.  Unos cientos de metros más allá, los disparos que Malasangre y sus hombres intercambiaban con los de la jaima impidieron al periodista advertir la llegada de nuevos enemigos. Algo le hizo volverse en el último momento cuando un moro estaba a punto de abrirle la cabeza de un sablazo. Este movimiento in extremis hizo que el filo de la espada chocara de refilón con su hombro en lugar de con su cráneo. A pesar del dolor lacerante en su extremidad, Jorge pudo levantar el revólver y abatir a su atacante, pero otro guerrero rifeño situado detrás del de la espada le apuntaba con su rifle. El periodista creía que en ese momento tocaban a su fin sus andanzas en este mundo, cuando el moro que le apuntaba caía fulminado con un gesto de estupor pintado en su rostro, detrás Jacinto Montaleza desclavaba la bayoneta de su fusil de la nuca de aquel infeliz que se había desplomado de bruces ante un no menos sorprendido Jorge Villafranca.

- ¡Vámonos de aquí, que la cosa se va a poner fea de verdad! - Dijo el bandolero tendiéndole una mano a Jorge para ayudarle a incorporarse.

Montaleza y los dos supervivientes que habían quedado de su grupo comenzaron a hacer señales con las linternas ciegas en dirección a los fuertes. En pocos minutos los reflectores iluminaron una amplia zona a espaldas de los hombres, que presurosos se retiraban hacia Cabrerizas sabedores del horror que se iba a desatar con los obuses que ya silbaban amenazantes sobre sus cabezas.

Las heridas de Jorge afortunadamente no revestían ninguna gravedad y recibieron una primera cura en la enfermería del fuerte. Con las primeras luces todos los grupos integrantes de la guerrilla rendían cuentas de sus andanzas nocturnas exhibiendo sus macabros trofeos ensartados en cordeles ante la atenta mirada del capitán Ariza que anotaba en su libreta cada posición señalada, las bajas enemigas y donde se habían producido las mismas.

Desde el principio de la guerrilla, la competencia y el odio personal se habían instalado entre Jacinto Montaleza el Malasangre y José Farreny. Aquella rivalidad era alentada por el propio capitán Ariza que veía en ella una buena herramienta para aumentar la eficacia letal de los hombres a su mando.

-Bueno bueno Farreny… parece que esta noche la cosecha del Sr. Montaleza ha sido bastante mayor que la suya ¿Que tiene usted que decir de esto? -

Mientras que, según lo observado por Jorge, Montaleza era un asesino eficaz que cumplía con su cometido todo lo “limpiamente” que llevar a cabo asesinatos con nocturnidad y alevosía, puede considerarse una labor limpia, Farreny disfrutaba con lo que hacía, incluso presumía de desorejar a sus víctimas ante mortem.

-Discúlpenos mi capitán, ya sabe usted como trabajamos mis hombres y yo… además esta noche hemos tenido trabajo extra. - Dijo José Farreny con una sonrisa torcida pintada en su feo rostro, mientras mostraba en su ristra de orejas cuatro más pequeñas con unos zarcillos engarzados que sin duda pertenecían a mujeres y junto a las que se encontraban dos diminutas sin duda pertenecientes a un bebe de corta edad.

Un Farreny orgulloso se jactaba ante el resto de guerrilleros de cómo habían desorejado y matado al crio ante su madre y una hija mayor de unos diez años. Luego, según contaba aquel psicópata, habían violado y asesinado a ambas. Aquello era demasiado hasta para el despiadado Juan Ariza, que con gesto de profundo asco ordenó callar a aquel desalmado.

-Este va a durar poco por dos razones: La primera porque está loco y la segunda porque es un bocazas…- Le dijo en un aparte Montaleza a un sobrecogido Jorge Villafranca.


viernes, 8 de diciembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I-LAGUERRA CHICA-La Jornada de los Héroes.


LA JORNADA DE LOS HEROES





Al día siguiente al mando del general Ortega, la columna de suministros pedidos por Margallo y los refuerzos llegados a Melilla en los días anteriores, partieron en dirección a Cabrerizas Altas. Hasta Rostrogordo avanzaron sin apenas oposición, ya que los rifeños se habían replegado para reforzar el sitio de los fuertes fuera del alcance de la artillería de las murallas.

Con el fuerte de Rostrogordo ya a la vista, la situación cambió radicalmente. Los rifeños disparaban desde las posiciones donde estaban atrincherados y grupos de raudos jinetes hostigaban a la columna de refuerzos. El general Ortega no podía hacer otra cosa que aguantar la posición y defender los carros con los suministros sufriendo un lento pero incesante goteo de bajas. Cuando las cosas parecían no tener vuelta atrás, las puertas del fuerte se abrieron y un grupo de unos cien hombres con el capitán Hernández a su cabeza atacaron a la bayoneta las trincheras desde las que los moros hacían fuego.

Con el apoyo de Hernández y algunos soldados de caballería, la columna pudo reemprender la marcha, pero la resistencia era feroz por parte de los rifeños y el grueso de sus tropas rodeaba el fuerte de Cabrerizas Altas. Jorge con un amedrentado Andrés Cajiga detrás y Jacinto Montaleza libre de sus grilletes a su lado, observaba el lento avance de la columna de suministros y como el capitán Hernández y sus penados asaltaban con fiera eficacia las trincheras moras. La figura del capitán se distinguía entre los demás asaltantes por el color de su uniforme y por qué parecía estar en todas partes. Jorge y sus compañeros fueron testigos de cómo le hirieron al ser el primero en alcanzar una trinchera con un revolver en cada mano. Un par de hombres evacuaron al capitán Hernández en dirección a la columna y de allí en un carro con el resto de heridos a Rostrogordo.

La baja del capitán Hernández volvió a dejar el avance de las tropas de refresco en un punto muerto. En el fuerte de Cabrerizas Altas, el general discutía con sus oficiales la oportunidad de efectuar una salida para desbloquear la situación de la columna de Ortega que resistía a la distancia de un tiro de fusil. La idea a priori no parecía mala, pero el general Margallo era alguien discutido en el mando hasta casi la insubordinación. La tropa y muchos oficiales culpaban a sus decisiones precipitadas de la grave situación en la que se encontraba el ejército de Melilla.

Otro asunto de conversación recurrente entre la tropa era ¿Cómo los moros estaban tan bien armados? De los modernos fusiles con los que les atacaban apenas unas semanas antes no había ni rastro. Los rifeños poseedores de armas de fuego antes sólo tenían viejas espingardas de avancarga con las que podían llegar a ser muy hábiles, pero que ni mucho menos podían mantener una cadencia de fuego como la de unas modernas armas de cerrojo. Muchos dedos apuntaban a Margallo como culpable por acción u omisión de se hubiera producido un contrabando de fusiles a esa escala.  El líder de los descontentos con la gestión del general era un joven teniente de infantería llamado Miguel Primo de Rivera, un hombre respetado en todo el ejército y un auténtico líder natural. Finalmente, frente a la reserva y/o el poco entusiasmo de su estado mayor, el general Margallo ordenó la salida de las tropas.

Margallo podía ser un idiota o incluso un corrupto criminal, pero lo que nadie podría decir nunca de él es que era un cobarde. A Cajiga y a Jorge les habían entregado unos fusiles y un buen puñado de balas y a cubierto tras las aspilleras del fuerte observaban como se preparaba la salida en el patio de armas. El general se encontraba al frente montado en un magnífico caballo. Las puertas se abrieron y el grueso de la guarnición salió en tromba contra la multitud sitiadora. Jorge observaba con unos binoculares como la vanguardia del ejército con su enardecido general al frente, rompía con mucha facilidad (Quizá demasiada) la línea de los rifeños. Los españoles eran muy inferiores en número y al momento Jorge se percató de las intenciones del enemigo. Estaban dejándoles penetrar en sus líneas para poder rodearles y aniquilarles. Algunos oficiales españoles también se dieron cuenta y así se lo hicieron saber al general, pero este persistió en su error, aunque por poco tiempo… Jorge pudo ver como la cabeza del general Margallo reventaba por el balazo disparado a pocos metros desde el fusil de un infante. Jorge Villafranca enfocó al tirador con los binoculares. Vestía a la moruna, pero llevaba la cabeza descubierta. Un poblado bigote partía su rostro ancho y duro. El periodista había visto esa cara antes. Como si se supiera observado, el hombre del fusil se volvió hacia el fuerte. A Jorge no le cabía ninguna duda, era la misma persona a la que había visto en el puerto de Málaga observando la carga de la lancha de Carlos Bayón y sus secuaces. Finalmente, el bigotudo tras mirar unos instantes se perdió en medio de la refriega de la vista de su observador.

