jueves, 8 de febrero de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II-HIJOS DE LOS MONTES-CONFESIÓN


CONFESIÓN



Jorge meditaba sobre las palabras de su jefe “hay asuntos que a usted aún le vienen demasiado grandes”. El desconocido intruso de Melilla le había dicho casi las mismas palabras ¿Tendrían algún tipo de relación el director acuña y el hombre de Melilla? Se rumoreaba en la villa y corte que el director de el Informador era un miembro activo de la masonería. Jorge sabía poca cosa con relación a los masones, solamente que era una organización condenada por la iglesia católica y que el secreto presidía siempre sus actividades. También recordó que a los primeros grupos de francmasones del anterior siglo se les denominaba “sociedades de amigos del país”. “Considéreme un amigo del país” le había dicho el desconocido del grueso bigote cuando le había requerido su nombre. Aun así, el desconocido afirmaba saber “todo” en su relación con los marqueses de Fuensalida y el director se sorprendió bastante al ver a Nuria en la redacción por lo que decidió descartar cualquier conspiración o cualquier relación entre ambos hombres, que no se parecían más a ojos vista que en la exuberancia de sus bigotes.

Durante los siguientes días trabajó en casa yendo solamente un rato al día al periódico. Le había dado su nueva dirección a Nuria y esperaba recibir noticias pronto.

Un hecho vino a romper la rutina y la desazón que a partes iguales presidían la vida de Jorge Villafranca. Después de lo que entendió como una espantada por un tema de deudas o de faldas o de una combinación de ambos factores, volvía a Madrid su querido amigo Vicente Lleó.

El músico había ido a la pensión de Doña Virtudes y esta le había hablado pestes del periodista con apelativos tan delicados hacia su persona como “mamarracho”, “ladrón”, “sinvergüenza”, etc. Vicentín al colegir que aquella arpía no tenía las señas de su antiguo huésped, la dejó con la palabra en la boca y fue al periódico, donde le indicaron su nueva dirección.

-Jolines Jorgito ¡Vaya palacio! Qué envidia me das. Una casa de las de verdad con cocina, baño y hasta balcón. Estoy por dejar el despacho del Eslava y venirme a vivir aquí contigo-

-Cuando tú quieras. Si algún día te persigue la policía, una mujer, su marido o los dos… ya sabes donde tienes tu casa. -

-Uhm… ¿Acogerme a sagrado en una casa de la burguesía? Lo mismo cualquier día te tomo la palabra. Dijo Lleó dándose una vuelta por el salón como si estuviera evaluando la calidad del mobiliario.

-Por cierto ¡La que has liado con lo de la guerra del Margallo ese! Estábamos solos un gato de nombre Giuseppe Verdi y un servidor en una masía rodeada de naranjos y hasta nuestro retiro huertano llegaban noticias de tus hazañas en los territorios de ultramar.

-Menos coña Vicente que las he pasado muy putas…-

- Ya lo supongo… por eso me vas a invitar a cenar y luego te voy a llevar a los peores tugurios de la Villa para que te emborraches bien y sueltes todo lo que tienes dentro ¡Que tienes la misma cara que un arenque de barril! -

El periodista no tenía el cuerpo y menos el espíritu para muchas fiestas, pero ante la insistencia de su amigo no pudo menos que aceptar.

Cenaron los dos en una taberna junto a la puerta del Sol y luego asistieron a la representación nocturna del Eslava, finalmente fueron a un espectáculo musical en el nuevo antro de moda ahora que la Casa de la Flaca la habían cerrado por orden del ministerio de la gobernación tras la visita del marqués de Fuensalida, el conde de Romanones y los otros diputados

- ¿Qué es lo que te pasa Jorge? ¿Qué han hecho de ti allí en Melilla? - Preguntó el músico a su amigo preocupado por su hermetismo, una actitud cuanto menos chocante en una persona alegre y vital como el Jorge que conocía de antes del viaje.

Jorge exhaló un largo suspiro y dijo dispuesto a revelarle a su amigo la carga que tanto tiempo había mantenido oculta.

- ¿Por dónde empiezo? -

-No sé… empieza por el principio. -

Jorge Villafranca narró los hechos de su vida que permanecían secretos para el resto del mundo: su amor por Margarita Marlasca y el actual estado de su relación, los hechos que había presenciado y los hechos de los que había sido participe en la guerra de Melilla, sus sospechas y sus certezas sobre los asuntos turbios en los que se había visto involucrado.

Jorge temía que su amigo respondiera a su sincera confesión con frivolidad, pero en absoluto fue así.

Perdóname Jorge. Tiene que ser muy difícil vivir con tantos secretos. La verdad es que no se ni que decirte… bueno si: que sepas que cuentas con todo mi apoyo para lo que necesites y por supuesto con mí absoluta discreción.

Aun estando sus problemas muy lejos de solucionarse a Jorge Villafranca le vino muy bien poder sincerarse con alguien.  



















Capitulo 3 de Hijos de los Montes

Madrid 11 de mayo de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Después de perder para siempre lo que quedaba de mí familia, me interné en lo más profundo de la cordillera con intención de pasar el resto de mis días, los cuales aventuraba cortos, como un renegado condenado a vivir al margen de la sociedad. Pronto conocí por aquellos pagos a gente en mí misma situación. Muchos desertores, algunos fugitivos por deudas o delitos de poca monta y unos pocos más mayores que el resto que llevaban tiempo dedicándose al bandolerismo de una forma profesional.

El líder de los bandoleros era un tipo grande llamado Juan Maroto Fresneda, conocido como el “Juanote”. Por extensión todo el grupo delictivo era conocido como la banda de los Juanotes e incluso un hermano de este de nombre Nicolás que también se encontraba entre los renegados era conocido como “el Juanote pequeño” o “Juanote chico”.

Los Juanotes ayudaban a los que habían acabado en el monte y siempre que podían socorrían con dinero o cosas robadas a las familias de estos (No todas las veces les era posible y en algunos casos cuando se sabía que alguna familia tenía algún miembro en la partida, esta sufría la represalia de las autoridades y en muchos casos de los vecinos víctimas de sus delitos)

Aquellos bandidos tenían toda una red de silencios tejida a su alrededor. Contaban con confidentes por toda la provincia de Toledo y las vecinas. En un lugar remoto y mal comunicado como los Montes de Toledo ellos eran para muchos la ley y la justicia. Justicia y ley tan imperfecta como la oficial porque a instancias de algunos grandes propietarios que les pagaban un “impuesto” no dudaban en acogotar a los pobres aparceros que levantaban la voz contra los caciques.

Yo que nunca había visto más de tres monedas juntas en mi mano comencé a manejar cantidades importantes de dinero. Siempre por donde íbamos había comida, vino y mujeres para los Juanotes. Sólo había que obedecer las órdenes fueran estas las que fueran ¡Pobre del que no lo hiciera o traicionase a la partida! Aquellos hombres eran implacables. Así, de la noche a la mañana, me vi empuñando un arma y usándola contra mis semejantes.

En la lucha armada yo era un neófito, pero en cuanto a sobrevivir en monte, poco o nada me podía enseñar nadie. También era buen jinete. Soy pequeño, aunque bastante fuerte para mi tamaño y siempre he tenido muy buenos reflejos. Con un poco de aprendizaje, pronto Juanote y su hermano me consideraron un miembro valioso de la banda, aunque todavía no confiaban en mí a la hora de tomar decisiones.

Un día me encaré con el líder de la partida y cortándole el paso le espeté lo siguiente:

-Quiero ser uno de los que se llevan la parte grande ¿Qué es lo que tengo que hacer? -

Me miro desde sus más de dos varas de alto con cara de pocos amigos y dijo:

-Búscanos un trabajo que nos dé un botín de mil reales y hablamos. Ahora apártate de mí paso si no quieres lamentarlo. -

El órdago estaba echado, sólo quedaba elegir el golpe y que este respondiese a las expectativas. Una idea de cuál podía ser aquel golpe llevaba mucho tiempo rondando por mi cabeza y al día siguiente se lo comunique al sanedrín de los bandidos.

-Muchos de vosotros conocéis la casa grande en la dehesa de los Frailes esa que construyeron con las piedras del viejo monasterio. Allí es donde vive D. Salvador Trives y su familia, también viven en unas casas que hay al lado un par de guardas y sus familias. -

-¿Y qué quieres que robemos la vajilla y cuatro aperos?- Dijo el Juanote burlón provocando la carcajada del resto de bandoleros.

-No veo de donde van a salir los mil reales de botín muchacho. El capataz maneja dinero, pero no tanto y el resto son tan solo unos pobres muertos de hambre. No merece la pena el riesgo- Dijo el Juanote pequeño en un tono algo más conciliador que el de su hermano.

-Eso que dices tú es verdad, pero lo que ninguno sabéis es que por estas fechas siempre viene el verdadero dueño de las tierras a cazar, un tal D. Jeremías Alonso que es diputado a Cortes. Normalmente no viene solo, le acompaña un grupo de amigos suyos de Madrid, todos gente importante y de dinero. -

-Lo que dices es interesante, pero seguro que están protegidos por un ejército de escopeteros y la mitad de la guardia civil de Toledo- Dijo otro bandido, uno al que conocían como “el Pastor de los Yébenes”

La acción tendría que hacerse con un grupo pequeño. Entrar y salir. Yo conozco a la perfección todo aquello, también conozco a los vecinos y se de muchos antiguos aparceros de los frailes a los que D. Jeremías y su capataz han perjudicado.

Los bandidos se miraron entre ellos asintiendo, luego Jacinto Montaleza un muchacho bajito de apenas dieciocho años pasó a detallarles su plan.

En el asalto a la casa intervendrían solamente cinco hombres: los dos hermanos Juanotes, el Pastor de los Yébenes, Matías “Pelopincho” y el propio Montaleza. Dos hombres les esperarían con caballos rápidos en un lugar convenido de la dehesa y el resto de la partida les estaría esperando cerca de la cueva en había pasado Jacinto Montaleza su primer invierno solo en el monte con el fin de cubrir su retirada a la serranía si les perseguían las fuerzas del orden.

