viernes, 6 de abril de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II-CARTAS



CARTAS

Jorge llevaba sin noticias de Margarita desde hacía un par de semanas. Fiel a lo hablado con su amada, mantuvo un resignado silencio a la espera de que las gestiones del conde, su futuro suegro, si todo salía bien diesen sus frutos.

El calor comenzaba a apretar en la Villa y Corte y la familia real había anunciado su intención de trasladarse a su residencia estival en San Sebastián en breve, por lo que la actualidad política y social languidecía igual que la hierba según avanza el estío. La vida cotidiana, como todos los años por esas fechas, cambiaba sus horarios. La gente y los negocios estaban más activos con las primeras horas del día. Con la canícula, la sacrosanta siesta española se hacía dueña de las asolanadas calles, que no recobraban el pulso hasta que perezoso llegaba el atardecer acompañado de las campanas de las iglesias llamando a misa de ocho.

Jorge, aunque no tenía ni cuerpo ni ganas, salía cada noche con un Vicente Lleó que lo sacaba de paseo, sordo a las protestas del periodista. Pese a que sus tournées con la gente de la farándula acababan siempre a las mil y mona y al deterioro consiguiente de su hígado, el periodista agradecía la atención y el cariño que su bohemio amigo le dedicaba y que, una vez más, le ayudaba a pasar aquel punto muerto en el que se encontraba su vida.

Fue al volver de la taberna donde comía a diario, ignorante como cualquier varón de su época del arte de cocinar, cuando en el rellano de la escalera se encontró con Nuria, la doncella de su amada Margarita Marlasca. Sorprendido, al punto la hizo pasar al interior de su piso. Nuria contó a Jorge de que tanto Margarita como Teresa, la hija de ambos estaban perfectamente.

Había sido difícil, pero finalmente Margarita y su padre se habían podido ver a solas y esta le había informado de sus tristes circunstancias. El conde que además de padre cariñoso y atento con su única hija era pese a su título de nobleza, un librepensador al que las rígidas convenciones sociales y la falsa moral católica con respecto al papel de la mujer le traían bastante al fresco. A pesar de esto, Eliseo Marlasca conde de Matarromera, no era ningún ingenuo y sabía de las graves consecuencias ya no solo sociales, si no económicas que podían suponer para su familia la ruptura de aquel matrimonio bendecido por la corona y la iglesia. En cualquier caso, el conde que era un hombre muy bien relacionado consultó el caso con algunos de los mejores juristas del reino, amigos suyos personales.

En una carta que traía la doncella, Margarita le contaba sus planes. El asunto era más peliagudo de lo que podía parecer. Ante un caso flagrante de adulterio como era el suyo con una hija de por medio, ambos amantes podían acabar dando con sus huesos en prisión. Este asunto del adulterio, en la mayoría de los casos se acababa solventando con una multa y más tratándose de gente pudiente. Otro cantar era la ruptura de un matrimonio. Emiliano Fuensalida podía repudiar públicamente a su esposa, pero la anulación eclesiástica podía tardar años, más solicitándola una mujer, años en los que Margarita y Teresa quedarían marcadas ante los demás como unas apestadas hasta que Jorge pudiera casarse con ella y reconocer a su hija.

La única salida que les quedaba era marcharse del país y cambiar de identidad, al menos por un tiempo. El conde contaba con el dinero suficiente y estaba dispuesto a ayudarles. Era una decisión muy difícil de tomar para Jorge, pero su amor por Margarita estaba por encima de todo, así que la respuesta que el periodista enviaba a su amada era afirmativa.

Jorge acompañó a Nuria al portal. La calle a esas horas estaba desierta. Miro a uno y otro lado y al no ver a nadie se despidió de la doncella con un beso en la mejilla y un afectuoso apretón de manos. Contemplo desde el portal como la mujer se perdía en la calle desierta y luego se metió en el portal cerrando la puerta tras de sí. Unos instantes después, tras una esquina testigo de la conversación, se hizo visible la figura maciza del mulato Carlos Bayón.















































Capítulo 8 de Hijos de los Montes

18 de junio de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Llegué a los Montes tres semanas después de despedir al Rey Carlos. De los Juanotes no había señal alguna. Como era de suponer se habían escondido a la espera de acontecimientos, pero yo sabía dónde buscar y no tardé mucho en dar con su escondite.

-Huele bien ese guiso. ¿Qué es? ¿Conejo? ¿Gato? -

- ¡Joder Malasangre! Que susto me has dado ¿Cómo es que nadie ha dado la voz de alarma? -

-Porque has puesto de guardia a los más bisoños, además habéis dejado una vía de entrada sin vigilar…-

- ¿Cuál? - Interrogó Juanote

-El arroyo…- Contesté yo

-Yo por ahí no entro ni, aunque vaya a rastras- Dijo el jefe de los bandidos reconociendo mi habilidad.

Comimos aquel guiso dudoso que a mí me supo a gloria después de las penurias pasadas en el viaje desde la frontera en el que, con todos los caminos vigilados y las fondas llenas de ojos delatores, no pude pasar por lugar poblado a abastecerme de víveres. Tras la comida, el jefe de los bandidos me puso al día: Sabariegos había vuelto a Portugal, varios buscados por la justicia antes de la guerra de la partida de Merendón, se habían unido a nosotros y básicamente esperábamos cual iba a ser la postura de las autoridades con respecto a los excombatientes carlistas.

La respuesta nos vino de Toledo en forma de bando publicado a instancias del gobernador civil D. Ezequiel Alonso, este nos la tenía jurada desde el asalto a la casa de la dehesa de los Frailes en el que aquellos mal nacidos de Pelopincho y el Pastor de los Yébenes habían violado a su hija. En el bando ofrecían quinientas pesetas por los hermanos y por un servidor que desde lo de D. Salvador Tribes en los Navalucillos había aumentado mi fama de bandido, trescientas.

Temíamos una persecución como la que sufrimos antes de la guerra, sólo que esta vez sería peor. Había mucha gente armada y empobrecida que estaría dispuesta a todo por semejante dineral. Había que acabar con la serpiente golpeándola en la cabeza.

Como ya había demostrado muchas veces, yo soy un individuo más que escurridizo por eso fui el elegido para aquella misión.

Me recorté las barbas e incluso tomé un atuendo de chupatintas con unas gafas y todo y fui a Toledo capital donde residía nuestro enemigo. Estudié las costumbres del gobernador civil D. Ezequiel. Todos los días tomaba café a la misma hora en un hotel en la plaza de Zocodover, leía el periódico y luego volvía caminando hasta el gobierno civil.

Aquella mañana el gobernador tomaba café y fumaba, mientras charlaba animadamente con otros señores elegantes. Al rato estrechó sus manos y se despidió internándose en el dédalo de torcidas callejas de la ciudad imperial. Le abordé justo al lado de la catedral.

-Buenos días D. Ezequiel ¿Tendría usted un minuto? -

-Lo siento joven, voy con mucha prisa. Si desea algo, pásese por el gobierno civil y pídale cita al funcionario. Ahora si me perdona…-

-No me ha entendido usted bien- le dije apoyando en sus costillas el cañón de mi revolver, que llevaba escondido bajo un gabán doblado sobre el brazo.

-Tire para delante y no haga usted tonterías que los Juanotes le quieren dar un recadito…-

Al oír aquel nombre D. Ezequiel se volvió hacia mí con los ojos llenos de odio. Por un momento pensé que lo tenía que dejar seco allí mismo, pero tal vez la decisión de mi gesto le disuadió de cometer una imprudencia. Mejor sobrevivir hoy para poder cobrarse venganza mañana, debió de pensar.

-Ante todo queremos disculparnos por lo que le sucedió a su hija en la casa de los Navalucillos. Todos tenemos hijas, hermanas, esposas y madres y nosotros no actuamos así. No le voy a negar que seamos ladrones, lo mismito que usted D. Ezequiel Alonso… si si no me mire usted así, que cuando compró por cuatro perras las tierras de los frailes en la desamortización, dejó a muchos en la calle, entre otros a mi familia. Sabe usted que los que violaron a su hija están muertos. Uno era Matías Santos “el Pelopincho” al que mató una bala de ustedes y el otro Pedro Ontiveros conocido como “el Pastor de los Yébenes” le ajusticiamos nosotros como la ley de los bandoleros dice que hay que matar a las alimañas de su clase. -

- ¡Muchas gracias por sus disculpas! ¿Necesitan que haga alguna cosa por ustedes? - Dijo el gobernador civil con un deje de sorna que denotaba que servidor no estaba hablando con ningún cobarde.

-Pues sí, retirar el bando en el que pone usted precio a nuestras cabezas-

- ¿O si no? - Dijo D. Ezequiel retador.

-Usted y nosotros somos hombres de negocios. Yo no creo en el honor entre ladrones y por tanto no le voy a hacer ningún juramento solemne, pero si ese bando sigue vigente la semana que viene aténgase a las consecuencias. A cambio le ofrecemos un pacto de no agresión e incluso nuestra colaboración en cualquier asunto que desee resolver extraoficialmente. No tiene que responderme ahora. Medite sobre las ventajas del acuerdo y mande el viernes de la semana que viene a su capataz a esta dirección con la respuesta si acepta usted el trato. Que pase usted un buen día.

Así deje a D. Zacarías Alonso boquiabierto a las puertas de la catedral de Toledo. El viernes siguiente el nuevo capataz de la dehesa de los frailes vino con la respuesta. Los carteles con nuestros rostros desaparecieron de todas las fachadas y puertas donde los habían clavado y nunca volvimos a tener problemas con el gobernador civil de Toledo, incluso este nos encargaba a cambio de un generoso estipendio, la vigilancia de su finca en los periodos en los que él y sus invitados compartían jornadas de caza en la dehesa de los Frailes de los Navalucillos.

Fue una buena época. Mientras el país trataba de recomponerse, nosotros medrábamos al amparo de nuestras montañas, cuartel y santuario. Además del acuerdo con las autoridades, llegamos a un entendimiento con la gente de los pueblos de la comarca como nunca antes habíamos logrado. Algunos de los nuestros que tenían familia, dormían de vez en cuando en sus antiguas casas con cierta tranquilidad y es que ya no robábamos en nuestros lugares de nacimiento, nos habíamos especializados en grandes golpes fuera de los Montes y repartíamos rumbosos una parte de aquel botín con nuestros vecinos más pobres.