La muerte del general frenó en seco el avance español, de echo si no hubiera sido por el teniente Primo de Rivera, que asumió espontáneamente el mando, la retirada hubiera sido una auténtica desbandada. Aquello lejos de prestigiar al oficial, supuso una sombra de duda en los años posteriores de su brillante carrera militar. Muchos afirmarían desde aquel aciago día: que la bala que mató al general Margallo salió de la pistola del teniente y no de las filas rifeñas.

A pesar de todo finalmente el objetivo se había conseguido. La columna del General Ortega había entrado en el fuerte de Cabrerizas Altas y el campo hasta Rostrogordo se hallaba casi libre de enemigos, pero aún quedaba algo por hacer. En la salida de Margallo, se habían situado frente a la puerta principal del fuerte varias piezas de artillería de campaña que ahora corrían el peligro de caer en manos de los rifeños. Sin pensárselo dos veces Primo de Rivera y cuatro voluntarios elegidos entre sus hombres salieron del fuerte y metieron a mano dentro del fuerte uno a uno los cañones.

Esa misma noche una flota de tres acorazados se acercó a la costa sometiendo a las posiciones rifeñas a un durísimo fuego artillero. Al día siguiente, el general Ortega hizo una salida con el grueso de las fuerzas obligando a los rifeños a retirarse a sus cabilas. Tras la jornada quedó entre la línea española y la rifeña, una extensa franja de tierra de nadie que aún habría de disputarse durante bastante tiempo.

La guerra seguía extramuros, pero Jorge había sido evacuado junto con Cajiga y otros civiles que se encontraban en Cabrerizas el treinta de octubre. Tenía que escribir, pero todo lo vivido en las jornadas previas pesaba en su ánimo como una losa. Había visto morir a otros hombres e incluso él había matado a uno. El sable que reposaba sobre la mesa del salón no dejaba de recordárselo. Aun así y con ayuda de los cuidados de Jadilla, que actuaba con el periodista como si de una madre se tratase, Jorge volvió a escribir.

Las comunicaciones con la península eran difíciles, pero Cajiga, aunque miedoso era un tipo muy diligente y hábil, y consiguió tocando en las puertas adecuadas, despachar la correspondencia periodística por valija militar con destino a Sevilla.

Jorge Villafranca escribía con furia y apenas dormía. Se levantaba a media noche entre sudores y sueños agitados. Soñaba con muchas cosas: Con Margarita, con el periódico… pero sobre todo soñaba con la guerra. Sentía pánico por todo lo que había pasado en Cabrerizas, pero a la vez algo en su interior echaba de menos la acción. Cuando no le quedó nada interesante que contar decidió que había que salir a buscar nuevos temas y nuevos actores del conflicto para seguir escribiendo.












viernes, 1 de diciembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I LA GUERRA CHICA-De Rostrogordo a Cabrerizas


DE ROSTROGORDO A CABRERIZAS



En Melilla se había formado una milicia popular a la que el ejército había entregado fusiles con el fin de defender la muralla, en el caso de que la línea exterior y los fuertes cayeran. También se hablaba en la plaza de la intervención de una fuerza marroquí al mando del Bajá-el-Arbi, un hermano del sultán al que habían enviado las autoridades alauitas para reprimir a los siempre levantiscos rifeños. 

Ya fuera por la poca motivación de las tropas del sultán Hassan I o por el fanático arrojo de los sublevados, el caso es que las tropas del Bajá se retiraron tras las primeras escaramuzas. Un heterogéneo, pero imponente ejercito rifeño de más de veinte mil de a pie y cinco mil de a caballo, se encontraba atrincherado frente a los cuatro mil militares y penados de la línea exterior de las defensas españolas.

Sin que nadie supiese como, muchos de aquellos rifeños en lugar de las tradicionales espingardas portaban modernos fusiles Remington, equiparables en alcance y potencia de fuego a los Máuser del ejército. Pese a todo, los moros carecían de artillería, por lo que la española, pese a estar bastante anticuada, suponía una notable ventaja. Tras los muros de las fortificaciones una multitud de civiles esperaba los refuerzos de la península y al grueso de la armada del estrecho que ya se dirigía a toda máquina hacia el Norte de África.

En los primeros días del conflicto, un grupo naval formado por un acorazado y 2 cañoneras habían penetrado en el estuario del río Oro con el fin de bombardear las líneas rifeñas más cercanas a los fuertes de Camellos y San Lorenzo, los más alejados de la plaza y los que más presión recibían por los moros, al quedar fuera del alcance de los cañones de la plaza. El mismo día de aquella acción naval, Jorge recibía el salvoconducto que le permitía moverse por el frente de guerra y recabar datos para su crónica. En la terraza esa misma tarde, Jorge, un siempre quejumbroso Cajiga y la mora Jadilla, planificaban la salida del día siguiente:

-Me gustaría recorrer los fuertes y hablar con los oficiales al mando, para eso tendremos que salir mañana con las primeras luces. Comeremos en el campo, por lo que tú, Jadilla nos tienes que dejar preparada comida y agua para todo el día- Dijo Jorge mirando a la mora que asentía resuelta.

Otra cosa era la disposición de Andrés Cajiga, que ponía todas las pegas del mundo a acercarse tanto al foco de los combates, pero a su vez, el melillense tampoco quería renunciar a la jugosa fuente de ingresos que semanalmente le hacía llegar el periódico. Finalmente decidieron que comenzarían las visitas por los fuertes de Rostrogordo y Cabrerizas que era donde, según la información que tenía el asistente, estaba la cosa más tranquila. Luego ya se vería si el bombardeo de los buques de guerra había estabilizado la situación en Camellos, San Lorenzo y Sidi Guariach. Finalmente, Jorge entregó a Cajiga el texto que debía enviar por vía telegráfica al Informador y algunas cartas para que este las despachase en la estafeta de correos.

Como habían acordado, con el canto de los gallos el asistente estaba en la puerta de la vieja casa con las dos mulas. Jorge tomo un bocado y un trago de café y ambos hombres se dirigieron en silencio hacia los acantilados de Rostrogordo donde se encontraba la primera fortificación que tenían pensado visitar.

El fuerte apareció al final de una cuesta. Era una imponente construcción poligonal de ladrillo rojo, con un baluarte triangular saliente como la proa de un buque. Jorge exhibió el salvoconducto y enseguida le atendió el oficial de guardia. Se trataba de un capitán llamado Lucas Hernández que estaba al mando del pelotón disciplinario, una unidad donde destinaban a los militares arrestados de la plaza que cumplían con los servicios más penosos y más peligrosos. El capitán Hernández respondía al perfil de los militares que Jorge había conocido en Melilla, en cuanto a duro y seco en el trato, pero se apreciaba algo noble en aquel hombre, algo como de caballero antiguo. Parco en palabras sobre los asuntos militares, poca información pudo sacarle Jorge sobre la guerra que estaba aconteciendo extramuros, otro cantar fue la conversación que mantuvieron él y Cajiga con el cabo que los acompañó a la salida y que les informó que la mayoría de las escaramuzas se estaban produciendo en la zona de fuerte Camellos, al otro lado del río Oro donde se encontraba el mismísimo general Margallo.

El periodista y su asistente siguieron camino hacia el fuerte de Cabrerizas Altas, distante unos kilómetros de Rostrogordo. Cabrerizas Bajas quedaba más cerca, pero era una fortificación menor y Jorge consideró que podían obtener más información de la guerra en un fuerte más grande, con más tropas y que además quedaba más cerca de la frontera.

Ya tenían el fuerte a la vista, cuando por su izquierda divisaron una gran nube de polvo. Al momento fueron rebasados al galope por un escuadrón de caballería que también se dirigía a Cabrerizas Altas, tras ellos el grueso del ejército de Melilla que se replegaba al otro lado del río a paso ligero. Cerrando la columna militar estaban los penados con sus llamativos uniformes a rayas, entre ellos el periodista pudo distinguir la inconfundible figura de Jacinto Montaleza que, con movimientos simiescos forzados por los grilletes de pies y manos, trataba de no quedarse rezagado. Cubriendo la retirada de la larga columna española, cincuenta soldados de infantería y algunas unidades de caballería disparaban sus armas.

 Tras los peninsulares, se divisaba amenazante un amplio frente de caballería mora que se acercaba cada vez más profiriendo gritos salvajes. Jorge y Cajiga arrearon sus monturas y se dirigieron hacia las puertas del fuerte que se acababan de abrir para dar paso a los primeros jinetes. El capitán al mando transmitió las órdenes del general y pronto se desplegaron frente al fuerte media docena de cañones con su correspondiente dotación de artilleros.

Al punto las piezas comenzaron a vomitar fuego frenando el avance del centro de la vanguardia mora. A pesar de esto, algunos jinetes cabileños consiguieron alcanzar por el flanco a las fuerzas que se les oponían e incluso rebasarlas, atacando a los más rezagados de la columna en retirada.