Informada por un vecino, la partida supo que D. Jeremías y sus invitados se encontraban en la casa. Eligieron una noche sin luna dos días después de la llegada de estos. El asalto a la casa grande de la dehesa de los Frailes estaba en marcha

Un fuerte viento mecía con violencia las copas de las encinas llevándose con él el ladrido de los perros y cualquier otro ruido que pudiera alertar a los que montaban guardia. La mayoría se encontraban a resguardo de los elementos pegados a uno de los muros donde habían encendido una gran hoguera y una pareja de guardias civiles designada por un sargento daba vueltas alrededor del edificio

Esperábamos escondidos tras las jaras. Los dos guardias, bien arropados en sus capotes verdes pasaron muy cerca sin vernos. Yo fui el primero en alcanzar la tapia trasera y saltarla, luego me siguieron el resto. Forzamos una ventana y penetramos en la casa los cinco.

Embozados y con las armas a punto recorrimos los pasillos en la dirección de la que provenía el ruido de voces.  En un gran salón muy iluminado y lleno de humo de cigarros, un grupo de unas veinte personas hablaban y reían ajenos al peligro que les acechaba.

- ¡QUE NADIE SE MUEVA O DISPARAMOS! - Dijo el Juanote con voz de trueno a los pasmados ocupantes del salón.

- ¡PERO COMO SE ATREVEN A SEMEJANTE ATROPELLO! - Dijo un individuo calvo con pobladas patillas acercándose imprudentemente al jefe de los bandidos.

El Juanote sin mediar palabra propinó un culatazo al sujeto que le interpelaba haciendo que este diera con sus huesos en el suelo.

-Si alguien más quiere protestar por nuestra visita, la próxima vez le va a contestar mi amiga la de los ojos negros- Dijo encañonando con su escopeta uno a uno al resto de asistentes a la velada.

Todos optaron por callar y nos pusimos con diligencia a desvalijarles. D. Jeremías, que era quien yacía maltrecho en el suelo, y sus invitados depositaron uno a uno sus objetos de valor en los sacos que les tendíamos. Luego les atamos y amordazamos para que no pudieran dar aviso a los guardias durante nuestra huida.

Mientras los Juanotes y un servidor nos ocupábamos de esta tarea, el Pastor y Pelopincho comenzaron a recorrer el resto de las dependencias de la casona para sustraer todo lo que encontrasen de valor. En una de las habitaciones estaba una mujer joven que dormía ajena a lo que estaba sucediendo en el piso de abajo. El Pastor de los Yébenes sujetó a la chica por las muñecas mientras Pelopincho le tapaba la boca y le subía el camisón. Ambos consumaron la violación de la muchacha, que luego resultó ser la hija del diputado.

El propio Juanote buscando a sus hombres para emprender la huida les descubrió cometiendo aquella execrable acción.

- ¿QUÉ ESTAIS HACIENDO? ¡MISERABLES! NOS VAMOS…- Dijo con un gesto de asco hacia aquellos dos infames. Luego con toda la delicadeza de que era capaz un hombre de su clase amordazó y ató a la conmocionada mujer.

Ya fuera de la casa el viento se había calmado un tanto. Un perro que andaba cerca de las casas de los guardas percibió nuestro olor y comenzó a ladrar con insistencia. Al momento todos los canes de la contornada se sumaron a su compañero alertando a los guardias civiles y a los guardas de la finca.

El capataz Salvador Trives salió a medio vestir armado con su escopeta, alcanzando a ver como unas sombras se escabullían en dirección a la dehesa.

-NOS ESTAN ATACANDO, NOS ESTÁN ATACANDO…- Gritó mientras descargaba su arma contra las sombras que huían.

La guardia civil hizo fuego en la misma dirección que el capataz. Se pusieron a punto los caballos disponibles y un grupo guiado por D. Salvador y sus hombres salió en pos nuestro, pero no pudieron darnos alcance.

Con las primeras luces comenzaron a buscar rastros y dieron con el cuerpo de uno de los asaltantes abatido por un disparo en la cabeza. Fue identificado como Matías Santos alias “Pelopincho”, un antiguo carbonero de la zona con un largo historial delictivo.

-Han sido los Juanotes- afirmó categórico el sargento de la guardia civil. -

Una bala surgida de la nada había alcanzado a Pelopincho cuando estábamos huyendo hacia los caballos.

-Está muerto. No se puede hacer nada- dijo Juanote viendo las heridas de su compinche.

Cogimos su saco y continuamos nuestro camino.  Los caballos estaban escondidos en una pequeña hondonada junto a un arroyo. Montamos y emprendimos camino hacia la cueva donde nos esperaba el resto de la banda.

El botín superó con mucho nuestras expectativas. Relojes buenos y alhajas, muchas monedas y billetes de banco y otros muchos objetos valiosos robamos aquella noche. Era difícil de calcular el valor de todo aquello, pero excedía con mucho los mil reales. El coste había sido alto, pero nadie parecía echar de menos a Pelopincho, ni siquiera su inseparable compañero el Pastor de los Yébenes.

- ¡La cosa se va a poner muy fea! Mi hermano y yo vamos a ir a Portugal a vender todo esto mañana mismo. El dinero lo repartimos ahora y os recomiendo a todos que cambiéis de aires un tiempo. El resto lo repartiremos a mi vuelta en seis semanas, en la majada de Horcajo de los Montes, la que está al pie de la chorrera. El que no esté allí que se olvide de su parte. -

Yo y algunos otros nos marchamos con los hermanos Juanotes a Portugal. Mi hermana estaba en un orfelinato y de mi madre no sabía nada desde hacía más de un año y prefería no saber… los demás, con el dinero conseguido, corrieron a ver a sus mujeres, novias o familia. Yo me acordaba mucho de Laura y soñaba con juntar bastante dinero y que los dos nos fugásemos a América, donde podría montar un negocio y empezar de nuevo.

Antes del amanecer El jefe de los bandidos acompañado por su hermano y otros dos más inmovilizaron al Pastor de los Yébenes que dormía sobre una manta en el suelo. El Juanote abrió una navaja que guardaba en su fajín y se la enseñó a su aterrorizado compinche.

- ¿Que habíamos dicho en este golpe, te acuerdas? Sólo la violencia justa… era un robo, nada más, pero tú nos has echado encima a media guardia civil de Toledo y ya sabes lo que hacemos aquí con quienes no cumplen las órdenes…-

Sin mediar más palabras los bandidos separaron las piernas del Pastor de los Yébenes y Juanote le cortó sus partes, luego ordenó a sus hombres que atasen al violador a un árbol y allí le abandonamos para que se desangrase. Una vez ejecutada la sentencia de la partida, nos perdimos en las montañas.


viernes, 2 de febrero de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II-HIJOS DE LOS MONTES-NOTICIAS


NOTICIAS



Jorge sabia de antes de su viaje, que Nuria tenía libres los lunes a partir de las cinco de la tarde y apostado en las cercanías del palacete de los marqueses de Fuensalida esperó por si la doncella y confidente de su amada salía a dar un paseo. Estuvo toda la tarde vigilando la casa a distancia, pero ni señal de la muchacha. Estaba desesperado y tentado incluso de hacer una locura como asaltar el palacio una noche. Desconfiaba de todo y todos, incluso del amor que aún le pudiera tener Margarita Marlasca.

Viendo infructuosa su vigilancia, frustrado y triste encaminó sus pasos a la calle del Barquillo, a la redacción del Informador. Aunque era infinitamente más cómodo su nuevo apartamento que el cuarto de la pensión de la calle del Almendro, echaba de menos su vista sobre los tejados del Madrid de los Austrias por eso prefería la redacción al piso para escribir.

Cruzó la redacción en silencio y en su mesa se enfrascó en el estudio de sus notas para escribir la nueva entrega de Hijos de los Montes cuando salió de su despacho D. Mariano

-¡HOMBRE VILLAFRANCA! CON USTED QUERÍA HABLAR YO…-

-Buenas tardes D. Mariano, pues usted dirá.

-MUY BIEN EL PRIMER CAPÍTULO, LAS VENTAS HAN SIDO MAGNÍFICAS Y LAS CRITICAS EN GENERAL HAN SIDO BUENAS SALVO, CLARO ESTÁ, LOS CUATRO ENVIDIOSOS DE SIEMPRE, PERO HE ECHADO A FALTAR UN POCO MÁS DE ACCIÓN. IGUAL CON LO DE LA GUERRILLA DE LA MUERTE NOS TIENE USTED UN POCO MAL ACOSTUMBRADOS…

-Bueno, si es acción lo que le gusta a los lectores creo que con las aventuras de Montaleza y sus compinches van a ir más que bien servidos… pero si usted me lo permite ¿No correremos el riesgo de acabar siendo un diario sensacionalista? -

- ¿SENSACIONALISTA? ACORTELÉ USTED EL SUFIJO Y LO DE “SENSACIONALISTA” Y LO DEJAMOS TAN SOLO EN “SENSACIONAL”

DEJEMÉ QUE LE DIGA UNA COSA QUERIDO MUCHACHO: HEMOS… MEJOR DICHO USTED HA CREADO UNA NUEVA MANERA DE HACER PERIODISMO DE GUERRA EN ESTE PAÍS. -

En estas y otras reflexiones a voz en grito andaba D. Mariano Acuña, cuando una mujer joven y bastante bonita entró en la redacción preguntando por Jorge. Era Nuria, la doncella de su amada Margarita, que cubría su rostro con una mantilla. Le indicaron la mesa y cruzó la redacción entre los murmullos de los que allí trabajaban.

Nuria se levantó la mantilla ante unos asombrados Jorge Villafranca y D. Mariano Acuña. Tras un momento de duda, el periodista hizo las preceptivas presentaciones:

-Don Mariano, le presento a Nuria… Nuria Fernández, mi novia-

El director emitió un gruñido entre el escepticismo y la satisfacción ante la agradable presencia de la muchacha, luego entro en el despacho. Dos docenas de miradas inquisitivas de la plantilla de el Informador se clavaban en ambos jóvenes, que optaron por seguir su conversación en la calle. 

