viernes, 17 de noviembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES LIBRO I LA GUERRA CHICA-Viaje al Sur


VIAJE AL SUR

Antes de las ocho de la mañana de aquel lunes 18 de septiembre de 1893, Jorge ya estaba acomodado en el vagón del tren correo que en aproximadamente día y medio había de llevarle hasta Sevilla. La bestia de hierro silbaba impaciente bajo la bóveda de hierro y cristal de la recientemente inaugurada estación del Medio Día, muy cerquita del final de la calle Atocha. En respuesta al silbato del jefe de estación, perezoso y envuelto en una nube de vapor y humo, el negro convoy comenzó a moverse

El tren recorría infatigable las agostadas llanuras de la Mancha. Alguna colina suave coronada por una hilera de molinos rompía de tanto en tanto la monotonía del paisaje. Cayó la tarde y Jorge se envolvió en su gabán con intención de dormir un poco.

Aquella noche durmió a ratos. Estaba nervioso por la novedad que suponía todo aquello para alguien que como él nunca había viajado. Margarita aparecía en sus sueños. Iba a ser padre y estaba atado de manos al respecto.

De repente el tren paró en una estación. Las luces del alba despuntaban tras los montes entre los que se hallaba detenido. Jorge bajo del tren con intención de estirar un poco las piernas. Estaba en Venta de Cárdenas, en el comienzo del ascenso al puerto de Despeñaperros, la puerta de Andalucía. Intensos mugidos llegaban desde el cercano bosque. El revisor informó a Jorge de que se trataba de los venados que estaban en plena berrea. El periodista recordó la historia del Malasangre y la banda de los Juanotes y del atraco al tren correo acaecido en el setenta y ocho, apenas quince años antes en aquel mismo lugar. Miró a los cercanos montes en los que poco a poco el sol iba ganando a las sombras nocturnas y palpó el bolsillo del gabán, donde reposaba el pequeño revolver que don Emiliano le había entregado el día que había aceptado el trabajo.

La coronación del puerto fue lenta y costosa. El tren hacía un ruido horrible. Se podía ir a la misma velocidad, caminando junto al vagón. El paso de Despeñaperros, entre dos enormes rocas sobrevoladas por numerosos buitres, un lugar al que daba nombre la leyenda aprendida en la escuela de que los moros arrojaban por allí a los cristianos que capturaban tratándoles de “perros infieles”, quedó finalmente atrás. Luego un descenso entre un mar de olivos hasta el valle del Guadalquivir y sus fértiles campiñas. A media tarde Córdoba, con su largo puente romano sobre el río y el gran edificio milenario de la mezquita se hacían visibles en un horizonte borroso por las ondas que el calor inmisericorde del sol andaluz levantaba del suelo. Ya de noche el final de su viaje en tren, Sevilla.

El viajero que nunca ha viajado a Andalucía piensa siempre que se trata de una tierra pobre porque generalmente los andaluces que en todas partes uno se encuentra suelen ser de origen muy humilde, gente abocada a la emigración para huir de la miseria en su propia tierra. Sin embargo, no es así. Andalucía es muy rica, tiene casi de todo, pero secularmente la riqueza ha estado muy mal distribuida. Esa impresión había sacado Jorge y su visita a la magnífica ciudad del Guadalquivir “el río grande del Sur” iba a reforzar aquella impresión obtenida desde la ventanilla de un tren.

Pepito Martínez era un individuo nervioso, aunque afable. Bastante alto y rubio, no era para nada el arquetipo del andaluz típico. Cuando el tren llegó, estaba en la estación esperando a Jorge. Tras las presentaciones de rigor, ambos hombres se fueron a cenar. En Madrid y mucho menos en su pueblo, dados los escasos recursos económicos del periodista, era casi imposible comer otro pescado que no fuese bacalao o sardinas arenques secas, por lo que la cena a base de pescadito frito le pareció un manjar extraño al que su paladar no estaba acostumbrado. Luego, el corresponsal acompañó a Jorge al hostal el Cairo muy cerquita de la Torre del Oro. A Jorge le resultó algo cómico el nombre del establecimiento. Parecía como si Martínez lo quisiera preparar para su destino final en tierra de moros, pero el sitio era limpio y bastante “español” en su mobiliario. Jorge agradeció pasar la noche en una cama tras el viaje en el duro asiento de madera del tren.

A la mañana siguiente, Martínez vino a buscarle y tras el desayuno llevó a Jorge a dar un paseo por la ciudad en un coche de caballos de alquiler. En Madrid y en su pueblo, las golondrinas habían emigrado ya hacía varias semanas, pero allí en Sevilla junto a la enorme catedral y al resto de magníficos edificios de la ciudad, aún formaban un enjambre ruidoso. A la hora de comer, Martínez le entregó una cartera de cuero con la documentación referente al preso Jacinto Montaleza, el Malasangre, una carta de presentación para el director del penal de Melilla y un pasaje para el vapor Mahón. También había varias direcciones de alojamientos y personas de confianza a las que el diligente sevillano había escrito anunciando la próxima llegada del corresponsal del Informador. Llegó la hora de la partida, ambos hombres se despidieron con un apretón de manos al pie de la diligencia que conduciría a Jorge a Málaga y al desconocido mar Mediterráneo.

Para él que no ha visto nunca el mar, este hecho resulta siempre sorprendente. Al coronar una de las interminables cuestas de la serranía malagueña, uno de los postillones avisó al resto de los ocupantes de la diligencia de que desde ese punto ya se podía divisar la costa. Jorge, adormecido y algo mareado por el traqueteo del carruaje en aquellas infames carreteras, se asomó por la ventanilla. Efectivamente, a pesar del polvo en suspensión, debajo de las montañas en las que se encontraban, una inmensa extensión azul se extendía hasta el límite del horizonte.

Jorge Villafranca se encontraba absorto contemplando el panorama con la cabeza por fuera de la ventanilla, cuando, como una exhalación un grupo de jinetes adelantaron raudos la diligencia. El postillón tiro de las riendas haciendo frenar en seco a los caballos.  No había noticias recientes de actividad bandolera en aquella ruta, pero en las serranías del Sur cualquier cosa era posible. En este caso los jinetes misteriosos siguieron adelante y los conductores de la posta aminoraron la marcha y aprestaron sus escopetas en previsión de una posible emboscada en alguno de los muchos recodos del camino que descendía hacia Málaga. Finalmente, no hubo ningún otro incidente. Juan se quedó algo intranquilo. Le había parecido distinguir una figura conocida a la cabeza del grupo de jinetes, pero no tenía claro de quien se trataba.

Ya en Málaga, uno de los viajeros que había partido con él de Sevilla le indicó como llegar al puerto donde había una pensión de confianza que le había recomendado Martínez. Jorge tomó el alojamiento indicado y salió a dar un paseo. Su barco atracaba a primera hora de la mañana y no zarpaba hasta después de realizar las operaciones de estiba y el reabastecimiento de carbón para la caldera.

A la orilla del mar todo era nuevo para Jorge Villafraca: el agua, el sonido, los olores. Paseaba por el puerto como un chiquillo, con una mezcla de curiosidad y temor. Se detenía a mirar como descargaban el pescado de los barcos, como los pescadores cosían las largas redes en el suelo, el vuelo de las rapaces gaviotas. Miraba sorprendido a los gordos mújoles que nadaban por debajo de los cascos de los barcos, surcando un mundo submarino que jamás habría podido ni siquiera imaginar. Así se sentía Jorge recorriendo el borde del muelle, cuando una voz que había oído en alguna otra parte reclamó su atención.

- ¡Rápido, no tenemos todo el día! Bajad las cajas de esta carreta y acercad la otra. -

Un grupo de hombres de porte militar cargaban cajas en una lancha a las órdenes de un mulato de piel clara y anchas espaldas ¡Era Carlos Bayón! Aunque nunca se habían dirigido la palabra, Jorge no tenía duda de que el mayordomo del marqués de Fuensalida le había visto ya en alguna ocasión, por lo que el periodista decidió alejarse de la embarcación y observar de lejos lo que tramaban aquellos individuos que como coligió más tarde, no eran otros que los jinetes que por la mañana habían adelantado a toda velocidad a la diligencia en su bajada hacia la costa.

Jorge Villafranca se apartó hasta unos almacenes distantes un centenar de metros y envuelto en las sombras de una tarde que comenzaba a caer, observó paciente la escena.

El grupo de Bayón proseguía con eficacia la carga de las cajas en la lancha, que se encontraba con la caldera encendida ¿Qué podía ser lo que contenían esas cajas? Jorge no lo podía saber, pero viendo quien dirigía a la cuadrilla de estibadores y para quien trabajaba éste, no podía tratarse de nada bueno. Esta circunstancia decidió a Jorge a permanecer en su posición de vigilancia todo el tiempo que fuera necesario, aunque tuviera que pasar allí la noche. Obtener información de los chanchullos de su rival podía suponer una gran baza en el futuro de su relación con Margarita. En estas andaba, cuando de repente advirtió la presencia de otra persona que también observaba la escena del muelle desde un edificio cercano y no se ocultaba a la vista del periodista, es más, claramente le estaba observando también a él

Era un individuo recio. Llevaba la cabeza descubierta y el pelo cortado al rape, al estilo militar, igual que los secuaces de Bayón. La brasa de un puro iluminaba por momentos su cara y dejaba ver un grueso mostacho.

Jorge no era ningún cobarde, pero el cariz que tomaban los acontecimientos aconsejaba ser precavido. Pensó que lo mejor era desaparecer de la escena, así que muy despacio rodeó el edificio y una vez a la espalda del mismo apresuró sus pasos hacia la ciudad. Ya en la pensión, permaneció un rato en la puerta para comprobar que nadie le había seguido.