Durante la guerra habíamos forjado una férrea alianza con una partida bandolera que operaba en la sierra de Cardeña en la provincia de Córdoba. La dirigía un tipo al que llamaban el Guajiro, que tenía mucho dinero y un cortijo cerca de Montoro. El Guajiro tendría entonces unos cuarenta y bastantes años y había pasado la mayor parte de su vida en la isla de Cuba. El origen de su fortuna provenía como decía él “del tráfico de ébano”. El Guajiro estuvo embarcado muy joven en un buque negrero y de ahí pasó a ser intermediario en aquel comercio de seres humanos, con grandes terratenientes del Sur de los Estados Unidos. La verdad es que aquel individuo no le hacía ascos a casi nada, ya que también era un activo contrabandista, traficante de armas internacional y líder de una despiadada banda de ladrones y asesinos.

Gracias a su dinero, D. Luis que es como le gustaba que le llamaran a aquel granuja, se codeaba con las altas esferas y de allí obtenía información privilegiada para los robos. Nosotros acabamos siendo una sucursal de sus intereses al norte de Sierra Morena. A mí personalmente aquello no me gustaba, pero la verdad es que era muy lucrativo y mucho menos arriesgado que lo que habíamos hecho hasta entonces.

Yo no conocía personalmente a ese “rey” en Sierra Morena como lo había sido José María “el Tempranillo” setenta años antes, pero después de un golpe en las minas de Almacén, fui con los Juanotes y otros de la partida hasta el cortijo del Guajiro a hacerle entrega de su parte.

 El tipo se daba muchos aires para ser un vulgar ladrón, pero he de reconocer en él una mente privilegiada para el delito. Tras el asalto del tren de Algodor durante la guerra, se podía decir que en ese tipo de acciones los de la partida de los Juanotes éramos los números uno y tras entregarle lo acordado del golpe en las minas nos propuso un nuevo trabajo: el asalto al tren correo que traía la nómina de los funcionarios de Andalucía, un golpe que podía suponer el retiro de todos nosotros.




viernes, 23 de marzo de 2018

LAS NAVIDADES ESPECIALES DEL NIÑO ROBERTO


Corrían el mes de diciembre de 1953. El niño Roberto jugaba con otros chavales en el descampado frente a la casa que sus padres habían construido en el poblado del Pozo del Tío Raimundo. La casa baja, pulcramente encalada, estaba construida con mucho arte y con materiales defectuoso recuperados de alguna escombrera o directamente  escamoteados en alguna obra en la que el cabeza de familia se había empleado.

Entre los montones de basura, aquellos niños procedentes de pueblos pobres  de los cuatro puntos cardinales de la geografía ibérica, trataban de engañar el hambre chupando las raíces de paloduz que habían desenterrado junto al curso  de un arroyo helado que corría paralelo a las vías del tren.

Roberto obediente, antes de irse a jugar había  limpiado el corral donde cerca de cien lustrosos pavos blancos engordaban para ser vendidos y consumidos durante  las cercanas navidades en las mesas de los ricos. El niño Roberto pensaba para sí “esos pavos son los que mejor comen de la casa” y era verdad, nunca les faltaba el maíz, ni la cebada, ni el trigo. Su padre compraba sacos de pan duro en una panificadora del Puente de Vallecas, que guardaba en un cobertizo cerrado con un cerrojo. Además de aquellos manjares por los que Roberto había recibido más de una colleja al tratar de robar una pequeña porción, todas las mañanas muy temprano salía con su padre a segar la poca hierba que encontraban, para alimento de aquellas grandes aves de corral.

Ahora que el invierno se cernía sobre el suburbio, el niño Roberto había dejado de segar hierba por las mañanas, principalmente porque las recias heladas mañaneras habían arrasado cualquier rastro de verde. El campo pardo dormía y con él, el niño Roberto que recientemente había acabado en la escuela hasta después de las fiestas, aquella escuela nueva que unos jesuitas con fama de “rojos” habían construido con sus propias manos y la ayuda esporádica de algún vecino como su padre. Roberto no sabía que eran los rojos, pero si todos eran como el padre Llanos, aquel cura de gafas que siempre le daba un vaso de leche en polvo y pan con chocolate, no debían de ser tan mala gente aquellos "rojos".

El niño Roberto se levantó de la cama. Sus padres ya hacía rato que  estaban levantados. El padre apuró la taza de sucedáneo de café y tras besar a su mujer y a su hijo se puso la boina y una corta bufanda de puntos muy apretados y se marchó al trabajo.

Con el mismo ovillo con el  que había tejido la bufanda del padre, la madre de Roberto estaba acabando un gorro de lana para él. En cuanto que terminó su taza de achicoria y unas galletas obsequio de los jesuitas, su madre le llamo a su lado para probarle el gorro. Al niño Roberto le habían salido sabañones en las orejas a causa del frío de aquel duro diciembre madrileño y le dolían y escocían bastante. La madre del niño Roberto le aplico con mano amorosa un remedio casero a base de manteca, cebolla y alguna cosa más que sólo la vecina que se lo había dado sabía. Luego le puso aquel gorro de lana gris que, aunque picaba, en el futuro evitaría que le volvieran a salir los sabañones. Roberto, contento como unas castañuelas con su nuevo gorro, se calzó las botas que les habían dado a su padre y a él en la sede de Falange en el Puente de Vallecas y se dispuso a salir a la calle.

-Roberto hijo, no te olvides de limpiar el corral antes de irte a jugar- Le dijo su madre.

Roberto, un poco enfadado por no poder ir a enseñarles el gorro nuevo a sus amigos, protestando entre dientes obedeció las órdenes de su progenitora.

Era una de esas mañanas de invierno luminosas. Un sol que llevaba a engaño porque hacía muchísimo frío, brillaba sobre el suburbio. El niño Roberto se calentó con vaho las ateridas yemas de los dedos. Cuando comenzó a sentir el tacto, tomó una escoba amarga y comenzó a barrer las cagarrutas de los pavos mezcladas con algo de paja. Cuando tuvo hechos varios montones, cogió una pala más grande que él y comenzó a echar el estiércol en una carretilla.

El niño Roberto a pesar del frío estaba sudando. Un pavo muy grande le miraba insolente mientras trabajaba, o al menos eso es lo que pensaba., Roberto vio una piedra en el suelo y ni corto ni perezoso se la arrojó al animal con tan mala fortuna que le acertó en toda la cabeza. El pavo cayó redondo.

A pesar de su corta edad, el niño Roberto era consciente de las consecuencias de aquella acción. Un pavo como aquel en vísperas de Navidad, suponía la perdida de muchísimo dinero para una familia que, como la suya, ni mucho menos nadaba en la abundancia.

El niño Roberto observó su alrededor. No le había visto nadie. Tenía que pensar como salir de aquel aprieto y rápido. Recorriendo con la mirada el corral reparó en el pozo. Si, tirará el pavo al pozo y así cuando lo descubrieran siempre podía decir que se había caído y se había ahogado.

Sintiéndose aliviado y culpable a la vez, cuando terminó con la limpieza del corral el niño Roberto se marcho con los otros niños del barrio a jugar al descampado.

A la hora de la comida su padre anunció a la familia que al día siguiente, veintidós de diciembre, llevarían los pavos al matadero de Legazpi. El niño Roberto esa noche se acostó preocupado y apenas pego ojo. Sólo quedaban unas horas para que su pecado fuera descubierto. Aunque no era mucho de rezar, en su vigilia le rezó a Dios y a la virgen María, hasta incluso beso una imagen de San Antón “patrón de los animales” pidiéndole perdón por la prematura muerte del pavo de la pedrada.

-Despierta Roberto que nos vamos- Dijo su padre bajándole el bozo y revolviéndole el pelo.

Aún tuvo su padre que entrar un par de veces más en su cuarto hasta que el niño Roberto se levantó. Se bebió la malta con achicoria mientras se ponía las botas junto a la estufa y luego padre e hijo sacaron a los pavos del corral.

En la calle hacía un frio terrible. El niño Roberto detrás con una vara y su padre delante de la tropa de pavos, emprendieron el camino de cerca de dos horas hasta el matadero. El sol encendía las primeras luces del día frente a ellos. Roberto corría detrás de las aves que se desmandaban. Atravesaron las vías del tren y pronto se encontraron caminando paralelos al Manzanares. cruzaron el río por el puente de Santa María de la cabeza y pasaron al lado de la cárcel de mujeres de Yeserías. Desde las ventanas, las reclusas gritaban todo tipo de obscenidades al niño Roberto y a su padre mientras que los guardias civiles encargados de vigilarlas dormitaban en sus garitas abrigados en sus verdes capotes.

Antes de ver el matadero el niño Roberto pudo olerlo. En una torre coronada por un depósito de agua, colgaban las pieles de cientos de reses sacrificadas despidiendo un terrible hedor. En la puerta les esperaba un hombre gordo con bigote, que fumaba un grueso cigarro puro. Su padre y el bigotudo se estrecharon la mano y comenzaron un regateo que no concluyó hasta que se volvieron a estrechar la mano.

Uno a uno el bigotudo contó los pavos mientras el niño Roberto y su padre los iban haciendo entrar en un corral.

-Noventa y tres pavos…- dijo el tratante.

- ¡No puede ser! Ayer había noventa y cuatro y hemos venido muy bien, sin perder ninguno por el camino. Vamos a volver a contarlos…- dijo el padre de Roberto bastante escamado.

Los contaron dos veces, volviéndolos a sacar y volviéndolos a meter en el corral. Noventa y tres pavos, las cuentas no fallaban…

El padre del niño Roberto pese a sacar veinticinco pesetas por cada animal, un precio magnífico, se quedó bastante amoscado por el asunto del pavo desaparecido. El bigotudo tratante viendo tan abatido al hombre invitó a desayunar a Roberto y a su padre en un bar que había en el cercano Paseo de las Delicias.

En la radio del bar los niños de San Ildefonso cantaban los números de la lotería de Navidad. En una esquina  había un limpiabotas gitano muy renegrido y con las patillas muy largas. Era el hombre más gordo que el niño Roberto hubiera visto nunca, de hecho estaba sentado en una silla baja con brazos que en cuanto que el limpiabotas se levantase, previsiblemente habría de quedarse encajada en su trasero.

-¿Limpia D. Francisco?- Dijo el obeso caló al tratante.

-Hoy no. Muchas gracias Benjamín.-

Pidieron café con leche y una ración de churros calientes que el niño Roberto comió con deleite. D. Francisco insistió en invitar al padre a una copa de coñac. El padre de Roberto que sabía cómo se las gastaban aquellos bribones como el tal D. Francisco, palpó el dinero que se había metido en un bolsillo interior de su chaqueta y asintió. No había que desairar a aquel personaje. D. Francisco Estrada era un estraperlista reconvertido en intermediario gracias a su adhesión al régimen y a decir de algunos conocidos del padre del niño Roberto, gracias a las muchas delaciones que aquel tipejo había hecho entre los vecinos de Vallecas que en su día se habían significado a favor de los rojos.