- ¡Por favor, quedémonos en el portal! Me pueden haber seguido- Dijo la doncella de los marqueses.

-Mi señora está bien y la niña también. Se llama Teresa y es una preciosidad. El marqués y su hijo, que de tontos no tienen un pelo, sospechan algo. Tienen restringidos todos los movimientos del servicio. Yo me he enterado de tu visita al palacete por la cocinera. -

- Margarita te manda todo su cariño. No te ha podido escribir porque el marqués le ha puesto una niñera, bueno… más bien una carcelera, que acompaña a todas horas a las dos y le informa de cualquier detalle personalmente a D. Emiliano. Margarita te pide paciencia y distancia hasta que se tranquilicen las cosas. -

El periodista sintió las palabras de la doncella como un cuchillo que se abriera camino en su pecho, pero realmente era lo único que podía hacer: ocultar sus sentimientos y esperar.

Tras comprobar que no había nadie sospechoso en la calle, jorge se despidió de la doncella con la promesa de que le informaría ante cualquier giro inesperado de los acontecimientos. Luego volvió a subir a la redacción.

-Oiga pollo ¿Su “novia” no es del servicio de los marqueses de Fuensalida? - Le preguntó el director Acuña cuando Jorge volvió a su mesa, en un tono mucho menos estridente que el que habitualmente usaba en la redacción.

-Si ¿Cómo lo sabe usted? -

-No sea tonto Villafranca. Yo conozco a mucha gente, a todo el que es alguien en Madrid y he estado muchas veces en el palacete de los marqueses. Solamente le digo esto querido muchacho: Mucho cuidado con Emiliano Fuensalida… hay asuntos que a usted aún le vienen muy grandes. -

Esto último lo dijo el director afirmando levemente con la cabeza un gesto que a Jorge no le pasó desapercibido. Eran casi las mismas palabras que le había dicho el desconocido que asaltó su casa de Melilla.





Capítulo 2 de Hijos de los Montes

Madrid 4 de mayo de 1894

Jorge Villafranca Vargas



Tras la muerte de mi abuelo, me empleé como pastor al servicio de los nuevos propietarios de las tierras de los monjes.

Vivía en una choza de piedra junto a un aprisco a media jornada en burro de los Navalucillos y cuidaba en aquel lugar dejado la mano de Dios de un rebaño de más de doscientas cabras. Me acompañaban en aquel retiro un par de perros viejos y haraganes y un borrico muy listo de nombre Manolito, que era quien verdaderamente guiaba y cuidaba del ganado junto a un servidor en aquellas soledades.

Todas las semanas subía hasta el sitio Don Salvador, el capataz designado por el propietario y un par de hombres de su confianza con una recua de mulas. Me subían algunos sacos de grano para el ganado y las provisiones justas para que no me muriera de hambre. Menos mal que siempre me supe buscar el sustento entre las muchas cosas que la madre naturaleza da a quien sabe dónde buscarlas y además tenía la leche de las cabras, excepto el día de la visita del capataz, en el que tenía que ordeñar desde el amanecer todo lo que pudiera para llenar unas grandes cántaras que me intercambiaban en cada visita.

Don salvador nunca estaba contento con el trabajo. Nunca consideraba que hubiera suficiente leche, ni queso y cuando por desgracia alguna cabra se moría de muerte natural o se perdía en el monte y era presa de los lobos, cosa bastante frecuente por cierto, no dudaba en propinarme fuertes varetazos con una fusta que siempre llevaba encima y que era como la extensión de su brazo.

En vida de mi abuelo, este jamás me puso una mano encima, ni mi abuela, ni esa desdichada que me ha traído a este mundo. Yo estaba en la edad en la que uno no es un niño, pero tampoco se puede considerar un hombre y comenzaba a sentarme como a la zorra los perdigones que aquel señorito me azotase y aún me sentaban peor las burlas hacia mi persona de los gañanes que le acompañaban, pero pensaba en el socorro que las míseras monedas que ganaba suponían para mi abuela y mi hermana y aguantaba como podía todo aquel abuso.

Aquel invierno fue tan crudo que ni los más viejos recordaban uno igual. La nieve y el hielo bloqueaban las veredas que conducían al aprisco. El burro Manolito que compartía el calor de la choza conmigo, ponía las orejas muy tiesas escuchando los aullidos de los lobos cada vez más cercanos. Los viejos perros que tenía eran una escasa ayuda a la hora de defender a la manada de cabras. Casi todas las noches tenía que salir armado tan solo con un garrote, un tizón y los fuertes rebuznos del borrico a mí espalda a espantar a las fieras, que insistentemente intentaban penetrar en el corral acuciadas por la misma hambre que teníamos nosotros.

El grano y el forraje se acabaron pronto y las cabras tampoco tenían nada que comer en aquella montaña, por lo que las más viejas y enfermas comenzaron a morirse. Los cadáveres que a lomos de Manolito abandonaba lo más lejos que podía del aprisco, sirvieron para que la lobada nos diera algo de tregua hasta que comenzaron a fundirse las nieves.

Una mañana de improviso se presentó Don Salvador y sus dos asistentes. El invierno y los lobos habían reducido la piara de cabras a casi la mitad. El capataz ayudado por sus dos secuaces me dio una paliza de muerte, amén de comunicarme que “no iba a ver un real hasta que pagase las cabras que faltaban”.

Pasados unos días, cuando me repuse un poco de los golpes, abandoné aquel lugar junto con el borrico que por propia elección decidió venirse conmigo.

Vivía en una cueva casi inaccesible y robaba lo que podía, muchas veces con la connivencia de algunos vecinos de la comarca que conocían a la familia y me socorrían en lo poco que podían.

A mi abuela y a mi hermana pequeña, aquel grandísimo hijo de puta de Don Salvador las echó de la casa que ocupaban en el pueblo en venganza por mí deserción, por lo que no tuvieron más remedio que mudarse a un chamizo casi en ruinas que les cedieron por caridad unos parientes de Navas de Estena. Durante aquel periodo las ayudé todo lo que pude, pero la fusta del capataz llegaba muy lejos en aquella comarca y tenía que seguir oculto.

Con el tiempo se olvidaron de mí y pude volver con mi familia. El burro Manolito, que era más listo que el hambre, sobrevivió suelto en las cercanías de la cueva donde me ocultaba y se vino conmigo a Navas. Con él me dedique a hacer de recadero llevando y trayendo cosas para los vecinos. Por aquel entonces llegamos a creernos que podríamos levantar cabeza, incluso sembramos un huerto y hasta pudimos comprar unas pocas gallinas.

 En aquella buena época comencé a interesarme por una chica del pueblo, Laura se llamaba y era hija de unos agricultores pobres, aunque no tanto como nosotros. Sus padres no estaban muy conformes con la relación. Yo a ella parecía gustarle y tampoco había un partido mucho mejor en la zona que se interesase por la moza, por eso transigieron en que siguiéramos viéndonos. Pero como dice el refrán: ¡Que poco dura la alegría en casa del pobre!

Cumplía yo aquel año de 1863 la edad militar y al ser el único sustento de mi familia la ley me asistía para que no cumpliera el servicio, o al menos lo hiciera lo más cerca posible de mi lugar de residencia, pero el secretario del ayuntamiento sobornado por Don Salvador le entregó un destino en Talavera de la Reina al hijo de aquel cacique y a mí me destinaron a las Filipinas.

En la disyuntiva de pasar cinco años en aquellas selvas lejanas dejando morir de hambre a mi hermana y a mi abuela y siendo yo muy probablemente víctima de unas fiebres o de las balas de algún nativo rebelde, opté por la única salida que me quedaba y conocía, echarme otra vez al monte.

La deserción del ejército es un delito grave. Esta vez no me perseguía una panda de aldeanos si no las fuerzas del orden. Varias veces se presentó el secretario del ayuntamiento acompañado por la guardia civil en nuestra casa, maltratando de palabra y obra a mi abuela y a mi hermana, que por aquel entonces contaba con tan solo ocho años de edad. En una de aquellas visitas les incautaron al borrico Manolito y las gallinas alegando que eran robadas.

Todo tiene un límite en esta vida y la paciencia de la pobre vieja lo alcanzó aquel día. Al domingo siguiente, le esperó a la salida de misa y con un garrote le rompió la crisma a aquel funcionario prevaricador.

Mi abuela ingresó en la cárcel de mujeres donde al poco tiempo murió. A mi hermana la mandaron a un orfanato. Del secretario del ayuntamiento tengo alguna noticia y sé que aún permanece con vida. Su familia le saca a tomar el sol los días que hace bueno en una silla a la puerta de su casa en el pueblo. Nunca volvió a hablar ni a andar desde aquel día y un hilo de baba le cae de la boca permanente abierta en la misma expresión de asombro que se le quedó desde que aquella mujeruca pequeña y seca le arreó el garrotazo.

A Manolito le llevaron al corral de la casa grande donde vivía D. Salvador y su familia, pero una noche se escapó y no se ha vuelto a saber de él. Algunos vecinos de la comarca afirmaban haberlo visto por el monte cerca de la cueva donde me refugié cuando abandoné el aprisco.


viernes, 26 de enero de 2018

HIJOS DE LOS MONTES Libro II-HIJOS DE LOS MONTES- El Retorno


EL RETORNO



Jorge Villafranca paro un par de días en su pueblo y luego regresó a Madrid, a su cuarto de la calle del Almendro. En la pensión encontró a don Marcelino muy enfermo. El crudo invierno de ese año, la deficiente alimentación y la vida un tanto bohemia habían acabado por minar su precaria salud. Al viejo profesor, doña Virtudes le había echado de su antiguo cuarto metiendo todos sus muchos libros y escaso ajuar en el cuarto de Jorge. La casera y su hija no le habían echado de la pensión durante su enfermedad, gracias a su amenaza de escribir a Jorge para ponerle al corriente de su situación. Antes de partir el periodista le hizo entrega de la llave de su cuarto para que la usara a su absoluta discreción. Al menos tenía un lecho donde descansar, pero aquellas dos arpías hicieron que a la postre ese fuese su lecho de muerte, negándole al enfermo incluso las míseras raciones de comida que la casa dispensaba a sus huéspedes.