Ya iban a entrar Cajiga y Jorge en el fuerte, cuando este último volvió la vista atrás y vio como algunos moros atacaban sable en ristre al pelotón de penados entre el que se encontraba Montaleza. El antiguo bandolero pese a sus cadenas rodaba con agilidad felina entre los cascos de los caballos, pero sólo era cuestión de tiempo que acabara ensartado por alguna de aquellas afiladas cimitarras, ya que varios jinetes se interponían entre él y el fuerte. Sin pensárselo dos veces, Jorge Villafranca descabalgó de un salto y le entregó las riendas a Cajiga, luego a la carrera se dirigió hacia el grupo que rodeaba al bandido e hizo un par de disparos con el pequeño revolver que portaba en el bolsillo. El segundo tiro alcanzó en la cabeza a uno de los moros. El infeliz al caer quedó enganchado por un estribo y la bestia, presa del pánico, le arrastró en dirección al grueso de la caballería rifeña creando unos instantes de desconcierto que permitieron la huida de Jacinto Montaleza. Una vez recompuestos los jinetes restantes, un par de ellos enfilaron sus monturas contra el periodista. Este, paralizado por el pánico, veía cada vez más cerca la punta de las espadas, hasta que una cerrada descarga de fusilería procedente del fuerte paró en seco a los dos moros. Uno cayó y otro volvió grupas en franca retirada hacia sus líneas. Jorge reaccionó a los gritos de Montaleza que con un sable que se había agenciado en la refriega, cubría la retirada de los últimos españoles que aún quedaban por entrar al fuerte.

- ¡Rápido Sr. Villafranca, que estos ya vuelven! -

Jorge se rehízo y corrió hacia la puerta que se cerró tras él. En el patio de armas, el periodista sintió numerosas miradas de admiración, incluso el mismísimo general Margallo informado por Cajiga de quien era aquel civil que con tanto arrojo había arremetido contra los moros, estrechó su mano, pero él se encontraba aún en estado de shock. Le había volado la cabeza a un hombre. El revólver humeante que aun aferraba su mano temblorosa le recordaba la cruda realidad.

Las palabras del antiguo bandolero sacaron a Jorge de su ensimismamiento.

- ¡Recompóngase hombre! Lo que ha pasado ahí fuera es de lo más normal del mundo. Pasa a todas horas y en todas partes.  Tan solo es la muerte…-

Jorge miró a los ojos de aquel ser humano extraño y ambos asintieron en una especie entendimiento tácito. El antiguo bandido entregó el sable moro al periodista antes de que pasado el estupor del momento sus carceleros reparasen en la presencia de aquella arma en manos de un presidiario. La cimitarra era una pieza realmente bella. Sin duda una espada noble que se había transmitido de generación en generación y que ahora le pertenecía él… a él que había matado a su anterior dueño.

En las horas siguientes la situación de los sitiados en Cabrerizas Altas se estancó. La línea telegráfica había sido cortada por los cabileños que rodeaban el fuerte y un cielo plomizo que amenazaba lluvia, impedía la comunicación de los militares españoles tanto con la plaza como con los otros fuertes cercanos mediante el heliógrafo. Además de las escasas provisiones, el más importante de los suministros que tanto hombres como bestias demandaban, el agua, tampoco era abundante. Urgía desbloquear la situación y comunicarse con Rostrogordo, el fuerte más cercano con línea telegráfica directa a Melilla y así volver a tomar la iniciativa en aquella guerra.

Se pidieron voluntarios entre las fuerzas de caballería para aquella difícil misión. Había que llevar un mensaje con instrucciones del general Margallo a Rostrogordo. Finalmente, el elegido fue un gallardo capitán de nombre Juan Picasso al que acompañarían en su misión dos batidores que cubrirían con sus cuerpos y los de sus bestias los flancos del mensajero.

Picasso era de origen italiano, pero su familia residía en Málaga desde hacía un par de generaciones. Había sido el primero de su promoción y era hombre de mucho prestigio entre la tropa y el resto de los oficiales de Melilla, todo lo contrario que el general Margallo que con sus erróneas decisiones militares había conducido al ejército a aquella situación de bloqueo. También había algo más en la poco disimulada aversión de los militares hacia su general en jefe: todo el mundo se preguntaba ¿Cómo habían podido llegar aquellos modernos fusiles Remington a manos de los rifeños y en tal cantidad? Los contrabandistas, forzosamente debían de haber contado con la connivencia de las autoridades y muchos indicios apuntaban en dirección al general y sus más estrechos colaboradores.

Poco antes de abrir las puertas para dar salida a los tres jinetes, desde el fuerte comenzaron a disparar contra los rifeños con todo lo que tenían. En la cerrada descarga, aquellos centauros salieron raudos como el viento con las balas propias y ajenas silbando sobre sus cabezas. En un tiempo récord cubrieron la distancia entre los dos fuertes. En cuanto el trío de jinetes fue divisado por el Capitán Hernández del pelotón disciplinario, éste dio la orden de abrir fuego de cobertura sobre las posiciones de los moros los cuales también habían comenzado a asediarles. Así mismo mando a un par de soldados para que franquearan el paso Picasso y sus hombres en cuanto que él se lo indicara.

Los tres jinetes entraron en el patio de armas del fuerte de Rostrogordo cubiertos de sudor y polvo, pero milagrosamente ilesos. Desmontaron prestos y cedieron las riendas de sus extenuadas monturas a los que les habían abierto las puertas. Picasso sin tomar siquiera un buche de agua informó al capitán Hernández de que tenía que enviar un mensaje de vital importancia del general Margallo al general Ortega, segundo en el mando de Melilla, pero por desgracia el telégrafo también había sido inutilizado por los rifeños en aquel sector. No quedaba otra alternativa que galopar hasta Melilla y llevar el mensaje en persona.

 El capitán Picasso decidió que esta vez galoparía solo. Si alguien debía caer esa jornada sería él y no sus hombres. Pidió que dieran agua y comida a su caballo y se permitió a si mismo tomar un ligero refrigerio. Finalmente, ambos capitanes se estrecharon las manos y asintieron en silencio. Ortega mando firmes a los hombres presentes en aquel patio de armas y saludó militarmente al capitán Picasso mientras las puertas se abrían frente a él. Algo más de tres kilómetros y miles de enemigos le separaban de las murallas de Melilla.

Con los acantilados y el mar a su izquierda, jinete y caballo iniciaron su enloquecido galope hacia la ciudadela. En cuanto que se alejaron unos cientos de metros del fuerte las balas rifeñas comenzaron a silbar alrededor suyo. Al mismo tiempo un nutrido grupo de jinetes enemigos salió al galope con la intención de cortarle el paso. El capitán Picasso, habilidoso, desenfundó el revólver que llevaba al cinto y efectuó varias descargas que alcanzaron a un par de caballos de sus perseguidores, otorgándole esta acción un tiempo valiosísimo que le permitió alcanzar el abrigo de los añosos muros de Melilla la Vieja. Desde lo alto de las fortificaciones una multitud de soldados y voluntarios aclamaban al héroe, que extenuado finalmente traspasaba una de las puertas de acceso con las órdenes del general plegadas en un bolsillo de su guerrera.


viernes, 24 de noviembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I LA GUERRA CHICA-Melilla


MELILLA

El vapor amarró en la terminal marítima, junto a las murallas de Melilla la vieja. A Jorge le esperaba un individuo de mirada huidiza que respondía por el nombre de Andrés Cajiga y que era el guía que Martínez había contratado durante el tiempo que precisara para la realización de su trabajo.

En Melilla la vieja, en aquella época, el elemento étnico predominante era el peninsular, aunque también el norteafricano tenía mucha presencia y según le explicó Cajiga, extramuros era prácticamente el único, excepción hecha de la población militar de los fuertes y algunas barriadas de reciente construcción. A Jorge le sorprendió el colorido atuendo rifeño, también le llamó la atención el pequeño tamaño de los asnos.

Llegaron a una casa de aspecto destartalado en el fondo de un callejón perfumado por una gran higuera. Según le informó Andrés Cajiga, este había alquilado aquella casa con el dinero que le había enviado Martínez. Él no conocía el precio de los alquileres en aquella tierra, pero tenía bastante claro que aquel truhan había hecho un buen negocio a cuenta de el Informador. En cualquier caso, el sitio reunía lo necesario para el fin para el que había venido a Melilla y que no era otro que escuchar y escribir la historia del hombre al que iba a conocer al día siguiente, Jacinto Montaleza “el Malasangre”, un asesino, un ladrón y según el grueso expediente que tenía, un montón de cosas más.

Cajiga informó a Jorge de que se encargaría de la limpieza de la casa y de las comidas una mora viuda de nombre Jadilla. También le dio unas concisas instrucciones de cómo llegar hasta la estafeta de correos, donde esa misma tarde tenía que despachar un telegrama a don Marcelino, así como varias cartas.