Muchos personajes como aquel pululaban entre el matadero y el cercano mercado central de frutas y verduras. Enchufados, ex policías y militares o vulgares chivatos, que desplumaban a los incautos con los que habían hecho negocios  ayudados por los naipes en las timbas clandestinas de las trastiendas de los bares o conchabados con fulanas como las que había al fondo del bar y que nada más entrar los tres, habían empezado a cambiar miradas de inteligencia con el tratante.

El padre del niño Roberto bebió un par de sorbos de la copa para no parecer descortés y en cuanto que su hijo se acabó los churros dijo que se iba ya, “que tenía que ir a acabar una obra”, algo que no era del todo mentira. El padre de Roberto volvió a palparse los billetes y tras despedirse de D. Francisco, él y su hijo tomaron de nuevo el camino del río hacia Vallecas.

El padre del niño Roberto, pese a haber hecho mejor negocio de lo que pensaba, seguía mascullando maldiciones por lo bajo a causa del pavo perdido. Cuando llegaron a su casa en el Pozo del Tío Raimundo, toda la familia se puso a buscar el pavo por los alrededores.

El niño Roberto se prestó un buen rato a aquella farsa hasta que viendo la desesperación de su padre que ya hablaba de “robo por parte de algún vecino” decidió revelar el paradero del ave haciendo como que la había encontrado por casualidad.

-PAPA, MAMA VENID… ESTA AQUÍ EN EL POZO.-

Los padres del niño Roberto comprobaron lo que le decía su hijo. El animal con su plumaje blanco flotaba en el pozo. Ayudándose de un palo largo y el balde, consiguieron sacar el ave muerta. Era un pavo hermosísimo que bien podía pesar sus buenos seis u ocho kilos.

Normalmente sacaban agua del pozo el padre o la madre de Roberto, ya que para el niño, dada su corta talla, era muy difícil levantar el balde lleno y subirlo por encima del brocal. El padre del niño Roberto se lamentó de no haber hecho lo que había dicho mil veces que iba a hacer y que no era otra cosa que hacerle una tapa al pozo.

La madre del niño Roberto miraba a su hijo inquisitivamente. Roberto en vez de enfrentarse al dialogo sin palabras de los ojos de su madre, bajo la vista como un tácito reconocimiento de culpa. Su madre asintió levemente con gesto disgustado.

-Roberto hijo, por favor tráeme la pala.-

-¿Qué es lo que vas a hacer?- Preguntó la madre al padre.

-Pues enterrarlo antes de que empiece a apestar-

-¡Quita quita, vas a enterrar el pavo! ¡Este nos lo cenamos en nochebuena como está mandado!-

Diligente, la madre de Roberto pudo a calentar agua en el barreño metálico que los miembros de la familia usaban para bañarse, luego escaldó el bicho y comenzó a desplumarlo. Una vez limpio, lo puso en una fuente a macerar con vino, aceite y otros muchos ingredientes que compro en un cercano colmado.  El pavo ya listo para el horno, fue a parar a la fresquera de la ventana de la cocina a salvo de cualquier gato hambriento, de cuatro o de dos patas.

Llegó la nochebuena. El padre del niño Roberto llegó a medio día de trabajar con permiso hasta después de Navidad. A media tarde llevaron el pavo a la tahona del Puente donde se lo cocinarían en el mismo horno que cocía el pan.

El arrabal ardía en hogueras que los habitantes del Pozo gitanos y payos, habían encendido en las calles. Los vecinos bebían, cantaban y bailan en torno al fuego. La madre del niño Roberto se marchó pronto a preparar todo para recibir a los invitados de la familia esa nochebuena en casa. Roberto y su padre le pidieron prestada al lechero, una bicicleta con un cajón delante que éste usaba para vender la leche a domicilio y se fueron a recoger el pavo.

Con aquel manjar en el cajón de la bici del lechero, el niño Roberto veía sentado en el manillar como se iban haciendo más escasas las luces según se iban alejando de la ciudad. En casa ya se encontraban sus tíos y primos con los que iba a cenar aquella noche. En la radio sonaban villancicos.

Llegó la hora de la cena. Para el niño Roberto aquel era su primer banquete. El año anterior habían cenado solos él y sus padres un sencillo guiso de patatas. Como no había mesa y sillas suficientes en la casa para dar de cenar a tanta gente, su padre y sus tíos sacaron una puerta del quicio y apañaron con ella una mesa a la que en unas bancas prestadas por el cura, de sentaron los niños de la familia.

El pavo dio de comer a todos los presentes, incluso sobró una buena porción para que la familia pudiera hacer bocadillos durante bastante tiempo. En la sobremesa los adultos bebieron anís y coñac y los niños vino dulce, luego todos un poco achispados se fueron donde los jesuitas a escuchar la misa del gallo.

El padre Llanos oficiaba la misa desde el modesto altar de la iglesia del Pozo del Tío Raimundo. Un par de policías de la Social escuchaban sin perder detalle las palabras del “cura rojo”. Cuando salieron de la iglesia, la nieve caía blandamente sobre el arrabal. Los familiares del niño Roberto se despidieron en la puerta de la casa. Roberto, agotado por las emociones del día se durmió con un beso que le dio su madre mientras le arropaba.

Veintitantos años después de aquella cena de Noche Buena, Roberto Olmos aparcó el SIMCA 1200 en la puerta del bloque de pisos donde a sus padres les habían dado una vivienda a cambio de la antigua casita. Roberto, su mujer y sus dos hijos pequeños subieron al piso. La madre de Roberto se afanaba en la cocina ayudada por su joven nuera. Pronto estuvo servida la cena. Marisco y muchas cosas de picar, pero el plato fuerte no era otro que pavo asado. La misma receta de pavo que la familia había cenado veinticinco años antes ¡Qué diferente era aquella cena de Noche Buena que las que había vivido Roberto de niño en la casita del Pozo del Tío Raimundo!

-Papa ¿Tú te acuerdas de aquel pavo que se cayó al pozo y que nos comimos con los tíos y los primos en la casita baja?-

Su padre asintió enarcando un poco las cejas.

-Pues lo maté yo sin querer de una pedrada y luego lo tiré al pozo.-

El padre de Roberto miró a su mujer y ambos se sonrieron, luego todos los miembros de la familia levantaron su copa y brindaron por aquel gran pavo, que sin duda estaría en el cielo de las aves de corral en el caso de existir éste lugar sagrado y que les había alimentado opíparamente en aquellos ya lejanos tiempos de hambre y miseria.




sábado, 17 de marzo de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II DUDAS


DUDAS



Pese a que las cosas en lo personal parecían querer arreglarse, a Jorge le producía una gran desazón todo lo que estaba pasando con el asunto Montaleza. El bandido le había salvado la vida y sentía por él una gran simpatía personal, pero no opinaba en absoluto que Jacinto Montaleza fuera esa victima indefensa que la prensa progresista reflejaba en sus páginas

¿Había pagado ya su deuda con la sociedad aquel bandido?

¿Era bueno que Jacinto Montaleza saliera de la cárcel en ese momento?

Un gran poder entraña una gran responsabilidad y el periodismo tiene el poder de modelar como arcilla la opinión de muchas personas. Su crónica de la actividad delictiva y bélica de Montaleza se ceñía a los hechos como se los había trasmitido el bandido. Nadie le decía a Jorge que estos hechos no habían pasado realmente de otra manera. Había consultado fuentes externas hasta donde era posible, pero el cuerpo del relato era lo que el bandido le había contado en Melilla.

Jorge se sentía manipulado y no solo por Jacinto Montaleza. El director Acuña en su columna de opinión semanal había adoptado sin restricciones la línea de opinión más favorable al bandido. Este hecho, unido a la capacidad de influencia que Mariano Acuña tenía sobre los políticos, hizo que el partido liberal por aquel entonces en el gobierno se alineara con las tesis de los defensores del bandolero monteño, decretando su traslado desde Melilla al cercano penal de Ocaña.

- ¿Qué es lo que estamos haciendo D. Mariano? Mi intención nunca fue crear un héroe donde no lo hay. Jacinto Montaleza habrá sufrido muchas injusticias durante su vida, como las que sufren a diario millones de personas aquí y en todo el mundo y aun así no se levantan en armas contra sus semejantes, creo que esto se nos está yendo de las manos Sr. director. -

-Déjeme que le dé una pequeña lección de historia y si me lo permite también de realidad- Dijo el director Acuña en un tono de voz mucho más bajo del habitual en la redacción, cerrando la puerta de su despacho a la suspicaz mirada de otros empleados del periódico.

-Los españoles somos un pueblo que aguanta lo indecible, pero que sólo reacciona ante sucesos aparentemente sin importancia ¿Supongo que habrá oído hablar usted del Motín de Esquilache? -

-Si… si claro el motín de las capas y los sombreros de ala ancha siendo rey Carlos III.-

-Lo de las capas y los sombreros era la excusa oficial para el motín, pero la realidad es que había fuerzas opuestas en la cúpula del estado, unos partidarios del Marques de la Ensenada y los jesuitas y otros ilustrados, como Campomanes. Una crisis de suministros fue el caldo de cultivo en el que se gestó la revuelta, menos mal que en este caso había un Carlos III, el último por no decir el único de los Borbones bueno que supo canalizar la situación con mano izquierda para no retroceder en la natural evolución de la sociedad.

No pretendo ser un conspirador y no conozco al tal Montaleza, usted Jorge le conoce mejor que yo, pero si en este asunto resulta ser como el viento huracanado que abate los árboles enfermos del bosque, que en este bosque que llamamos España hay unos pocos, pues bendito viento…

No crea querido joven que las cosas pasan porque si, sólo le pido que confíe en mi gestión. Algún día le presentare a personas que saben mucho de la realidad y que seguramente cambien su manera de ver el mundo. En cualquier caso, si esto de Montaleza se nos va de las manos, yo dimitiré como director del Informador, pero no sin antes escribir un artículo que le descargue a usted de cualquier responsabilidad. -

El director Acuña dio por terminada la conversación, pero Jorge no se marchó muy convencido del despacho. Por mucho que don Mariano escribiera un artículo, él seguía sintiéndose responsable de sus palabras.

 



EL NOTICIERO IMPARCIAL. 10 de junio de 1894

El gobierno decreta el traslado del preso Jacinto Montaleza al penal de Ocaña.