Jorge llegó demasiado tarde. Llamó a un médico, pero la situación era irreversible y a los dos días de su llegada Don Marcelino falleció. La beneficencia se hizo cargo del cuerpo y le dio sepultura en una fosa común en el cementerio de Carabanchel sin más asistentes al sepelio que el propio jorge y los dos funcionarios que le enterraron sin ningún tipo de ceremonial.

Todavía pretendía Doña Virtudes que un trapero se hiciera cargo de las cosas del sabio fallecido para cobrarse una supuesta deuda. Jorge le cerró la puerta de su habitación en su cara a madre e hija y no volvió a dirigirles la palabra en el escaso tiempo que permaneció en aquella cueva de víboras.

Por mediación de D. Mariano Acuña, alquiló un pequeño apartamento cerca del periódico y trasladó allí todas sus cosas y la magnífica biblioteca de D. Marcelino.

Nada más llegar a Madrid supo que Margarita, Había dado a luz una niña. Una vez instalado escribió una carta y se acercó al palacete de la calle Recoletos preguntando por Nuria la doncella. En la entrada reservada al servicio, Jorge se percató de que algo no marchaba bien. En lugar de avisar directamente  a Nuria, apareció en la puerta el mismísimo Carlos Bayón.

-¿Que desea usted de la señorita Nuria si puede saberse?- Preguntó el mulato en un tono poco amistoso.

Jorge permaneció impertérrito sosteniendo la mirada de Bayón y tomándose su tiempo antes de responder.

-Soy amigo suyo y he estado de viaje algunos meses ¿Sería usted tan amable de decirle que Jorge Villafranca quiere hablar con ella?

Ahora el que se tomó su tiempo observando al periodista de pies a cabeza fue el asistente.

-¿Jorge Villafranca el periodista del Informador? Dijo con un tono de voz que dejaba traslucir un punto de desconfianza.

-¡Si señor, el mismo para servirle a usted y a los lectores!- Dijo con su mejor sonrisa zalamera.

-Espere aquí un momento y veré lo que puedo hacer…-

Luego se perdió en el interior del caserón no sin antes dedicarle una última mirada de reojo.

Al poco rato Carlos Bayón volvió a salir.

-Creo señor Villafranca que no va a ser posible que la vea en este momento. La señora se encuentra indispuesta y Nuria la está atendiendo. -

-¿Nada grave espero?- Dijo Jorge con un tono de alarma que pareció pasar desapercibido al sagaz sirviente

-Nada en absoluto, producto del cansancio por su reciente maternidad-

Jorge hubiera dejado en ese momento que le cortasen una mano si a cambio hubiera podido ver a la mujer que amaba y a su hija.

Intercambiaron algunas frases aparentemente corteses más y Jorge se marchó del palacete de los Fuensalida con escasas expectativas de que ni tan siquiera el mulato Bayón hubiese mencionado su presencia a Nuria. Habría que cambiar de estrategia.

Al principio, en el Informador pensaron en publicar la ficha policial de Jacinto Montaleza pero era tan extensa  que hubiera ocupado casi la mitad del periódico. Se optó por un formato semanal de una página completa entre los sucesos y los ecos de sociedad que se encabezó como “Hijos de los Montes”.  Jorge quería dar más empaque a su relato, contando las circunstancias del entorno del bandido, personaje central del serial por entregas

El extraño visitante de Melilla no le había mentido en lo de que se había convertido en una auténtica celebridad en el mundo de la prensa. Por supuesto que no era la primera vez que un periodista estaba presente en una guerra, pero su implicación en la guerrilla de la Muerte y las crónicas en primera persona de las acciones en las que había participado suponían, al menos en España, una nueva manera de hacer periodismo que contó con una gran aceptación por parte de los lectores.

En la redacción percibía un nuevo registro de gruñidos dirigidos a su persona que iban desde la admiración a la envidia, cuando cruzaba en dirección a la mesa que le habían asignado, junto al despacho de Don Mariano Acuña el director.

En las tertulias que solía frecuentar antes de su partida, era tratado con gran deferencia y su opinión era escuchada por los más sesudos sabios que a ellas acudían, pero en todos aquellos templos de erudición y saber, Jorge Villafranca echaba de menos a su amigo e introductor en las mismas D. Marcelino. Hasta Vicentín Lleó se había tenido que ausentar temporalmente de Madrid por un problema de orden público en el Eslava. Pero la ausencia que más sentía Jorge no era otra que la de su amada Margarita.

Así solo en aquella urbe que se había vuelto extraña para él, Jorge comenzó con el serial por entregas sobre la vida de Jacinto Montaleza.




Estimados lectores:

Permítaseme dar pie con estas líneas a uno de los seriales por entregas más esperados de los últimos tiempos, Hijos de los Montes. Dicho serial, narra la vida, aventuras y como no decirlo… también las fechorías del célebre bandido Jacinto Montaleza conocido como “el Malasangre”.

Sin duda nuestro público conocerá este nombre al figurar el mismo con frecuencia en las celebradas crónicas sobre la reciente guerra de Melilla escritas por nuestro corresponsal Jorge Villafranca Vargas.

Si, señores lectores del Informador, es el mismo Malasangre de la guerra y de la guerrilla de la Muerte, ese que se batió con audacia inaudita hombro con hombro junto al bravo capitán José Ariza. Este último, un héroe español de los grandes, digno sucesor del Cid Campeador, Don Pelayo, Guzmán el Bueno y tantos otros de una interminable lista de preclaros varones y hembras que se pierde en la noche de los tiempos de la muy gloriosa historia patria.

La intención de este relató además de entretener al lector, es cumplir con una misión pedagógica acorde con los tiempos presentes y aleccionar a nuestros jóvenes, siempre tentados de seguir el camino torvo que conduce a la ruina y la destrucción del ser humano, de las consecuencias que infaliblemente acarrean sus actos. También pretendemos desenmascarar la injusticia social, caldo de cultivo y detonante, como en el caso que nos ocupa, de estos execrables comportamientos a los que la desesperación es capaz de conducir al individuo.

Las entregas de Hijos de los Montes serán todos los domingos en fascículos coleccionables con láminas a color sobre la vida del bandido. En estos mismos números, también se entregará un pliego recortable con la historia del vestuario de la mujer a lo largo de la historia en atención a nuestras lectoras femeninas. El precio del diario se incrementará ese día en la modesta cantidad de dos céntimos.

Mariano Acuña Satrústegui

Director del diario el Informador.






Capítulo uno de Hijos de los Montes

Madrid 27 de abril de 1894.

Jorge Villafranca Vargas.
Mi madre me dio a luz en el municipio toledano de Consuegra donde se hallaba junto a una cuadrilla itinerante que segaba las cosechas del término. Mi padre según contaba mi madre era uno de aquellos jornaleros de la cuadrilla.


Como para un recién nacido las duras condiciones en las que vivían aquellos trabajadores del campo no eran en absoluto las más adecuadas, Isabel que es así como aún se llama mi madre, decidió volverse a los Navalucillos en la comarca de los Montes de Toledo donde residían sus progenitores, claro está siempre con la promesa por parte de su compañero de reunirse con ella tan pronto como terminara la siega.

Al parecer a mi padre lo mataron de un navajazo en la taberna donde se estaba bebiendo los escasos caudales obtenidos como segador. No sé si esa historia es verdad o no, en cualquier caso, como me la contó la madre que me echó a este perro mundo yo se la cuento a ustedes.

Mis abuelos no eran ricos, pero en casa no tenían falta de lo principal. Trabajaban unas tierras que pertenecían a los dominicos y criaban algo de ganado por su cuenta.

Yo desde muy tierna edad ya andaba arreando cabras y ovejas por rañas y montes.

Mi abuela que en tiempos había trabajado en casas de gente bien, me enseño las cuatro reglas y algunas letras que yo como referiré más tarde, tuve la fortuna de poder aumentar.

Puedo decir que, si ha habido algún periodo feliz en mi vida, ese fue mi infancia en la casa de mis abuelos.

La desamortización de Mendizabal del treinta y seis y la posterior de Espartero no habían afectado a la congregación dominica de los Navalucillos. Las posesiones de los monjes eran mucho más escasas que las de otras congregaciones y estaban trabajadas con esmero por aparceros como mi familia y los propios monjes, pero en el cincuenta y cinco salieron a subasta en virtud de la nueva desamortización del ministro Pascual Madoz y mis abuelos perdieron la casa y las tierras que habían trabajado toda su vida.   

La familia se mudó al pueblo a un corral que con maña e imaginación pasó a ser casa, y todos sus miembros comenzamos a trabajar para los nuevos amos, unos señores de Madrid a los que casi nunca vimos por aquellas tierras.

El abuelo apenas se podía ganar el jornal con las escasas fuerzas que su dura vida le había dejado y mi abuela Dolores cosía, lavaba, planchaba, tejía esparto y otras mil faenas menudas que le dejaban unos míseros reales.

Mi madre, Luisa Montaleza que, aunque yo sea su hijo y esté feo decirlo, nunca tuvo mucho de aquí arriba, por esa época andaba en amores con un jaque al que llamaban Bartolo el de la Loreto, que la preñó de nuevo de mi hermana Virtudes. El tal Bartolo era amigo de los naipes y confidente de la guardia civil. A cambio de un vaso denunciaba a los vecinos que cometían pequeños hurtos o mataban algún animal del monte para completar la dieta de hambre a la que los nuevos amos nos habían condenado. No pocos amigos de la familia sufrieron palizas o dieron con sus huesos en el calabozo por unas cuantas peras medio pochas o un conejo escuálido que echar al guiso, delatados por el Hijo de la Loreto.