Jorge Villafranca tomó posesión de la casa que, aunque bastante destartalada, estaba limpia y arriba tenía una terraza desde la que se divisaba toda la ciudad vieja y la bahía. No necesitaba más para ponerse manos a la obra. Sacó una mesa y una silla a la terraza y se puso a escribir cartas. Una vez que la tuvo escritas, se dirigió a donde el asistente Cajiga le había indicado que estaba la oficina de correos y telégrafos. Allí mismo envió el telegrama a su jefe y luego dio un largo paseo. Los habitantes españoles y los moros le miraban con extrañeza ¿Tanto se le notaba que era forastero? Además, Jorge observó otra cosa: poca gente andaba sola por la ciudad y la que lo hacía se movía presurosamente, como asustada por algo.

Jorge dio por terminado su paseo. En el ascenso a su vivienda le pareció ver una figura familiar que le esperaba un par de calles más arriba. Se metió la mano en el bolsillo del gabán y palpó con alivio el revolver que don Mariano Acuña le había entregado la mañana que aceptó el trabajo. Al periodista le había parecido ver al hombre del gran bigote, el mismo que en Málaga también observaba las maniobras de Carlos Bayón y su grupo. Cuando llegó al sitio donde supuestamente lo había visto, encontró una calle completamente vacía.

Ya en su puerta volvió la vista atrás y al ver que nadie le seguía respiró más tranquilo, sacó la llave del bolsillo y abrió. Iba a colgar su gabán de una percha cuando escuchó ruidos al fondo de la vetusta casa. Echó mano de la pistola y decidido a poner en fuga a los asaltantes o a vender cara su piel, se dirigió al origen del ruido.

Una mora mayor y bastante gorda, toda vestida de negro, se afanaba sobre la lumbre de la cocina. Al darse la vuelta se encontró a un sorprendido Jorge Villafranca apuntándola con un revolver. La mujer prorrumpió en un terrible grito y arremetió contra Jorge con un cucharón. El periodista dio varios pasos atrás para mantenerse alejado del chaparrón de golpes que la aterrada mujer lanzaba sin parar.

- ¡SOY JORGE! SOY JORGE VILLAFRANCA, EL PERIODISTA… VIVO AQUÍ…-

La mujer depuso el cucharón y Jorge hizo lo propio con el revolver.

- ¡Sidi tú perdóname! Yo Jadilla sólo hago tajine de pollo con almendras, muy rico muy rico…-

-Tranquila, tranquila… es que estaba un poco asustado. Venía de la calle y creía que me seguía alguien, por eso cuando entré y oí ruido me asusté tanto. -

Jadilla ya completamente serena, pero con un punto de enfado en su voz dijo:

-Cajiga es vago y sinvergüenza… él tendría que haber acompañado tú, que para eso le pagan. Melilla está muy muy peligrosa después de lo que hizo el general en la tumba del santo…-

Al parecer, según le contó la mora con bastante detalle, el gobernador de Melilla, el general Juan García Margallo, desoyendo las indicaciones de otros militares con más tiempo en la plaza, había mandado ampliar las nuevas fortificaciones de la ciudad levantando un fuerte demasiado cerca del lugar donde se encontraba la tumba de un santón muy venerado por las tribus de la zona. Este hecho había provocado algunos episodios de violencia entre los rifeños y los militares españoles. Desde entonces el tradicional ambiente de tolerancia de la ciudad se hallaba muy enrarecido.

Jadilla resulto ser con su manera tan peculiar de hacerlo, una mujer muy habladora. También, como pudo comprobar Jorge durante la cena, una magnífica cocinera que además del tajine que le encantó, le había preparado unos pastelillos de miel acompañados por un vaso de té con hierbabuena. Después de recoger los restos de la cena, Jadilla abandonó la casa para irse a dormir a la suya propia que se encontraba muy cerca en aquel mismo barrio. Jorge se fumó un pitillo en la terraza antes de irse a dormir. Un mochuelo entonaba su lúgubre canto en la gran higuera que había al pie de la valla. Cuando Jorge se retiró a su cuarto, una sombra emergió de la oscuridad del callejón. La brasa de un grueso cigarro iluminó un rostro duro, partido por un tupido bigote.

A la mañana siguiente, Andrés Cajiga apareció mientras Jorge se desayunaba con un café y un plato de higos que el mismo había recogido casi al amanecer. El asistente que traía un par de mulas para llegar hasta el presidio recibió un severo rapapolvo de Jadilla la cual había asumido como algo propio los intereses de Jorge y por derivación los de el Informador. Jorge indicó a Cajiga que a partir del día siguiente le comprara los periódicos que pudiera conseguir en la plaza. El asistente iba a decir algo con respecto al dinero, pero ante la furibunda mirada de la mora, optó por permanecer callado y asentir complacientemente.

Jadilla les preparó un paquete con comida y agua y ambos hombres montaron en sus mulas. Los presidiarios eran conducidos a diario desde la fortaleza antigua donde pernoctaban, hasta el Fuerte de Camellos, un lugar extramuros cerca de la ladera del Gurugú en donde los penados colaboraban con los militares en la construcción de las nuevas fortificaciones.

Atravesaron varias líneas de alambre de espino y llegaron a una explanada en la que había posicionados media docena de grandes cañones negros. El fuerte era un edificio circular, rodeado de troneras para la fusilería. En el camino vieron varios grupos de hombres cavando trincheras, unos vigilados por guardias armados y otros sin vigilancia. Los segundos eran los zapadores militares, con una disciplina a todas luces más laxa que la de los presos.

En la entrada del fuerte, Cajiga exhibió un documento ante el cabo de guardia el cual inmediatamente llamó al oficial. El oficial de guardia era un tipo mal encarado, con una larga cicatriz en la mejilla derecha y que respondía al nombre de Pedro Arellano y al rango de teniente. El teniente Arellano les recibió de una manera bastante desabrida. Aquel tipo no se lo iba a poner nada fácil pensó Jorge.

El salvoconducto que portaban tenía la firma nada más y nada menos que del capitán general de Andalucía, región militar de la que dependía Melilla y decía taxativamente:

 Facilítese a D. Jorge Villafranca Casares el acceso a la persona del penado Jacinto Montaleza Vargas, siempre que sus labores penales lo permitan y durante el tiempo que precise para realizar una completa crónica de la vida delictiva del penado, siendo la finalidad de dicha crónica, ejemplificar y advertir a las generaciones venideras, de las consecuencias de un comportamiento asocial y el incumplimiento de las leyes.

Ese “siempre que sus labores penales lo permitan” abría una puerta a la discrecionalidad de las autoridades penitenciarias. De momento no les dejaban ver al Malasangre. Jorge, que en aquel trabajo sentía que se jugaba el todo por el todo, decidió echarse un órdago con el teniente Arellano.

-Muy bien teniente… podemos hacer dos cosas: O vemos ahora a Montaleza, o este señor y yo bajamos a Melilla y esta misma mañana le mandamos un telegrama a nuestro agente en Sevilla para que hable personalmente con el capitán general sobre su oposición a dejarnos ver al preso. Usted decide. -

Jorge Mantuvo la mirada cargada de odio del teniente hasta que éste finalmente cedió.

-Está bien, les dejo verle durante cinco minutos, ni uno más. Mañana hablaran con mi superior, el coronel Posadas que es el director del penal y el decidirá si pueden o no pueden ver a ese hijo de puta de Montaleza. - Esto último lo dijo con una sonrisa torcida en la cara que no gustó en absoluto a Jorge.

El teniente dio por terminada la entrevista e indicó a un soldado que acompañara a los dos hombres a uno de los calabozos que es donde se verían con Jacinto Montaleza. Cajiga, poco interesado en encerrarse en un calabozo con un asesino, excusó su presencia en la reunión y decidió esperar en la calle.

El periodista esperó más de una hora encerrado en el pequeño habitáculo, hasta que un correr de cerrojos al fondo del pasillo rompió el silencio de la espera. Un guardia acompañaba al preso. Venía cargado de cadenas que enlazaban mediante grilletes sus manos y sus pies. Montaleza era de una edad indefinida entre los cuarenta y los cincuenta años. Muy pequeño, casi un enano, tenía una pobladísima barba que le llegaba hasta el pecho, y tocaba su cabeza rapada al cero con un raído gorro de paja. Pese a su pequeñez, no parecía para nada alguien endeble, además unos ojillos muy negros que no se perdían detalle de nada, le daban apariencia de alguien inteligente y muy decidido.

-Bue… buenos días, soy Jorge Villafranca el periodista del Informador encargado de escribir su historia Don Jacinto. -

Con una sonrisa socarrona bailándole en los labios, el preso estrechó la mano que le extendía el periodista con sus dos manos engrilletadas y ásperas, un intervalo de tiempo mayor de lo que las convenciones sociales mandan, algo que incomodó un tanto a Jorge.