Haciéndose eco de las numerosas peticiones recibidas para que el antiguo bandolero y guerrillero carlista Jacinto Montaleza, conocido por el público por su reciente participación en la guerra de Margallo, el consejo de ministros ha decidido su acercamiento al penal de Ocaña, el más cercano a su tierra natal de los Montes de Toledo por razones humanitarias. La orden tiene efecto inmediato y el prisionero ya viaja desde Melilla hacia Málaga a bordo del buque de guerra Condestable de Castilla.

 La polémica creada en torno a este personaje está servida. En estos días, tanto partidarios como detractores del bandido debaten acaloradamente sobre el tema en los papeles, así como en cualquier casino de provincia. Pero no se engañen queridos lectores, este debate va mucho más allá de la modesta figura de Jacinto Montaleza del que casi nadie había oído hablar hasta ahora. Es el debate pendiente en este país desde hace mucho tiempo. Es el debate sobre una sociedad carcomida por viejos vicios y que no acaba nunca de modernizarse.

En este pulso parece que lleven las de ganar los partidarios del monteño, no como una evolución social sino más bien como carnaza que lanzan los poderosos a esa fiera que es el pueblo y que cada día se muestra un poco menos dócil ante la injusticia y la corrupción.

Este traslado es el paso previo a una liberación de Montaleza que según me malicio, veremos más pronto que tarde, justo en el momento en que los que mandan en este país necesiten tapar algún escándalo o algún revés militar en los perpetuos conflictos de las colonias de ultramar.

Lorenzo Pérez Carro.













Capítulo 7 de Hijos de los Montes

11 de junio de 1894

Jorge Villafranca Vargas



La situación del ejército carlista a finales de 1875 era desesperada. Muy inferiores en número a las tropas alfonsinas, mal armados y peor alimentados, el duro invierno del norte se cernió sobre nosotros como una garra de acero.

Las armas, las municiones y los dos pequeños cañones que habíamos robado en Algodor fueron bien recibidos, pero llegaban tarde y eran absolutamente insuficientes. El rey Carlos con su elegante guerrera, sus botas brillantes y su gran boina roja con borla dorada parecía más una estampa de un pasado supuestamente mejor, que un comandante militar capaz para una guerra moderna. El caso es que su visión en si era un bálsamo efectivo para los que eran unos convencidos de la causa, lo que no era mi caso.

Al cura y a mí, como los dos éramos magníficos jinetes y traíamos unos caballos excelentes, nos incorporaron al escuadrón real de caballería, D. Lucio como capitán y yo como sargento de primera. La unidad era cuanto menos pintoresca, por decirlo de una manera suave. Compuesta de unos seiscientos y pico hombres entre los que había: pobres campesinos a lomos de pencos más adecuados para la labranza que para la guerra y oficiales aristócratas sobre bellos corceles ideales para competir en un hipódromo. Uniformado por los mejores sastres de París y Londres, entre todos aquellos figurones destacaba nuestro comandante, el marqués de Valdepeñosillo que ostentaba el grado de mariscal de campo. Una cosa unía a todos aquellos jinetes de tan diferente pelaje y no era otra que su fe católica y su veneración fanática al candidato legitimista. He de confesar que se me revolvían las tripas con la sola visión de cómo aquellos “cruzados” doblaban la rodilla al paso de aquel rey fantoche. Aquella combinación de entusiasmo cerril e incompetencia militar se me antojaba una mezcla fatal, algo en lo que el futuro no tardaría en darme la razón.

Enterados de que los alfonsinos marchaban desde Logroño hacia Estella se nos ordenó marchar en dirección a su encuentro en Montejurra. Las cumbres de los cercanos montes estaban coronadas de nieve y nuestra penosa marcha se veía frenada por la lluvia y los constantes atascos de los carros con los bagajes y los trenes de mulas que tiraban de la artillería en el barro helado ¡Qué distinta aquella guerra a la que hacíamos allá abajo en los montes de Toledo!

Llegamos a media tarde a un valle que formaba una gran llanura verde, un verde muy distinto al pardo verdoso que colorea mi tierra. Allí tres años antes había tenido lugar una batalla con resultado favorable para nuestras armas. Ahora la cosa no parecía en absoluto tan clara. Con las últimas luces llegaron los alfonsinos que acamparon al otro lado del valle.

Nos superaban en número, pero sobre todo nos superaban en armamento y medios. Entonces llegó a nuestro campamento el rey Carlos y comenzó a supervisar la disposición de las fuerzas. Una vez acabada la revista, celebramos una misa solemne. Al finalizar el oficio, nuestro comandante, el marqués de Valdepeñosillo, hincó la rodilla en tierra y rogó a su rey que le permitiera cargar el primero contra la artillería enemiga. No hacía falta ser Napoleón Bonaparte para saber que aquel movimiento era una absoluta imbecilidad. Yo hable con los hombres del pelotón que mandaba indicándoles que hiciera lo que hiciera el marqués ellos me siguieran a mí. El cura de Alcabón que se maliciaba mis intenciones hizo que nos situaran a mí y a mis hombres en el centro del ataque. Así nos vimos en el campo de Montejurra, frente a las bocas de los cañones y por el resto de los lados rodeados de fanáticos que anhelaban el martirio y/o la gloria.

Nos dieron una lanza a cada uno. A mí aquel palo rematado en un pincho sólo me parecía útil para asar un conejo en una hoguera por lo que palpé mis dos revólveres comprobando que ambos se encontraban en su funda.

- ¡A MI ORDEN! TODOS LANZAS EN RISTRE ¡AVANZAR! Gritó nuestro comandante alzando su sable y haciendo cabriolas con su caballo. El cielo se abrió y un rayo de sol hizo brillar las insignias de oro y plata que lucían en el bizarro arreo de nuestro mariscal. Yo pensé para mí “tengo que sobrevivir hoy a este idiota”

Salimos al trote en nuestras monturas hacia las líneas alfonsinas. Cuando calcule que nos hallábamos a unos cincuenta pasos del alcance de los cañones, piqué espuelas y mi caballo salió a galope tendido justo cuando me llegaba el estruendo de la descarga enemiga. Ya fuera por que confiaban en mí o porque su fe en Dios y en las habilidades militares del marqués no eran tan sólidas como en un principio podía parecer, los diez hombres de mi pelotón me siguieron como si de uno solo se tratase. A nuestras espaldas el disparo de los cañones hacía estragos entre los jinetes carlistas.

Tiré la lanza y desenfundé. Mis diez hicieron lo propio y a galope tendido huimos hacia el único sitio posible, los cañones de los realistas. Visto y no visto alcanzamos sus líneas justo cuando habían cargado de nuevo y corregido el tiro. Galopamos paralelos a ellos matando a muchos de los artilleros sin que la infantería hubiera reaccionado aún. A punto de rebasar la línea de fuego un estruendo a mi espalda hizo corcovear a mi montura. Volví grupas y vi como uno de mis jinetes y su caballo, yacían destrozados en mil pedazos humeantes por el cañonazo recibido a quemarropa. Levante los dos revólveres y disparé contra los artilleros.

Ya se había incorporado a la vanguardia junto a los cañones un pelotón de fusileros que amenazaba con liquidar a los pocos que quedábamos de mi pelotón, cuando oímos un griterío ensordecedor a nuestras espaldas. Era el rey Carlos que a la cabeza de su ejército atacaba con todo lo que tenía poniendo en fuga a los alfonsinos.

Tras la victoria se celebró otra solemne misa, esta vez para honrar a los muertos que habían sido aproximadamente una cuarta parte de lo que quedaba del ejército legitimista. La caballería se había perdido casi en su totalidad en aquel valle navarro. Del marqués de Valdepeñosillo solamente se había podido recuperar la boina y el sable. A mí, por mi “acto de valentía” me ascendieron a brigada y el mismísimo D. Carlos prendió en mi pechera la medalla que acreditaba mi pertenencia a la Orden de caballería de la Legitimidad Proscrita (Algo muy adecuado para un bastardo que llevaba proscrito tantos años pensé yo con sorna)

Aquella fue una batalla como las que libraba aquel rey griego, Pirro del Épiro, que invadió Italia y obtuvo algunas sonoras victorias sobre los romanos, pero que a la postre tuvo que volverse a Grecia con los pocos hombres que le quedaban al tener cortada cualquier vía a los refuerzos y los suministros. Carlos VII y su estado mayor decidieron dejar una delegación para negociar una salida con los representantes de Alfonso XII, mientras el candidato carlista marcharía temporalmente al exilio.

Acompañé al sequito real por los pasos del Pirineo. Cuando llegamos a la frontera de Francia D. Lucio Dueñas, que se exiliaba con el rey, y un servidor nos dimos en silencio un abrazo de despedida. El cura de Alcabón siempre tan locuaz, esta vez no tenía ninguna palabra que decirme. El rey Carlos VII sí que habló. Envuelto en su capa con cuello de marta cibelina, se volvió hacia España, alzó un puño al cielo haciéndole partícipe de su juramento y exclamó “VOLVERÉ”

Yo sabía que aquel rey de opereta no iba a volver. Servidor odiaba la guerra, aunque había tenido que hacer de ella mi oficio, pero aún más odiaba a los que la entendían como un deporte. Yo luchaba para vivir un día más, aquellos aristócratas lo hacían para lucir los despojos en alguno de sus palacios, como si de la piel de un tigre se tratase. Cuando la comitiva cruzó la frontera me quité la gorra roja, la medalla y los galones que indicaban mi rango y me envolví en la vieja manta que aún conservaba de la primera vez que me eché al monte y volví grupas hacia el Sur, hacia los Montes de Toledo, mi casa.

viernes, 9 de marzo de 2018

HIJOS DE LOS MONTES LibroII HIJOS DE LOS MONTES-UN REFERENTE


UN REFERENTE



El hecho de haber cogido a la pequeña Teresa en brazos cambiaba para Jorge las reglas del Juego de su relación con Margarita Marlasca. Aún tuvieron un par de oportunidades más de verse hasta que se repuso la niñera y en su último encuentro Jorge le planteó sin ambages que dejara a su marido.

Margarita tenía una considerable fortuna personal. Era hija única y su padre, Antonio Marlasca tenía título de conde. El título del padre de Margarita no era un título como el del marqués de Fuensalida su esposo, era un título con abolengo y unas propiedades que, aunque mucho menores que las del cordobés, la convertían en una mujer bastante rica y con posibilidades de independizarse cuando desease. Claro está, si estaba dispuesta a obviar que su vida social terminaba en el preciso momento en que diese el paso de abandonar a su legítimo esposo. Incluso aunque estuviesen prohibidos los duelos, Jorge estaba dispuesto a desafiar al marqués.