Como además tenía el vicio del juego, nunca tuvo dinero bastante en su roto bolsillo y un día borracho llegó y le pidió a mi madre. Lo poco que ganaban las mujeres de casa, en el caso de mi progenitora “lo nada”, se lo daban a mi abuelo. Ni corto ni perezoso, el Bartolo le pidió un par de duros al pobre viejo para saldar no se sabía muy bien qué deuda contraída con unos arrieros de Retuerta.

Ante la negativa de mi abuelo de darle aquella suma, el tipejo aquel comenzó a empujarle y en vista de que mi yayo no se arredraba, el muy cobarde con treinta años menos y arroba y media más que el pobre viejo, le propinó un puñetazo que le rompió la nariz e hizo que diera con sus huesos en el piso. Yo, con mi escasa talla y mis cortos once años no era rival para aquel energúmeno, pero sin pensármelo dos veces descolgué una hoz que había en la pared y de un solo golpe se la clavé en un muslo. El Bartolo chillaba como un cerdo al que estuvieran degollando.

Unos vecinos alertados por los gritos del jaque, vinieron a casa y al verle herido y a mi abuelo con la nariz rota enseguida supieron lo que había pasado y previendo un mal desenlace para mí en aquel conflicto, me dieron algunas de sus escasas provisiones, un cuchillo y una manta y me conminaron a que abandonase el pueblo “hasta que se calmasen las aguas”

Así pasé mi primer invierno en el monte. Mis abuelos me socorrían con alguna que otra cosa que se quitaban de la boca y que me dejaban como quien no quiere la cosa en lugares convenidos con antelación, no fuera a ser que el Bartolo o alguno de los rufianes con los que se juntaba les hubieran seguido.

Mi madre, después de que la abandonara aquel maldito jaque al que espero que Satanás haya acogido en el infierno, se entregó al vino y abandonó a su hija al cuidado de los dos pobres viejos para emputecerse con cualquiera que le diera unas monedas.

No más apuntaba ya la primavera en los campos cuando un mozo de mulas de Retuerta de Bullaque que fingió no conocerme me dio la noticia de la muerte de mi enemigo. Bartolo el hijo de la Loreto se había roto el cuello al caerse borracho del caballo yendo por el monte a Navas de Estena, que es de donde era natural.

Aquella misma noche volví a casa, besé a mi abuela y a mi pobre hermanita y me senté al lado de mi abuelo junto a la lumbre. El pobre viejo que nunca había tenido mucho lustre, se había quedado en los huesos. Su piel apergaminada y amarilla delataba su avanzada enfermedad.

-A mí me queda poco como tú ya puedes ver…-Me dijo al ver mi mirada fija en su demacrada anatomía.

Hice ademán de protestar, pero mi abuelo me mandó callar con un gesto.

-Ahora tendrás que ser tú el sostén de esta familia. Se avecinan tiempos duros, pero tú eres listo y además todo un hombre. Haz lo que tengas que hacer… Ayuda a tu abuela como ella siempre te ha ayudado a ti y mira por tu hermana para que no acabe como la pobre desgraciada de vuestra madre. -

Un par de semanas después de mi vuelta enterramos sin sacerdote ni oración al pobre anciano en una tumba vieja del camposanto de los monjes. Se llamaba Ambrosio Montaleza Sanz y no había cumplido aún los cincuenta años.

viernes, 29 de diciembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I-LA GUERRA CHICA-De Noche Todos los Gatos son Pardos


DE NOCHE TODOS LOS GATOS SON PARDOS



En aquellos días en los que la plaza ya parecía a salvo del peligro que tan sólo unas semanas antes amenazaba con terminar con la pervivencia de siglos, llegó a Melilla a tomar el mando de la situación el capitán general Martínez Campos. El veterano militar y político, artífice de la restauración de los Borbones en la corona de España, era uno más de aquella estirpe de lobos, que bien desde la alcoba o desde el cuartel habían sido los árbitros de la política patria durante la mayor parte de aquel infausto siglo XIX. Arsenio Martínez Campos parecía el hombre indicado para llevar las negociaciones de paz de aquella guerra nunca declarada con el sultán Hasan I. En el setenta y ocho, había firmado la paz de Zanjón en la que se había obtenido la rendición del ejercito insurgente cubano, una paz precaria tras una guerra de casi una década.

La guerra a la llegada del insigne militar, se limitaba a un mantenimiento de las posiciones de ambos ejércitos. En cuanto a la guerrilla de Ariza: sus salidas se limitaban a patrullas de control entre la plaza y los fuertes, habiendo abandonado el objetivo inicial de señalar blancos a la artillería. La verdad, es que ya no quedaba nada que bombardear. Se había destruido cualquier cosa que estuviera en pie entre la línea exterior de defensa y la distancia a la que llegaba una pieza de 20, que era la que, según el tratado Wad Ras con el sultanato, se consideraba el hinterland de Melilla.

En una de aquellas salidas de perfil bajo, la columna de Farreny interceptó a un sujeto cerca del barrio del Polígono. Se trataba de un moro naturalizado español de nombre Mohamed Ben Ahmed, conocido en Melilla la Vieja como “el Amadi”. Amadi, traducido al castellano significa “gato”. El gato era querido y apreciado por sus vecinos, entre los que se encontraban Andrés Cajiga o la viuda Jadilla y también era un confidente de la inteligencia militar española. El Gato se movía con sigilo felino en zocos y mezquitas, informando a las autoridades de lo que se cocía en aquellos focos conspirativos.

El caso es que, para el ilerdense y sus hombres, cualquier moro que anduviese extramuros después del toque de queda era un enemigo en potencia, y es que como dice el popular dicho castellano “de noche todos los gatos son pardos”. Sin dejarle explicarse ni mostrar los documentos acreditativos de que se encontraba en una misión, los hombres de Farreny comenzaron a apalear al infeliz espía. Luego con el Amadi, más muerto que vivo, José Farreny decidió que la faena era merecedora de premio y ni corto ni perezoso sacó una faca de Albacete roñosa de anteriores usos y procedió al corte de los apéndices auditivos del desdichado Gato. Finalmente dejaron al pobre infeliz abandonado en el sitio para que fuese pasto de chacales y buitres.

Es cosa sabida que los gatos son animales que poseen siete vidas. Mohamed Ben Ahmed esa noche gastó seis de las suyas. Al amanecer, arrastrándose alcanzó el barrio del Polígono donde los vecinos que le conocían le atendieron y curaron en parte sus heridas.

El hecho llegó a oídos del mismísimo Capitán General que abrió una investigación al respecto. Pronto salieron a la luz todos los crímenes cometidos por la guerrilla. Los generales Ortega y Macías fueron destituidos. El capitán Ariza pasó directamente a la reserva y se disolvió la unidad irregular que mandaba. Los presos volvieron a sus presidios y a José Farreny se le abrió un consejo de guerra que le condenó a muerte. Llevado a rastras por el pelotón encargado de su ejecución, fue fusilado de rodillas implorando una misericordia que él nunca tuvo con sus víctimas, un amanecer en la explanada del fuerte Camellos. En todo aquel asunto, el único que obtuvo algún beneficio fue Jacinto Montaleza, principalmente por la intercesión de Jorge, que consiguió que se le liberara de sus grilletes y un estatus de preso de confianza que le permitía moverse con cierta libertad por algunos lugares de la plaza.

En el mes de abril las negociaciones de Martínez Campos se trasladaron a la corte en Marrakech, donde se entrevistó directamente con el sultán. Con la amenaza más o menos velada de extender la guerra contra las cabilas al resto del sultanato alauita, se exigió la titularidad española del hinterland de Melilla que antes sólo se reconocía de facto y una indemnización por daños de guerra de veinticinco millones de pesetas. El reino de Marruecos ofreció dos millones y calló en cuanto al territorio, lo cual provocó una retirada de los negociadores españoles. Aquello casi equivalía a una declaración de guerra. Hasan I temeroso (y con razón) de las ambiciones sobre su tierra por parte de España y otras potencias europeas, accedió a una indemnización de veinte millones de pesetas, pagaderos en ochavos morunos de plata y a la confirmación del tratado de Wad Ras sobre el territorio extramuros de Melilla, así se dio por concluida aquella guerra no declarada.

Las cifras oficiales hablaron de aproximadamente quinientos muertos españoles y unos cinco mil por el bando rifeño. A Jorge le constaba que el número de bajas fue bastante mayor en ambos bandos. La indemnización que nunca llegó a cobrarse íntegramente se vendió como un gran triunfo de las armas y la diplomacia españolas, pero aquel dinero jamás llegó al pueblo español. Todo quedó a la discrecionalidad de los que desde tiempos inmemoriales parasitaban las instituciones del país, algunos de ellos culpables directos de aquella tragedia.

Pocos días después de firmada la paz y finalizada la misión que en un principio le había traído hasta Melilla, Jorge se entrevistó una última vez con el bandolero Jacinto Montaleza alias “Malasangre”, muy a pesar del Coronel Posadas y el teniente Arellano, ante la orden expresa del capitán general Arsenio Martínez Campos (que como buen político no quería indisponerse con la prensa de Madrid) de dispensarle un trato de preso de confianza en un régimen de semilibertad dentro de las murallas de la plaza.

-Bueno, pues parece que hasta aquí hemos llegado- Dijo el bandido clavando su incisiva mirada en el periodista.

-Le consta a usted que no soy ningún angelito. He cometido muchas barbaridades y villanías que horrorizarían a cualquier hombre civilizado. Pero no he disfrutado haciéndolas y usted ha sido testigo de cuáles eran las circunstancias en las que cometí algunos de esos actos execrables, unas circunstancias que desgraciadamente me han acompañado desde que tengo uso de razón. No espero que cuente mi historia de una forma distinta a la que es. Sólo quiero que no me muestre como el monstruo que personas que desconocían mis circunstancias dijeron que fui y que aún lo soy. Si pudiera volver atrás, me quitaría la vida antes de cometer mi primer crimen- Dijo Montaleza con una expresión seria, que parecía de genuina sinceridad.