-Encantado, pero por favor llámeme solamente Jacinto o Montaleza, como usted prefiera, porque me habían llamado muchas cosas, pero… “Don Jacinto” nunca hasta la fecha. - Dijo el bandolero exhibiendo una sonrisa sorprendentemente blanca e igualada.

- ¿Supongo que ya ha conocido a nuestro teniente Arellano? Un tío encantador ¿Verdad? -

Jorge, al principio un poco nervioso, no pudo por menos que sonreír ante el desparpajo de aquel tipo mugriento cargado de cadenas.

-Pues ya verá cuando conozca a usía el coronel Posadas, el teniente le va a parecer una perita en dulce y más con la que hay liada ahí fuera con los moros. -

Sin que Jorge se lo pidiera, Jacinto Montaleza amplió con todo lujo de detalles la información que Cajiga y la mora Jadilla ya le habían adelantado. Al parecer, el ejército de Melilla con el general Margallo al frente se encontraba desplegado por delante de las líneas que los zapadores y los presos estaban fortificando y recibían de cuando en cuando descargas de fusilería. Aquella guerra no declarada desde el incidente de la tumba del santón había costado casi una veintena de bajas al ejército y todo parecía apuntar a que cada vez se concentraban más rifeños bajados de las montañas del interior, frente a las líneas españolas.

Jorge se hallaba sorprendido y preocupado por el cariz que según el elocuente relato del bandido parecía que estaba tomando la situación. Él había hecho un largo viaje para entrevistar a un preso en el entorno controlado de un penal y se encontraba con lo que parecía una guerra en ciernes a la distancia de un tiro de fusil.

En estos pensamientos andaba el periodista cuando el ruido del cerrojo de la celda le hizo volver a la realidad.

-Su tiempo se ha acabado. Mañana a las ocho pásese y hable con el coronel- Dijo de manera seca y cortante el teniente Arellano

Jorge sintió ganas de replicar a aquel individuo desagradable, pero pensó que era mejor ir con tiento dada la delicada situación de la plaza. Fuera del Fuerte Camellos le esperaba Cajiga con las dos mulas. Ambos hombres emprendieron el descenso hacia la ciudad en silencio. En la casa, Jorge dio instrucciones al asistente para que le acompañase aquella tarde a la estafeta a enviar varias cartas.

Jadilla tras prepararle la comida se marchó a su casa hasta la hora de la cena. Jorge comió y reposó un rato. Mas tarde en la terraza escribió una larga carta a Don Mariano Acuña contándole sin omitir detalle, todos los pormenores de lo acaecido aquella mañana. El resto de la tarde comenzó a trabajar en una descripción con las impresiones obtenidas tras su breve entrevista y los datos del expediente de Jacinto Montaleza, alias “Malasangre”.

Cajiga estaba con las mulas en la puerta de Jorge con las primeras luces. El día había amanecido plomizo y una fina lluvia comenzó a caer en el ascenso hacia el Fuerte de Camellos. El asistente se hizo cargo de las monturas y Jorge se presentó en el cuerpo de guardia donde le indicaron que debía esperar fuera a que el coronel le pudiera atender. Pasó un buen rato sin que le llamaran y la lluvia comenzó a arreciar. El cabo se apiadó del periodista y le permitió entrar completamente empapado en el cuerpo de guardia, Jorge, a falta de un lugar mejor donde dejarlo, se quitó el gabán y lo colgó de su brazo. Aún pasó un intervalo de tiempo irritantemente largo hasta que apareció el teniente Arellano con una sonrisa socarrona pintada bajo el bigote al ver el deplorable aspecto del empapado periodista. Con un gesto le indico que le acompañase y sin mediar más palabras el teniente se introdujo en las entrañas del fuerte.

-A la orden de usía mi coronel ¿Da usía su permiso? - Dijo el teniente Arellano desde la entrada a una dependencia al fondo de un largo pasillo.

-Adelante teniente-

-Está aquí el periodista que le comenté ayer mi coronel-

-Muchas gracias Arellano. Dígale que pase y retírese.

- ¡A la orden de usía mi coronel! –Se despidió el oficial cuadrándose con un fuerte taconazo.

Jorge Villafranca se quedó en la puerta del despacho. Un individuó macizo con largos bigotes canos tras una mesa desnuda de cualquier tipo de adorno excepto una pila de papeles y elementos de escritura, ignoró al periodista durante un rato que ya comenzaba a vulnerar cualquier norma de cortesía.  Finalmente, el coronel levantó la vista de sus papeles y clavó una mirada carente de simpatía en él.

Sin mediar salutación ninguna por parte del militar, el coronel Posadas rompió su silencio:

- ¿Por qué se interesa su periódico ahora en ese cabrón de Montaleza, si puede saberse? -

Jorge ya empezaba a estar un poco harto de las maneras de aquel individuo que ni siquiera le había ofrecido una silla para sentarse. En principio se sintió tentado de invocar directamente la orden del capitán general de Andalucía reflejada en la carta que le había entregado Pepín Martínez en Sevilla, pero prefirió guardarse esa baza para el caso de que aquellos carceleros se cerraran en banda y no le permitieran realizar el trabajo para el que había viajado hasta aquel lugar, así que optó por hablar con amabilidad a aquel sujeto tan altanero.

 -Mire usted coronel Posadas, no está en mi ánimo molestar ni interferir en su trabajo. Yo solamente soy un mandado y mi periódico quiere que escuche la historia de ese hombre y luego la escriba, eso sí siempre con ánimo aleccionador para la sociedad como muy bien dice en su carta el capitán general. -

Al mencionar la carta, Jorge observó como el coronel se ponía rígido tras su mesa. No había sido su intención proferir una amenaza velada, pero ya lo había hecho y parecía que había surtido efecto, o al menos eso creía Jorge Villafranca hasta que Posadas habló de nuevo.

-Llevo muchos años desempeñando este trabajo y no me trago eso del “animo aleccionador”. Ustedes lo que quieren es contar una historia que les haga vender periódicos, sólo eso. No sé cómo, pero se han dejado manipular por Jacinto Montaleza. En mi carrera, he conocido muchos cabrones y algunos muy listos, pero este se lleva la palma. Tampoco sé exactamente que persigue Malasangre, pero seguro que no se trata de nada bueno. Además, por si no se había enterado: hay una guerra ahí fuera y este preso cava trincheras y lo va a seguir haciendo mientras le queden fuerzas o una bala de los moros quiera dar por zanjada su deuda con la sociedad. Así que por mi parte no tengo nada más que hablar con usted…-

Jorge se quedó parado unos instantes frente a la mesa sin saber muy bien que decir. Finalmente se dio media vuelta con intención de irse, pero antes se paró en la puerta y volviéndose lentamente dijo:

-Tendrán noticias mías muy pronto-

El coronel Posadas le mantuvo la mirada y con un gesto de indiferencia asintió levemente.

Fuera del fuerte ya no llovía. El periodista encontró a Cajiga jugando a las cartas con los caballerizos. El asistente dejó entre quejas la partida y preparó las mulas para el viaje de vuelta. Jorge quería enviar un telegrama al periódico antes de la hora de comer para que Don Mariano pusiera en juego toda su influencia en las altas esferas, o todo aquel viaje para ver al antiguo bandolero iba a resultar un fiasco.  Mientras se alejaban del Fuerte Camellos, un sonido inconfundible llegó desde una distancia no demasiado lejana. Eran disparos de fusil que intercambiaban las líneas rifeñas y las líneas españolas.

Aquella misma tarde, el ejército contestó al hostigamiento de los rifeños con una veintena de tiros de cañón contra sus posiciones, con tan mala fortuna que uno de aquellos proyectiles fue a impactar contra una pequeña mezquita destruyéndola. Aquel incidente acabó de encender la mecha de la guerra santa o “yihad”, ya no sólo en el Rif si no por todo Marruecos.

Un día después de su visita al Fuerte Camellos Jorge recibió contestación del periódico. En ella le indicaban que de momento cubriese la crónica de los acontecimientos que estaban sucediendo y que esperase un salvoconducto para tener acceso a la zona de conflicto. Mientras tanto debía enviar un artículo diario telegrafiado con la última hora de la guerra. Como no tenía nada mejor que hacer, Jorge Villafranca se puso con diligencia a la tarea.

viernes, 17 de noviembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES LIBRO I LA GUERRA CHICA-Viaje al Sur


VIAJE AL SUR

Antes de las ocho de la mañana de aquel lunes 18 de septiembre de 1893, Jorge ya estaba acomodado en el vagón del tren correo que en aproximadamente día y medio había de llevarle hasta Sevilla. La bestia de hierro silbaba impaciente bajo la bóveda de hierro y cristal de la recientemente inaugurada estación del Medio Día, muy cerquita del final de la calle Atocha. En respuesta al silbato del jefe de estación, perezoso y envuelto en una nube de vapor y humo, el negro convoy comenzó a moverse

El tren recorría infatigable las agostadas llanuras de la Mancha. Alguna colina suave coronada por una hilera de molinos rompía de tanto en tanto la monotonía del paisaje. Cayó la tarde y Jorge se envolvió en su gabán con intención de dormir un poco.