-No sabes lo que estás diciendo. Emiliano es muy diestro con cualquier tipo de arma, pero nunca te daría esa oportunidad, antes mandaría a Bayón o a cualquier otro a que te clavase un cuchillo por la espalda en un callejón oscuro y a mí me encerraría en el cortijo de la sierra de donde no volvería a salir jamás.- Después de despedirse tras su último encuentro, Margarita prometió mover el asunto a través de su familia, de la que podía esperar amor y comprensión incondicionales y rogó a Jorge que “no hiciera ninguna tontería mientras tanto”.

Mientras, Jorge seguía en su laberinto personal, El debate sobre la figura de Jacinto Montaleza trascendía más allá de las páginas de el Informador. En todo el país y por extensión en toda la prensa escrita, la situación del bandolero y su pasado eran de candente actualidad. Según el talante más o menos progresista del medio, Montaleza era “una víctima de la sociedad” o “un canalla al que debían haber matado como a un perro hacía mucho tiempo”.

Este estado de cosas hacía que la opinión de Jorge fuese demandada por los lectores de el Informador e incluso de otros medios liberales que trataban infructuosamente de cortejarle. La verdad es que la nueva carga de trabajo no le vino nada mal para olvidar su situación sentimental a la espera de noticias de su amada y de la hija de ambos.







La Gaceta de las Españas

2 de junio de 1894

A las Alimañas y a sus Protectores



Estimados lectores:

Recientemente, lo más abyecto del periodismo patrio encarnado en ese joven de pluma grosera llamado Jorge Villafranca, ha dado rienda suelta a su verdadera naturaleza, la de protector de alimañas dañinas.

Como es sabido, el citado Villafranca, es un novato en la profesión al que le quedan aún muchas leguas de negra tinta por escribir para que los que llevamos toda la vida en esto podamos considerarle uno de los nuestros. El lector avisado debe abstenerse de tenerle por un periodista de verdad, pese al éxito que obtuvo en un pasado reciente con su crónica de los sucesos acaecidos en Melilla. Éxito efímero del que no quedara recuerdo y una manera de informar muy “de aquí te pillo aquí te mato” con muy poca sustancia al no haber sido tamizada por el filtro de la necesaria reflexión que todo texto ha de pasar antes de llegar al público.

Los errores de la juventud y la inexperiencia casi siempre son perdonables. No así los debidos a la mala fe y al mercantilismo en estos tiempos en los que la vieja espiritualidad de los moradores de la gran nación española está de capa caída. Cada día es más frecuente que el sentido de la justicia y de lo recto, sean puestos en almoneda por cuatro mercachifles como el jefe de Jorge Villafranca, Mariano Acuña, director de ese libelo con ínfulas de tabloide serio que se autodenomina a sí mismo “el Informador”. El “des informador” diría yo más bien que se debería llamar a ese esperpento mal impreso…

El colmo de la iniquidad de estas gentes maliciosas y poco leídas ha sido dar pábulo a las justificaciones de un delincuente convicto y confeso de nombre Jacinto Montaleza. Un ser humano cuyo comportamiento aberrante es el producto del alejamiento de Dios y una injustificada rebeldía contra la autoridad establecida. Autoridad compuesta en nuestra sociedad patria por los mejores y los más preparados para ejercerla, como son los miembros del partido conservador y en su mayoría también los miembros del liberal, ambos tutelados sabiamente por nuestra regente S.M. Doña María Cristina de Habsburgo y su hijo D. Alfonso, que pese a su corta edad, ya apunta maneras para ser un dignísimo sucesor de su padre, el magno Alfonso XII, considerado por los que de esto saben cómo un estadista sobresaliente entre todas las testas coronadas del Viejo Mundo.

En su día, el susodicho Montaleza se libró del garrote del verdugo gracias a la mediación de las autoridades portuguesas. Los portugueses que son nuestros hermanos de la preclara raza ibérica, en este asunto se alejaron de los españoles en el grado de parentesco, pasando de hermanos a “primos”. Su gestión del caso al entregar a Montaleza y su compinche el sanguinario Juan Maroto Fresneda, alias “Juanote” poniendo como condición que no fueran ejecutados al cruzar la frontera fue un craso error. Cualquier persona cabal estará de acuerdo conmigo en que les deberían haber ajusticiado ellos mismos y haber expuesto sus miserables despojos en la frontera para escarmiento de malhechores de uno y otro lado.

La semilla de la mala hierba ha sido sembrada con profusión por estos enemigos del imperio de la justicia, adversarios de la verdadera fe católica romana. Los nuevos partidos de izquierdas: socialistas, anarquistas y demás patulea atea y contraria a las más elementales normas del sentido común, han adoptado a Jacinto Montaleza como a un nuevo mártir. Este delincuente, al que sus cómplices del informador nos presentan como una víctima de una injusticia social inexistente en España, es un lobo con piel de cordero que únicamente debería sentir: el abrazo del cepo y el beso del plomo, en lugar de la mano del inexperto Villafranca acariciándole el lomo. Una mano que, más pronto que tarde, morderá el citado Montaleza fiel a su naturaleza lobuna y que el infame Mariano Acuña no se dignará ni siquiera vendar una vez que no sirva a su único objetivo, que no es otro que el de llenar su bolsillo de monedas de plata como las que percibió Judas Iscariote por vender a nuestro salvador Jesucristo.



Carlos Cebollero Martín





EL FARO DEL LIBREPENSADOR.

3 de junio de 1894

La injusticia fuente de todos los males en nuestra sociedad.



Recientemente ha saltado a la palestra de la opinión de este país el conocido como “caso Montaleza” un ejemplo paradigmático de cómo esta injusta sociedad puede destruir la vida de uno de sus individuos.

D. Jacinto Montaleza, pobre entre los pobres, arrinconado por caciques y curas y por la ignorancia en la que estos tratan de sumir habitualmente a los hijos del pueblo, no tuvo más remedio desde su más tierna infancia que seguir el estrecho camino que lleva a muchos desfavorecidos a la delincuencia y la rebelión.

Hoy, en las postrimerías del siglo XX, cuando toca a su fin el siglo que fue testigo del final del antiguo régimen con el que desaparecieron, como el recuerdo de una larga y oscura noche, la servidumbre e incluso la esclavitud, gracias a la sangre derramada por el pueblo, Jacinto Montaleza sigue prisionero en un lóbrego penal. En su cautiverio ha sido sometido a un trato inhumano, obligado a luchar en una guerra que no es la suya y que no es la del pueblo.

¿Qué le queda en esta vida a Jacinto Montaleza? Solamente le queda la alternativa de la fuga (misión imposible) o abandonar este perro mundo por la puerta de atrás, colgándose un día de los barrotes de su celda, cegado por la más absoluta desesperación.

Es misión de todo hombre de bien, ofrecer a Montaleza y a tantos millones de seres humanos víctimas de la injusticia social otras alternativas y esto es lo que se propone a hacer este diario. Para este fin, hemos remitido cartas a los gobiernos de las naciones vecinas y de la Santa Sede, para que intercedan a favor del preso. Así mismo, estamos remitiendo copia en nuestro nombre de los miles de cartas que nuestros lectores nos envían apiadándose de la mala situación en la que se encuentra el penado.

No ocultamos que nuestro objetivo final sería que D. Jacinto Montaleza pudiera pasar el tiempo que le quede de vida en libertad, en su querida comarca de los Montes de Toledo la tierra que le vio nacer, pero mientras tanto, al menos esperamos que nuestro empeño suavice su riguroso cautiverio y por extensión el de tantos y tantos otros en una situación similar.



Melchor Cerrudo Cantalejo.





Capítulo 6 de Hijos de los Montes

4 de junio de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Antonio Merendón no había nacido en los Montes si no en el llano, en Dos Barrios un pueblo cercano a Ocaña, pero su manera de hacer la guerra era como la nuestra. De muy joven fue reclutado para ir voluntario a hacer el servicio militar en Cuba con un ardid.  Estaba en una taberna con otros mozos de su pueblo bebiendo un vaso de vino y aparecieron unos militares de la caja de reclutas de Toledo invitando a beber a todo el mundo. Como era mozo y con poco aguante para la bebida, enseguida cayó como un tronco. Al día siguiente se despertó en un tren camino de Cádiz. Cuando quiso protestar recibió un puñetazo por parte del sargento que le palmeaba la espalda y le invitaba a beber la noche anterior. El militar le puso delante un papel en el que decía que había firmado como recluta por seis años, pese a que Merendón no sabía leer ni escribir.

En la isla caribeña siempre estaba metido en todos los fregados, era un rebelde nato. No obstante, su valor en combate era innegable y pronto ascendió a cabo. A los cinco años de servicio recibió un machetazo de un mambí en la cara. Perdió un ojo y a punto estuvo de perder la vida por las deficientes condiciones sanitarias del hospital. Fue repatriado a la península y como no recibía los papeles de la licencia y ante la complicada situación militar española que amenazaba con su reenganche forzoso pese a ser un mutilado, escogió el camino que llevaba a los Montes.

Sus dotes de líder le hicieron que pronto mandara una partida que también sirvió, con la misma promesa que el resto, a la causa del rey Carlos.

Tras el fiasco de Camuñas, tardamos tiempo en volver a actuar en el llano. En febrero los carlistas más destacados de la Mancha fuimos convocados por el general Sabariegos cerca de Horcajo. Yo acudí junto con el cura de Alcabón, con los galones de sargento adornando mis bocamangas

La partida del Cura y los Juanotes iba a asaltar en Algodor muy cerca de Aranjuez, un tren que transportaba armas ayudados por Merendón y sus hombres. 

El resplandor de las hogueras iluminaba los rostros barbudos y curtidos por los elementos. El general Sabariegos daba instrucciones a los jefes de las partidas de la acción que iban a acometer con las primeras luces. Merendón y su grupo esperarían antes de la estación que sería donde desvalijaríamos al tren y sus pasajeros. Los Juanotes y el cura llegarían por detrás del tren y un grupo selecto de jinetes entre los que yo me encontraba, seríamos los encargados de detenerlo.

Al amanecer ocupamos nuestras posiciones. Mi grupo formado por diez jinetes se ocultó tras una pequeña elevación junto a la vía que corría paralela a la cinta de plata del Tajo.