El haber combatido al lado de alguien otorga una apreciación probablemente distinta de cómo es realmente esa persona en su relación con la sociedad y es que Malasangre se había mostrado como un intachable compañero de armas. Incluso había salvado la vida del periodista en su última salida con la guerrilla de la muerte. Esas cosas nunca se olvidan.

-No se preocupe Jacinto. Le prometo que lo que escriba le hará justicia. -

-No esperaba menos de usted. -

-Le escribiré y le haré llegar los artículos con su historia. -

-Gracias por todo. -

-No, gracias a usted. Espero que nos volvamos a ver en otras circunstancias… -

Ambos hombres se despidieron con un fuerte apretón de manos.

Al día siguiente, Jorge embarcó de nuevo en el vapor Mahón despedido con lágrimas por parte de la viuda Jadilla y una mezcla de pena y alivio por el lado de Andrés Cajiga, que veía que con el periodista se le iba una generosa fuente de ingresos, pero también la inquietud para su vida tranquila y sedentaria.

Un fuerte temporal azotaba el mar de Alborán, aunque esta vez Jorge no se mareó. El hombre que observaba impasible como la proa del buque rompía las grandes olas no era el mismo que había viajado al Norte de África casi seis meses antes.

viernes, 22 de diciembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I-LA GUERRA CHICA-El Amigo del País


EL AMIGO DEL PAÍS.

El periodista decidió tomarse unos días de descanso en su actividad como guerrillero improvisado, en parte por la herida del hombro en parte por la impresión de las cosas que había visto y oído. Sin despedirse de nadie notificó al oficial al mando que se marchaba a la plaza junto a un convoy que la víspera había traído suministros al fuerte. Al llegar al callejón de la higuera e ir a acceder a la casa, observó como la puerta estaba entreabierta. Supuso que seguramente se encontraba dentro Jadilla limpiando o Cajiga dejando correspondencia dirigida a él. Traspasó el umbral y llamó elevando el tono de voz.

-¡HOLA! ¿HAY ALGUIEN EN CASA? -

Nadie respondió a su saludo así que amartilló el revólver y subió escaleras arriba. La mesa que usaba como escritorio improvisado estaba volcada y sus papeles y efectos personales esparcidos por toda la habitación. Estaba claro que no se trataba de un robo ya que no faltaba nada valioso, incluso el sable moro seguía intacto colgado de los mismos clavos de la pared donde él lo dejara antes de partir a los fuertes con la guerrilla de Ariza. Tampoco parecía que aquel despliegue de violencia fuera necesario para revisar sus cosas, la casa era fácilmente accesible por el patio o por los tejados para alguien medianamente ágil. No, el objetivo de aquel asalto no era revisar sus cosas. Alguien le mandaba un aviso y Jorge tenía alguna sospecha de quien podía ser ese “alguien” …

Recogió y ordenó la habitación, cuando terminó fue a casa de Cajiga. Acompañado por la numerosa prole del asistente, encontró a este en la cuadra cepillando a las mulas. Le puso al día de lo acontecido en su ausencia y le mandó que avisase a Jadilla para que ambos se reuniesen con él en casa en aproximadamente un par de horas. Luego, ignorando las lastimeras quejas del melillense se retiró a descansar un poco con un ánimo más bien sombrío.

Jadilla y Andrés Cajiga se reunieron con Jorge en el plazo fijado. La última en pasar por la casa había sido la viuda que, cumplidora, barrió y fregó el día anterior por la tarde. La casa era cualquier cosa menos un fuerte ya que era perfectamente accesible tanto desde los tejados de las construcciones colindantes, como desde la valla de corral junto a la que crecía la gran higuera. Todos los vecinos se conocían y aún en aquellos difíciles días, era raro encontrar una puerta cerrada en Melilla la Vieja. Los tres, tomaron la decisión de cerrar con candados ventanas y puertas para cuando la casa estuviese desocupada, aunque el periodista sospechaba que aquellas medidas de seguridad iban a resultar de todo punto inútil y que el emisor del mensaje no había de tardar en completarlo. A pesar de todo Jorge estaba tranquilo. Si le hubieran querido hacer algo ya lo habrían hecho y con toda impunidad mientras estaba en la zona de guerra, es más estaba ansioso por hablar con el asaltante ya que tenía la certeza de que este estaba en poder de muchas claves del actual estado de las cosas.

El periodista por el momento tenía suficiente material para contar lo que los lectores de la península querían leer sobre la guerra y sobre las “hazañas” de la guerrilla del capitán Ariza. Con desencanto, pero con método, Jorge Villafraca siguió entregando puntual las crónicas que Andrés Cajiga enviaba al Informador.

En menos de dos meses en la plaza Jorge era un personaje reconocido e incluso respetado por los militares de Melilla. Aquella mañana hizo su ronda por comandancia donde departió informalmente con varios mandos entre ellos el capitán Picasso y el teniente Primo de Ribera, de los que todo sea dicho, no obtuvo información alguna sobre la guerra. Con los suboficiales ascendidos a base de reenganches, era otro cantar. Un billete o un paquete de tabaco, artículo que a esas alturas de la guerra comenzaba a escasear, deslizado en el bolsillo adecuado facilitaba mucha información que no figuraba en los partes de guerra oficiales, como, por ejemplo: objetivos alcanzados, número real de bajas o posiciones exactas de las distintas unidades sobre el terreno.

Finalmente, su ronda de visitas terminó en el hospital donde a Jorge le aguardaba una grata sorpresa. En pijama, pero abrigado con su guerrera, trataba obstinadamente de volver a caminar el capitán Lucas Hernández, el que con su empuje había logrado desbloquear el avance de la columna de Ortega en la dura jornada del 28 de octubre, atacando las trincheras moras con arrojo temerario.

- ¡CAPITAN, CUANTO ME ALEGRO DE VERLE! Dijo el periodista permitiéndose una familiaridad con el estricto oficial que tras su explosión de efusividad comenzó a lamentar

- ¿Cómo se encuentra? - Preguntó esta vez con más contención

-Jodido pero contento…- Respondió el héroe con una sonrisa fatigada que resaltaba el lado humano del envarado capitán que había conocido en su primera visita al fuerte de Rostrogordo.

Departió un rato largo con el herido, cuyo estado de salud distaba mucho de ser tan bueno como este pretendía mostrar. El balazo le había astillado el fémur y era difícil que volviera a andar con normalidad, algo que le alejaba de lo que más deseaba el capitán Hernández que era seguir en el servicio activo. Para darle ánimos, Jorge Villafranca le habló de la fama que tras su heroica acción había adquirido entre la gente informada de España.

-Mire Jorge: si algo le consta a este humilde servidor de España, es la facilidad con la que esta olvida a los que la sirven bien. Perdone mi pesimismo, pero son muchos años de servicio y ya me conozco el paño…- Dijo el capitán entre resignado y apenado.

Jorge sospechaba que había mucha verdad en lo que decía Hernández, pero aun así le dedicó sus mejores palabras ánimo. El periodista abandonó el hospital con un nudo en el estómago y se dirigió a la casa de la higuera a poner negro sobre blanco la información obtenida. En su crónica diaria para el Informador, no olvidaría glosar la figura heroica y trágica del capitán Lucas Hernández con el que había conversado aquella mañana.

Tras la comida se echó una siesta. El tiempo estaba tranquilo pero los días se acortaban notablemente en aquel mes de noviembre avanzado ya. Cuando despertó salió a la terraza el sol estaba ocultándose en el horizonte. Bajó a la cocina para prepararse una cafetera en previsión de una vigilia escritora. Encendió el fogón con un periódico viejo y unas astillas y depositó la cafetera sobre una trébede. Se encendió un pitillo y esperó con la mente en blanco a que el café estuviera hecho.

El ruido de una ventana golpeando en el piso de arriba le sacó de su ensimismamiento. Hubiera jurado que tras volver de la terraza había dejado todo cerrado, pero al parecer no era así. Apartó la cafetera del fuego y subió a grandes pasos a cerrar la ventana no fuera el aire a descolocar sus papeles pulcramente ordenados sobre su mesa de escritorio. Cerró la puerta que comunicaba la terraza azotea con su dormitorio que se encontraba abierta de par en par. Antes de volverse, Jorge Villafranca ya sabía que no se encontraba solo en aquella habitación.

Se volvió lentamente sus ojos se encontraron con el individuo de grueso bigote al que había visto en Málaga y el mismo que había liquidado al general Margallo la jornada del 28 de octubre, sentado en su silla de escritorio. Jorge miró furtivamente a su gabán en cuyo bolsillo guardaba el revólver y que se encontraba colgado en una percha a menos de dos metros. El intruso adivinando sus intenciones negó con la cabeza y puso un gran pistolón sobre el escritorio indicándole al periodista con un gesto que tomase asiento en una silla frente a él.

Jorge obedeció y ambos hombres permanecieron un tiempo en silencio estudiándose mutuamente.

-Bueno, pues usted dirá…- dijo Jorge Villafranca con fingido aplomo.

El extraño comenzó a hablar en un tono monocorde, como un vendedor que trata de vender un producto en cuyas bondades no cree, pero del que tiene la información bien aprendida.

-Yo sé todo de usted Sr Villafranca. Le llevo vigilando mucho tiempo, desde antes de nuestro encuentro en el puerto de Málaga. Se de su trabajo como corresponsal de guerra aquí, se de sus entrevistas con Jacinto Montaleza y se dé su relación con la señora Marlasca…-

A este punto a Jorge se le debió notar mucho la cara de asombro ya que al bigotudo se le escapó una leve sonrisa antes de seguir con su monólogo.

-Si, lo se TODO de su relación con Margarita Marlasca…-

-Pero, pero… ¿Quién diablos es usted? ¿Qué interés puede tener nadie en mi modesta persona? - Dijo el periodista perdiendo un tanto la compostura.