La noche fue agitada, tanto por los hechos acaecidos, como por la novedad del viaje por mar del día siguiente. El griterío de la calle sacó a Jorge del sueño. Desayunó y en la misma pensión le informaron de que el vapor Mahón estaba a punto de llegar. También, viéndole tan neófito en temas de mar, le recomendaron que se comprara un cucurucho de pasas para evitarse el mareo del barco. Las pasas las compró y en un cafetín junto al muelle se tomó un par de copas de aguardiente para insuflarse un valor del que en ese momento previo al embarque carecía. Luego se dirigió al barco. No se sorprendió al ver que la lancha que la noche anterior cargaban los secuaces de Carlos Bayón ya había zarpado. Le entregó su billete al primer oficial que era quien dirigía la descarga del buque y este indicó a un marinero que condujera a Jorge a su camarote.

Tener un camarote en el vapor Mahón era un auténtico lujo. La mayoría del pasaje viajaba en cubierta, en unos butacones con la sola protección para las inclemencias del tiempo y del mar, de unas lonas amarradas a un tingladillo de madera. Finalmente, el buque zarpó hacia Melilla. Nada más rebasar las puntas del puerto, el movimiento del mar se hizo notar sobre el casco. Pese a que hacía muy buen tiempo y el barco era muy marinero, a Jorge le parecía que aquello no era nada normal. Al poco rato, un sudor frío comenzó a correrle por la espalda. El desayuno mezclado con el aguardiente ascendió imparable por su esófago y no tuvo más remedio que sacar medio cuerpo por la borda y vomitar todo para mayor disfrute de la marinería que siempre cruzaba apuestas de quien sería el pasajero de secano que antes se marearía. Según el ojo experto de la tripulación, la cosa estaba entre Jorge y un guardia civil gordo oriundo de Badajoz, que acompañó al periodista en su desarreglo digestivo unos segundos después. Un marinero alcanzó a Jorge un vaso de agua y éste se recompuso un tanto. Luego recordó el cartucho de pasas y se metió un puñadito en la boca. Al menos su dulce sabor le hizo olvidar el amargor del vómito.

Jorge, con el cuerpo algo más asentado, tomó la comida en su camarote; una sopa de pescado y un cuarto de pollo. Después de las penurias del camino, sobre todo a partir de Sevilla, aquello le pareció un lujo magnífico. Comió muy a gusto y salió a cubierta donde disfrutó de la siesta en una butaca. La verdad es que empezaba a cogerle el gusto a aquello del barco.

La noche en el mar, le resultó a Jorge extrañamente fría. Aún quedaban un par de semanas para el otoño, pero el periodista se arrebujó en la manta e incluso se echó el gabán por encima. Se despertó poco antes del amanecer y pudo ver como el sol salía por el estribor del vapor Mahón. Con las primeras luces, comenzó a ser visible por la proa una fina línea que no era otra cosa que la costa de África. Tras el desayuno ya comenzaban a distinguirse las pétreas cumbres del Rif y poco después la blanca Melilla con el monte Gurugú al fondo.










viernes, 10 de noviembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I LA GUERRA CHICA-Revelación


REVELACIÓN

Amaneció el domingo y tras el desayuno Jorge se aseó para ir a Misa. No es que fuera muy creyente pero habitualmente iba a misa para complacer a los demás. En el pueblo por su madre y por don Ángel, párroco de la localidad y su benefactor. Desde que estaba en Madrid, lo hacía por complacer a su casera Doña Virtudes que era muy beata.

Tras la misa, Jorge se despidió en la puerta de la colegiata de San Isidoro de doña Virtudes y de Juanita. Ambas mujeres quedaron un tanto contrariadas porque el periodista no las acompañó a tomar una clara con limón en una taberna cercana y es que Jorge estaba como loco por saber de Margarita y tras la misa, presuroso enfiló sus pasos hacia el parque del Retiro.

En el paseo de coches del renombrado parque madrileño, los domingos a la salida de misa se solía dar cita lo más granado de la alta sociedad de la villa y corte. Aquella mañana paseaban entre los añosos árboles del parque, la mismísima reina regente y el heredero al trono, el futuro Alfonso XIII. Vistos sin sus ostentosos ropajes aquellos personajes, serían unos seres humanos de lo más anodinos. Ambos flacos, de aspecto vulgar y con una notable expresión de miseria intelectual en el rostro, pero eso sí, ambos regios personajes rodeados por un enjambre de sirvientes y aduladores.

En estas reflexiones andaba Jorge, cuando vio el carruaje del marqués de Fuensalida aparcado. Sin duda sus propietarios estaban por allí de paseo tras la salida de misa. A unos cientos de metros divisó a Don Emiliano y Margarita seguidos por Carlos Bayón, Nuria y otros criados de la casa, paseando y saludando a los distinguidos viandantes. Nuria la doncella vio a Jorge e intercambió con este un leve gesto de inteligencia. El mensaje estaba en el hueco del árbol acordado. Margarita le citaba a las cinco de esa misma tarde en el sitio acostumbrado.

Jorge regresó a la casa de doña Virtudes y degustó el cocido “plato estrella” entre los reproches del ama por no haber querido tomar con ella y juanita el aperitivo a la salida de misa. La verdad es que Jorge cada día se planteaba un poco más abandonar la casa de la calle del Almendro por un sitio donde tuviera más intimidad para sus asuntos y no fuese observado como una gallina por aquel par de raposas madre e hija. Solamente le disuadían de su propósito: su escasa renta y la amistad del viejo Don Marcelino.

La espera hasta la hora de la cita pasó perezosa en la habitación del periodista. Las campanas de la Colegiata de San Isidoro dieron las cuatro y Jorge se preparó para salir. La tarde estaba bochornosa y al igual que la anterior, amenazaba tormenta, una de esas tormentas que en Madrid marcan de forma bastante abrupta el final de verano, para dar paso al más fresco y húmedo otoño.

Jorge siguió las calles vacías hasta el sitio donde habitualmente se veía la pareja. Era una pensión tras el convento de las Descalzas que alquilaba habitaciones por horas , un sitio algo oculto, al abrigo de miradas indiscretas. Aunque la pensión era limpia y económica (Siempre pagaba él la habitación pese a que Margarita había insistido en hacerse cargo de aquel gasto dada su desahogada situación económica) verse de aquella manera a Jorge, le parecía un tanto sórdido.

Se quitó el sombrero y la chaqueta y esperó tumbado en la cama la llegada de Margarita. Pasó un rato en el que Jorge casi se quedó dormido por el calor, cuando unos golpes suaves en la puerta de la habitación le sacaron de su sopor. Abrió la puerta y allí estaba: la bella, la inalcanzable Margarita Marlasca.

El periodista no era un hombre mal parecido, pero tanto su modesto origen, como su aspecto, no le hacían destacar sobre el resto de varones. Jorge había conocido a Margarita haciendo crónica social para el Informador. Su estatus de periodista le daba acceso a personajes importantes, que de otra manera resultarían inalcanzables. En la mirada de Margarita, tras su imponente aspecto externo, él había visto ruego y mucho desvalimiento.  Jorge supo leer entre líneas quien era en verdad aquella gran dama. Luego, la ocasión propició el encuentro y ambos se lanzaron a aquella aventura amorosa con la valentía del que conoce los secretos anhelos de un alma gemela. En cualquier caso ninguno de los dos era tan ingenuo como para saber que ambos eran de mundos muy diferentes y también sabían ambos, lo fatal que podía resultar que les descubrieran dado quien era el engañado en aquel triángulo.

 Margarita depositó un beso en los labios de Jorge y entró envuelta en un frufrú de seda y perfume sutil. Sin palabras ambos se abrazaron y comenzaron a desnudarse besando lo que las manos premiosas dejaban al descubierto. Luego sin prisa, pero con un punto de desesperación apasionada, hicieron el amor sobre la  cama aún sin deshacer. Tras acabar, los dos se quedaron en silencio. Por la ventana una ráfaga súbita de viento agitó los leves visillos dejando ver un cielo que poco a poco se tornaba gris verdoso. Un trueno lejano sacó a los amantes de su ensimismamiento.

-Tengo que contarte algo muy importante- Dijo Margarita reclamando la atención de Jorge.

-He tenido un par de faltas-

Al principio Jorge no sabía de qué le estaban hablando. Luego, súbitamente cayó en la cuenta. Su primer sentimiento fue de genuina alegría, para un instante más tarde valorar el alcance de las palabras de su amada. Ambos vivían en el convencimiento de que sus relaciones sexuales no iban a producir ningún fruto. Antes de que se conocieran, Margarita llevaba años casada y su marido en los periodos que estaban juntos, visitaba con frecuencia su dormitorio. Las relaciones con el marqués carecían en absoluto de la ternura y la sensualidad de las que mantenía con Jorge. Eran más bien como un tributo que el que se consideraba su amo y señor reclamaba, sin posible negación al respecto por parte de la mujer.

-¿Y qué has pensado hacer?- Preguntó el periodista de una forma refleja, mientras que mil pensamientos y posibilidades bullían a la vez en su cerebro

-¡Pienso tenerlo!- Afirmó Margarita con decisión.

Jorge no dijo nada y quedó a la espera de que su amada, que sin duda había tenido ocasión de pensar largo y tendido al respecto de la nueva situación, dijera algo.

-No sé cuánto tiempo podremos estar juntos y el hijo que llevo en mis entrañas es lo único que siempre me va a quedar de tí…

 No te engañes Jorge. Sólo soy una mujer y como tal le debo obediencia a mí marido y no sé si mañana seguiré en Madrid, me tendré que ir con él a Córdoba, a cualquier otro lugar o incluso al extranjero.-

-Pero tu marido no es tonto… más pronto que tarde echará cuentas y estas no van a cuadrarle…-

¡Vámonos juntos! Podemos ir a Sudamérica. Podemos empezar una vida nueva... tú y yo y nuestro hijo...-

Margarita con una sonrisa en los labios y tristeza en sus ojos negaba con la cabeza ante los lastimeros ruegos de su amado.

-…Margarita mi amor, dos y dos siempre son cuatro… No le van a salir las cuentas.- Insistió el periodista.