El reflejo del heliógrafo nos indicó que el convoy se acercaba. Nosotros a su vez rebotamos la señal a la posición de Merendón. El tren se fue haciendo poco a poco más grande con su negra columna de humo. Cuando rebasó nuestra loma, picamos espuelas y galopamos raudos por su costado. Pronto alcanzamos la locomotora, pero para nuestra sorpresa el vagón delantero iba lleno de soldados. Un cabo que fumaba u pitillo en los topes del vagón fue el primero en dar la voz de alarma. Pronto comenzaron a disparar desde las ventanillas del ferrocarril. Briones, Telaraña y el Feo de Cariño cayeron fulminados por aquella lluvia de plomo, los demás nos apartamos de la vía y del fuego mortífero de aquel vagón.

Viendo que el tren se nos marchaba y que no íbamos a ser capaces de detenerlo antes de que llegase a donde Merendón, piqué espuelas a mi magnífico caballo y haciendo una curva me planté justo delante de la locomotora y pasé al otro lado de la vía. Mis compañeros seguían al mismo lado disparando sus revólveres en un intento casi suicida de mantener el fuego enemigo en el lado contrario del tren. Sin que los maquinistas percibieran mi presencia salte a la locomotora. A punto estuve de caer y ser devorado por aquellas grandes ruedas de acero, pero en un instante estaba en la cabina con el revólver en la mano.

- ¡DETENED EL TREN AHORA MISMO O SOIS HOMBRES MUERTOS! - Dije a las espaldas del maquinista y el fogonero que sorprendidos se volvieron hacia mí.

El encargado de la caldera blandía una pala con la que, con sorprendente velocidad me lanzó un golpe. Yo lo esquivé por poco, pero perdí el revólver. Ahora los dos, el fogonero con la pala y el maquinista con una palanca de hierro me hacían frente. La pala pasó tan cerca de mi cabeza que me arrancó la boina roja, pero yo había recuperado el revólver y le pegué un tiro en el estómago. Luego encañoné al maquinista que inmediatamente depuso la barra.

- ¡AHORA DETÉN EL TREN O ERES HOMBRE MUERTO, HIJO DE PUTA! -

Sin demora el hombre accionó la palanca del freno y el convoy comenzó lentamente a perder velocidad. El tren se detuvo tan solo a unos metros del punto de la vía donde Antonio Merendón estaba parado sobre su caballo.

Los soldados hicieron intento de salir del vagón y plantar cara a las fuerzas que habían detenido el tren. Algunos llegaron a disparar sobre los hombres del tuerto siendo abatidos al punto sin haber causado bajas en las filas de la facción. La llegada de Los Juanotes y del cura de Alcabón disuadió al resto de la tropa de cometer cualquier insensatez. Un teniente que estaba al mando fue el primero en arrojar al suelo sus armas y el resto de los soldados gubernamentales inmediatamente imitaron su gesto.

Con los soldados desarmados y maniatados comenzamos el saqueo del tren. En un vagón cerrado encontramos las armas: varias cajas de fusiles y pistolas, un par de cañones pequeños y munición, sobre todo mucha munición. Mientras robábamos las armas, D. Lucio pedía amablemente a los pasajeros una ayuda para la causa del rey Carlos. Pocos se la negaban más yendo acompañado de los Juanotes, Milreales y el tuerto Antonio Merendón. Tras recibir las “dádivas” el cura entregaba a los “donantes” unas estampitas del Monarca Carlos VII bendecidas por el mismísimo Papa de Roma.

Una parte de las armas se las íbamos a entregar a unos guerrilleros de Córdoba que eran los que nos habían dado el soplo. El resto, lo llevaría el cura a las Vascongadas donde los partidarios de la causa legitimista estaban teniendo los más duros combates.   

Merendón llevó una parte de las armas hasta Porcuna en Córdoba, el lugar convenido para la entrega de su parte a nuestros aliados andaluces y el Cura de Alcabón y yo mismo partimos con el resto hacia Estella que es donde estaba la corte del pretendiente.

Sin duda fue una delación interna en la partida cordobesa que operaba en la sierra de Cardeña y que dirigía un tipo estirado al que llamaban el Guajiro porque había estado muchos años en Cuba. El caso es que las tropas estaban esperando a Merendón, que muy inferior en número se batió como un bravo, aunque todo fue en vano. Finalmente cayó prisionero y fue ajusticiado por garrote en la plaza de Porcuna. Una muerte ignominiosa reservada a los bandidos y a los asesinos. Quedaba claro que el nuevo Rey de Madrid, Alfonso XII, no pensaba darnos la consideración de militares que daría a cualquier enemigo extranjero.

La noticia de la muerte de Antonio Merendón, que, aunque no de nacimiento, era por valor y hambre un hijo de los montes como nosotros, nos llegó a D. Lucio y a mí en la corte de Estella a principios del invierno de 1875.


viernes, 2 de marzo de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Cápitulo 5-HIJOS DE LOS MONTES-TERESA


TERESA

Jorge anduvo toda la semana dándole esquinazo a don Mariano. Sabía que en la ópera se había puesto en evidencia, y lo que es peor, había puesto en evidencia a Margarita. Todavía recordaba las suspicaces miradas de Emiliano Fuensalida y el mulato Bayón.
“Realmente no había sucedido nada”, pensó tratando de tranquilizarse sin mucho éxito. Pero sí que había sucedido algo: La mirada de Margarita le había confirmado que sus sentimientos hacia él seguían intactos.
Un hecho vino a confirmarle ese extremo. A mitad de la semana, el periodista estaba escribiendo en el gabinete de su nueva residencia, cuando unos golpes suaves sonaron en su puerta. Abrió y se encontró cara a cara con su amada. Sin mediar una sola palabra, ambos amantes se fundieron en un apasionado abrazo que entre besos les condujo hasta el dormitorio. Allí hicieron el amor con la rabia y la desesperación de no saber si aquel era o no su último encuentro.
El cuerpo de Margarita había cambiado con su reciente parto. Estaba más rotunda de carnes, más mujer, pero sin haber perdido un ápice de belleza sino más bien incorporando la calidez de la maternidad a las muchas gracias que adornaban su persona antes del alumbramiento.
-Emiliano y Carlos Bayón se han tenido que ir urgentemente a un negocio  en Córdoba y por suerte la niñera de Teresa, que en realidad una carcelera que me ha puesto mi marido que quiere saber todos mis movimientos, ha amanecido ardiendo de fiebre y el medico la ha aislado en su habitación por si se tratase de algo contagioso. Yo se supone que he ido a oír misa a San Francisco el Grande, a donde debo regresar para dejarme ver en una cuestación benéfica que organiza la propia regente para sufragar la construcción de la nueva catedral, esas obras que hay junto a palacio y que apenas han avanzado desde que el difunto Alfonso XII colocó la primera piedra.-
Tras departir brevemente sobre la hija de ambos, a regañadientes, Jorge dejó ir a su amante con la promesa de que si la niñera seguía enferma al menos le haría llegar algún mensaje que le permitiera verla con la niña en alguna de sus muchas actividades sociales.
Finalmente no le quedó más remedio ante los requerimientos que le enviaba el director Acuña que presentarse en la sede de el Informador, para que este evaluase la nueva entrega del serial.
Jorge temía este encuentro desde lo de la ópera del fin de semana, pero para suerte suya, cuando se presentó en la oficina don Mariano se hallaba enfrascado en una de sus perennes discusiones con los tipógrafos. El periódico se había dotado de una máquina de escribir, pero con frecuencia los textos seguían sin entenderse por errores debidos a la trascripción mecanográfica. Si en un futuro todos los periodistas escribían a máquina sus propios textos, esos errores dejarían de producirse, pero de momento las máquinas de escribir como la que había comprado el periódico eran ingenios sumamente caros.
Por indicación de su director, Jorge dicto el texto a la secretaria que en un principio se mostró remisa a abandonar lo que estaba haciendo, pero al tratarse de Jorge y trasmitiendo órdenes directas de don Mariano, se puso a teclear al dictado del periodista. Luego él mismo repasó y a lápiz, añadió algunos signos de puntuación que faltaban en el texto.
Al volver a casa, Jorge encontró una nota que alguien había deslizado por debajo de la puerta. La niñera seguía indispuesta y Margarita y Nuria iban a acudir aquella tarde a la rosaleda que se encontraba al final del paseo de coches del parque del Retiro.
A las cinco en punto Jorge que estaba en la rosaleda haciendo como que admiraba las rosas, las vio llegar. Margarita, junto a su doncella Nuria que empujaba un carrito de bebe paseaban por el parque. Hacía bastante calor para la época del año y apenas había gente en el Retiro. Jorge se acercó decidido al grupo. Saludó a Margarita con un ligero beso en los labios y a Nuria con una inclinación de cabeza, luego se asomó al carrito. Teresa era un bebe sonrosado y tranquilo. Miró a Margarita y esta asintió con un gesto. Jorge cogió a su hija en brazos por primera vez. Miró a Teresa y a su vez el bebe le miro a él devolviéndole una satisfecha sonrisa.