El intruso se tomó su tiempo antes de contestar. Se levantó temprano y anduvo por la habitación distraídamente observando los objetos que allí se encontraban.

-Ya podrá figurarse que usted es un simple actor secundario en los asuntos que me ocupan, unos asuntos que le vienen a usted muy muy grandes. No crea que le digo esto porque dude de su capacidad o valor, cualidades ambas de las que me consta que no carece en absoluto. Sólo le pido que se limite a hacer su trabajo tan bien como lo está usted haciendo hasta ahora y no se meta en camisa de once varas. Usted es listo, sin duda está ya atando cabos y estoy seguro de que hará lo acertado. Además, que sepa que en toda España se le consideran una auténtica celebridad. Sus artículos son leídos por toda la gente “informada” de la península, desde en el casino de cualquier pueblucho perdido, hasta en las más sesudas tertulias de la capital. Sr. Villafranca acabe lo que ha venido a hacer y cuando vuelva aproveche usted el tirón. Disfrute de lo logrado que la vida son dos días. Bueno eso ya debe de saberlo usted…- Esto último lo dijo de espaldas al periodista y observando con atención el sable moro colgado de la pared.

El hombre del ancho bigote ya giraba el pomo de la puerta que daba acceso a la terraza cuando Jorge le lanzó a bocajarro un par de preguntas que le quemaban e la punta de la lengua.

- ¿Por qué mató al general Margallo? ¿Quién le dio los rifles Rémington a los moros? -

El bigotudo se volvió con una leve sonrisa en sus labios y un brillo frío y duro en sus ojos pequeños y verdes.

-Como ya le he dicho, hay asuntos que le vienen a usted grandes…-

- ¿Los fusiles? No sé… será cosa de la “pérfida Albión” o de la “mano negra” o usted ya tiene la respuesta a esa pregunta. En cuanto al difunto general, no se preocupe. España y la humanidad han perdido a un tipejo incompetente y banal y han ganado un héroe. Creo que al final todos hemos salido ganando con el cambio. -

-Adiós señor Villafranca. Espero que usted y yo no nos volvamos a ver, porque eso será señal de que se encuentra usted metido en algún lío muy serio. Recuerde mis palabras. Buenas noches. -

El bigotudo salió a la terraza y antes de que desapareciera en la noche de la ciudad vieja, Jorge formuló a sus espaldas una última pregunta en voz queda.

- ¿Quién es usted? -

El desconocido se volvió y en su habitual tono desapasionado le contestó:

-Considéreme simplemente un amigo del país… -

Al tiempo que el intruso desaparecía se oyeron las llaves de la puerta. Era Jadilla que venía a prepararle la cena. 

viernes, 15 de diciembre de 2017

HIJOS DE LOS MONTES Libro I-LA GUERRA CHICA-La Guerrilla de la Muerte


LA GUERRILLA DE LA MUERTE

- ¡NO! ¡DEFINITIVAMENTE NO! Yo no vuelvo a salir a ese infierno hasta que no se arreglen las cosas- Decía un Cajiga indignado ante la mora Jadilla que esta vez asentía solemne ante las prudentes palabras del asistente-

-Tú no debe ir sidi. Tú no soldado. Deja a militares hacer trabajo y escribe aquí lo que te cuenten- decía la viuda genuinamente preocupada por el periodista.

Desoyendo los consejos que le daban, Jorge Villafranca hizo uso de las cartas de recomendación que Martínez le había conseguido y consiguió una audiencia con el general Ortega.

El general se hallaba muy ocupado, como no podía ser de otra manera, con la contraofensiva y con organizar y coordinar los refuerzos que cada día llegaban desde la península, pero aun así recibió al periodista y escuchó su historia.

Dio la casualidad de que un poco antes, el general Ortega había recibido a un tal Ariza, al parecer responsable de la caja de reclutas de Barcelona y que ostentaba el rango de capitán. El capitán Francisco Ariza era un experto en la guerra de guerrillas y había logrado bastante renombre en Cuba luchando de forma heterodoxa contra los insurgentes llegando incluso a hacer prisionero a un general rebelde, pero su carácter nada diplomático y sus ideas republicanas le habían hecho caer en desgracia dentro del ejército.

En cuanto Francisco Ariza tuvo noticias de los sucesos de Melilla, pidió una excedencia y consiguió colarse entre las tropas que embarcaban en Málaga. Ya en la plaza, por recomendación de un antiguo compañero de las guerras de Cuba pudo entrevistarse con el general Ortega y exponerle su plan.

Con los refuerzos, habían llegado unos equipos que nunca antes habían sido usados por ningún otro país en una campaña militar. Se trataba de reflectores eléctricos de gran potencia. El alto mando de Madrid había elaborado un plan para que con aquellos reflectores se iluminasen posibles objetivos militares para que estos pudieran ser machacados por la artillería de la poderosa flota fondeada frente a las costas de Melilla.

El capitán Ariza que era un consumado jefe guerrillero había propuesto al general, que le permitiese reclutar entre la población reclusa de la plaza un grupo de voluntarios que luchasen a sus órdenes y con los que poder infiltrarse tras las líneas enemigas. La propuesta del capitán, de cuya pericia Ortega tenía excelentes referencias, le vino como anillo al dedo al general. En sus salidas, los hombres de Ariza podrían señalar los blancos con linternas sordas, sólo visibles desde los fuertes donde se situarían los reflectores.

El general Ortega que era un hombre vanidoso y con grandes aspiraciones, decidió hacer suya la idea del guerrillero de sacar a reñir contra los moros a una chusma de presidiarios con la vaga promesa de una redención de sus penas. Era mejor que se derramase sangre de asesinos y ladrones, que la de ciudadanos libres con parientes y amigos en la península. Para dar publicidad a “su idea” nadie mejor que aquel periodista de Madrid que se había presentado en su despacho esa mañana.

El capitán Ariza y Jorge Villafranca se estrecharon la mano en el despacho del general, ante la mirada de este y su asistente, un comandante que había sido compañero de armas de Ariza en Cuba.

Juan Ariza era al menos un cabeza más alto que el resto de asistentes a aquella reunión pese a andar algo encorvado. Una gran barba muy negra con 2 mechones simétricos a los lados que empezaban a blanquear, le otorgaba un aspecto entre desaliñado y apostólico. Vestía pantalón de rayadillo con polainas, un gabán que no ocultaba un cinturón con dos revólveres Orbea, unas magníficas armas fabricadas en Eibar con patente norteamericana Smith & Wesson y un gran cuchillo de monte con mango de asta de ciervo. La corbata anudada con fantasía barroca en un cuello no demasiado blanco y un extemporáneo sombrero hongo, bastante pequeño para el gran tamaño de la testa del capitán, completaban el chocante aspecto de aquel militar poco convencional.

Al principio, el viejo capitán guerrillero puso reparos a la participación del periodista en la unidad irregular que habían bautizado como Guerrilla de Intervención Rápida y que a la postre se acabaría conociendo como “la Guerrilla de la Muerte” pero tras los elogios dedicados por el general a la persona de Jorge Villafranca, del que sabía por otros militares de su decidida intervención en los sucesos de Rostrogordo, el capitán Ariza cedió en el asunto de la presencia de “aquel civil”  en su unidad irregular, en calidad de “observador”. En realidad, el capitán Ariza también deseaba que Jorge publicitara sus acciones para así poder rehabilitar su maltrecha carrera militar

De los presos voluntarios que el alto mando de Melilla cedió al capitán, este seleccionó a veintitrés. Los seleccionó solamente en función de sus conocimientos militares. Ariza no quería “ciudadanos ejemplares” sino asesinos eficientes. Aquel sería un concepto de unidad militar que tendría mucho futuro en los ejércitos coloniales europeos posteriores. Uno de los primeros voluntarios seleccionados, no fue otro que Jacinto Montaleza “el Malasangre”. Una excelente elección según los criterios del capitán.  Jorge había visto moverse al bandido como pez en el agua los días del ataque y el sitio al fuerte de Cabrerizas. Era como si la vida de Montaleza hubiese sido una guerra en casi su totalidad, algo que Jorge certificaría en las largas conversaciones que mantuvo con el preso entre acción y acción de la Guerrilla de la Muerte y de las que tomaría numerosas notas que constituirían el cuerpo del relato de la vida del Malasangre, la verdadera razón por la que el Informador le había enviado a Melilla.

-Parece que otra vez se cruzan nuestros caminos Sr Villafranca-

-Bueno… el objetivo era escuchar su historia y la iniciativa del capitán Ariza nos va a dejar bastante tiempo para hacerlo. -

-No estoy muy seguro de que éste nos deje mucho tiempo para charlar…-

- ¡Silencio ahí atrás! - Dijo un desabrido capitán Ariza que encabezaba la columna camino del fuerte de Camellos.

Los reflectores y los generadores encargados de su alimentación ya se encontraban en el fuerte. Ariza mostró sus órdenes al oficial de guardia, unas órdenes emitidas directamente por el general en jefe. El oficial miró de arriba abajo la gran humanidad de aquel individuo de aspecto estrafalario que se hacía acompañar por un grupo de presos y un civil con trastos de escritura. Finalmente les franqueó el paso.