-A Emiliano déjamelo a mí. Es mejor que no nos veamos en un tiempo. Carlos Bayón es un auténtico perro guardián, los ojos y los oídos de mi marido ¡No se le escapa nada! Vete a tu misión en Melilla. Lábrate un futuro como periodista y el tiempo dirá que es de nosotros dos.-

Margarita se vistió en silencio, con la pena infinita de quien sabe que está causando un enorme daño a alguien que ama. Tras besar a Jorge, la dama abandonó presurosa la habitación rumbo al carruaje que debía conducirla de nuevo a su palacio frío, a su mundo... al mundo real, tras el breve paréntesis de su encuentro clandestino entre aquellas cuatro paredes desnudas que para los dos amantes eran lo más parecido a un paraíso en la tierra al que podían aspirar a alcanzar.

Tras la partida de su amada, Jorge se quedó en la habitación fumando y escuchando la tormenta que se acercaba a la villa y corte, el resto de la tarde.

Al día siguiente, Jorge Villafranca se levantó más tarde que de costumbre. Se había dormido casi de madrugada. Se aseó y vistió en su habitación de la casa de huéspedes y salió en ayunas a la calle. Los vendedores del cercano mercado de San Miguel pregonaban a voces sus mercaderías recién llegadas desde lejanos lugares. Enfiló sus pasos hacia la redacción del informador. Aquella mañana le iba a comunicar su decisión a Don Emiliano y de paso le iba a pedir unos días libres para visitar a su madre en el pueblo.


El director le recibió con su sempiterno cigarro puro en la boca. Escuchó entre gruñidos indescifrables para alguien como Jorge que aún llevaba poco en el periódico.

-ESTÁ BIEN POLLO. TOMESÉ LIBRE ESTA SEMANA Y VAYA AL PUEBLO. NO SE OLVIDE DE DARLE RECUERDOS AL PADRE ÁNGEL. PERO LE QUIERO EL LUNES COGIENDO EL TREN DE LAS OCHO A SEVILLA SIN FALTA- Gruñendo como los usos locales del Informador dictaban, el director abrió un cajón de su escritorio del que sacó un pequeño revolver, una caja de munición y cien pesetas que entregó a un sorprendido Jorge Villafranca. Tras darle algunos consejos prácticos sobre el viaje y el trabajo a realizar, el director Acuña llamó a su secretaria con el fin de despachar las cartas pertinentes. Ambos hombres se despidieron con un gruñido y un apretón de manos. El lunes saldría en el tren correo a Sevilla. Allí se vería con Martínez que le entregaría el expediente de Malasangre y los billetes para su traslado de Sevilla a Málaga en coche de caballos y su embarque desde Málaga a Melilla.

De vuelta a casa de Doña Virtudes, Jorge paró en el mercado de San Miguel donde compró algo de comida para el viaje a su pueblo. Luego fue a la puerta de Toledo a sacar un pasaje para la posta a la ciudad del Tajo. El resto del día lo pasó en otras pequeñas compras sin pensar en su encuentro con Margarita de la tarde anterior.

Con el canto de los gallos Jorge se levantó de la cama. Cogió la maleta de cartón que tenía hecha desde la víspera y por unas calles que comenzaban a cobrar vida se dirigió a la Puerta de Toledo.

Ya fuera de la villa, dentro de la atestada diligencia, Jorge sacó un bocadillo que no pudo dejar de compartir con un niño de rostro cerúleo al que sus familiares mandaban con unos parientes a un pueblo cercano al suyo, según dedujo el periodista el motivo de la partida del chaval era que sus padres no podían mantenerle.

Pasado el mediodía llegaron a su pueblo. La casa familiar se encontraba un poco retirada de la plaza donde le dejó la posta, allí se dirigió Jorge por las polvorientas calles vacías. Su viejo perro Rufo le recibió junto al portón de entrada al corral moviendo el rabo. Entró en la cocina y se encontró cara a cara con el padre Ángel. El cura estaba sentado a la mesa en mangas de camisa frente a un vaso de vino. Al verle así cualquiera podría pensar que aquel cura de pueblo era el amo de la casa. Ese mismo pensamiento paso por la mente del Joven que sólo  unos años atrás había visto cientos de veces a su padre en aquel mismo lugar y actitud. Al fin y al cabo, su madre era una viuda y sabía que el sacerdote atendía a las necesidades materiales de su progenitora y también le había dado una carta de presentación para Mariano Acuña que le había facilitado la obtención de su actual trabajo.

Una vez recobrados de su sorpresa inicial, ambos hombres se abrazaron afectuosamente.

-¡MARÍA MARÍA, MIRA QUIEN TENEMOS AQUÍ!-

La madre de Jorge acudió presurosa al oír las voces de Don Ángel y al ver a su hijo en el centro de la cocina no pudo reprimir las lágrimas. El sacerdote se puso la sotana y el sombrero y dejo solos a madre e hijo no sin antes prometerle al periodista que estaría allí para la cena.

Jorge Villafranca puso al día a su madre de su próximo viaje por cuenta del Informador. María Casares se sentía  orgullosa de su único hijo. Periodista en la capital y ahora viajando nada menos que a “otro continente”. Jorge explicó a su madre que la travesía duraba menos de dos días, pero a ella todo aquello le parecía una enormidad que pese al orgullo, a la vez le hacía padecer por el peligro que iba a correr su tesoro más preciado.

María Casares mató un pollo para la cena y estuvo cocinándolo toda la tarde. A las ocho llegó don Ángel con una botella de buen vino que guardaba para una ocasión especial. El sacerdote, que era hombre de mundo y en su juventud había viajado mucho, dio algunos buenos consejos al periodista y tranquilizó a la madre sobre los posibles riesgos del viaje minimizados “con los grandes avances de los medios de transporte actuales”

La estancia en el pueblo pasó ligera y llegó el día de la partida. Don Ángel y Doña María, acompañaron a Jorge a la posta, ésta le entregó a su hijo una cesta con viandas, que el periodista le agradeció con un largo abrazo. Luego, estrechó la mano del sacerdote y se despidió sin fecha de retorno prevista del pueblo que le vio nacer.

El sábado por la tarde, sin nada que hacer ya que tenía todo lo necesario para el viaje que iba a emprender el lunes preparado. Dejó pagados dos meses de la habitación por adelantado y le entregó la llave a don Marcelino para que dispusiera de la misma a su discreción, luego, el anciano sabio y el joven periodista se marcharon a la calle con la intención de celebrar la inminente partida de este último.

Tras una ronda por los principales cafés literarios, Jorge Villafranca invitó a don Marcelino a cenar en Lardy. Contaba con la generosa cantidad entregada por el periódico para sus gastos de viaje, y con la cesta que le había dado su madre en el pueblo, bien se  podía apañar hasta Sevilla. Así, gustoso obsequió a su amigo una cena opípara en agradecimiento por los libros “imprescindibles” que este le había entregado para su viaje. Luego se vieron con Vicentín Lleó y la trouppe del Eslava, rematando la velada en Casa la Flaca abajo en la vega del Manzanares.

Jorge pasó el domingo en su habitación. Ni siquiera fue a misa pese a los reproches de doña Virtudes. Tampoco salió para comer, solamente lo hizo a la hora de cenar y más que nada por petición de don Marcelino, con el que tras la inconsistente cena, compartió pitillo y charla a la fresca hasta la hora de acostarse.

viernes, 3 de noviembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES-Libro I-LA GUERRA CHICA-La Propuesta


LIBRO I

LA GUERRA CHICA.



LA PROPUESTA

Madrid septiembre de 1893



-¿Ya te vas? ¿No puedes quedarte conmigo el resto de la tarde?

De esta manera, estirándose entre las sábanas aún calientes, se dirigió Jorge Villafranca a la mujer que se subía las medias, sentada en el borde de la cama.

-No mi amor, ya sabes que es imposible…

 Margarita Marlasca era una mujer de gran belleza, belleza cálida en esos momentos de “deshabillé”  y una beldad fría, loada a la vez que envidiada en los principales salones de aquel Madrid de finales del siglo XIX.

-Ya sabes tú que nada me gustaría más que quedarme contigo pero Emiliano vuelve de Córdoba esta misma noche y tengo que estar en casa para recibirle. Ayúdame a abrocharme el corpiño-

Margarita era la mujer de D. Emiliano Fuensalida, diputado a cortes por la provincia de Córdoba y una de las mayores fortunas de aquella España de la regencia. Una fortuna que según se decía en los mentideros de la villa y corte tenía como origen el contrabando de armas y el tráfico de personas hacia Cuba, la isla donde aquel dudoso prócer había residido en su juventud.

Jorge Villafranca aún no había cumplido los veinticinco años. Procedente de un pueblo de la provincia de Toledo distante unas cuatro leguas de la ciudad imperial, había estudiado periodismo en la capital gracias a una beca concedida por los jesuitas. Se había mantenido con lo poco que le enviaba su familia y tomando trabajos tan variopintos como: escritor de cartas en un pequeño puesto del rastro o llevando los libros de cuentas de varios negocios de mala muerte, hasta que gracias a la recomendación del cura de su pueblo había entrado a trabajar como meritorio en el Informador, uno de los principales periódicos de Madrid y por extensión de todo el país. Con tesón había conseguido el puesto de reportero con un sueldo fijo de diez pesetas a la semana más incentivos por cada artículo que escribiera. Desde luego no podía decirse que ganara una fortuna, pero al menos le llegaba para 3 comidas al día y una habitación en una casa de huéspedes de la recoleta calle del Almendro, un sitio tranquilo situado entre la Cava Alta y la Cava Baja, donde podía escribir y estaba cerca de casi todo.

¿Hacia dónde le conducía aquella relación con una mujer mayor que él y además casada? Sólo sabía que por primera vez en su vida, estaba profunda y definitivamente enamorado de Margarita Marlasca. Un cálido beso le saco de su ensimismamiento.

-¡Adiós mi amor! El coche me está esperando en la esquina. Te mandaré un billete con mi doncella la próxima vez que pueda escaparme ¡Te quiero!-

Dejando un leve aleteo de faldas y un sutil perfume, Margarita Marlasca abandonó la habitación del meublé donde habitualmente se veían. Jorge Villafranca se quedó un momento en blanco,  se levantó y vertió agua en una palangana, se aseó y luego se vistió despacio y salió a la calle.