Capítulo 5 de Hijos de los Montes
28 de mayo de 1894
Jorge Villafranca Vargas


La “Gloriosa” del sesenta y ocho paso sin pena ni gloria en los montes, igual que el nuevo rey Amadeo y una república que nacía herida de muerte.
¡DIOS, PATRIA Y REY! Parece casi una burla que un hombre como yo invoque el lema de la facción. Un Dios que nunca me ayudó, una Patria a la que invocaban los que siempre nos oprimían  y un rey que vivía en su palacio absolutamente ajeno al bienestar de sus súbditos… aun así el mayor anhelo de un renegado siempre es poder revertir su situación algún día y el carlismo nos ofreció esa oportunidad.
Cuando Carlos VII volvió a España, también lo hicieron con él muchos exiliados. Uno de aquellos exiliados era el general Vicente Sabariegos que había sido uno de los lugartenientes de Ramón Cabrera, “el Tigre del Maestrazgo”. Sabariegos se encontraba en Portugal y ya había intentado alzarse en armas cuando depusieron a Isabel II. Esta vez el Rey faccioso le encomendó la labor de comandar la rebelión en Extremadura y la Mancha.
La guerra principalmente estaba en el Norte. Pero en la Mancha también tenía partidarios el Rey Carlos. Uno de ellos era D. Lucio Dueñas que era cura párroco en Alcabón, en la comarca de Torrijos. Aquel hombre de Dios con sus prédicas reclutó más gente que el Rey con su oro y las promesas de futuros perdones y prebendas.
Sabedor como todos los habitantes de la provincia de quien era la partida más eficaz, el cura de Alcabón no tardó en contactar con los Juanotes. La entrevista se celebró cerca de Navas de Estena. A ella asistimos Los dos hermanos Juanotes y un servidor. El cura nos explicó lo que se esperaba de nosotros y la recompensa que podíamos obtener si defendíamos la causa y que no era otra que la libertad para retomar nuestras vidas donde las habíamos dejado antes de hacernos bandoleros. La propuesta de D. Lucio venia refrendada por una carta con la firma y el sello del pretendiente legitimista Carlos VII duque de Madrid.
Lo que nos convenció no fue la carta de aquel fantoche de boina roja y pechera llena de medallas ganadas en los salones de baile de toda Europa, si no la elocuencia del cura. Lucio Dueñas predicaba un cristianismo primitivo y ciertamente justiciero, algo muy en la línea de las creencias de los rudos hombres de los Montes.
La partida operaría como un cuerpo de ejército independiente, a veces solos otras veces en colaboración con otras partidas. A algunos los conocíamos bien porque también eran de los montes de Toledo y habíamos cometido muchas fechorías juntos: Sartenilla, Milreales, Briones, Mulita, Feo de Cariño o el Telaraña eran algunos de aquellos bandoleros monteños que se sumaron a la facción. También estábamos en comunicación con grupos de Gredos y Guadarrama, pero sobre todo con guerrilleros de Sierra Morena con los que posteriormente seguiríamos trabajando.
Poco o nada nos podían enseñar los militares carlistas sobre la guerra de guerrillas. Sin embargo apenas sabíamos nada de armas modernas, cartografía, heliógrafos o comunicación morse. Además de formación militar, el cura que debió de ver en mí algo de inteligencia natural, me nombró su asistente y amplió mis escasas letras  y mi conocimiento del mundo en los ratos que nuestra azarosa vida nos lo permitía. Incluso hoy cumpliendo con la pena que la sociedad decidió imponerme, recibo correspondencia de ese santo hombre que debe andar cerca de los ochenta años y encuentro aún muchas enseñanzas y consuelo en sus cartas.
Con la guerra carlista se solapó la enésima rebelión en Cuba y nada más salir por pies Amadeo de Saboya e instaurarse la república estalló  la rebelión cantonal. Aunque el carlismo y el federalismo radical estaban en las antípodas ideológicas, seguíamos la máxima vigente desde que la humanidad inventó la guerra  de que “el enemigo de tu enemigo es tu amigo” así recibimos órdenes de participar en el alzamiento cantonal de Camuñas, un pueblo toledano, que estaba en nuestro ámbito de operaciones.
Descendimos de la sierra Calderina por la vega del río Amarguillo. Pasamos por Herencia y Puerto Lápice,  donde entramos sin resistencia e incluso conseguimos gracias a la elocuencia de mi mentor D. Lucio, que varios jóvenes de aquellos pueblos se sumaran a la facción. Otro cantar fue el recibimiento que recibimos en Camuñas.
Traíamos un cargamento de armas para que el nuevo cantón se pudiera defender de las fuerzas gubernamentales. Teníamos que entregárselo al alcalde un tal Luis Villaseñor.
Por unos labriegos supimos que el alcalde había expulsado al cura párroco y que a instancias de un misionero gallego de nombre Félix Moreno Astray, la mayoría de los vecinos se habían convertido al protestantismo,  pocos de buen grado y la mayoría acogotados por aquel alcalde de horca y cuchillo, por lo que el recibimiento a todo un señor cura como D. Lucio Dueñas por mucho que viniera a socorrer al cantón, no fue ni mucho menos el esperado.
El cura de Alcabón preguntó desde lo alto de su caballo por el alcalde. D. Luis acompañado por el misionero y un grupo de incondicionales armados con viejas escopetas de caza, conminó a D. Lucio para que depusiese las armas y se apease de su montura. En previsión a alguna jugada parecida, solamente habíamos entrado en Camuñas diez jinetes acompañando a nuestro líder. El resto, unos cincuenta más, habían rodeado el pueblo y se plantaron en la plaza justo cuando aquellos herejes nos apuntaban con sus armas.
 El alcalde Villaseñor era un hombre inclinado a la ira y aquello de ser desarmado y hecho prisionero nada menos que por un sacerdote de la iglesia católica romana lo llevaba francamente mal. Requisamos las armas y por supuesto, de entregar las que habíamos traído nanai de la China…
El cura de Alcabón confesó a aquellos arrepentidos de haber abrazado la herejía y luego tras devolver a los vecinos su vetusto arsenal abandonamos aquella Ginebra manchega.
Desde las primeras estribaciones de la Calderina pudimos ver una nube de polvo que se acercaba al pueblo por la llanura. Con el catalejo pude distinguir los roses de más de un centenar de soldados de la república que venían a poner fin a la aventura de la villa de Camuñas independiente y devota de las doctrinas de Calvino y Martín Lutero.
Si en la política patria ha habido un episodio especialmente esperpéntico, y mira que ha habido esperpentos en este desdichado siglo XIX, este fue esa rebelión cantonal. Se pretendía organizar la nación española en una federación de estados. El resultado fue que se declararon cantones independientes villorrios con unos pocos miles de almas. La mecha prendió en la ciudad industrial de Alcoy donde una muchedumbre enfervorizada asesinó al alcalde y arrastró su cadáver por las calles tras incendiar el consistorio. De ahí pasó a toda la región valenciana, Murcia y Andalucía. También hubo algunos focos efímeros en la vieja Castilla y el reseñado de Camuñas en la Mancha. El cantón que más duró fue el de Cartagena y es cosa sabida los graves daños infringidos a bienes y personas por la flota de guerra que al comienzo de la insurrección cayó en  poder de los sublevados de aquel cantón. Cartagena llegó a acuñar moneda y pidió su incorporación como un nuevo estado nada menos que a los Estados Unidos de Norteamérica.
En fin, que más tarde o más temprano aquí se tiene que liar una pero que muy gorda para que nos dejemos de una vez por todas de sandeces.

viernes, 23 de febrero de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II-HIJOS DE LOS MONTES-REENCUENTRO



REENCUENTRO



Raro era el día en que Vicente Lleó no se pasaba por el periódico o por casa de Jorge, preocupado por el equilibrio emocional de su amigo tras haberle confesado sus cuitas.

Era viernes y al día siguiente se estrenaba una nueva ópera en el Real, Cavaleria Rusticana una obra de un autor italiano llamado Pietro Mascagni que había triunfado ya por todo el mundo

Jorge nunca había acudido a una representación en el Teatro Real y no le interesaba demasiado la ópera, pese al entusiasmo del músico valenciano que exhibía orgulloso un par de entradas de butaca de patio.

- ¡Tienes que venir Jorgito! No veas tú lo difícil que ha sido conseguirlas. Podía haber conseguido entradas para cualquier otra representación, pero merece la pena ir al estreno, además, asiste todo el que es alguien en Madrid ¿Cómo iba a faltar el periodista de moda? -

A regañadientes Jorge se dejó convencer y aquella misma tarde se pasó por el Eslava a probarse un viejo frac del guardarropa. La levita estaba algo gastada, pero a Jorge le sentaba como un guante.

- ¡Joder macho! Te falta un sombrero de copa y si te ve Cánovas te ficha como la nueva joven promesa para el partido conservador. - Dijo Lleó con un deje de admiración ante el magnífico aspecto de su amigo.

A la noche siguiente quedaron en la misma taberna donde Jorge solía comerse los bocadillos de entresijos con su amigo y mentor don Marcelino. Su elegante aspecto chocaba en aquel humilde local, incluso el propietario que conocía de sobra a Jorge Villafranca de sus muchas visitas cuando vivía en la casa de huéspedes de doña Virtudes en la cercana calle del Almendro, al principio le tomó por un joven aristócrata calavera de turné por el Madrid castizo.

Terminaron de cenar y encaminaron sus pasos hacia el Real. Decenas de carruajes elegantes de los que descendían enjoyadas damas y encopetados caballeros, formaban una larga fila ante la puerta del teatro. Una muchedumbre de curiosos se agolpaba junto a las puertas retenidos por un cordón de guardias.

Vicente Lleó y Jorge Villafranca llegaron a pie justo cuando bajaban de sus coches el presidente del gobierno Práxedes Mateo Sagasta y Cánovas del Castillo jefe del partido liberal y de la oposición. Ambos próceres entraron juntos en el teatro como los amiguetes que eran, escenificando el conchaveo que suponía el turno de partidos y la supuesta “democracia” por la que se regía el reino de España. El periodista y el músico esperaron a un lado a que entrasen aquellos importantes personajes y su séquito y luego se dispusieron a entrar.

- ¡ES JORGE VILLAFRANCA, EL PERIODISTA DEL INFORMADOR! - Dijo alguien entre el público que se agolpaba a los lados de las puertas. Numerosos aplausos y algún que otro silbido sonaron al paso de los dos amigos.

-Macho saluda… que aquí hay unos cuantos de los que sostienen tu vida de maharajá. - Dijo Lleó con evidente jolgorio ante el estupor del periodista nada acostumbrado a la exposición pública y que tuvo que forzar una sonrisa mundana y alzar la mano para saludar.

Ya acomodados en sus butacas. El músico explicaba el programa a su amigo neófito en temas operísticos cuando en la sala mandaron guardar silencio, acababa de hacer acto de presencia la reina regente. Todo el teatro se puso en pie cuando la orquesta interpretó los primeros acordes del himno nacional. Luego María Eugenia de Habsburgo respondió con un saludo a los aplausos de la concurrencia y comenzó Cavaleria Rusticana.

La música era envolvente y llena de matices. A Jorge todo le emocionaba y le llamaba la atención. Estaba sonando un bellísimo intermezzo del que Vicente Lleó le había advertido que era la pieza central de aquella ópera, la principal obra de un joven y prometedor compositor italiano, Pietro Mascagni, al que muchos coronaban como el sucesor del gran Giuseppe Verdi, cuando en un palco que hasta hacía poco había permanecido vacío la vio.

Sin duda era ella, la bella y triste Margarita Marlasca que asistía impertérrita a la representación. A su lado, muy erguido en su asiento, don Emiliano Fuensalida y tras ellos la figura maciza de Carlos Bayón.

En un momento dado la mirada de Margarita se cruzó con la suya e incluso creyó percibir como esta palidecía súbitamente. Fue un momento fugaz, pero Jorge estaba seguro de que le había visto.

Finalmente, la ópera terminó con una cerrada ovación por parte del público, teniendo los intérpretes que salir a saludar hasta en seis ocasiones. Vicente le propuso a su amigo tomar una copa de cava, un vino espumoso fabricado en la catalana comarca del Penedés que pretendía competir en las celebraciones elegantes con el champagne francés, pero Jorge sólo tenía una idea fija en la cabeza, encontrarse cara a cara con su amada.