Con las últimas luces de la tarde Ariza y sus veintitrés guerrilleros salieron del fuerte. La guerrilla se había dividido en cuatro grupos, nombrando un líder para cada uno y dotando de una linterna sorda por grupo. Si detectaban fuerzas enemigas debían comunicar mediante señales con el fuerte y este debía iluminar la zona señalada con los reflectores. Si se tropezaban con cualquier ser vivo, las órdenes eran “no dejar testigos” Los vigías y los técnicos encargados de manejar los equipos observaban atentos los movimientos de la guerrilla que envuelta en la inminente noche se adentraba en la zona de nadie a un tiro de fusil de los muros de fuerte Camellos. Jorge por orden de Ariza y por indicación de Montaleza que estaba al mando de uno de los grupos, esa noche se quedó en el fuerte. Ya habría tiempo de salir con la guerrilla “cuando las cosas estuvieran más tranquilas”

La noche cayó completamente. Era oscura como boca de lobo. Algunas rachas de viento dejaban ver furtivas las estrellas entre jirones de nubes. Jorge se levantó el cuello del gabán. Pese a la suavidad del clima melillense, aquella noche era extrañamente fría y húmeda. Transcurrieron varias horas hasta que finalmente la luz de una linterna se vislumbró en la lejanía, transmitiendo la señal indicada. Los soldados encargados de accionar las grandes manivelas de los generadores se pusieron con presteza a su labor, pronto las bombillas incandescentes de los focos se iluminaron. Primero con un brillo rojizo y luego con una intensa luz blanca visible desde muchos kilómetros de distancia. Tras el silbido de los proyectiles, grandes explosiones arrasaron la zona sobre la que unos instantes antes se habían posado los focos como un ojo acusador e implacable. La operación se repitió media docena de veces aquella noche.

Con las primeras luces del alba, la guerrilla regresó a fuerte Camellos. En el grupo del capitán venía un hombre herido de bala, en el de Jacinto Montaleza solamente volvían cinco y uno de ellos con heridas no demasiado graves al haber sido alcanzados por la metralla de las bombas, él y su compañero caído. Los otros dos grupos estaban intactos, pero uno, el mandado por un tal José Farreny Riera natural de Lérida, asesino y ladrón de profesión, aseguraba que se había tropezado con una patrulla mora y que habían dado buena cuenta de ellos. De sus palabras daban fe media docena de orejas engarzadas en un cordel. El capitán anotó en una libreta las posiciones enemigas localizadas por los grupos y la hora en que se había producido la localización. Tres el grupo de Malasangre, otras tres su propio grupo y una el grupo de Farreny. Luego con parsimonia, guardó la libreta en uno de los bolsillos de su gabán, desenfundó uno de los revólveres que pendían de su cinto y descerrajó un tiro en la cabeza del líder del único pelotón que no había entrado en acción aquella noche. Señalando con el arma aún humeante a otro miembro del pelotón del recién ejecutado dijo:

-Ahora tú ocuparás su puesto…-

Lo de traerse las orejas de los moros muertos le pareció una magnífica iniciativa al capitán Ariza. Uno de los objetivos de su unidad, además de localizar objetivos militares, también era sembrar el terror entre los supersticiosos rifeños. Aquello a Jorge le parecía de una barbarie inaudita en las postrimerías del siglo XX, pero se abstuvo de comentarlo persuadido por Jacinto Montaleza que era hombre que conocía más que bien la lógica de la guerra. De hecho, por las noticias que le llegaron posteriormente sobre las crónicas escritas esos días, la opinión pública patria consideraba a Ariza y a su grupo como unos auténticos héroes; no así los medios de otros países, siempre dispuestos a desprestigiar a España y que tachaban a la guerrilla (Esta vez con razón) de salvaje y sanguinaria.

Las bajas en la guerrilla se sustituían con nuevos penados. Los bombardeos nocturnos llegaban hasta las mismas cabilas y los diferentes grupos competían por señalar más objetivos y por traer más trofeos macabros. Este estado de las cosas hizo que tras un par de semanas de ataques artilleros los rifeños mandaran una delegación con idea de rendirse, pero el general Macías que había sustituido en el mando a Ortega como general primer jefe de la plaza estimó que solamente trataban de ganar tiempo y no abandonar realmente las armas. Despidió a los negociadores y esa misma noche se reanudaron los bombardeos y volvió a salir al campo la guerrilla de la muerte del capitán Ariza.

Jorge Villafranca salió esa noche con el grupo de Montaleza. Estaban en la zona comprendida entre Cabrerizas y una cañada por la que en tiempos de paz discurrían los rebaños de ovejas y cabras tanto de Melilla como de las aldeas marroquíes cercanas. Agazapados tras una pequeña elevación observaban los movimientos de un grupo de rifeños apostados en una jaima medio derruida por los bombardeos.

Jacinto Montaleza, viendo la mala vía de retirada que quedaba tras ellos y la luz de la luna llena que iluminaba el campo como si estuvieran a la hora del crepúsculo en lugar de a media noche decidió no hacer señales a los fuertes y asaltar con su grupo la posición. El bandido había consolidado su liderazgo como jefe de aquel grupo de asesinos y es que Malasangre tenía como un sexto sentido en lo que a guerra de guerrillas se refería. No en vano había pasado la mayoría de sus casi cincuenta años en el monte luchando contra las fuerzas del orden o en guerra, en el bando carlista.

-Vosotros dos, dais la vuelta por allí y vosotros atacáis desde esas pitas a mi señal. Usted Jorge, nos sigue a Sacabuches y a mí a un poco de distancia. He contado ocho moros, pero puede que haya alguno más por los alrededores, así que muy atentos todos…-

Con presteza los guerrilleros se situaron en las posiciones asignadas. Jorge se quedó unos pasos por detrás tras unos escasos matorrales que proyectaban largas sombras en el suelo blanco por la luz de la gran luna que observaba muda como se desarrollaba aquel drama. Un par de rifeños con el rifle terciado montaban guardia en la entrada de la derruida construcción, el resto descansaba con la espalda apoyada en una de las paredes que aún quedaban en pie. A una señal del bandido la guerrilla atacó la posición mora al unísono. Sin apenas ruido y en unos instantes, los ocupantes de la jaima fueron degollados con eficacia quirúrgica.

Jorge observaba la violenta escena con un punto de temor y fascinación, cuando desde su posición observó como tres individuos salían furtivamente de unos chamizos algo alejados de la jaima, que hasta ahora creían desocupados y tomaban posiciones para eliminar a los de Montaleza, ocupados en desvalijar y desorejar a los muertos.

Sin tiempo para avisar a los guerrilleros, el periodista aferró su revólver y se acercó raudo al más cercano de los tiradores descerrajándole un disparo casi a bocajarro. Más su a acción no pudo evitar que los otros dos descargaran sus rifles sobre los despreocupados hombres de Montaleza. Sacabuches y otro de los penados cayeron abatidos por la descarga de los fusiles moros, que ahora se volvían sobre el que había matado a su otro compañero.

Jorge huyó sin rumbo perseguido por el silbido de las balas y se ocultó tras unas rocas.  Unos cientos de metros más allá, los disparos que Malasangre y sus hombres intercambiaban con los de la jaima impidieron al periodista advertir la llegada de nuevos enemigos. Algo le hizo volverse en el último momento cuando un moro estaba a punto de abrirle la cabeza de un sablazo. Este movimiento in extremis hizo que el filo de la espada chocara de refilón con su hombro en lugar de con su cráneo. A pesar del dolor lacerante en su extremidad, Jorge pudo levantar el revólver y abatir a su atacante, pero otro guerrero rifeño situado detrás del de la espada le apuntaba con su rifle. El periodista creía que en ese momento tocaban a su fin sus andanzas en este mundo, cuando el moro que le apuntaba caía fulminado con un gesto de estupor pintado en su rostro, detrás Jacinto Montaleza desclavaba la bayoneta de su fusil de la nuca de aquel infeliz que se había desplomado de bruces ante un no menos sorprendido Jorge Villafranca.

- ¡Vámonos de aquí, que la cosa se va a poner fea de verdad! - Dijo el bandolero tendiéndole una mano a Jorge para ayudarle a incorporarse.

Montaleza y los dos supervivientes que habían quedado de su grupo comenzaron a hacer señales con las linternas ciegas en dirección a los fuertes. En pocos minutos los reflectores iluminaron una amplia zona a espaldas de los hombres, que presurosos se retiraban hacia Cabrerizas sabedores del horror que se iba a desatar con los obuses que ya silbaban amenazantes sobre sus cabezas.

Las heridas de Jorge afortunadamente no revestían ninguna gravedad y recibieron una primera cura en la enfermería del fuerte. Con las primeras luces todos los grupos integrantes de la guerrilla rendían cuentas de sus andanzas nocturnas exhibiendo sus macabros trofeos ensartados en cordeles ante la atenta mirada del capitán Ariza que anotaba en su libreta cada posición señalada, las bajas enemigas y donde se habían producido las mismas.

Desde el principio de la guerrilla, la competencia y el odio personal se habían instalado entre Jacinto Montaleza el Malasangre y José Farreny. Aquella rivalidad era alentada por el propio capitán Ariza que veía en ella una buena herramienta para aumentar la eficacia letal de los hombres a su mando.

-Bueno bueno Farreny… parece que esta noche la cosecha del Sr. Montaleza ha sido bastante mayor que la suya ¿Que tiene usted que decir de esto? -

Mientras que, según lo observado por Jorge, Montaleza era un asesino eficaz que cumplía con su cometido todo lo “limpiamente” que llevar a cabo asesinatos con nocturnidad y alevosía, puede considerarse una labor limpia, Farreny disfrutaba con lo que hacía, incluso presumía de desorejar a sus víctimas ante mortem.

-Discúlpenos mi capitán, ya sabe usted como trabajamos mis hombres y yo… además esta noche hemos tenido trabajo extra. - Dijo José Farreny con una sonrisa torcida pintada en su feo rostro, mientras mostraba en su ristra de orejas cuatro más pequeñas con unos zarcillos engarzados que sin duda pertenecían a mujeres y junto a las que se encontraban dos diminutas sin duda pertenecientes a un bebe de corta edad.

Un Farreny orgulloso se jactaba ante el resto de guerrilleros de cómo habían desorejado y matado al crio ante su madre y una hija mayor de unos diez años. Luego, según contaba aquel psicópata, habían violado y asesinado a ambas. Aquello era demasiado hasta para el despiadado Juan Ariza, que con gesto de profundo asco ordenó callar a aquel desalmado.

-Este va a durar poco por dos razones: La primera porque está loco y la segunda porque es un bocazas…- Le dijo en un aparte Montaleza a un sobrecogido Jorge Villafranca.