Caminó hasta las huertas del río y siguió el menguado cauce hasta el puente de Santa María de la Cabeza. Por la carretera de Toledo, una hilera de carretas se dirigía al mercado para abastecer al día siguiente a la villa y corte. Las campanas de una lejana iglesia señalaron las seis de la tarde. A las siete había quedado con su jefe D. Mariano Acuña en la redacción del Informador y antes tenía que pasar por casa a recoger el manuscrito de su último artículo. Apuró el paso y enseguida se plantó en la puerta de Toledo. Ya en la calle del Almendro, subió las escaleras de dos en dos hasta su cuarto. Por el camino se cruzó con Doña Virtudes y su hija Juanita, una moza descarada de unos dieciséis años que frecuentemente se hacía la encontradiza con Jorge por cualquier rincón de la casa. Doña Virtudes informó a su huésped que se dirigía a escuchar misa a la cercana Colegiata de San Isidoro y que como todos los días se cenaba a las ocho, potaje de vigilia como era preceptivo los viernes por la noche. En realidad el potaje de Doña Virtudes eran unos pocos garbanzos apolillados huérfanos de bacalao, con algo de verdura mustia, un huevo duro troceadito muy fino para la cazuela de la que tenían que comer todos los huéspedes y finalmente unos barquitos de pan frito que navegaban tristes en aquel mar de desolación. Sin muchas ganas de volver para la cena, Jorge se dirigió a su cuarto, cogió los papeles y salió en dirección a la redacción del periódico.

El Informador tenía sus oficinas en la calle del Barquillo, en un edificio nuevo construido sobre el solar que antiguamente ocupaba un pequeño convento expropiado durante la desamortización de Mendizábal. Jorge repartió algunos saludos que fueron contestados con gruñidos más o menos entusiastas desde las mesas junto a las que pasaba el reportero. De un despacho que había al fondo del tercer piso salía soltando todo tipo de improperios a voz en grito, un individuo mugriento en mangas de camisa. Jorge dio las buenas tardes desde la puerta y entró en el despacho. Tras una mesa atestada de papeles, un señor moreno con exuberantes bigotes y patillas echaba humo como la locomotora de un tren desde el largo cigarro puro que fumaba.

-PASE PASE  VILLAFRANCA. NO SE QUEDE EN LA PUERTA COMO UN PASMAROTE- Dijo D. Mariano Acuña a grandes voces.

Los españoles somos un pueblo propenso a hablar alto, pero la comunicación entre personas en las oficinas del Informador casi exclusivamente se producía a voces o mediante una extensa gama de gruñidos que iban desde los placenteros o de aprobación, a los de ira o lamento.

-D.  Mariano: Buenas tardes. Le traigo el artículo que me encargó sobre la cuestación benéfica en el palacio del duque de Alcañices.-

Lo que Jorge Villafranca no estaba contando a su jefe, es que la información para escribir ese artículo la había obtenido de su amante Margarita Marlasca en la habitación donde habitualmente se veían.

El director leyó el artículo emitiendo una serie de gruñidos indescifrables, al menos para el reportero que llevaba poco tiempo trabajando en el periódico. Luego en su tono de voz habitual dijo:

BUENO POLLO, EL TEMA TAMPOCO DABA PARA MUCHO MÁS. POR CIERTO… MAGNIFICOS APUNTES SOBRE EL VESTUARIO DE LAS DAMAS. PARECE COMO SI HUBIERA PRESENCIADO EL EVENTO EN PERSONA.

-Bueno… gracias.  Obtuve la información del servicio- Dijo Jorge con una beatífica sonrisa de farsante.

-GRRRRR- Gruñó Mariano Acuña clavando una mirada incisiva en el rostro de Jorge Villafranca

Con muy buen criterio Jorge decidió dejar de dar una información que nadie le había pedido, concluyendo que el silencio es mejor aliado de la discreción que la mentira.

-ESTÁ USTED AUN UN POCO VERDE, PERO ME GUSTA SU ESTILO: CERTERO, CONCISO, AUNQUE PARA NADA CARENTE DE ELEGANCIA. CREO QUE HA LLEGADO LA HORA DE ENCOMENDARLE ALGÚN ASUNTO DE MÁS ENJUNDIA ¿QUÉ TAL SI SE LO CUENTO MIENTRAS CENAMOS ALGO?-

Jorge estaba encantado. El director Acuña no era hombre que se prodigara habitualmente en halagos con nadie y además la perspectiva de evitarse el potaje de Doña Virtudes le sonaba a música celestial.

Don Mariano mediante algunas voces y gruñidos ininteligibles hizo que le trajeran su sombrero y su bastón y ambos hombres se dirigieron a la calle. Una vez allí, el director Acuña adoptó un tono quedo, casi confidencial. Se dirigieron a una taberna cercana a la Puerta del Sol, Casa Labra un establecimiento que había adquirido merecida fama por su bacalao rebozado y que unos años atrás había sido testigo del nacimiento de un nuevo partido político, el Partido Socialista Obrero Español, del que según se comentaba en los mentideros de la villa y corte, iba a dar mucho que hablar en los años venideros.

-Por cierto, D Mariano ¿Por qué estaba Luis Peláez el tipógrafo tan enfadado con usted?-

-Parece ser que esta noche, Pablo Iglesias da una conferencia en las oficinas de el Socialista y claro… el bueno de Peláez como tipógrafo (Pablo Iglesias el fundador del PSOE había sido tipógrafo) y como afiliado al partido, quiere asistir e insiste en que las planchas para la impresión las puede preparar Gómez, pero Gómez es un borrachín poco fiable y yo como director de un periódico serio, de un negocio al fin y al cabo, no puedo jugármela.-

Jorge conocía a ambos tipógrafos y ambos eran unos borrachos impenitentes, pero a pesar de eso, también ambos eran unos buenos profesionales que cumplían a diario con su trabajo en la sección de imprenta del periódico. Tampoco existía una animadversión personal entre el director y el tipógrafo, pero como Mariano Acuña le confesó en el transcurso de la  cena a Jorge, era de dominio público que todos los actos relacionados con el Partido Socialista eran vigilados por agentes del ministerio de gobernación. No en vano los seguidores de Pablo Iglesias, aunque eran un partido legal según las leyes de libertad de partidos que había aprobado el gobierno Sagasta, no habían renunciado a acceder al poder mediante una revolución proletaria.

-El asunto es el siguiente- Dijo el director del Informador –Nuestra sección de historias por entregas está de capa caída. Hace poco le he comunicado mis inquietudes al respecto a Pepito Martínez, nuestro colaborador en Andalucía y me ha dado una idea cojonuda: ¡Una historia de bandoleros!-

Si había un tema manido desde los inicios de la prensa española, ese era el bandolerismo. Aún a las puertas del siglo XX, era una plaga endémica del campo español y creaba serios problemas en zonas remotas y depauperadas. A pesar de lo avanzado de la centuria, los factores que generaban este fenómeno seguían aún muy presentes. ¿Cómo podía vivir una familia jornalera ganando sus miembros adultos menos de una peseta al día? ¡Y eso en época de cosecha!  Si a esto le añadimos un estado de guerra civil siempre latente durante todo el siglo XIX, tenemos un caldo de cultivo perfecto para que muchos de estos desalmados y/o desesperados, campasen a sus anchas por montes y campiñas con el miedo o la aquiescencia de una población que sentía los mismos problemas.

-Ya se lo que está pensando pollo: “otra novela por entregas de bandoleros” como si no se hubieran escrito ya bastantes… pero en este caso la historia es realmente buena- El director se repanchingó en la silla, dio una larga calada a su cigarro puro y comenzó a referir su relato.

 -Cuando acabó la Tercera Guerra Carlista en febrero del setenta y seis, el país aún estaba lejos de pacificarse. En la zona de los Montes de Toledo fue muy activa una partida conocida como la de los Juanotes, formada antiguos delincuentes comunes a los que el carlismo había prometido reinsertar en la sociedad a cambio de luchar por su causa. El resultado de la guerra ya sabemos cuál fue. A los oficiales carlistas se les ofreció incorporarse al ejército regular con su rango, pero el resto de la partida volvía al estatus anterior a la guerra. Volvían a ser proscritos, ahora con formación militar, buenas armas y buenos caballos, así que los Juanotes siguieron haciendo lo único que sabían hacer.

La partida operó después de la guerra un par de años en los Montes con bastante éxito,  hasta que decidieron ampliar su teatro de operaciones. Unidos a otros bandoleros de la zona de Sierra Morena planearon un gran golpe, asaltar en Venta de Cárdenas un tren correo que llevaba fondos a Sevilla para pagar la nómina de los funcionarios de la provincia ¡Cincuenta mil pesetas nada menos! El caso es que alguien dio el chivatazo a la guardia civil y les estaban esperando. Fue un auténtico baño de sangre. Casi todos los bandoleros perecieron en aquella acción y los que no lo hicieron fueron capturados más tarde y ahorcados en la cárcel. Solamente escaparon el Juanote y Jacinto Montaleza, conocido como “el Mala Sangre” Los dos supervivientes lograron huir con el tesoro, un tesoro que hasta la fecha no se ha conseguido recuperar-

-¿Cómo  detuvieron a Juanote y a Mala Sangre?- Dijo Jorge cada vez más picado por la historia.