En el hall del Teatro Real, la alta sociedad se codeaba con los músicos. El valenciano conocía a muchos de ellos, todos grandes virtuosos pero que en numerosas ocasiones tenían que completar sus menguados ingresos actuando en el Eslava o incluso en tugurios de mala muerte como Casa la Flaca. Vicente Lleó se movía entre la gente del mundillo como pez en el agua. A los corros con los músicos también se acercaban conocidos personajes de la política. En uno de aquellos corrillos estaba el director Acuña charlando animadamente con don Francisco Silvela.  Al verle don Mariano le hizo un gesto para que se acercase a lo que Jorge no pudo substraerse. La división del partido conservador entre canovistas y silvelistas era aún un tema de candente actualidad y que a un periodista le presentasen a un político tan importante y que pudiera departir con él sobre la actualidad del país, sin duda era un salto de calidad dentro de su profesión, pero Jorge seguía vigilando con el rabillo del ojo la sala por si aparecía su amada.

Justo mientras Francisco Silvela elogiaba la crónica que Jorge había hecho de la guerra de Melilla, apareció en escena Emiliano Fuensalida con Margarita y el inseparable mulato que caminaba tras la pareja como una sombra.

Como el veterano político viera que Jorge desviaba el foco de atención de su persona se volvió viendo al Marqués y su compaña que se dirigían presurosos hacia la puerta y levantó la mano a modo de saludo. Reprimiendo un gesto de fastidio, el diputado cordobés se acercó al grupo donde estaba uno de los hombres fuertes de su partido y el influyente director de el Informador, un diario de tirada nacional.

Tras intercambiar algunas impresiones superficiales sobre la representación que acababan de presenciar y algunas agudezas políticas celebradas con sonoras risas falsas, don Mariano Acuña presentó a Jorge al marqués de Fuensalida.

- ¡Encantado joven! Celebro mucho conocerle. Mi señora es una gran seguidora de su trabajo sobre la reciente guerra de África y también lee lo que está escribiendo sobre ese bandolero… Montaleza creo recordar que se llama. -

A Jorge le dio un vuelco el corazón cuando don Emiliano mencionó a Margarita.

-Querida acércate que vas a conocer a ese periodista al que tanto admiras-

El diputado cordobés hizo las presentaciones. Margarita se acercó con la mirada baja y Jorge se recompuso un tanto, tomó la mano de la dama e inclinó levemente el torso a modo de saludo. Los dos se miraron y sus ojos mantuvieron un diálogo más intenso que cualquiera anterior que ambos hubieran mantenido con nadie. Un silencio incómodo se instaló en el grupo.

Francisco Silvela se despidió de los presentes, los marqueses de Fuensalida también se fueron y se quedaron solos el director Acuña y el periodista. A punto estaba de endosarle una filípica don Mariano a Jorge, cuando llegó Vicente Lleó, que había presenciado la escena unos metros más atrás, al rescate de su amigo.

-Hombre Jorgito… ¿Estás aquí? Don Mariano, mucho gusto en saludarle. -

-Buenas noches don Vicente ¿Qué tal marcha su nueva aventura empresarial en el mundo de la noticia impresa? - Dijo el director con sorna, sabedor del fracaso del periódico que el valenciano había intentado abrir.

- ¡Viento en popa don Mariano, viento en popa! Estoy pensando en robarle a Jorge Villafranca, pero su lealtad a el Informador es tan inamovible, como el macizo de Peñalara. -

Un poco de esgrima verbal después, el músico consiguió arrancar de las garras del director a su amigo y ambos se perdieron en la noche madrileña.











Capítulo 4 de Hijos de los Montes

Madrid 18 de mayo de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Partes de los cadáveres descuartizados de Pelopincho y el Pastor fueron expuestas en los cruces de caminos, una práctica que llevaba décadas olvidada. Las autoridades querían acabar con los bandoleros y a los pobres, meterles el miedo en el cuerpo. Se dictó un bando poniendo en busca y captura a todos los miembros de la partida. Por los hermanos ofrecieron trescientas pesetas cada uno y cien por el resto.

 Toda la guardia Civil de Toledo, Ciudad Real y Cáceres nos buscaba. Con las recompensas surgieron los delatores como las setas en otoño después de la lluvia. Tenía vigiladas a las familias de los miembros conocidos y a las de los que se sospechaba que podían pertenecer a la banda de los Juanotes. Muchos fueron los que cayeron en sus propios pueblos, tantos que en la majada de horcajo de casi una treintena de integrantes de la banda antes del atraco solamente quedábamos doce. A más tocamos pensé y además en una comarca tan pobre no habían de faltar nunca buenos candidatos a bandolero. Pero lo primero era lo primero, había que demostrar en los Montes quien seguía mandando y para eso había que escarmentar a los chivatos.

Todavía contábamos con lealtades. Unas verdaderas, motivadas por los agravios de los poderosos y la administración, otras compradas con dinero y las más forjadas por el miedo. En cada pueblo y aldea, desde Consuegra hasta la frontera de Portugal sabíamos quien había vendido a los nuestros.

Llegábamos por la noche e íbamos directos a la casa de los delatores. En aquellas fechas dejamos bastantes huérfanos y viudas. Respetábamos a mujeres y niños, pero les despojábamos de sus míseros bienes y quemábamos sus casas.

El invierno lo pasamos en el corazón de la sierra cobijándonos de los rigores de la estación en unas cuevas junto al Rocigalgo que muy pocos conocían. Hacíamos planes de los nuevos golpes que daríamos con la primavera. No nos faltaba nada que pudiéramos desear. Teníamos comida, vino y mujeres que de buen grado nos habían acompañado a nuestro retiro serrano.

Una mañana de febrero aún fría, me desperté con las primeras luces. El que ha pasado mucho tiempo en el monte se acostumbra a los sonidos del mismo y yo esa mañana yo los echaba a faltar. Hice como que no me daba cuenta y entré en el entramado de cuevas y advertí a mis compañeros para que se armaran y se prepararan para un ataque.

Antes de que nos pudiéramos dar cuenta se nos echaron encima. Eran casi cincuenta jinetes y tiradores apostados en las peñas que nos rodeaban. Antes del alba habían eliminado a los compañeros que hacían guardia. A su cabeza galopaban D. Jeremías que era el nuevo gobernador civil de Toledo y el capataz Salvador Trives.

Gracias a mi aviso pudimos repeler inicialmente el ataque y ensillar prestos los caballos. Era casi imposible salir de aquel embudo, así que para evitar que nos dispararan arremetimos contra los jinetes. En un choque hombre contra hombre, animal contra animal los tiradores apostados en las alturas no podían hacer fuego a riesgo de alcanzar a los suyos. Así pudimos escapar con muy pocas bajas y dispersarnos por la sierra.

En aquel asalto era patente la mano del capataz. D. Jeremías, por muy gobernador civil que fuese no habría sido capaz de planear una acción así ni en diez vidas. D. Salvador Trives al contrario que el propietario, era un hijo de los montes como nosotros y sabía bien como pensábamos y actuábamos.

En poco tiempo volvimos a reunir la banda y cuando la jara blanqueaba de flores decidimos tomar de nuevo el camino de la venganza.

Para no quedarse aislado en medio de la nada D. Salvador se había mudado con su familia de la casona de la dehesa a su antigua casa en los Navalucillos, justo en el centro del pueblo con el ayuntamiento, la guardia civil y muchos vecinos a su alrededor. Era del todo imposible hacerse con su persona sin alertar a todo el pueblo. Así pensaba el capataz que podía dormir tranquilo con nosotros aun libres.

Llegamos una noche sin ruido, redujimos a los centinelas y atrancamos desde fuera las puertas del cuartel de los civiles y el ayuntamiento, luego fuimos a casa del capataz y le sacamos a la calle. Ningún vecino se atrevió a asomar el morro. Fieles a nuestra política pensábamos ejecutarle, saquear y quemar la casa, pero respetando a su familia.

Recorría yo las habitaciones con un candil y un revolver cuando tras abrir una de las puertas encontré allí al hijo de D.  Salvador, el mismo que haciendo trampas en el sorteo del servicio militar se tenía que haber ido a Filipinas en lugar de un servidor. Tras Manuel, que así se llamaba mi quinto el hijo del capataz, se ocultaba una mujer en camisón. Al principio no la reconocí, pero cuando le acerqué la luz no me cabía ya ninguna duda.

-Laura… ¿Qué haces tú aquí? - Pregunté con la esperanza de que ella negara lo evidente

- ¿Jacinto? ¿Eres tú? -

-Sí- Dije yo bajándome el pañuelo que me cubría el rostro.

-No sabía nada de ti Pensaba que habías muerto y él me pidió matrimonio…-

Laura y yo nos mirábamos en silencio durante un rato que a mí me pareció eterno, cuando de improviso Manuel Trives que hasta entonces había estado quieto paralizado por el miedo, hizo ademán de alcanzar algo en la mesilla. En un acto reflejo mi dedo apretó el gatillo y el hijo del capataz cayó muerto inmediatamente junto a la cama. Retrocedí mirando a mi antiguo amor y me di la vuelta. Resonaba aún el llanto de Laura a mis espaldas cuando salí de la casa como un sonámbulo. En el porche me di de bruces con las botas de D. Salvador que colgaba de una viga.

Desalentado, en la calle, pude ver como un par de mis compinches lanzaban antorchas al interior de la vivienda, en ese instante me acorde de que Laura seguía aun dentro y quise volver para salvarla, pero el brazo de hierro del Juanote me lo impidió. Después huimos de los Navalucillos, mientras los vecinos trataban de apagar el incendio para que no se extendiera a sus propias casas.

Nunca había matado antes a otro ser humano. Había estado implicado en muchas escaramuzas y había disparado mi arma, pero me constaba que yo nunca hasta entonces había matado a nadie. Les conté a los Juanotes lo que había ocurrido dentro de la casa.

-No ha sido culpa tuya. Te tenías que defender y en cuanto a tu novia tampoco podías hacer nada ya. No te hagas mala sangre…- Así es como nació el apodo que desde entonces llevo “el Malasangre”

Después de entrar en los Navalucillos y acabar con D. Salvador, ya nadie se atrevía a oponérsenos. Los grandes propietarios preferían pagar a enfrentarse a nosotros y las autoridades poco podían hacer contra unos hijos de aquellos montes de los que nunca se sabía a ciencia cierta donde estaban ni donde iban a volver a actuar.

Algún tiempo después llegó a mis manos un periódico donde se recogía la crónica del asalto. En el interior de la casa encontraron los cuerpos carbonizados de Laura y de Manuel con un tiro en la cabeza, este último sostenía en su mano un crucifijo.