Aquella noche durmió a ratos. Estaba nervioso por la novedad que suponía todo aquello para alguien que como él nunca había viajado. Margarita aparecía en sus sueños. Iba a ser padre y estaba atado de manos al respecto.

De repente el tren paró en una estación. Las luces del alba despuntaban tras los montes entre los que se hallaba detenido. Jorge bajo del tren con intención de estirar un poco las piernas. Estaba en Venta de Cárdenas, en el comienzo del ascenso al puerto de Despeñaperros, la puerta de Andalucía. Intensos mugidos llegaban desde el cercano bosque. El revisor informó a Jorge de que se trataba de los venados que estaban en plena berrea. El periodista recordó la historia del Malasangre y la banda de los Juanotes y del atraco al tren correo acaecido en el setenta y ocho, apenas quince años antes en aquel mismo lugar. Miró a los cercanos montes en los que poco a poco el sol iba ganando a las sombras nocturnas y palpó el bolsillo del gabán, donde reposaba el pequeño revolver que don Emiliano le había entregado el día que había aceptado el trabajo.

La coronación del puerto fue lenta y costosa. El tren hacía un ruido horrible. Se podía ir a la misma velocidad, caminando junto al vagón. El paso de Despeñaperros, entre dos enormes rocas sobrevoladas por numerosos buitres, un lugar al que daba nombre la leyenda aprendida en la escuela de que los moros arrojaban por allí a los cristianos que capturaban tratándoles de “perros infieles”, quedó finalmente atrás. Luego un descenso entre un mar de olivos hasta el valle del Guadalquivir y sus fértiles campiñas. A media tarde Córdoba, con su largo puente romano sobre el río y el gran edificio milenario de la mezquita se hacían visibles en un horizonte borroso por las ondas que el calor inmisericorde del sol andaluz levantaba del suelo. Ya de noche el final de su viaje en tren, Sevilla.

El viajero que nunca ha viajado a Andalucía piensa siempre que se trata de una tierra pobre porque generalmente los andaluces que en todas partes uno se encuentra suelen ser de origen muy humilde, gente abocada a la emigración para huir de la miseria en su propia tierra. Sin embargo, no es así. Andalucía es muy rica, tiene casi de todo, pero secularmente la riqueza ha estado muy mal distribuida. Esa impresión había sacado Jorge y su visita a la magnífica ciudad del Guadalquivir “el río grande del Sur” iba a reforzar aquella impresión obtenida desde la ventanilla de un tren.

Pepito Martínez era un individuo nervioso, aunque afable. Bastante alto y rubio, no era para nada el arquetipo del andaluz típico. Cuando el tren llegó, estaba en la estación esperando a Jorge. Tras las presentaciones de rigor, ambos hombres se fueron a cenar. En Madrid y mucho menos en su pueblo, dados los escasos recursos económicos del periodista, era casi imposible comer otro pescado que no fuese bacalao o sardinas arenques secas, por lo que la cena a base de pescadito frito le pareció un manjar extraño al que su paladar no estaba acostumbrado. Luego, el corresponsal acompañó a Jorge al hostal el Cairo muy cerquita de la Torre del Oro. A Jorge le resultó algo cómico el nombre del establecimiento. Parecía como si Martínez lo quisiera preparar para su destino final en tierra de moros, pero el sitio era limpio y bastante “español” en su mobiliario. Jorge agradeció pasar la noche en una cama tras el viaje en el duro asiento de madera del tren.

A la mañana siguiente, Martínez vino a buscarle y tras el desayuno llevó a Jorge a dar un paseo por la ciudad en un coche de caballos de alquiler. En Madrid y en su pueblo, las golondrinas habían emigrado ya hacía varias semanas, pero allí en Sevilla junto a la enorme catedral y al resto de magníficos edificios de la ciudad, aún formaban un enjambre ruidoso. A la hora de comer, Martínez le entregó una cartera de cuero con la documentación referente al preso Jacinto Montaleza, el Malasangre, una carta de presentación para el director del penal de Melilla y un pasaje para el vapor Mahón. También había varias direcciones de alojamientos y personas de confianza a las que el diligente sevillano había escrito anunciando la próxima llegada del corresponsal del Informador. Llegó la hora de la partida, ambos hombres se despidieron con un apretón de manos al pie de la diligencia que conduciría a Jorge a Málaga y al desconocido mar Mediterráneo.

Para él que no ha visto nunca el mar, este hecho resulta siempre sorprendente. Al coronar una de las interminables cuestas de la serranía malagueña, uno de los postillones avisó al resto de los ocupantes de la diligencia de que desde ese punto ya se podía divisar la costa. Jorge, adormecido y algo mareado por el traqueteo del carruaje en aquellas infames carreteras, se asomó por la ventanilla. Efectivamente, a pesar del polvo en suspensión, debajo de las montañas en las que se encontraban, una inmensa extensión azul se extendía hasta el límite del horizonte.

Jorge Villafranca se encontraba absorto contemplando el panorama con la cabeza por fuera de la ventanilla, cuando, como una exhalación un grupo de jinetes adelantaron raudos la diligencia. El postillón tiro de las riendas haciendo frenar en seco a los caballos.  No había noticias recientes de actividad bandolera en aquella ruta, pero en las serranías del Sur cualquier cosa era posible. En este caso los jinetes misteriosos siguieron adelante y los conductores de la posta aminoraron la marcha y aprestaron sus escopetas en previsión de una posible emboscada en alguno de los muchos recodos del camino que descendía hacia Málaga. Finalmente, no hubo ningún otro incidente. Juan se quedó algo intranquilo. Le había parecido distinguir una figura conocida a la cabeza del grupo de jinetes, pero no tenía claro de quien se trataba.

Ya en Málaga, uno de los viajeros que había partido con él de Sevilla le indicó como llegar al puerto donde había una pensión de confianza que le había recomendado Martínez. Jorge tomó el alojamiento indicado y salió a dar un paseo. Su barco atracaba a primera hora de la mañana y no zarpaba hasta después de realizar las operaciones de estiba y el reabastecimiento de carbón para la caldera.

A la orilla del mar todo era nuevo para Jorge Villafraca: el agua, el sonido, los olores. Paseaba por el puerto como un chiquillo, con una mezcla de curiosidad y temor. Se detenía a mirar como descargaban el pescado de los barcos, como los pescadores cosían las largas redes en el suelo, el vuelo de las rapaces gaviotas. Miraba sorprendido a los gordos mújoles que nadaban por debajo de los cascos de los barcos, surcando un mundo submarino que jamás habría podido ni siquiera imaginar. Así se sentía Jorge recorriendo el borde del muelle, cuando una voz que había oído en alguna otra parte reclamó su atención.

- ¡Rápido, no tenemos todo el día! Bajad las cajas de esta carreta y acercad la otra. -

Un grupo de hombres de porte militar cargaban cajas en una lancha a las órdenes de un mulato de piel clara y anchas espaldas ¡Era Carlos Bayón! Aunque nunca se habían dirigido la palabra, Jorge no tenía duda de que el mayordomo del marqués de Fuensalida le había visto ya en alguna ocasión, por lo que el periodista decidió alejarse de la embarcación y observar de lejos lo que tramaban aquellos individuos que como coligió más tarde, no eran otros que los jinetes que por la mañana habían adelantado a toda velocidad a la diligencia en su bajada hacia la costa.

Jorge Villafranca se apartó hasta unos almacenes distantes un centenar de metros y envuelto en las sombras de una tarde que comenzaba a caer, observó paciente la escena.

El grupo de Bayón proseguía con eficacia la carga de las cajas en la lancha, que se encontraba con la caldera encendida ¿Qué podía ser lo que contenían esas cajas? Jorge no lo podía saber, pero viendo quien dirigía a la cuadrilla de estibadores y para quien trabajaba éste, no podía tratarse de nada bueno. Esta circunstancia decidió a Jorge a permanecer en su posición de vigilancia todo el tiempo que fuera necesario, aunque tuviera que pasar allí la noche. Obtener información de los chanchullos de su rival podía suponer una gran baza en el futuro de su relación con Margarita. En estas andaba, cuando de repente advirtió la presencia de otra persona que también observaba la escena del muelle desde un edificio cercano y no se ocultaba a la vista del periodista, es más, claramente le estaba observando también a él

Era un individuo recio. Llevaba la cabeza descubierta y el pelo cortado al rape, al estilo militar, igual que los secuaces de Bayón. La brasa de un puro iluminaba por momentos su cara y dejaba ver un grueso mostacho.