-Ambos bandidos se establecieron en Lisboa donde se dedicaron a comerciar en vinos, con bastante éxito al parecer, pero el Juanote, a pesar de lo bandido, era un individuo familiar y mantuvo correspondencia frecuente con sus parientes a los cuales tenían vigilados. Los gendarmes portugueses los detuvieron y el gobierno pidió la extradición de los dos criminales; Portugal la concedió, pero con la condición de que no fuesen ejecutados. Juanote murió hace años en un presidio del Norte de África, pero Mala Sangre sigue vivo, preso en Melilla y al parecer quiere contar su versión de los hechos.-

El relato de Don Mariano había conseguido excitar la ya de por si excitable imaginación del joven reportero. Según le informó el director, había que viajar primero a Sevilla para entrevistarse con Martínez y poder consultar el expediente de Jacinto Montaleza, alias Mala Sangre y luego viajar hasta la ciudad norteafricana para entrevistar en persona al bandolero. El trabajo estaba muy bien pagado y daba a Jorge la oportunidad de emprender un viaje, algo muy poco frecuente en aquella época. Solamente había una pega: No vería a Margarita en al menos dos meses.

Jorge Villafranca pidió un par de días para contestar a su jefe y luego le acompañó hasta la Puerta del Sol donde el director cogió un coche de punto para volver a su residencia en el barrio de Salamanca.

A mediados de Septiembre el tiempo había refrescado un poco y era un auténtico placer pasear por las calles a esas horas de la noche. Subió un tramo por la calle del Arenal. En el teatro Eslava, la gente salía de ver la representación de la última zarzuela de Vicente Lleó, un excelente músico valenciano, un cachondo mental y muy amigo de Jorge. Recientemente, Lleó había asumido la gerencia del Eslava. En este caso “asumir la gerencia” era gestionar los egos de una panda de bohemios impenitentes y andar en el filo de la navaja entre el sablazo y el éxito económico. Además, Vicente Lleó había intentado crear un periódico en el que Jorge  escribió varios artículos sin ver un solo real.  Lejos de estar resentido, Jorge  sentía una franca simpatía y una confianza ilimitada en el talento del polifacético valenciano, algo que en lo que el futuro le daría la razón.

Se saludaron afectuosamente. Jorge se juntó a la alegre comitiva que habitualmente acompañaba al empresario. Varios artistas de la compañía de zarzuela, algún que otro señorito calavera y algunas fulanas de poco lustre. Rosario Yanguas, “la Bella Charito” vicetiple de la compañía, comunicó a los presentes que en un rato actuaba en un café cantante cerca de la  calle de Segovia El susodicho café cantante, en realidad era un local de tapadillo montado en un viejo galpón de la vega del Manzanares.  Allí  acudían aristócratas, políticos, jaques y suripantas de todo pelaje. El garito en cuestión se llamaba Café Versalles, un nombre grandilocuente que casi nadie usaba. La gente del Foro conocía aquel local por “la Casa de la Flaca” en honor a su propietaria, una daifa talluda pero aún de buen ver, que afirmaba haber sido en sus tiempos “el verdadero amor del emperador Napoleón III”

El grupo ocupó una mesa al fondo del local. El tinto de Navalcarnero se dejaba beber bien y el clarete de Colmenar de Oreja tampoco entraba mal. La noche se fue calentando. La Bella Charito salió al escenario cubierta tan solo por un mantón de Manila junto con un individuo cojo con cara de hambre atrasada que se sentó al piano. La vicetiple interpretó varios cuplés picantes y otros satíricos en los que se ridiculizaba el comportamiento de conocidos políticos y personajes públicos, principalmente del sector más conservador de la sociedad española. Musicalmente el espectáculo era bastante bueno, no en vano los arreglos musicales eran en su mayoría de Vicente Lleó. La Bella Charito era una cantante excelente y el pianista un auténtico virtuoso, pese al patetismo de su aspecto, sin embargo el público asistente al local estaba más atento a las generosas redondeces de la Charito que a la calidad musical de la actuación. Un par de individuos de mala catadura vigilaban con garrotes junto al tabladillo para que nadie se propasase con los artistas, y a la más mínima no dudaban en sacar a palos a la calle a cualquiera que infringiese las normas ¡Casa la Flaca era un establecimiento respetable!

Tras la cena con su jefe y las frascas vaciadas por el grupo en casa a Flaca, Jorge Villafranca algo achispado, sintió ganas de orinar necesidad en la que fue secundado por el compositor valenciano que afirmaba poeta que “picha española no mea sola”

Al tiempo que salían los dos amigos a la calle un par de carruajes elegantes paraban en la entrada del local. Jorge y Vicente se quedaron cerca para ver quien salía de aquellos magníficos vehículos. Cuatro varones tocados con brillantes sombreros de copa descendieron de los mismos acompañados de otras tantas bellas señoritas. Entre los encopetados caballeros, Jorge Villafranca pudo distinguir: al joven Conde de Romanones, otro par de conocidos diputados a cortes y nada menos que al marido de su amante, D. Emiliano Fuensalida. Por supuesto, las mujeres que les acompañaban no eran sus legítimas, si no las queridas de turno de aquellos plutócratas.

-¡Joder Jorgito! Acaba de entrar en el tugurio más de la mitad del dinero del reino- Dijo Lleó tan asombrado como su amigo por lo que acababan de presenciar.

Acabaron lo que habían salido a hacer, pero  Jorge no tenía cuerpo para seguir de francachela con la presencia en la Flaca de su rival entre los brazos de Margarita.

-Bueno Vicente, yo me voy a ir que estoy un poco mareado y mañana tengo trabajo- dijo Jorge de manera poco creíble, sin dejarse convencer por las buenas razones aducidas por su amigo  sobre que “venía la parte más tronchante de la actuación y que no se podía perder la cara de esos potentados cuando oyeran las letras de los cuplés”.

Se despidieron con un abrazo y Jorge se dirigió con un ligero tambaleo hacia las luces de gas cercanas al Palacio de Oriente desoyendo los requerimientos de un grupo de ajadas putas que trataban de ganarse unas perras en cualquier rincón oscuro.

A la mañana siguiente, Jorge Villafranca tenía una resaca de espanto.  Tomo un vaso de agua y se aseó para bajar a desayunar.

En aquella casa de huéspedes el café era un artículo desconocido. En su lugar se servía malta con achicoria y por todo acompañamiento: un mendrugo de pan duro con aceite de oliva escanciado con tacañería hebraica. El periodista consumió circunspecto su magro tentempié y se retiró a la habitación a despachar unas cartas y a acabar una reseña de tres reales sobre una reyerta tabernaria en Lavapiés. No había tomado aun  una decisión sobre el viaje a Melilla, pero la verdad es que su jefe había conseguido encandilarle con la historia. En cualquier caso, antes de darle el sí a Don Mariano quería hablar del tema con su amada Margarita.

Escribió cartas para su madre y Don Felipe, cura párroco de su pueblo y su antiguo valedor sin comentarles la posibilidad del viaje. Si finalmente se decidía, quería contárselo en persona. Luego acabó el artículo. También escribió un billete con intención de entregárselo a Nuria, la doncella de Margarita Marlasca.

Salió a la calle y se caló el sombrero. El sol de septiembre picaba con Intensidad esa mañana haciendo crecer altas nubes hacia el Monte del Pardo. Primero encaminó sus pasos hacia la calle del Barquillo a dejar el artículo en el periódico y luego tenía pensado dejarse caer por el Paseo de Recoletos para entregarle la nota a la doncella.

A su llegada al Informador emitió y recibió los gruñidos de rigor a modo de salutación mientras se dirigía al despacho del director.

-Buenos días  Don Mariano ¿Da usted su permiso?-

-ADELANTE ADELANTE VILLAFRANCA, A VER QUE NOS HA TRAIDO USTED…-

Jorge extendió el manuscrito a su director y dio un paso atrás. Mariano Acuña se caló unas gruesas gafas de concha y procedió a la lectura del artículo.

-UUUHM, GRRRRR, UUM, UHM,  GRR, GRUHMMM…

-NO ESTÁ MAL POLLO, PERO HAY QUE DARLE OTRA VUELTECITA… LAS LESIONES DE LOS ALBAÑILES DE LA PELEA DAN PARA ALGO MÁS…-

Jorge no estaba para muchos ruidos. Gruñó quedamente con fastidio y como no tenía mesa en el periódico se hizo hueco en una repleta de papeles y reescribió el artículo. Después se lo entregó a su jefe que gruñó con poco convencimiento mientras lo leía. En estas estaba el bigotudo director, cuando entró en su despacho el tipógrafo gruñendo y soltando improperios sobre la “BASURA DE LETRA” de un manuscrito que blandía a modo de arma arrojadiza. Algunos periódicos contaban con  máquinas de escribir mecánicas para todos los redactores, pero D. Mariano era de la vieja escuela, al menos eso decía él. La opinión generalizada en el periódico, era que no compraba aquellos caros ingenios por pura tacañería. Con Jorge no existía ese problema, ya que tenía una caligrafía elegante y esmerada.

El bigotudo director se enzarzó con el subalterno en un duelo de gruñidos e improperios. Jorge Villafranca aprovechó la situación para darse el piro. Salió a la calle y el ambiente era bochornoso. El sol picaba de lo lindo y en la lejana sierra se levantaban densas y amenazadoras nubes de tormenta. Buscó la sombra y se dirigió al paseo de  Recoletos con intención de darle el billete que había escrito a la doncella de Margarita.

En el palacete del marqués de Fuensalida (El difunto rey Alfonso XII había otorgado numerosos títulos de nobleza a gente cuyo principal mérito era haberle apoyado con grandes sumas de dinero, sin indagar demasiado en el origen de las mismas) Jorge era conocido entre el servicio como pretendiente de Nuria, la doncella personal de Margarita Marlasca. Nuria era la única además de los dos amantes que estaba en el secreto de aquel amor. La gran amistad entre doncella y señora, hacía que la primera se prestase a aquella farsa. El reportero llamó a la puerta de servicio y pidió ver un instante a Nuria la doncella “si podía ser” le atendió la cocinera, una mujer mayor de carácter romántico que avisó a la doncella no sin antes advertirle de la presencia en la casa de Carlos Bayón, el mulato asistente personal del marqués. Bayón, según sabía Jorge, era un tipo peligroso y las malas lenguas le atribuían una relación mucho más cercana a Don Emiliano que la de un mero asistente. Se decía que era el hijo que el antaño esclavista había tenido con una mulata de su propiedad. En cualquier caso, las visitas de Jorge al palacio siempre eran breves. La entrevista duró unos instantes, siempre ante la presencia de la cocinera que actuaba como una moderna Celestina, vigilando a la vez la moralidad de los supuestos enamorados y que no apareciese de improviso el asistente del marqués. Al despedirse, Jorge Villafranca deslizó el billete en la mano de Nuria y se despidió con un gesto de la cocinera que soñadora se imaginaba a si misma estrechada entre los brazos de un galán joven y fuerte.