Jorge no era ningún cobarde, pero el cariz que tomaban los acontecimientos aconsejaba ser precavido. Pensó que lo mejor era desaparecer de la escena, así que muy despacio rodeó el edificio y una vez a la espalda del mismo apresuró sus pasos hacia la ciudad. Ya en la pensión, permaneció un rato en la puerta para comprobar que nadie le había seguido.

La noche fue agitada, tanto por los hechos acaecidos, como por la novedad del viaje por mar del día siguiente. El griterío de la calle sacó a Jorge del sueño. Desayunó y en la misma pensión le informaron de que el vapor Mahón estaba a punto de llegar. También, viéndole tan neófito en temas de mar, le recomendaron que se comprara un cucurucho de pasas para evitarse el mareo del barco. Las pasas las compró y en un cafetín junto al muelle se tomó un par de copas de aguardiente para insuflarse un valor del que en ese momento previo al embarque carecía. Luego se dirigió al barco. No se sorprendió al ver que la lancha que la noche anterior cargaban los secuaces de Carlos Bayón ya había zarpado. Le entregó su billete al primer oficial que era quien dirigía la descarga del buque y este indicó a un marinero que condujera a Jorge a su camarote.

Tener un camarote en el vapor Mahón era un auténtico lujo. La mayoría del pasaje viajaba en cubierta, en unos butacones con la sola protección para las inclemencias del tiempo y del mar, de unas lonas amarradas a un tingladillo de madera. Finalmente, el buque zarpó hacia Melilla. Nada más rebasar las puntas del puerto, el movimiento del mar se hizo notar sobre el casco. Pese a que hacía muy buen tiempo y el barco era muy marinero, a Jorge le parecía que aquello no era nada normal. Al poco rato, un sudor frío comenzó a correrle por la espalda. El desayuno mezclado con el aguardiente ascendió imparable por su esófago y no tuvo más remedio que sacar medio cuerpo por la borda y vomitar todo para mayor disfrute de la marinería que siempre cruzaba apuestas de quien sería el pasajero de secano que antes se marearía. Según el ojo experto de la tripulación, la cosa estaba entre Jorge y un guardia civil gordo oriundo de Badajoz, que acompañó al periodista en su desarreglo digestivo unos segundos después. Un marinero alcanzó a Jorge un vaso de agua y éste se recompuso un tanto. Luego recordó el cartucho de pasas y se metió un puñadito en la boca. Al menos su dulce sabor le hizo olvidar el amargor del vómito.

Jorge, con el cuerpo algo más asentado, tomó la comida en su camarote; una sopa de pescado y un cuarto de pollo. Después de las penurias del camino, sobre todo a partir de Sevilla, aquello le pareció un lujo magnífico. Comió muy a gusto y salió a cubierta donde disfrutó de la siesta en una butaca. La verdad es que empezaba a cogerle el gusto a aquello del barco.

La noche en el mar, le resultó a Jorge extrañamente fría. Aún quedaban un par de semanas para el otoño, pero el periodista se arrebujó en la manta e incluso se echó el gabán por encima. Se despertó poco antes del amanecer y pudo ver como el sol salía por el estribor del vapor Mahón. Con las primeras luces, comenzó a ser visible por la proa una fina línea que no era otra cosa que la costa de África. Tras el desayuno ya comenzaban a distinguirse las pétreas cumbres del Rif y poco después la blanca Melilla con el monte Gurugú al fondo.










viernes, 10 de noviembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I LA GUERRA CHICA-Revelación


REVELACIÓN

Amaneció el domingo y tras el desayuno Jorge se aseó para ir a Misa. No es que fuera muy creyente pero habitualmente iba a misa para complacer a los demás. En el pueblo por su madre y por don Ángel, párroco de la localidad y su benefactor. Desde que estaba en Madrid, lo hacía por complacer a su casera Doña Virtudes que era muy beata.

Tras la misa, Jorge se despidió en la puerta de la colegiata de San Isidoro de doña Virtudes y de Juanita. Ambas mujeres quedaron un tanto contrariadas porque el periodista no las acompañó a tomar una clara con limón en una taberna cercana y es que Jorge estaba como loco por saber de Margarita y tras la misa, presuroso enfiló sus pasos hacia el parque del Retiro.

En el paseo de coches del renombrado parque madrileño, los domingos a la salida de misa se solía dar cita lo más granado de la alta sociedad de la villa y corte. Aquella mañana paseaban entre los añosos árboles del parque, la mismísima reina regente y el heredero al trono, el futuro Alfonso XIII. Vistos sin sus ostentosos ropajes aquellos personajes, serían unos seres humanos de lo más anodinos. Ambos flacos, de aspecto vulgar y con una notable expresión de miseria intelectual en el rostro, pero eso sí, ambos regios personajes rodeados por un enjambre de sirvientes y aduladores.

En estas reflexiones andaba Jorge, cuando vio el carruaje del marqués de Fuensalida aparcado. Sin duda sus propietarios estaban por allí de paseo tras la salida de misa. A unos cientos de metros divisó a Don Emiliano y Margarita seguidos por Carlos Bayón, Nuria y otros criados de la casa, paseando y saludando a los distinguidos viandantes. Nuria la doncella vio a Jorge e intercambió con este un leve gesto de inteligencia. El mensaje estaba en el hueco del árbol acordado. Margarita le citaba a las cinco de esa misma tarde en el sitio acostumbrado.

Jorge regresó a la casa de doña Virtudes y degustó el cocido “plato estrella” entre los reproches del ama por no haber querido tomar con ella y juanita el aperitivo a la salida de misa. La verdad es que Jorge cada día se planteaba un poco más abandonar la casa de la calle del Almendro por un sitio donde tuviera más intimidad para sus asuntos y no fuese observado como una gallina por aquel par de raposas madre e hija. Solamente le disuadían de su propósito: su escasa renta y la amistad del viejo Don Marcelino.

La espera hasta la hora de la cita pasó perezosa en la habitación del periodista. Las campanas de la Colegiata de San Isidoro dieron las cuatro y Jorge se preparó para salir. La tarde estaba bochornosa y al igual que la anterior, amenazaba tormenta, una de esas tormentas que en Madrid marcan de forma bastante abrupta el final de verano, para dar paso al más fresco y húmedo otoño.

Jorge siguió las calles vacías hasta el sitio donde habitualmente se veía la pareja. Era una pensión tras el convento de las Descalzas que alquilaba habitaciones por horas , un sitio algo oculto, al abrigo de miradas indiscretas. Aunque la pensión era limpia y económica (Siempre pagaba él la habitación pese a que Margarita había insistido en hacerse cargo de aquel gasto dada su desahogada situación económica) verse de aquella manera a Jorge, le parecía un tanto sórdido.

Se quitó el sombrero y la chaqueta y esperó tumbado en la cama la llegada de Margarita. Pasó un rato en el que Jorge casi se quedó dormido por el calor, cuando unos golpes suaves en la puerta de la habitación le sacaron de su sopor. Abrió la puerta y allí estaba: la bella, la inalcanzable Margarita Marlasca.

El periodista no era un hombre mal parecido, pero tanto su modesto origen, como su aspecto, no le hacían destacar sobre el resto de varones. Jorge había conocido a Margarita haciendo crónica social para el Informador. Su estatus de periodista le daba acceso a personajes importantes, que de otra manera resultarían inalcanzables. En la mirada de Margarita, tras su imponente aspecto externo, él había visto ruego y mucho desvalimiento.  Jorge supo leer entre líneas quien era en verdad aquella gran dama. Luego, la ocasión propició el encuentro y ambos se lanzaron a aquella aventura amorosa con la valentía del que conoce los secretos anhelos de un alma gemela. En cualquier caso ninguno de los dos era tan ingenuo como para saber que ambos eran de mundos muy diferentes y también sabían ambos, lo fatal que podía resultar que les descubrieran dado quien era el engañado en aquel triángulo.

 Margarita depositó un beso en los labios de Jorge y entró envuelta en un frufrú de seda y perfume sutil. Sin palabras ambos se abrazaron y comenzaron a desnudarse besando lo que las manos premiosas dejaban al descubierto. Luego sin prisa, pero con un punto de desesperación apasionada, hicieron el amor sobre la  cama aún sin deshacer. Tras acabar, los dos se quedaron en silencio. Por la ventana una ráfaga súbita de viento agitó los leves visillos dejando ver un cielo que poco a poco se tornaba gris verdoso. Un trueno lejano sacó a los amantes de su ensimismamiento.

-Tengo que contarte algo muy importante- Dijo Margarita reclamando la atención de Jorge.

-He tenido un par de faltas-

Al principio Jorge no sabía de qué le estaban hablando. Luego, súbitamente cayó en la cuenta. Su primer sentimiento fue de genuina alegría, para un instante más tarde valorar el alcance de las palabras de su amada. Ambos vivían en el convencimiento de que sus relaciones sexuales no iban a producir ningún fruto. Antes de que se conocieran, Margarita llevaba años casada y su marido en los periodos que estaban juntos, visitaba con frecuencia su dormitorio. Las relaciones con el marqués carecían en absoluto de la ternura y la sensualidad de las que mantenía con Jorge. Eran más bien como un tributo que el que se consideraba su amo y señor reclamaba, sin posible negación al respecto por parte de la mujer.

-¿Y qué has pensado hacer?- Preguntó el periodista de una forma refleja, mientras que mil pensamientos y posibilidades bullían a la vez en su cerebro

-¡Pienso tenerlo!- Afirmó Margarita con decisión.

Jorge no dijo nada y quedó a la espera de que su amada, que sin duda había tenido ocasión de pensar largo y tendido al respecto de la nueva situación, dijera algo.

-No sé cuánto tiempo podremos estar juntos y el hijo que llevo en mis entrañas es lo único que siempre me va a quedar de tí…

 No te engañes Jorge. Sólo soy una mujer y como tal le debo obediencia a mí marido y no sé si mañana seguiré en Madrid, me tendré que ir con él a Córdoba, a cualquier otro lugar o incluso al extranjero.-

-Pero tu marido no es tonto… más pronto que tarde echará cuentas y estas no van a cuadrarle…-

¡Vámonos juntos! Podemos ir a Sudamérica. Podemos empezar una vida nueva... tú y yo y nuestro hijo...-

Margarita con una sonrisa en los labios y tristeza en sus ojos negaba con la cabeza ante los lastimeros ruegos de su amado.

-…Margarita mi amor, dos y dos siempre son cuatro… No le van a salir las cuentas.- Insistió el periodista.

-A Emiliano déjamelo a mí. Es mejor que no nos veamos en un tiempo. Carlos Bayón es un auténtico perro guardián, los ojos y los oídos de mi marido ¡No se le escapa nada! Vete a tu misión en Melilla. Lábrate un futuro como periodista y el tiempo dirá que es de nosotros dos.-

Margarita se vistió en silencio, con la pena infinita de quien sabe que está causando un enorme daño a alguien que ama. Tras besar a Jorge, la dama abandonó presurosa la habitación rumbo al carruaje que debía conducirla de nuevo a su palacio frío, a su mundo... al mundo real, tras el breve paréntesis de su encuentro clandestino entre aquellas cuatro paredes desnudas que para los dos amantes eran lo más parecido a un paraíso en la tierra al que podían aspirar a alcanzar.

Tras la partida de su amada, Jorge se quedó en la habitación fumando y escuchando la tormenta que se acercaba a la villa y corte, el resto de la tarde.

Al día siguiente, Jorge Villafranca se levantó más tarde que de costumbre. Se había dormido casi de madrugada. Se aseó y vistió en su habitación de la casa de huéspedes y salió en ayunas a la calle. Los vendedores del cercano mercado de San Miguel pregonaban a voces sus mercaderías recién llegadas desde lejanos lugares. Enfiló sus pasos hacia la redacción del informador. Aquella mañana le iba a comunicar su decisión a Don Emiliano y de paso le iba a pedir unos días libres para visitar a su madre en el pueblo.


El director le recibió con su sempiterno cigarro puro en la boca. Escuchó entre gruñidos indescifrables para alguien como Jorge que aún llevaba poco en el periódico.

-ESTÁ BIEN POLLO. TOMESÉ LIBRE ESTA SEMANA Y VAYA AL PUEBLO. NO SE OLVIDE DE DARLE RECUERDOS AL PADRE ÁNGEL. PERO LE QUIERO EL LUNES COGIENDO EL TREN DE LAS OCHO A SEVILLA SIN FALTA- Gruñendo como los usos locales del Informador dictaban, el director abrió un cajón de su escritorio del que sacó un pequeño revolver, una caja de munición y cien pesetas que entregó a un sorprendido Jorge Villafranca. Tras darle algunos consejos prácticos sobre el viaje y el trabajo a realizar, el director Acuña llamó a su secretaria con el fin de despachar las cartas pertinentes. Ambos hombres se despidieron con un gruñido y un apretón de manos. El lunes saldría en el tren correo a Sevilla. Allí se vería con Martínez que le entregaría el expediente de Malasangre y los billetes para su traslado de Sevilla a Málaga en coche de caballos y su embarque desde Málaga a Melilla.

De vuelta a casa de Doña Virtudes, Jorge paró en el mercado de San Miguel donde compró algo de comida para el viaje a su pueblo. Luego fue a la puerta de Toledo a sacar un pasaje para la posta a la ciudad del Tajo. El resto del día lo pasó en otras pequeñas compras sin pensar en su encuentro con Margarita de la tarde anterior.

Con el canto de los gallos Jorge se levantó de la cama. Cogió la maleta de cartón que tenía hecha desde la víspera y por unas calles que comenzaban a cobrar vida se dirigió a la Puerta de Toledo.

Ya fuera de la villa, dentro de la atestada diligencia, Jorge sacó un bocadillo que no pudo dejar de compartir con un niño de rostro cerúleo al que sus familiares mandaban con unos parientes a un pueblo cercano al suyo, según dedujo el periodista el motivo de la partida del chaval era que sus padres no podían mantenerle.

Pasado el mediodía llegaron a su pueblo. La casa familiar se encontraba un poco retirada de la plaza donde le dejó la posta, allí se dirigió Jorge por las polvorientas calles vacías. Su viejo perro Rufo le recibió junto al portón de entrada al corral moviendo el rabo. Entró en la cocina y se encontró cara a cara con el padre Ángel. El cura estaba sentado a la mesa en mangas de camisa frente a un vaso de vino. Al verle así cualquiera podría pensar que aquel cura de pueblo era el amo de la casa. Ese mismo pensamiento paso por la mente del Joven que sólo  unos años atrás había visto cientos de veces a su padre en aquel mismo lugar y actitud. Al fin y al cabo, su madre era una viuda y sabía que el sacerdote atendía a las necesidades materiales de su progenitora y también le había dado una carta de presentación para Mariano Acuña que le había facilitado la obtención de su actual trabajo.

Una vez recobrados de su sorpresa inicial, ambos hombres se abrazaron afectuosamente.

-¡MARÍA MARÍA, MIRA QUIEN TENEMOS AQUÍ!-

La madre de Jorge acudió presurosa al oír las voces de Don Ángel y al ver a su hijo en el centro de la cocina no pudo reprimir las lágrimas. El sacerdote se puso la sotana y el sombrero y dejo solos a madre e hijo no sin antes prometerle al periodista que estaría allí para la cena.

Jorge Villafranca puso al día a su madre de su próximo viaje por cuenta del Informador. María Casares se sentía  orgullosa de su único hijo. Periodista en la capital y ahora viajando nada menos que a “otro continente”. Jorge explicó a su madre que la travesía duraba menos de dos días, pero a ella todo aquello le parecía una enormidad que pese al orgullo, a la vez le hacía padecer por el peligro que iba a correr su tesoro más preciado.

María Casares mató un pollo para la cena y estuvo cocinándolo toda la tarde. A las ocho llegó don Ángel con una botella de buen vino que guardaba para una ocasión especial. El sacerdote, que era hombre de mundo y en su juventud había viajado mucho, dio algunos buenos consejos al periodista y tranquilizó a la madre sobre los posibles riesgos del viaje minimizados “con los grandes avances de los medios de transporte actuales”

La estancia en el pueblo pasó ligera y llegó el día de la partida. Don Ángel y Doña María, acompañaron a Jorge a la posta, ésta le entregó a su hijo una cesta con viandas, que el periodista le agradeció con un largo abrazo. Luego, estrechó la mano del sacerdote y se despidió sin fecha de retorno prevista del pueblo que le vio nacer.

El sábado por la tarde, sin nada que hacer ya que tenía todo lo necesario para el viaje que iba a emprender el lunes preparado. Dejó pagados dos meses de la habitación por adelantado y le entregó la llave a don Marcelino para que dispusiera de la misma a su discreción, luego, el anciano sabio y el joven periodista se marcharon a la calle con la intención de celebrar la inminente partida de este último.

Tras una ronda por los principales cafés literarios, Jorge Villafranca invitó a don Marcelino a cenar en Lardy. Contaba con la generosa cantidad entregada por el periódico para sus gastos de viaje, y con la cesta que le había dado su madre en el pueblo, bien se  podía apañar hasta Sevilla. Así, gustoso obsequió a su amigo una cena opípara en agradecimiento por los libros “imprescindibles” que este le había entregado para su viaje. Luego se vieron con Vicentín Lleó y la trouppe del Eslava, rematando la velada en Casa la Flaca abajo en la vega del Manzanares.

Jorge pasó el domingo en su habitación. Ni siquiera fue a misa pese a los reproches de doña Virtudes. Tampoco salió para comer, solamente lo hizo a la hora de cenar y más que nada por petición de don Marcelino, con el que tras la inconsistente cena, compartió pitillo y charla a la fresca hasta la hora de acostarse.