La comida ese día en la casa de huéspedes consistía en un estofado huérfano de carne. Unos pocos huesos pelados ponían en la superficie del guiso la ilusión irisada de algo más alimenticio que aquel aguachirle. Jorge echo unos mendrugos de pan duros como adoquines y cuando se ablandaron los partió con la cuchara y  los comió con resignación monástica.

Los huéspedes de la casa de Doña Virtudes eran todos gente modesta: Albañiles de paso en la ciudad construyendo palacios y casas para la burguesía en Argüelles o el barrio de Salamanca, estudiantes pobres, algún ocasional viajante de comercio y Don Marcelino, un viejo maestro de escuela viudo que ocupaba un cuarto sin ventilación atestado de libros.  Don Marcelino era un hombre cultísimo y políglota, también era pobre como una rata pero muy celebrado en los ambientes intelectuales de la capital. De su mano jorge había conocido a Valle Inclán, Baroja, Azorín o había asistido a discusiones filosóficas entre el anciano caballero y el mismísimo Don José Ortega y Gasset. Aquel Madrid intelectual del final del siglo XX, era un faro en el oscuro panorama patrio de ignorancia e injusticia.

Dentro de la modesta casa de la calle del Almendro, el periodista era un privilegiado. Tenía una habitación grande con una ventana abierta sobre los rojos tejados del Madrid de los Austrias. También recibía periódicamente algún paquete con viandas enviadas por su madre y traídas a Madrid por algún vecino del pueblo. Jorge compartía estos paquetes con Don Marcelino, al igual que este compartía con el joven su magnífica biblioteca.

Tras la comida, Jorge se retiró a su cuarto a echar la siesta, más por el calor que por una digestión pesada. Cuando despertó  las campanas de San Isidoro competían con los truenos que las negras nubes acercaban desde el Pardo. Se calzó, se puso la chaqueta y el sombrero y  salió en dirección del lugar convenido con Nuria la doncella, para recibir la respuesta de su amada. El sitio en cuestión era una pequeña taberna cercana a la Puerta de Alcalá. El periodista llegó justo cuando empezaba a llover. Nuria la doncella no tuvo tanta suerte y tapada solamente con su chal llegó empapada al cafetín. Jorge caballeroso, invitó a la moza a una taza de chocolate y para si mismo pidió una copita de aguardiente de la que apenas tomó unos sorbos.

En la nota que él había dirigido a Margarita esa mañana le hablaba de la propuesta de Emiliano Acuña para viajar a Melilla y pedía su aprobación para emprender aquel viaje. La respuesta era afirmativa, al fin y al cabo comenzaba el periodo de sesiones parlamentarias y su marido tenía que permanecer en la villa y corte al menos hasta las navidades, por lo que los amantes iban a tener poquísimas oportunidades de verse antes de la partida del marques a sus propiedades en Andalucía. No obstante le rogaba mantener una última cita ya que tenía que comunicarle un asunto de capital importancia para el futuro de su relación.

Jorge intentó sonsacar a la doncella sobre aquel importante asunto,  pero Nuria era una tumba. Escribió una breve nota para su amada y acompañó a la confidente de aquel amor secreto hasta la esquina del paseo de Recoletos. La verdad es que Nuria era una chica muy bonita y ambos jóvenes hacían una buena pareja a los ojos de cualquier observador. Pero el corazón de Jorge Villafranca solamente tenía una dueña. Nuria, siguiendo las instrucciones de su señora, conminó al periodista a que esperase respuesta en forma de billete depositado en el hueco de una gruesa encina del paseo de coches del Retiro, un lugar que la pareja había usado ya antes como buzón de su correspondencia amorosa.

Contento y triste a la vez, contento por la aventura que para un joven como él que solamente había conocido su pueblo y Madrid y triste por la perspectiva de no ver a su amada durante un largo periodo, Jorge emprendió un camino sin rumbo por la ciudad. Había refrescado y los días ya se percibían notablemente más cortos. En la calle Carretas se acercó a las cristaleras iluminadas del café Pombo. En una mesa, junto con otras personas jorge vio a Don Marcelino, su compañero en la casa de huéspedes. En aquel café y en muchos otros había frecuentes tertulias literarias, políticas, filosóficas y de una mezcla de todos los temas siempre aderezados con una buena dosis de cotilleos y maledicencias varias. Jorge, aunque llevaba poco tiempo en Madrid y no era demasiado dado a alternar, asistía por su trabajo como periodista a dichas tertulias con cierta asiduidad escuchando más que comentando. Al fin y al cabo él no era más que un “junta letras” y a algunas de aquellas tertulias acudían grandes sabios y literatos reconocidos internacionalmente.

En la mesa de Don Marcelino había un poco de todo: Profesores, poetas, políticos de partidos nuevos y algún curioso con posibles que pagaba las consumiciones de los tertulianos. En cuanto el viejo profesor vio entrar a Jorge, se levantó de su asiento y lo llamó con gestos ostensibles. Presentó al periodista a todos los asistentes a la tertulia.

El tema a debate en aquel momento era, como no, la farsa del turno de partidos y el caciquismo. A la muerte de Alfonso XII, Cánovas y Sagasta habían acordado en el llamado pacto del Pardo que sus respectivos partidos: el conservador y el liberal, los dos partidos mayoritarios por aquel entonces, se turnarían periódicamente en el poder. Las elecciones, en las que en teoría el voto era libre, el sufragio universal (Aunque sólo masculino o femenino en el caso de que el cabeza de familia fuese una mujer viuda) y cualquier partido legal se podía presentar a las elecciones, tenían un resultado conocido de antemano. Los caciques locales se valían de su red clientelar para dirigir el voto, cuando no amañaban descaradamente los resultados. El caso era que siempre ganaba el partido del turno. Lo mollar del debate político estaba casi más en las corrientes internas de los partidos que en la propia rivalidad entre los dos grandes. En la tertulia: unos estaban conformes con el turnismo, ya que consideraban que la población estaba muy poco formada cultural y políticamente para tomar las riendas del poder y que debía de ser tutelada por unas élites acostumbradas a ello. El otro bando, en el que se encontraban Jorge y Don Marcelino, apostaba por la completa democratización del país a pesar del peligro de que grupos extremistas se hicieran con unas cotas importantes de representación popular.

Al final la cosa fue decayendo. Jorge se despidió del resto de los tertulianos y  Don Marcelino se apresuró a hacer lo propio. El viejo profesor propuso a Jorge tomar un vaso de vino en la taberna de los labradores que estaba junto a una de las entradas de la plaza Mayor. El periodista ya sabía quién iba a ser el pagano de las consumiciones, pero como sentía debilidad por su culto amigo y tenía algunas monedas en el bolsillo accedió a ello. Además se había acabado el tomo de las obras completas de Balzac que Don Marcelino le había dejado y quería pedirle el siguiente.

Pidieron media frasca de tinto de Arganda y el tabernero les puso un plato de gordas aceitunas de Camporreal. La especialidad del local eran los entresijos de cordero, un plato fuerte de casquería, económico pero de gran valor alimenticio, algo que lo convertía en una comida muy popular en Madrid. Se pidieron sendos bocadillos y dieron cuenta de ellos con buen apetito. Luego de camino a la casa de Doña Virtudes. Jorge contó al anciano la propuesta del periódico sobre ir a Melilla a entrevistar al bandolero y a escribir su historia. Para su sorpresa, Don Marcelino conocía la ciudad Norte africana. Había hecho el servicio militar como administrativo al servicio del general Prim durante la guerra del cincuenta y nueve y antes de licenciarse había pasado por Melilla. Al anciano profesor le parecía una aventura maravillosa y algo que Jorge debía vivir para formarse como periodista y como ser humano. Claro que, según creía Jorge, su compañero de pensión desconocía completamente sus circunstancias sentimentales.

Finalmente, ya en la pensión,  el joven periodista y el anciano sabio se retiraron a sus respectivos cuartos, ante la mirada reprobadora de doña virtudes que en blanco camisón velaba como una vieja lechuza candil en mano.

sábado, 17 de septiembre de 2016

EL PRINCIPIO DE ACCIÓN Y REACCIÓN

Hoy ha sido un día un poco raro. A una mañana crispada, le ha seguido una tarde donde el universo me ha devuelto hostia a hostia las que yo en mí irracional actitud le he propinado por la mañana. Ya se sabe que una de las leyes que rigen el universo es el principio de acción y reacción y la reacción del universo a mis acciones teniendo en cuenta que este es algo infinitamente más grande y absoluto que mi persona,  pueden haceros imaginar lo que me han dolido dichas hostias…

Por la tarde: me he hecho daño accidentalmente practicando boxeo, esa loca pasión que, a la vejez viruelas, marca en una medida mayor que lo que la prudencia dicta muchos de mis hábitos de vida de un tiempo a esta parte. Este accidente, nada grave (Un impacto de mi antebrazo contra el codo de mi oponente mientras guanteábamos) impedía que prosiguiera con el entrenamiento con comodidad y he preferido salir a correr un poco. En un olivar cercano al gimnasio, en un camino que va a parar a una vía ciclista por la que corro los días que no estoy muy cansado después de entrenar, había una pareja paseando un perro. El animal, un perdigalgo de mediano tamaño y aspecto vivaracho, respondía al nombre de Bowie igual que el recientemente fallecido gran músico británico muy admirado por mi. El caso es que el perro Bowie, desoyendo los gritos de su ama, sin duda conocedora de su carácter traicionero, ha comenzado a correr a mi lado, gesto que yo he interpretado como que tenía ganas de jugar. En estas andábamos Bowie y yo, cuando ni corto ni perezoso el bicho me ha tirado una tarascada por detrás cuando menos me lo he esperaba. Muy probablemente mi cerebro aún no había abandonado el “modo combate” por lo que he evitado el mordisco con un leve, pero suficiente saltito. Es cosa sabida que los perros son básicamente frontales en sus ataques. Bowie al fallar la primera vez ha intentado recomponer la postura avanzando por delante de mí darse la vuelta y volver a acometer, cosa que yo, muy arteramente he  aprovechado para a la que avanzaba propinarle una contundente patada en los cojones. El can, aleccionado por el correctivo, ha retornado con sus dueños, cuyos improperios me han perseguido durante todo el trayecto por el camino de tierra, hasta que he alcanzado la vía ciclista.

Después de correr un rato, al sonar la alarma de mi móvil me he dado la vuelta. En la entrada del camino de tierra he cogido un par de piedras y me las he metido en los bolsillos, por si la pendencia con la manada humano-canina continuaba. Unos pocos metros más para allá mi puntera, la misma que unos minutos antes había impactado en los testículos del perro Bowie, ha ido a chocar con un canto saliente del camino y he salido trompicado hasta caer. Cojeando y con la rodilla y el amor propio magullados he llegado al gim y me he sumado, con más pena que gloria, a una ronda de abdominales con la que el grupo habitualmente suele acabar las clases.

Les puede parecer que mis desgracias no eran para tanto pero yo andaba con la mosca detrás de la oreja al respecto de mi mala suerte. Otra ley que rige el universo y que inexorablemente se cumple, nos dice que si algo va mal siempre es susceptible de empeorar, por lo que he regresado muy despacito al pueblo; primero a la finca, donde mi burro a pesar de mis temores no me ha hecho pagar algún hambre o alguna sed o algún palo que le hubiera propinado en el pasado y luego más tarde a casa, donde he podido ponerme un poco de hielo y betadine.

Esta noche hay una tremenda luna llena, la más cercana del año al equinoccio de otoño. Las molestias tras el vapuleo de esta tarde y la blanca luz que se filtra a través de las persianas de mi habitación, no me dejan dormir. En esta vigilia un pensamiento vuelve recurrente a mi cabeza.

Hace poco he visto fotos de un antiguo amor de más o menos la época que estuvimos juntos. Era una chica realmente guapa. Menuda pero sin que le faltase nada, con un flequillo recto bajo el que unos ojos pequeños y negros relucían como los de los ratones cuando sorprendidos los ilumina la luz de una bombilla. Hoy es una mujer madura con su familia e hijos y creo que es razonablemente feliz. En aquel corto romance que mantuvimos, yo tenía muy poca experiencia en esos temas y ella aún menos. Fue hace muchos veranos ya. Mi forma de ser por aquel entonces era algo cercano a la barbarie, sin embargo ella era una chica muy modosa y formal. Creo que aquella diferencia fue la causa de nuestra mutua atracción.

Hoy se que una promesa en asuntos sentimentales no es algo baladí, realmente siempre lo he sabido y lo que siento ahora no hace si no confirmármelo y yo a esa persona le prometí algo a cambio de algo que nunca había dado a nadie antes. Creo que fue mediado agosto, cuando aquella chica volvió a Madrid con su familia y yo seguí de vacaciones unos días más. Mis vacaciones de aquella época eran una sucesión de fiestas noche tras noche. En una de aquellas noches tuve un accidente de moto en el que, gracias a mi juventud y a muchísima suerte no me sucedió nada grave, tan solo el golpe y unas cuantas abrasiones ocasionadas por el asfalto. Pocos días más tarde regresé a Madrid, aún no repuesto del todo del percance.

Aunque me tenía que incorporar al trabajo, permanecí un tiempo de baja laboral y en la ciudad me volví a encontrar con ella. Nunca he sido paciente si no más bien algo inclinado a la ira fácil, cosa que voy controlando salvo algunos estallidos puntuales que inapelablemente me pasan factura. Una tarde después de ir al medico a que me practicara una cura, quede con aquella chica. La cosa no funciono demasiado bien, a causa de mi inexperiencia o de las heridas del accidente. Aquel pequeño fiasco dio lugar a una discusión entre nosotros como nunca antes la habíamos tenido. Eche a la chica de mi casa con cajas destempladas y tarde bastante tiempo en volverla a llamar, más de lo que las  circunstancias del aquel enfado sin importancia aconsejaban. En aquella conversación rompimos formalmente, aunque realmente ya lo habíamos hecho el día de la discusión considerando por mi parte que “no éramos personas compatibles”

Ahora que los últimos jirones de la juventud se desprenden inexorablemente de mi piel, uno piensa que le gustaría haber vivido varias vidas para haber podido aprovechar las oportunidades perdidas, pero sólo se tiene una vida y se hace con ella lo que se quiere y/o se puede. Tal vez aquella chica y yo hubiéramos podido tener una historia importante en común, tal vez si o tal vez no… tal vez…

El ordenador desde el que escribo estas líneas y que tiene ya más de 10 años decide unilateralmente apagarse a las dos y pico por una razón que no acabo de entender. A lo mejor el universo sigue guanteando conmigo. Salgo a la terraza y la luna azul ilumina los cerrillos que enmarcan la vega. Me hago un infusueños y decido acostarme. Igual es mejor que este escrito se haya perdido. Al final el sueño me vence y me despierto bien entrado el día. Enciendo el ordenador y parte de lo escrito se había conservado como “Documento 1” pese a no haberlo guardado. Decido acabarlo y publicarlo.


En cuestiones amorosas, respecto a aquella acción y otras, tengo que decir que el universo ha sido implacable conmigo. Pero el universo es algo absoluto y el individuo algo relativo no perdurable, por eso como individuo siento las muchas cosas que he hecho “mal” no obstante la vida es lucha y haga lo que haga, me seguiré equivocando. Algo si he sacado en claro en estas horas “diferentes” es que tengo que intentar no volver a patear a ningún perro y mucho menos si este se llama Bowie…

sábado, 25 de junio de 2016

FINAL DE TEMPORADA JUEGO DE TRONOS

Este domingo es el final de temporada de Juego de Tronos y las cosas están así:
Los Lanister siguen siendo la lista más votada, pero lejos de las mayorías absolutas que tenían antaño. Sottovoce, en los pasillos de la Fortaleza Roja de la Moncloa, se discute el liderazgo de Mariano Lannister al que se acusa de berberechismo político, siendo en realidad Cersey Sáenz de Santa María la que lleva las riendas del gobierno y del partido.
En el Norte, las huestes de los Stark con Pedro Nieve y Samsa Díaz que han decidido firmar un armisticio temporal,  cuentan con unas fuerzas bastante mermadas por los conflictos mantenidos hasta ahora con otras casas norteñas. En la última batalla por el gobierno, recibieron in extremis,  el apoyo de las huestes del Valle de Arryn, capitaneadas por Pettir Rivera, más conocido como “Meñique” Un apoyo frágil, ya que este personaje enrevesado, mira más por sus propios intereses que por los de los ciudadanos de Poniente y parece capaz de pactar con cualquiera.
Desde levante, los Targaryen con Pablo Iglesias, madre de dragones, rompedor de cadenas y khalessi de los dothrakis de larga coleta, sumando sus heterogéneas fuerzas parece que va a sustituir como segunda fuerza política a los Stark de Ferraz y tiene cerrado un pacto con los nacionalistas de izquierdas de las Islas del Hierro, para que conduzcan a sus convergencias hasta Desembarco del Rey Felipe  con el fin de vengarse de los Lannister, usurpadores de los derechos sociales, con o sin el apoyo de Pedro Nieve.
Mientras tanto al Norte del Muro, muy cabreados por el brexit, los caminantes blancos de la C.E. agrupan a su ejército de muertos dispuestos a atacar los siete reinos y hacernos pagar caro el saltarnos el objetivo de déficit, sin aparentemente nadie al Sur capaz de plantear un frente común contra ellos.
Que los dioses antiguos y nuevos nos ayuden…

sábado, 11 de junio de 2016

SEGUIR CREYENDO

Ya  han pasado varias semanas desde la final de la Champion Leage y aún no se han apagado los ecos mediáticos, deportivos y sociales de la misma.

Como la inmensa mayoría de los lectores ya sabrán, el Real Madrid se impuso al Atlético en la tanda de penaltis, a la que se llegó tras un empate a un solo gol.

Visto a toro pasado, el remate a puerta de Sergio Ramos, tras una jugada confusa en la que previamente hubo de todo, fue en fuera de juego y no debió subir al marcador, dicho esto, el Real Madrid fue dominador y contó con abundantes ocasiones para haber sentenciado el encuentro.

En la segunda parte, el Atlético se hizo con la posesión de la pelota . Con un sistema de juego en el que prima el músculo, músculo no exento de algunos chispazos de talento futbolístico, dos veces dos, llegó a puerta el atlético. Un penalti fallado por Antoine Griezmann y un magnífico gol de Yannik Ferreira Carrasco, un valor en alza al que habrá que seguir la pista en próximas temporadas, fueron todo el bagaje ofensivo del equipo colchonero mientras tuvo en su poder el esférico.

El Real Madrid supo aguantar el chaparrón con oficio y con derroche físico, esto último es algo a lo que los jugadores blancos no están para nada acostumbrados como demostraron las imágenes de algunas de sus estrellas como: Bale, Modric o Ronaldo, renqueando por el terreno de juego en los últimos minutos del partido.

Como dice Tsun Tzu  “el supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar” y es que nunca nadie ha salido victorioso tras un gran esfuerzo ofensivo que se prolonga en el tiempo sin resultados tangibles. En castizo: el Madrid le dio a probar un poco de la medicina, que los colchoneros intentaron administrarle sin éxito en la final del 2014

Esta undécima copa de Europa que viene a adornar las vitrinas madridistas en un año incierto, supone un bálsamo para la "Casa Blanca". La substitución de Rafa Benítez por Cinedine Zidane a mitad de temporada y venir de un año sin títulos, provocaban en el antimadridismo más acérrimo, un exceso de salivación . No es por tanto de extrañar que esta victoria y las circunstancias de la misma hayan sentado tan mal, trascendiendo incluso lo puramente futbolístico.

El caso es que el atletismo más forofo e irracional se ha envuelto en la bandera de "los valores atléticos" negando estos mismos valores, unos valores universales y consustanciales a cualquier aficionado al deporte, al club y los aficionados de la otra orilla del Manzanares, cosa bastante inaceptable en mi opinión.

Para estos aficionados el Real Madrid es el equipo del dinero y del poder y su presidente, Florentino Pérez el mayor chorizo y corrupto de España. Si que es verdad que el fútbol a los niveles de los que estamos hablando, apesta bastante, pero el equipo del Manzanares y su junta directiva no son, ni mucho menos, ningún ejemplo de moralidad. Enrique Cerezo, el presidente del Atlético de Madrid está imputado en el caso del ático de Estepona de Ignacio González, el anterior presidente de la comunidad de Madrid y el mayor accionista del club, Jesús Gil Marín, es el hijo del gran Jesús Gil, aquel gagster que controlaba el emporio delictivo de Marbella, cuna de la especulación inmobiliaria española moderna.

En el plano deportivo, para el hincha atlético, los jugadores del Madrid son unos mercenarios que no sienten los colores, todo lo contrario que los suyos, un hecho que cada año el mercado de fichajes se encarga de desmentir. Como buenos profesionales, los jugadores colchoneros que destacan se van a clubes que les pagan más, ni más ni menos que lo que harían el resto de los profesionales del fútbol en su caso. Cada vez que el Madrid pierde, el anti madridismo en general  (También hay mucho anti madridista supuesto seguidor del Real Madrid), personaliza este fracaso en algún jugador "que para los millones que gana" en su opinión no corre bastante y no digamos ya si es protagonista de una jugada o situación desafortunada como el penalti que falló Juanfran. Seguramente ni la prensa, ni la afición contraria hubiera sido ni tan comprensiva, ni tan magnánima si le hubiera pasado lo mismo a Cristiano Ronaldo o a Sergio Ramos. En el caso de este último deportista, innumerables fueron los memes sobre el penalti que falló contra el Bayern en la semifinal del 2012 y que el Cholo Simeone, aquel jugador sucio y marrullero, hoy entrenador y paradigma de los cacareados valores colchoneros, trató de reeditar sin éxito, echándole encima a la hinchada atlética durante el lanzamiento del sevillano.

Por mucho que se empeñen sus aficionados, de aquel Atlético Aviación, un club de barrio semi profesional, ya no queda nada. Ahora el Atlético de Madrid es una gran empresa, un club de fútbol grande a la altura de los mejores, pero un peldaño por debajo de su eterno rival, en lo que a gestión empresarial y deportiva se refiere.

Es un recurso fácil para personas con poca enjundia asumir como propios los valores de un grupo. Pasa con el fútbol, la política, la nacionalidad, etc... Todos tenemos nuestras ideas, nuestros colores, una bandera o una tierra y nos alegramos con sus triunfos y nos apenamos con sus fracasos. Saber ganar y ser magnánimo con el derrotado no es fácil, pero saber perder y dar la mano a tu rival es realmente difícil y confiere una dimensión de grandeza a quien otorga este gesto. Hay que ser aficionado no fanático, rival no enemigo y no perder nunca de vista que esto es tan solo fútbol...

Estoy convencido que el Atlético de Madrid conseguirá tarde o temprano alzarse con el triunfo en la Champions League, vista su trayectoria de los últimos tiempos y hasta es posible que lo llegue a conseguir frente al eterno rival. Cuando esto ocurra, el Atlético Aviación habrá dado el último paso para ser un club realmente grande y debería no volver a echarle la culpa al empedrado por una derrota, ni a recurrir a los méritos de terceros para tratar de empañar el brillo de los logros del Real Madrid. Algún día esto llegará, mientras tanto toca SEGUIR CREYENDO...





viernes, 8 de abril de 2016

EL FANTASMA DE LA ESTACIÓN

Por aquella época me sentía desanimado, como vacío. Nada se podía decir que funcionara realmente bien, tampoco realmente mal. Mi vida transcurría como un río turbio que moroso recorría palmo a palmo el camino hacia un mar, donde desembocaban la monotonía y las ilusiones perdidas.

Recuerdo el final del invierno, bueno… el final de nada o el principio de ninguna cosa. Lo recuerdo más que nada por el peso de la ropa que vestía. Es curioso como casi siempre el universo nos pasa desapercibido, pero recordamos claramente las sensaciones a flor de piel de un momento determinado. El caso es que no sé si por necesidades de un modo de vida en el que ya no creía o por el simple deseo de moverme a la espera de que algo sucediese y modificase el curso de los acontecimientos, cada mañana cogía un tren y me dirigía a la ciudad que años atrás me había visto nacer.

Un recorrido lineal con un cambio de tren en una estación abierta al viento y a los rayos invisibles que el cielo implacable lanzaba sobre el conjunto de viajeros que hacían trasbordo. Estos, debidamente aislados en las burbujas que sus dispositivos electrónicos les proporcionaban esperaban pacientes el tren en aquel lugar inhóspito. Mi trayecto finalizaba en una estación del centro, desde donde, andando por una ciudad que ya no reconocía y que para mí había perdido toda el alma de antaño, me dirigía realizar esa labor autoimpuesta, más por una idea de responsabilidad inculcada, la idea de que “algo hay que hacer” y que la vida contemplativa es algo malo en esta sociedad de toma y daca constante.

Fue al principio de asumir esta penitencia de recorrer esa ciudad decorado de cartón piedra, cuando le vi por primera vez. Era uno de aquellos seres semi-invisibles que habitan los rincones sucios, donde nada hay para el viandante común. Iba casi cubierto por ropa andrajosa de pies a cabeza y arrastraba sus pertenencias materiales en un carro de la compra y en una bolsa grande de unos grandes almacenes. Aquella persona vencida,  estaba allí de una forma dudosa. No emitía casi ningún tipo de energía, ya ni siquiera interactuaba con los viajeros hablándoles o simplemente extendiendo su mano a modo de petición.

Un día, a la vuelta de mi deambular diario, la estación estaba más llena que de costumbre. Aquello me obligó a ir hacia el fondo del andén con la esperanza de que el vagón de cola del siguiente tren estuviese lo suficientemente vacío para apoyar la espalda en una de sus paredes. Al no quedar más sitio libre, me situé junto al carrito del mendigo. Fue en ese momento, cuando sentí su mirada amarillenta desde el interior de un cuerpo mineral que parecía formar parte del banco de piedra y la pared de la estación.  Abrí mi móvil y me puse unos auriculares con el fin de crear un escudo invisible que me protegiese de esa mirada.

Así, asilado de mi entorno inmediato, paso una porción de tiempo que no sé si fue corta o larga. El estrepito del tren me sacó de mi introspección. El barullo y los gritos indicaban que algo grave había sucedido en la estación. Al parecer alguien se había tirado a las vías.

Con el tren parado y la estación repleta, sin posibilidad de salir, permanecimos  allí bastante tiempo. Luego,  nos dirigieron al otro andén donde habían desviado el siguiente convoy que pudo llegar a la estación. Desde la ventana pude ver el carrito de la compra y las bolsas del mendigo esparcidas junto a las ruedas del  tren detenido. No quise ver más. Intenté reactivar la burbuja protectora, pero la mirada de aquellos ojos de corneas amarillas seguía persiguiéndome.

Durante algunos días no volví a la ciudad. ¿Para qué? Realmente daba igual estar en un sitio o en otro. Las circunstancias eran las que eran y a ciertas alturas de la vida, el planteamiento en estos casos, es más de aguantar y esperar que pasar a la ofensiva.

Cuando volví, el tiempo había cambiado. Unas pocas golondrinas volaban fuera de la cubierta de la estación donde cambiaba de tren. Algunos de aquellos pájaros, se aventuraban a entrar un poco bajo el techado de hierro, pero enseguida salían. Sin duda  eran rechazadas por el campo de energía  que los seres humanos con nuestras construcciones y aparatos generábamos. Desde el haz de rayos de mi e-book  me llegaba el alma de las palabras, porque el alma también es una forma de energía y existe una remanencia de esta energía espiritual en la palabra escrita. Recuerdo que leía algo de J. Conrad. Conectado con aquella  soledad del mar y de la selva entre el haz geométrico de energía del libro electrónico, mi tren llegó a su destino.    

Las puertas se abrieron y un tropel de gente se dirigió apresuradamente hacia la salida. Yo caminaba unos pasos por detrás y justo antes de salir volví la vista hacia el fondo del andén. Algunas bolsas de unos grandes almacenes y un viejo carrito de la compra yacían junto a una figura familiar inmóvil.

Me quedé plantado en el andén vacío frente al ocupante del  último banco de la estación y este me devolvió la mirada, aquella mirada conocida de esclerótica amarilla. Por un momento me quedé clavado en el sitio, luego cabizbajo, sin volver la vista, me dirigí hacia las escaleras que conducían a la calle.

Unas horas más tarde, finalizadas mis gestiones, volví a la estación para coger el tren a casa. Sin ganas de hacerlo me obligue a mirar hacia el fondo del andén, al banco que habitualmente  ocupaba el vagabundo del carrito, estaba completamente vacío.  Yo tenía constancia de la muerte de aquella persona.  La noticia había salido en varios  medios de comunicación el día de los hechos y yo mismo había visto sus efectos personales  esparcidos junto al tren que lo había atropellado.


Tal vez lo que vi solamente fuera el rastro casi extinto de una energía que en su último acto había dejado aquel ser vencido, tal vez fuera otra persona… El caso es que desde entonces, me he tropezado más veces con esa misma mirada en rincones sucios donde nada hay para esa masa de viandantes comunes que recorren esa carcasa vacía que ahora es para mí la ciudad donde nací.